Me cuidan mis amigas, no las apps

La mitad de la población mexicana tiene un empleo precario o es parte del sector informal. La ausencia de medidas económicas por parte del Estado también resulta en la incapacidad de garantizar los derechos laborales. Un ejemplo son las personas que trabajan como repartidores de aplicaciones como Uber Eats o Rappi.

Texto de 30/04/20

La mitad de la población mexicana tiene un empleo precario o es parte del sector informal. La ausencia de medidas económicas por parte del Estado también resulta en la incapacidad de garantizar los derechos laborales. Un ejemplo son las personas que trabajan como repartidores de aplicaciones como Uber Eats o Rappi.

 Una noche de mayo de 2019, Ana Rojas escuchó en las noticias que una repartidora había sido atropellada por un camión de Grupo Modelo. No decían su nombre, pero anunciaban que había muerto. La repartidora iba en su bicicleta, en el cruce de Río San Joaquín y Lago Hielmar. Ana, llena de miedo, le marcó a su hermana que trabaja como repartidora en esa misma zona. 

Stephanie Rojas es activista, repartidora y madre. Recibió la llamada de su hermana y, para  tranquilizarla, le aseguró que estaba bien; ese día había decidido quedarse en casa. Stephanie comenzó a informarse. La víctima era Ximena Callejas, una repartidora de 20 años. El chófer del tráiler se dio a la fuga. Esto la movilizó. Se enteró que otros repartidores se organizaron para manifestarse por la muerte de su compañera y decidió acompañarlos. Fue ahí donde conoció a Saúl Gómez, el repartidor que fundó el colectivo Ni Un Repartidor Menos en 2018. Con este colectivo buscan mejorar las condiciones laborales y sociales de los repartidores. Stephanie se unió entusiasmada y comenzó a colaborar con ellos. 

El colectivo estaba avanzando. Crearon un protocolo de seguridad y una “Bitácora de guerra” donde registran heridos, asaltos y muertos; encuentran patrones, exigen justicia. También consiguieron tener reuniones con algunas aplicaciones para discutir sus inexistentes derechos laborales. Como repartidores no son considerados empleados sino “socios” o “prestadores de servicios”, por lo que no tienen derecho a un salario fijo, vacaciones, aguinaldo, seguro médico, guarderías ni días de incapacidad. 

Los repartidores son trabajadores de la gig economy. Este concepto se refiere a un modelo laboral en el que no están contratados fijamente sino que realizan una labor específica, corta y esporádica. El término proviene de industria musical donde se le conoce como gig a los shows esporádicos que realizan las bandas que aún no tienen agentes o contratos a largo plazo. 

Todas las personas que trabajan de freelancers —diseñadores, reporteros, editores, etc.— son parte de la gig economy. También se extiende a áreas laborales muy distintas, por ejemplo, los repartidores. La gig economy depende, en gran medida, de los avances tecnológicos. Es por ello, que las empresas que han diseñado sus modelos de negocios utilizando la gig economy como marco laboral son, usualmente, empresas de tecnología que funcionan a partir de apps. Por ejemplo, Uber, Rappi y Sin Delantal.

Estas empresas aprovechan la figura de “prestadores de servicios” porque, al usarla, no están obligadas a garantizar prestaciones como el seguro médico o las guarderías. Al reclutar, las empresas venden la oportunidad laboral como una de “completa de libertad” porque “tú decides” cuando conectarte y no tienes horarios fijos ni objetivos específicos que debas cumplir. Se anuncian con mensajes atractivos pero engañosos como “no tienes límite de ganancias”. 

La realidad no es así. Es cierto que no hay un horario específico que se deba acatar. Sin embargo, para conseguir un salario que alcance, los repartidores terminan trabajando jornadas laborales completas (ocho horas) e incluso tienen horarios más largos sin que se les paguen horas extra. Stephanie, por ejemplo, se levanta, lleva a su hijo a la escuela y se conecta a las aplicaciones desde las 8 de la mañana hasta las 2 de la tarde. Después, vuelve a conectarse desde las  6 de la tarde hasta las 11 de la noche. En fines de semana, extiende su horario hasta medianoche. 

“Hay aplicaciones que te dicen, conéctate cinco horas y haz once viajes y te aseguro una ganancia de 400 pesos. Si tú lo ves del lado laboral, ya me están haciendo cumplir un horario. Supuestamente tú eres libre de trabajarle a las aplicaciones que tú quieras, pero para completar once pedidos, no me basta con cinco horas; hay quien se echa desde ocho hasta doce horas. Si yo quiero cumplir con esa meta, no me puedo conectar a otras aplicaciones. Es una forma de obligarnos a ser exclusivos para una aplicación,” explica Stephanie.  

El modelo laboral, entonces, no es tan innovador como se vende. Los repartidores sí cumplen horarios y reciben castigos si cometen errores. Por ejemplo, si cancelan un pedido, incluso si es por un motivo de seguridad, el castigo son dos horas sin pedidos y una calificación más baja que se traduce en menos clientes. Además, los repartidores sí pagan impuestos a Hacienda mediante el Régimen de Incorporación Fiscal (RIF).Todo esto sin tener acceso a derechos laborales. A través de Ni Un Repartidor Menos, los repartidores han tratado de cambiar esta situación. Exigir sus derechos no es fácil porque, en principio, no tienen un jefe con quien hablar. Sin Delantal y Rappi ni siquiera tienen una línea telefónica, todo se arregla por medio de un chat. Didi y Uber sí tienen un teléfono, pero, como dice Stephanie, los interlocutores “…realmente son empleados, no hablas con tu jefe. Es alguien que también está trabajando al igual que yo”.

A pesar de las dificultades, el colectivo ha logrado tener mesas de trabajo con Rappi y desarrollar una buena relación con Sin Delantal y, con esta empresa, consiguieron que les subieran los pagos por viaje y se disminuyeran las distancias de entregas. “Tenemos una relación muy de la mano con Sin Delantal. Han cambiado muchas cosas, nosotros llegamos y decimos sabes qué, como repartidor no nos parece esto y esto y nos han escuchado. Con Uber de plano nos cerraron las puertas, igual que Didi. Saben quiénes somos pero entre más lejitos nos tengan, mejor para ellos… No dan su brazo a torcer, van a seguir diciendo que no somos empleados”. Uber, Rappi y Didi ya han recibido demandas similares a las del colectivo mexicano en sus países de origen, pero siguen insistiendo en conservar su modelo de “prestadores de servicios”. 

Sumado a esta injusta situación laboral, las mujeres repartidoras se enfrentan también a más riesgos y abusos. La mayoría son madres solteras o estudiantes y son la minoría dentro de los repartidores y del colectivo. Stephanie comenzó a ser repartidora hace un año y medio cuando fallecieron su esposo y su mamá. Ella trabajaba en un bar, pero el horario nocturno y el salario no se ajustaban para poder cuidar a su hijo. Gracias a un amigo suyo, también repartidor, encontró esta oportunidad laboral y decidió intentarlo. 

Unos meses después de estar en Ni Un Repartidor Menos, Stephanie se dio cuenta que había temas que no se abordaban en el colectivo. “Platicando con más compañeras vemos que, como mujeres, no la tenemos tan fácil. Yo ya había sido víctima de acoso en dos ocasiones y hablando con las compañeras resulta que no soy la única. Hablé con Saúl y le comenté [sobre] hacer un grupo de puras chicas para que nos sintierámos más libres, para que no nos sintiéramos expuestas”. 

Fue así como comenzó un grupo de Whatsapp sólo para repartidoras mientras seguían dentro de Ni Un Repartidor Menos. Después Stephanie decidió, por razones personales, dejar el colectivo y muchas repartidoras decidieron irse con ella a comenzar uno nuevo de puras mujeres. Eligieron llamarse Deliver Libres. “Se hizo una votación, somos libres, somos chicas, salimos a trabajar, somos luchonas y así es como se pone el nombre de Deliver Libres”. 

En Deliver Libres también buscan conseguir el título de “empleadas” para tener acceso a los derechos laborales y, además, se cuidan entre todas contra el acoso que reciben “de todos lados”. Clientes, empleados de los establecimientos de comida, desconocidos en la calle e incluso compañeros repartidores han acosado a las mujeres del colectivo. A Stephanie, un guardia de un edificio la acorraló en un elevador: “Ya lo tenía de frente, me sentí chiquita, en eso se abre el elevador y me salí corriendo y lo reporté. Sí salí con miedo, la verdad. Ya cuando llegué a mi casa pensé en que me pudo haber pasado algo peor”. 

Stephanie y otras compañeras han reportado estos sucesos a las aplicaciones, pero no han recibido ningún tipo de seguimiento. Dos de las compañeras del colectivo llegaron a un domicilio a entregar un pedido y les abrió el cliente totalmente desnudo. “Las chicas no supieron qué hacer. Una sí entregó el pedido, la otra salió corriendo. Los clientes saben desde un principio quién les va a  entregar. Saben perfectamente si es un hombre o una mujer, saben su nombre”.  

Los clientes no son los únicos que tienen acceso a esta información. En los establecimientos que envían la comida, también conocen el nombre, la foto y el número de teléfono de las repartidoras. No hay protección de los datos personales, lo que ha generado que empleados de los establecimientos le marquen a las repartidoras uno o dos días después del pedido para invitarlas a salir. A pesar de que ellas digan no, ellos siguen y siguen insistiendo. Algunas repartidoras incluso han tenido que cambiar su número telefónico para poder ponerle fin al acoso. De nuevo, las aplicaciones no hacen nada. 

El acoso, tanto de los clientes como de los empleados, no deja trabajar tranquilamente a las repartidoras. Las ponen en una situación en la que ni siquiera se sienten seguras de decir “no” ante las insinuaciones. “Si yo le digo que no, qué va a pasar, un día me va a encontrar en la calle porque está en la zona donde yo trabajo y qué me va a hacer”, dice Stephanie. A esto se le suma, por supuesto, el acoso callejero —verbal y físico— que viven mientras recorren la ciudad en sus bicicletas y motos. 

Además está el acoso de compañeros repartidores. Stephanie cuenta que las repartidoras dejaron de sentirse seguras para pedir ayuda en los grupos con compañeros porque, cuandolas ayudaban,  querían cobrar el favor más tarde. “No puedes acercarte a un hombre porque no sabes qué intención tiene. Muchos compañeros no te quieren dar ayuda o si te la dan pues ya es con otra intención”.  

El panorama laboral en México es, en general, poco alentador. Los últimos 2 sexenios se han caracterizado por la continua precariedad del empleo. En ambos, aumentó el porcentaje de los empleos de baja remuneración (entre 1 y 3 salarios mínimos) y disminuyó el porcentaje de empleos pagados por arriba de los 3 salarios mínimos. Además, desde el 2008 ha aumentado la cantidad de personas “en condiciones críticas de ocupación”. Es decir, personas que trabajan 35 horas semanales con ingresos mensuales inferiores al salario mínimo. 

El sexenio actual ha continuado con estas tendencias y ahora, frente a la pandemia y sin medidas económicas que apoyen a los trabajadores, lo más probable es que la situación empeore gravemente. De acuerdo a diversas ONGs, el 50% de la población mexicana tiene un empleo precario o es parte del sector informal, por lo que dependen de su ingreso diario para sobrevivir. Además, 21 millones de mexicanos están en riesgo de caer en la pobreza por los efectos de las medidas de contención. El rol del gobierno es vital para mitigar estos efectos, pero hasta ahora, no han anunciado las medidas económicas necesarias. 

Las repartidoras de Deliver Libres tienen que sobrevivir todos los días en este esquema laboral precarizado y violento. Frente al abandono de las apps y el gobierno, han optado por la organización colectiva para cuidarse y exigir sus derechos. Actualmente hay alrededor de 100 repartidoras en el colectivo y esperan seguir sumando. “Nuestra meta es que todas lleguemos a casa,” dice Stephanie, y agrega que Deliver Libres “ha sido el mejor equipo con el que he trabajado”. 

Siempre que alguna repartidora pide en el grupo que alguien siga su trayecto al menos dos o tres compañeras responden de inmediato y comienzan a seguirla. Si detectan que la repartidora ya no se mueve, lo ponen en el grupo, le marcan a Stephanie y comienzan a buscarla. Recientemente añadieron un nuevo grupo de monitoreo para seguir absolutamente todos los viajes que realizan las repartidoras en el turno nocturno. Desde las 9 de la noche hasta las 7 de la mañana comparten su ubicación en tiempo real y las demás compañeras checan a dónde van y dónde están haciendo base. Si conocen el lugar, se sugieren rutas más seguras y espacios más iluminados para hacer base. Se apoyan con indicaciones, mecánica, seguridad y todo lo que sea necesario. “Es un equipazo, les digo que son mis niñas, siempre estamos ahí. Nos ayudamos en todo”. 

“Las aplicaciones nos dejan a la deriva, no les importa si nos asaltaron, no les importa si ya nos quitaron la moto, la bicicleta, el celular, ellos se lavan las manos…” Tampoco les importa, evidentemente, el acoso que reciben sus “prestadoras de servicios”.  Mientras que las aplicaciones no le dan seguimiento a estos casos, las compañeras sí lo hacen. Stephanie, por ejemplo, fue a reclamar al condominio donde uno de los clientes salió desnudo por su pedido. Fue por la zona donde trabaja Stephanie y le preocupaba que pudieran ocurrir incidentes peores. “Dije, no estamos seguras en subir, si ya mataron (a otra mujer) y ahora le sale desnudo a una de mis niñas, ¿qué seguridad tenemos?” Habló con el encargado del condominio y él le dijo que tomarían medidas al respecto. Aunque no sabemos si eso sucedió, “al menos ya vieron que hay alguien al pendiente”. Las aplicaciones abandonan, pero las compañeras están ahí. 

Stephanie decidió volver a Ni Un Repartidor Menos, pero continuando también en Deliver Libres. Ambos colectivos trabajan de la mano en las metas que comparten: ser reconocidos como empleados y apoyarse en el día a día. En Deliver Libres se reconocen, además, las experiencias y necesidades específicas de las repartidoras. Por ejemplo, como la mayoría son madres solteras, es de suma importancia el derecho a las guarderías. 

Algunos repartidores no quieren que se les contrate como empleados porque les preocupa que se les imponga un horario. Las personas que realizan labores de cuidado (generalmente mujeres), dependen del horario flexible para poder seguir trabajando. Stephanie considera que vale la pena cumplir cierto número de horas, que a fin de cuentas ya lo hacen, mientras se mantengan las opciones de flexibilidad para distribuirlas como mejor acomode a los empleados. Así todos, y en particular las mujeres, podrían seguir trabajando y tendrían acceso a los derechos que les corresponden y que, con la pandemia, se han vuelto aún más urgentes. 

La precariedad laboral de los repartidores se ha disparado con la pandemia. Los pedidos son más difíciles de completar y los repartidores se arriesgan con cada viaje. Didi, Rappi y UberEATS anunciaron que habrá apoyo económico a los repartidores que demuestren ser un caso positivo de COVID-19. El “apoyo” será un mes de ganancia en Didi y un porcentaje de las ganancias usuales del repartidor en Rappi y UberEats. Los repartidores, sin seguro médico y sin respaldo económico que les de derecho a la cuarentena, se ven orillados a arriesgar su vida trabajando.  

La mayoría de los repartidores no han podido parar su trabajo. Algunas de las aplicaciones les han dado un kit a los repartidores. Incluye gel desinfectante y cinco cubrebocas, pero esto se acaba rápido. Stephanie ya compró su propio gel y, entre los repartidores, se están organizando para compartirse y colaborar en medidas de sanitización. Lo que más les preocupa son sus familias: padres de la tercera edad y niñxs. Saben que seguir trabajando es arriesgarse, pero parar tampoco es opción.  “Hay gente ahorita que tiene para estar encerrada pero hay gente que no. Lamentablemente hay gente que vive al día, ¿qué va a pasar?” dice Stephanie. 

Las repartidoras y repartidores no son “prestadores de servicios”, son trabajadores. El gobierno debe garantizar sus derechos y las empresas (aunque se escondan detrás de apps) deben otorgarlos. Decir que son trabajadores esenciales, como se ha hecho en Estados Unidos e Italia, no sirve de nada si no se garantizan sus derechos.  

Stephanie y sus compañeras son un ejemplo de lucha y cuidado colectivos. Antes de la pandemia y ahora, sin el apoyo del Estado ni el de las aplicaciones, han encontrado formas de organizarse, cuidarse y exigir sus derechos. EP    

*El nombre de la hermana de Stephanie Rojas fue cambiado. 

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