Observatorio electoral | Estados Unidos: El fallido golpe a la democracia

El 6 de enero de 2021 hubo un asalto a la democracia norteamericana. A pesar de eso, Estados Unidos demostró que tiene instituciones sólidas y capacidad para sortear tormentas graves. El problema de Estados Unidos refleja un problema internacional de modelos de gobierno que tendrían que replantearse. De eso y más escribe Susana Chacón, con su acostumbrado filo analítico.

Texto de 13/01/21

El 6 de enero de 2021 hubo un asalto a la democracia norteamericana. A pesar de eso, Estados Unidos demostró que tiene instituciones sólidas y capacidad para sortear tormentas graves. El problema de Estados Unidos refleja un problema internacional de modelos de gobierno que tendrían que replantearse. De eso y más escribe Susana Chacón, con su acostumbrado filo analítico.

El pasado 6 de enero de este nuevo año se vivieron en Estados Unidos muchos sucesos positivos y otros muy negativos. Empecemos por los primeros: como regalo de la Epifanía, se termina el conteo de la elección de los dos senadores del estado de Georgia. Después de una elección muy reñida en la que muchos esperaban que ambos escaños fuesen republicanos, los dos candidatos demócratas resultaron ganadores. En uno de los estados más conservadores, por primera vez en la historia, es senador el afroamericano Raphael Warnock. Nunca antes alguien de color había logrado esto. Además, ganó quien será el senador más joven de todo el pleno: con 33 años de edad, Jon Ossoff obtuvo la victoria. Desde que Joe Biden empezara su carrera política en el Senado, no se había visto que alguien tan joven fuese senador. Con ambos escaños se cambió el tablero político para bien. Los demócratas obtienen la mayoría, lo que va a facilitar a la nueva administración lograr sus metas. Quedaron 50 senadores republicanos y 50 demócratas. La mayoría la tienen con Kamala Harris quien, como vicepresidenta de la nación es a su vez, presidenta del Senado. Ahora los demócratas, además de la presidencia y la mayoría en la cámara de representantes, obtienen también mayoría en el Senado.

El segundo gran evento fue la ratificación como presidente electo de Joe Biden y de su compañera de fórmula Kamala Harris. El 6 de enero, el vicepresidente Mike Pence se deslindó por primera vez en cuatro años del apoyo total que había ofrecido a Donald Trump y cumplió con su deber constitucional, que fue aprobar el conteo de los 306 votos electorales que dieron la victoria a los demócratas. Los demócratas ganaron con muchos más que los 270 votos requeridos por el colegio electoral. Ese mismo día tanto Pence como el presidente de la mayoría republicana en el Senado, Mitch McConnell, dieron dos magníficos discursos validando la democracia estadounidense y aprobando a la nueva administración que comenzará sus funciones el próximo 20 de enero. Esto fue una gran y difícil decisión, dado que el presidente Trump buscó por todos los medios y presiones que lo reeligieran. Pence y McConnell mostraron su estatura y refrendaron sus valores democráticos. Con amplio margen, la población votó por los demócratas y nunca existió ningún fraude. Trump perdió con 232 votos.

Ahora bien, también el 6 de enero se vivió un grave golpe a la democracia, a los valores y a la Constitución de los Estados Unidos. El atentado al Capitolio nos deja mucho que reflexionar. Es la primera vez en la historia de Estados Unidos en que un grupo de su propia población ataca con enorme violencia a esta institución. Las imágenes del evento dieron la vuelta al mundo. No obstante, podemos decir que este terrible hecho no fue del todo sorpresivo. Desde el comienzo de su administración, Trump mantuvo un lenguaje de odio, mentiras y división en la sociedad, favoreciendo siempre a la minoría blanca, sajona y ultraconservadora que lo llevó al poder en 2016. Desde principios del pasado noviembre, comenzó a hablar de un fraude y a pedirle a este mismo grupo que no permitieran que les robaran la elección. Durante los últimos dos meses acentuó las mentiras que dijo desde el inicio, ahora enfocándose en la reelección. El mismo 6 de enero, incitó a sus seguidores a que impidieran que Pence le diera la victoria a Biden. Fue el presidente mismo quien los movió para que tomaran el Capitolio. Salvo en 1814, durante la llamada “Guerra de 1812”, los británicos tomaron e incendiaron el Capitolio. Salvo este suceso, ninguna manifestación podía siquiera subir la escalinata del Capitolio y mucho menos entrar. Ni las que se hicieron durante la Guerra de Vietnam o en las últimas, como las de Me Too o Black Lives Matter: todas se frenaban antes de la escalinata.  En esta ocasión no sólo no la frenaron sino que claramente se ve que estuvo todo orquestado con el apoyo de algunos policías quienes les abrieron el paso. Trump, con el soporte de algunos senadores republicanos como Ted Cruz y Josh Hawley, logró que la Guardia Nacional no llegara antes de la insurrección para defender al Capitolio y a los representantes y senadores que estaban dentro, como lo había solicitado, desde una semana antes, la alcaldesa de Washington DC, Muriel Bowser. La magnitud de la violencia con la que estos terroristas entraron no se alcanzó a vislumbrar el mismo día. Al analizar los videos, el escenario fue mucho más grave de lo que pareció en un inicio. Con banderas fascistas y nazistas, no sólo destruyeron todo a su paso sino que buscaban colgar a la presidenta de la Camára de Representates, la demócrata Nancy Pelosi, y quemar vivo o también colgar a Mike Pence. Una vez que entró la Guardia Nacional, la alcaldesa llamó al toque de queda. ¿Quién hubiera imaginado que esto pasaría en D.C.?

” Ninguna manifestación podía siquiera subir la escalinata del Capitolio y mucho menos entrar. Ni las que se hicieron durante la Guerra de Vietnam o en las últimas, como las de Me Too o Black Lives Matter: todas se frenaban antes de la escalinata.  “

Cuando sacaron a los agresores, el vicepresidente Pence retomó la sesión en la que se ratificó la victoria de Biden. La forma como se rescató el control, a pesar de la agresión vivida, demostró el nivel de institucionalidad democrática que se tiene en Estados Unidos. Los contrapesos al poder ejecutivo jugaron en contra de Trump. Ni el Congreso, ni los tribunales lo favorecieron. Buscó por todos los medios justificar el fraude. Hasta en el mismo estado de Georgia se publicó una conversación en la que el presidente le pidió al republicano Brad Raffensperger, secretario de Estado de Georgia, que revirtiera el resultado de la elección y que inventara 11780 votos a su favor. No lo logró. Seguramente muchos otros gobernadores fueron también presionados por Trump. Al día siguiente se empezó a hablar de un segundo “impeachment” en su contra. Con lo que sería el primer presidente en la historia de EU a quien se lo aplicaran en dos ocasiones durante una misma administración. Nancy Pelosi comenzó este proceso formalmente el lunes 11 de enero. Independientemente de si se resuelve antes de la toma de protesta de Biden el próximo día 20, es importante mandar una señal de castigo y que los hechos incitados por Trump no queden impunes. Es también importante lograr que sea inhabilitado para obtener cualquier otro cargo público en el futuro. Además de juzgarlo a él, serán procesados quienes entraron al Capitolio, los policías que los apoyaron y deberían serlo los senadores que estuvieron con él. Las cabezas que orquestaron todo tendrían que rendir cuentas.

Desafortunadamente estos eventos de violencia no han terminado. El mismo 11, el FBI informó que en muchos estados de la Unión Americana, los grupos de republicanos extremistas conservadores y blancos, se están organizando para impedir —con armas— que se lleve a cabo la toma de protesta. La gravedad de lo que pueden hacer estos próximos días, tanto en sus estados, como si llegan a Washington, es inimaginable. De ahí que el mismo día por la noche se asumiera que D.C. está en “estado de emergencia”. Elementos de la Guardia Nacional de varios estados, como Nueva York, se están trasladando a la capital del país para buscar impedir que peores sucesos se lleven a cabo. El nivel de irracionalidad y odio con la que están enfrentando la derrota electoral demuestra, una vez más, la división de la sociedad que logró Trump. Más de 70 millones de personas votaron por él y son los que hoy exponen todo su enojo con violencia. Son personas armadas y varios de ellos cuentan con más de una arma y de alto calibre. Frenar su encono será una tarea titánica para el gobierno demócrata. A pesar de estos grupos, lo que Estados Unidos vive en estas semanas nos deja con varias lecciones. La primera es que un presidente populista que manejó todo su mandato con mentiras y noticias falsas, ocasiona que la sociedad se rompa y quienes le creyeron, se mueven igual que él, con rencor y violencia. Lo siguieron porque no tenían resueltas sus necesidades más básicas de empleo y recursos económicos. Son personas con niveles bajoos de educación. Le creyeron porque lo ven como una esperanza y ejemplo a seguir, aún hoy y después del 6 de enero. Peor aún, siguen con él después del pésimo manejo de la pandemia y de contar con el mayor número de muertos a nivel mundial. Trump pasará a la historia como el peor presidente de Estados Unidos. Se va, pero el odio que deja, no. La segunda lección es que es un país con instituciones sólidas que pudieron derrotar al presidente y demostrar que, a pesar de los problemas, la democracia en el país prevalece. Sin duda, habrá que reforzarla y hacer ajustes pero es un hecho que tienen una democracia sólida. Una última idea es que el mundo vio los sucesos con azoro, hubo países como Canadá, Chile, Francia, Argentina y Alemania que inmediatamente se pronunciaron en contra de la violencia y en contra de la violación a la democracia y a la Constitución estadounidense. Otros, como China, Rusia, Irán y Corea del Norte, seguramente disfrutaron ver a un Estados Unidos vulnerable. Muchas enseñanzas en un mundo en el que los modelos se agotaron, las sociedades demandan respuestas en medio de pandemia y crisis económica y todavía no se tienen modelos alternativos. EP

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