Habitar un fantasma (fragmentos)

En este fragmento ensayístico, Romeo Tello Arista nos introduce los no-lugares y la indeterminación que nos trajo el confinamiento pandémico.

Texto de 09/07/21

En este fragmento ensayístico, Romeo Tello Arista nos introduce los no-lugares y la indeterminación que nos trajo el confinamiento pandémico.

1. Syd Barret y la no-acción

¿Alguien aquí recuerda a Syd Barrett? ¿Alguien aquí recuerda cómo se preguntaba: quién podrá estar escribiendo esta canción?

Syd Barrett fue el cantante y guitarrista del primer disco de Pink Floyd y el compositor de casi todas las canciones. Syd compuso ese primer disco, lo grabó, lo reprodujo en varias tocadas de los sesenta y luego fue exiliado, con tristeza y culpa, de la banda que él mismo catapultó al estrellato y a una posteridad bastante duradera.

Syd Barrett fue exiliado de Pink Floyd porque se convirtió en un fantasma.

No sabemos exactamente cómo o por qué se convirtió en un fantasma. Sabemos que era un muchacho extrovertido, brillante y encantador. Sabemos que en 1965 empezó a consumir ácidos, de forma entusiasta y agresiva. De acuerdo con los testimonios de allegados y miembros de la banda, la personalidad de Syd cambió drásticamente en muy poco tiempo. Se volvió errático e imprevisible, depresivo y ensimismado al punto del autismo. Se instaló en su rostro una mirada perdida, que Roger Waters describiría en una canción como “agujeros negros en el cielo”. Reconocía con dificultad a amigos de toda la vida. Resultó imposible trabajar con él. Son célebres las anécdotas sobre su comportamiento excéntrico, por decir lo menos, en el escenario: una vez, durante un concierto en San Francisco en 1975, mientras el resto de la banda tocaba, se dedicó a desafinar su guitarra con delicadeza, observando catatónicamente al público; en otra ocasión vació sobre su cabeza un bote de Brylcreem mezclado con pastillas Mandrax1 trituradas. Las intensas luces del escenario derritieron la crema acondicionadora, dándole a Syd la apariencia de una vela humana. 

El guitarrista David Gilmour, amigo de Barrett desde los dieciséis años de edad, tuvo que entrar de relevo al grupo, primero de forma provisional y paliativa, para salvar los conciertos, y después de forma definitiva. Gilmour piensa que el fantasma siempre estuvo ahí y que las drogas simplemente lo hicieron florecer terriblemente. El tecladista del grupo, Richard Wright, opina lo contrario; él cree que si Syd no hubiera consumido la despiadada cantidad de ácidos que consumió su mente no se habría partido. Roger Waters piensa que es imposible distinguir, en la diamantina álgebra de la locura, la parte que corresponde a las drogas y la parte que corresponde a la enfermedad o a la personalidad de Syd. Después de una breve carrera como solista, Barrett se retiró de la escena musical y de cualquier tipo de escena pública. Regresó a vivir a Cambridge con su madre, quien muy pronto supo que debía blindar a su hijo del pasado, pues cualquier noticia relacionada con Pink Floyd lo sumía en oscuros episodios depresivos. Syd Barrett murió en 2006, a los sesenta años de edad, de cáncer de páncreas.

El pintor británico Duggie Fields fue amigo de Syd y compartió un par de residencias con él en Londres entre 1967 y mediados de los setenta. En una entrevista, Fields contó una de las anécdotas más impactantes acerca del fallecido músico. Según el pintor, durante una temporada Syd optó por pasar los días enteros tirado en la cama, inmóvil, mirando el techo. Salvo atender al mínimo sus funciones vitales, no hacía nada más. Cuando Duggie lo interrogó sobre la extrañeza de su comportamiento —o de su no- comportamiento—, Syd le dio una lúcida y escalofriante explicación: contestó que le aterraba hacer cualquier cosa, pues veía en la realización de alguna actividad en concreto no la elección positiva de ese acto, sino la renuncia a todas las demás acciones posibles. Hacer algo tenía un único sentido y una sola consecuencia para él: dejar de hacer todo lo demás. Sólo quedándose totalmente inerte mantenía abiertas todas las posibilidades y entonces sentía que la libertad existía. Para Syd, un acto determinado era un encarcelamiento del ser. No importaba que durara sólo un momento, durante ese lapso la cancelación de todo lo demás era total. Por ello, prefería mantenerse como mero combustible de la posibilidad, en estado puro. Es decir: indeterminado. Un fantasma es una zona de indeterminación.

Vi la entrevista en la que Duggie Fields cuenta esto en un documental sobre Pink Floyd y la grabación de The Dark Side of The Moon. Aún vivía en casa de mis padres y recuerdo haber sentido una especie de vergonzosa o temerosa reivindicación cuando escuché el relato del pintor. No sé si queda claro lo que quiero decir. Quiero decir que me sentí de alguna forma identificado con Syd. Por supuesto, yo nunca me quedé tirado en la cama por días sin hacer nada, tratando deliberadamente de diluir todos los actos en el germen de la pura potencia, ni pensé en hacerlo. Pero entendí la tentación. Y entendí, sobre todo, la profunda incomodidad que parte de la hipotética renuncia a todo lo demás cuando se elige algo en concreto, en cualquier ámbito o campo semántico determinado: un adjetivo, por ejemplo, un sabor de helado, una carrera universitaria. Insisto, nunca coqueteé con la posibilidad de convertirme en un fantasma, pero sí tengo muy claramente identificada la extraña fascinación que ejercen sobre mí distintas formas de indeterminación: las fantasías (que parecen satisfacerme tanto que no me dejan ganas o fuerzas o sentido para realizarlas), los tiempos y las salas de espera, los cuartos de hotel, la ambigüedad en la literatura de Bolaño, el concepto mismo de zona de indeterminación de Hans-Georg Gadamer.

Quiero hablar sobre los no-lugares y de mi propensión a ellos, también sobre ese pueblo fantasma llamado cuarentena. Las muchas líneas anteriores debían ser un pretexto y una introducción, pero se salieron de control.

2. Ulises y los no-lugares

En 1992, Marc Augé publicó un libro que lo hizo célebre: Los no-lugares. Introducción a una antropología de la sobremodernidad. También de 1992 son las películas Perfume de mujer, Perros de reserva y Mi pobre angelito 2, y los discos Erotica de Madonna, Automatic for the People de R.E.M. y Little Earthquakes de Tori Amos. No sé por qué hago estas menciones. Supongo que porque me parece que hablan del espíritu de una época, de un cierto Zeitgeist, como se dice, que forman un campo semántico emocional al que también pertenece el libro del etnólogo y antropólogo francés.

El concepto de no-lugar2 me ha atraído por mucho tiempo, desde antes incluso de haber leído el propio libro de Marc Augé. Creo que este encanto extraliterario está más o menos extendido y quizá se deba a cierta feliz sonoridad del término, pero, sobre todo, a su condición de manantial metafórico. No-lugar es una negación íntima y rotunda, tan radical y, a la vez, sutilmente extraña como pensar que hay lugares que, específicamente, no lo son: aeropuertos, centros comerciales, vías rápidas. Apenas la mente recibe esta pista empieza a entrever no-lugares por todas partes. ¿Un desierto es un no lugar? ¿Lo era el jardín del Edén? ¿O comenzó a serlo en el momento en que fueron expulsados Eva y Adán? ¿Lo es el Purgatorio? ¿Es la memoria o un no-lugar? ¿La nostalgia, el no-regreso? ¿Lo es la música o, al menos, su sucedánea, la poesía? ¿Qué me dicen de la locura? Quizá no guarde ninguna relación con lo que dice Marc Augué en su libro, pero qué bien se siente llamarla así, ¿no? Qué inteligente se siente uno. El potencial metafórico del no-lugar es doblemente intrínseco: metáfora quiere decir traslado, desplazamiento, llevar a otra parte. ¿Pero a qué parte podemos llegar si no estábamos en ninguna? A cualquiera, por supuesto. Jugar a las metáforas con los no-lugares es meter una matrioksa de indeterminación dentro de otra.

Ahora bien: ¿qué es lo que dice realmente Augé en su libro? Primero habla de la sobremodernidad, la época en la que vivimos desde finales del siglo xx. Dice que cotidianamente experimentamos una sobrecarga de sentidos —de estímulos, podríamos decir hoy— y, a la vez, la sensación de la pérdida de toda significación. Dice también que esta época está marcada por tres figuras de exceso: el exceso de tiempo (o, mejor dicho, la abundancia de acontecimientos en el tiempo), el exceso de espacio (que es el correlato o consecuencia del achicamiento del planeta por el desarrollo de los medios de transporte y de comunicación), y el exceso de individuo (o, mejor dicho: el exceso de individualización de las referencias). Recordemos que Marc Augé pensó y publicó estas cosas en 1992; internet ya existía, pero sólo había diez sitios web en línea: eBay nacería tres años después; Google, en 1998; Facebook, en 2004; Instagram en 2010. En 1992 Marc Augué escribió: “se mezclan cotidianamente en las pantallas del planeta las imágenes de la información, las de la publicidad y las de la ficción”. ¿Qué diría hoy, cuando las pantallas del planeta se han multiplicado exponencialmente? Se calcula que más de tres mil millones de personas tienen un smartphone; en el segundo cuarto de 2020, Facebook tuvo en promedio 2,700 millones de usuarios activos por mes. ¿Qué implica esto para la multiplicación e individualización de las referencias de las que hablaba Augé?

El antropólogo francés hace esta carta náutica de la sobremodernidad para poder hablar de los no-lugares, pues, de acuerdo con él, son un producto original de la sobremodernidad. Si los lugares son espacios de cargados de identidad, de historia (es decir, de memoria) y de referencialidad (relaciones de familia, relaciones sociales y políticas), los no-lugares son su reverso: espacios de anonimato y amnesia, quizá refrescante, pero amnesia a fin de cuentas. Los lugares son espacios de reconocimiento y esto se logra especialmente a través del lenguaje. De hecho, Augé define en algún momento los lugares como “territorios retóricos”: una persona “está en casa cuando está a gusto con la retórica de la gente con la que comparte su vida. […] El país retórico de un personaje finaliza allí donde sus interlocutores ya no comprenden las razones que él da de sus hechos y gestos ni las quejas que formula ni la admiración que manifiesta”. Los no-lugares también tienen su propio lenguaje, pero éste se caracteriza por su neutralidad y su naturaleza de señalética verbal: “gracias por su visita, vuelva pronto”, “introduzca nuevamente su tarjeta”, “prohibido fumar”, “no hay retorno”.

Dijimos que los lugares son espacios cargados de identidad, historia y referencias —la pretenciosa primera persona del plural no es necesariamente académica, es porque primero lo dijo Marc Augé, yo sólo estoy parafraseando—. Entonces: ¿qué espacios concretos podríamos decir que son lugares hechos y derechos, lugares por antonomasia? Lo son la casa, el templo, la plaza pública. Espacios imantados de sentido y que, como los monumentos, apuntan o apelan a la permanencia o, al menos, a la duración. Los lugares, también, son espacios que guardan una estrecha relación con el ritual, cuyo sentido se recarga con cada reiteración: la iglesia con la misa, la plaza con el regreso del tianguis o de la ceremonia civil o con cada nueva manifestación, la casa con cada domingo de hot cakes.

Los no-lugares, en cambio, ofrecen permanente borrón y cuenta nueva, son espás por terapia de tabula rasa. El etnólogo dice: “Los no lugares son tanto las instalaciones necesarias para la circulación acelerada de personas y bienes (vías rápidas, empalmes de rutas, aeropuertos) como los medios de transporte mismos o los grandes centros comerciales”. Si los lugares están determinados por su carga de identidad y memoria, por ser redes o nódulos de referencias compartidas, los no-lugares son paréntesis de neutralidad, soledad y anonimato. Si el lugar tiene habitantes, el no-lugar tiene usuarios o pasajeros. Si el lugar está minuciosamente colmado de historia, el no-lugar lo está de presente. Los no-lugares son el reino de la soledad y del presente: aeropuertos, cuartos de hotel, centros comerciales —lugares en los que yo siempre me he sentido en casa.

Los no-lugares ofrecen un anonimato edénico. Pero, momento, para poder acceder a ellos hay que dar pruebas de inocencia. ¿Alguien aquí recuerda a Ulises? ¿Recuerdan cómo logró escapar de la isla de los cíclopes sin ser devorado por Polifemo, diciéndole que su nombre —el suyo, no el del gigante de un ojo— era “Nadie” y no Odiseo ni Ulises? Bueno, pues todos podemos acceder al mismo salvoconducto, al mismo refrescante y salvífico anonimato sin ser el más astuto y sagaz de todos los héroes. ¿Cómo? Pues simplemente presentando pruebas suficientes de inocencia: una identificación oficial con fotografía, un pase de abordar, una clave de reservación (amparada en una tarjeta de crédito impoluta o semiimpluta) o, al menos, un outfit respetable o aceptable. Si queremos ser Nadie debemos ser iguales a todos. En la boarding gate, en la habitación del hotel de la cadena multinacional, incluso en la sala de estar de Starbucks, con todo y nuestra personalisadísima bebida en mano, dejamos atrás nuestro pesado pasado y nos convertimos en la ligera personita de los letreros: ALTO. NO MOLESTAR.Después de engañar a Polifemo, Ulises escapó de la isla, pero su orgullo y vanidad lo obligaron a confesar: “¡No te hirió Nadie, sino Odiseo!”. Ay, Ulises. Pero, bueno, todos sabemos que regresó con bien a la verde Ítaca. También sabemos que los tres grandes temas de la literatura son dos: el viaje. (Podríamos agregar: la muerte y el amor y el padre, pero quizás éstos sólo sean accidentes del primero.) Marc Augé dice que el viajero es el no-lugareño por excelencia. A ver: un cierto tipo de viajero, claro, no el peregrino, ni el navegante, ni el descubridor. El viajero solitario, el viajero que viaja deliberadamente para encontrarse —no: para buscarse—. El viajero que se desplaza para cambiar de escenografía, pero sólo para ser un mejor espectador de sí mismo cambiando de escenografía, y así hasta el infinito o el abismo. Para este tipo de viajero, dice Marc Augé, la “abolición del lugar es también la culminación del viaje”. Lo que quiere es mirarse a sí mismo en un escenario diferente y decir: cuánto he cambiado, qué especial soy, el héroe y el único. O bien: tomarse una selfie. Esta clase de viajero siempre lleva el no-lugar consigo a cuestas, como si fuera su casa, como el caracol. Yo soy ese caracol. EP

1 Mandrax es el nombre de una droga sintética cuyo ingrediente activo es la metacualona, un sedante-hipnótico. Dependiendo del fabricante, la droga también es conocida como Quaaludes, Ludes o Sopor y es el fármaco que precipitó el colapso de Jordan Belfort, el Lobo de Wall Street, representado por Leonardo DiCaprio en la adaptación fílmica de Martin Scorsese.

2  En francés, Marc Augé le pone guión al neologismo non-lieu. La traducción al español de Gedisa se lo quita. En general, estoy en contra del uso de los guiones para la formación de palabras compuestas, sobre todo cuando se trata de prefijos —con lo cual sigo los preceptos de la Ortografía académica de 2010—, pero en este caso me parece pertinente: en parte por respeto al original en francés, pero, sobre todo, porque así se resalta, me parece, la originalidad del concepto, en el que pesa tanto el adverbio negador como el sustantivo.

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