Libros: La inteligencia de las flores

En Libros les traemos fragmentos de publicaciones elegidas por los editores de Este País. Coincidiendo con el 70 aniversario luctuoso de Maurice Maeterlinck (Gante, Bélgica, 1962 – Niza, Francia, 1949), la editorial oaxaqueña Zopilote Rey presenta el primer libro de su nueva colección: La inteligencia de las flores. Para Jorge Luis Borges, La inteligencia de las flores es uno de los cien libros que hay que leer antes de morir. Se trata de un ensayo breve, sutil y sabio sobre “las diversas pruebas de sabiduría que las flores nos enseñan”.

Texto de 24/06/19

En Libros les traemos fragmentos de publicaciones elegidas por los editores de Este País. Coincidiendo con el 70 aniversario luctuoso de Maurice Maeterlinck (Gante, Bélgica, 1962 – Niza, Francia, 1949), la editorial oaxaqueña Zopilote Rey presenta el primer libro de su nueva colección: La inteligencia de las flores. Para Jorge Luis Borges, La inteligencia de las flores es uno de los cien libros que hay que leer antes de morir. Se trata de un ensayo breve, sutil y sabio sobre “las diversas pruebas de sabiduría que las flores nos enseñan”.

Fragmento de La inteligencia de las flores, de Maurice Maeterlinck, ©2019, cortesía otorgada bajo el permiso de Zopilote Rey.  


[I]

QUIERO simplemente recordar aquí algunos hechos conocidos por todos los botánicos. No he realizado ningún descubrimiento, y mi modesta aportación se reduce a algunas observaciones elementales. No tengo, es inútil decirlo, la intención de pasar revista a todas las pruebas de inteligencia que nos dan las plantas. Estas pruebas son innumerables, continuas, sobre todo entre las flores, en las que se concentra el esfuerzo de la vida vegetal hacia la luz y hacia el espíritu. Si se encuentran plantas y flores torpes o desgraciadas, no las hay que se hallen enteramente desprovistas de sabiduría y de ingeniosidad. Todas se aplican al cumplimiento de su obra, todas tienen la magnífica ambición de invadir y conquistar la superficie del globo, multiplicando en él hasta el infinito la forma de existencia que representan. Para llegar a ese fin tienen que vencer, a causa de la ley que las encadena al suelo, dificultades mucho mayores que las que se oponen a la multiplicación de los animales. Así es que la mayor parte de ellas recurren a astucias y combinaciones, a asechanzas que, en cuanto a balística, aviación y observación de los insectos, por ejemplo, precedieron con frecuencia a las invenciones y a los conocimientos del ser humano.

[II]

SERÍA superfluo trazar el cuadro de los grandes sistemas de la fecundación floral: el juego de los estambres y del pistilo, la seducción de los perfumes, la atracción de los colores armoniosos y brillantes, la elaboración del néctar, absolutamente inútil para la flor y que esta no fabrica sino para atraer y retener al libertador extraño, al mensajero de amor: mosca, abejorro, abeja, mariposa o falena, que debe traerle el beso del amante lejano, invisible… Ese mundo vegetal que vemos tan tranquilo, tan resignado, en que todo parece aceptación, silencio, obediencia o recogimiento es, por el contrario, aquel en el que la rebelión contra el destino es la más vehemente y la más obstinada. El órgano esencial, el órgano nutricio de la planta, su raíz, la sujeta indisoluble- mente al suelo. Si es difícil descubrir, entre las grandes leyes que nos agobian, la que más pesa sobre nuestros hombros, respecto a la planta no hay duda: es la que la condena a la inmovilidad desde que nace hasta que muere. Sabe mejor que nosotros, que dispersamos nuestros esfuerzos, contra qué rebelarse ante todo. Y la energía de su idea fija, que sube de las tinieblas de sus raíces para organizarse y manifestarse en la luz de su flor, es un espectáculo incomparable. Tiende toda entera a un mismo fin: escapar hacia arriba a la fatalidad de abajo, eludir, quebrantar la pesada y sombría ley, libertarse, romper la estrecha esfera, inventar o invocar alas, evadirse lo más lejos posible, vencer el espacio en que el destino la encierra, acercarse a otro reino, penetrar en un mundo moviente y animado. ¿No es tan sorprendente que lo consiga, como si nosotros lográsemos vivir fuera del tiempo que otro destino nos señala, o introducirnos en un universo eximido de las leyes más pesadas de la materia? Veremos que la flor da al hombre un prodigioso ejemplo de insumisión, de valor, de perseverancia y de ingeniosidad. Si desplegásemos nuestras energías en levantar las diversas necesidades que nos abruman, por ejemplo, las del dolor, de la vejez y de la muerte, sin duda, ese esfuerzo sería equivalente al que lleva a cabo la más pequeña flor de nuestros jardines.

[III]

ESA necesidad de movimiento, ese apetito de espacio, en la mayor parte de las plantas se manifiesta a la vez en la flor y en el fruto. Se explica fácilmente en el fruto o, en todo caso, no revela en él más que una experiencia, una previsión menos compleja. Al revés de lo que sucede en el reino animal, y a causa de la terrible ley de inmovilidad absoluta, el primero y el peor enemigo de la semilla es el tronco paterno. Nos encontramos en un mundo extraño, en el que los padres, incapaces de cambiar de sitio, saben que están condenados a matar de hambre o sencillamente de ahogar a sus vástagos. Toda semilla que cae al pie de un árbol o de una planta estará perdida o germinará en la miseria. De ahí ese inmenso esfuerzo para sacudirse el yugo y conquistar el espacio. De ahí los maravillosos sistemas de diseminación, de propulsión, de aviación, que en todas partes encontramos en el bosque y en el llano; entre ellos, por no citar más que algunos de los más curiosos: la hélice aérea del arce, la bráctea del tilo, la máquina de cernirse del cardo, del diente de león y del salsifí; los resortes explosivos del euforbio, la extraordinaria surtidora de la momórdiga; y mil otros mecanismos inesperados y asombrosos, pues puede decirse que no hay semilla que no haya inventado algún procedimiento particular para evadirse de la sombra materna. El que no haya practicado un poco la botánica no puede creer el gasto de imaginación, de ingenio, que se hace en esa verdura que regocija nuestros ojos. Observemos, por ejemplo, la bonita olla de semilla de la anagálide roja, las cinco válvulas de la balsamina, las cinco cápsulas con disparador del geranio. No dejemos de examinar, si tenemos la ocasión de hacerlo, la vulgar cabeza de adormidera que se encuentra en todas las herboristerías. Hay en esa buena cabeza una prudencia y una previsión digna de los mayores elogios. Se sabe que encierra millares de semillas negras sumamente pequeñas. Se trata de diseminar esa semilla lo más hábilmente y lo más lejos posible. Si la cápsula que la contiene se agrieta, se cayese o se abriese por debajo, el precioso polvo negro no formaría más que un montón inútil al pie del tallo. Pero no puede salir sino por aberturas practicadas encima de la cáscara. Esta, una vez madura, se inclina sobre su pedúnculo y, al menor soplo de aire siembra, literalmente, con el gesto mismo del agricultor, la semilla en el espacio.      

¿Hablaré de las semillas que prevén su diseminación por los pájaros y que, para tentarlos, se acurrucan, como el muérdago, el enebro, el serbal, en el fondo de un envoltorio azucarado? Hay ahí tal razonamiento, tal inteligencia de las causas finales, que no se atreve uno a insistir por temor de renovar los cándidos errores de Bernardino de Saint-Pierre. Sin embargo, los hechos no se explican de otra manera. El envoltorio azucarado es tan inútil para la semilla como el néctar —que atrae a las abejas— lo es para la flor. El pájaro se come el fruto porque es dulce y se traga al mismo tiempo la semilla, que es indigestible. El pájaro vuela y devuelve poco después, tal como la recibió, la semilla desembarazada de su vaina y dispuesta a germinar lejos de los peligros del lugar natal.

Fotografías realizadas con microscopio electrónico por la artista yucateca Silvia Andrade. 

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