¿La nación ultrajada o un alto al ultraje del estado-nación patriarcal?

Mayra Rojo explica cómo los diversos feminismos en la actualidad buscan generar mecanismos de liberación.

Texto de 14/10/20

Mayra Rojo explica cómo los diversos feminismos en la actualidad buscan generar mecanismos de liberación.

I.

El mundo arde; ninguna pandemia es capaz de frenar el grito de ¡Ya basta! Del triunfo de la Revolución Rojava (2012) a la Liberación de Kobane (2014) al grito beligerante de #niunamenos que resonó del Sur al Norte de América Latina (2018) , a la desobediencia de la memoria porque #niperdonniolvido por nuestros muertos que irrumpió con los antimonumentos y antimonumenta en México (2015-2019) hasta la rebelión contra la historia colonial y la destrucción de las estatuas con #lasvidasnegrasimportan (2019).

¿Se ultraja a la nación? Sí, porque ya no puede ser universal ni progresista ni moderna. Ya no es una nación con la historia de los héroes incólumes de las revoluciones que nos heredaron los valores de la democracia, los derechos humanos y el pacto social desde el pensamiento y la historia patriarcales, capitalistas y colonizadoras. 

De Kurdistán a México estamos pensando y yendo a las formas del hacer, nada más vigorizante, confuso y aterrador que los desafíos del “estar haciendo”, y con ello tenemos la obligación de repensar colectivamente nuestros dichos y nuestros hechos. Hoy, los diversos feminismos —que no el mediatizado que ha banalizado la violencia de género e instrumentalizado la legítima convicción de fisurar la mentalidad patriarcal, ese que es plano y ramplón— no solamente buscan crear apoyo sino “mecanismos comunes que nos liberen a todos y todas” de las estructuras patriarcales, capitalistas y coloniales, como lo dijo Nesrin Abdullah, comandanta de las YPJ (Unidades de Protección de las Mujeres, Rojava Administración Autónoma del Norte y Este de Siria ), en el Encuentro Revolución en Construcción: Tejiendo futuro este 30 de agosto, Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas. 

Ante el caos establecido por las medidas draconianas a nivel global, debido no a un virus sino a las consecuencias de las prácticas extractivistas que atentan a la vida, los gobiernos ignoran los programas sociales en términos de salud, trabajo y seguridad. Sociedades con cuerpos debilitados por hambre y explotación laboral, golpeadas por las olas de violencia creciente, pauperizadas emocionalmente por la incertidumbre. El contexto de la pandemia nos lleva a pensar en una lucha transnacional por la tierra, la soberanía alimentaria, la vivienda, los cuidados. Acelera la urgencia y nos muestra los desafíos de la organización a largo plazo, de la creación de redes más allá de las fronteras para comenzar a pensar que el “ejercicio de solidaridad no es un ejercicio teórico”, dice Alessia Dro, miembro del Movimiento de Mujeres del Kurdistán, en América Latina. 

Nuestras imaginaciones y expectativas de nuestros sentir-pensar encuentran un abrevadero en luchas ancestrales. Se destejen paradigmas anquilosados de las revoluciones; ya no sólo son “las juventudes” sino los lazos estrechos intergeneracionales: ya no es la división tajante entre lo urbano y lo rural sino el reconocimiento con matices, con colores, de que esas diferencias existen no para crear una comunidad integrada y universal llena de generalizaciones sino para arriesgarnos al desafío de socialización y reconocimiento transfronterizo que ha generado nuevas gramáticas, palabras cálidas que se esfuerzan en encontrar acciones de “acuerpamiento”, o en escuchar los “sentir-pensares” que van exigiendo cada vez más abrir las grietas del capitalismo través de reinventar y ajustar en las urbes lo que significa en el ejercicio y práctica del pensamiento los autogobiernos y el derecho a la autodefensa como mujeres. Despatriarcalizar los estados desde el reconocimiento del valor de la vida de lo humano y lo no-humano, para “hacer juntas —como dice Alessia Dro— los pasos hacia el cómo, los métodos, desde la crítica y la autocrítica”. Vivimos tiempos de urgencia, pero no por ello de aceleración desenfrenada, sino esa urgencia paciente que te invita a escuchar, a sentir lo que queremos y lo que necesitamos.

II.

Un retrato de Francisco I. Madero que rompe su propia imagen de caballero de la patria: cabello morado con un moño rojo, los párpados pintados de verde, bajo el abundante mostacho unos labios rojos. Su traje gris a rayas estampado de estrellas y florecitas moradas entra en subasta al margen del mercado del arte. No hay nombres o definición de crimen artístico que lo ostenten para darle o no el valor de obra arte, al menos todavía, pero bajo las circunstancias en que se produce es lo de menos. Lo importante es interrogarnos si estas intervenciones a los icónicos personajes de la historia del estado-nación en el contexto que vivimos implica el comienzo del desmantelamiento de una historia patriarcal, colonizadora y capitalista. 

 “Esta no es una lucha del porfiriato, es una lucha de mujeres que estamos pidiendo justicia por nuestras hijas, hijos y familias, por tener una vida libre de violencia. Esto de pintar una pintura no es violencia; violencia institucional y de derechos humanos es lo que hacen todos los días […]. Es una foto como muchas; ahorita estamos luchando por la vida, por los que no aparecen. Le debería dar vergüenza estar protegiendo pinches cuadritos y no ciudadanas y ciudadanos.” Responde en entrevista una de las madres que tomaron las instalaciones de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH) en el Centro Histórico de la Ciudad de México el 5 de septiembre de 2020, Yesenia Zamudio, ante el desacuerdo que expresó el presidente de la república por pintar la imagen de Francisco I. Madero, a quien nombra como “apóstol de la democracia”. 

Al respecto de esta mitografía, la toma y ocupación de las instalaciones de la CNDH expresan los desafíos para trascender los presupuestos epistémico-políticos como la democracia, los derechos humanos y el contrato social, que han sido valores de una cultura de la modernidad que no responden a las particularidades de los pasados y presentes de América Latina como mencionan Lang, Machado y Rodríguez en su texto Trascender la modernidad capitalista para re-existir. El discurso de la 4T juega con el lenguaje y la representación “nacional indigenista y mesiánica”, que a diferencia de un programa político que respete la voluntad de los pueblos y comunidades civiles, implementa políticas extractivistas ecocidas y etnocidas que lejos de contener la violencia permite su perpetuación. 

Una iconofagia1 patriarcal y colonizadora expone cada vez más las contradicciones entre la gramática y las acciones que se implantan transgrediendo e instrumentalizando cuerpos, territorios y mentalidades porque expone formas de violencia en una de sus versiones más voraces y destructivas. Cabe enfatizar que no quiero decir que este gobierno es y los otros no, sino hacer notar que lo que vivimos es una variable o un mix del caudillismo, de las prácticas clientelares, de la continuidad de la guerra contra la vida pero de alguna manera con una potencia de destrucción mayor, porque las sociedades y los cuerpos hemos vivido en una constante pauperización del bien-estar.

“Vivimos tiempos de urgencia, pero no por ello de aceleración desenfrenada, sino esa urgencia paciente que te invita a escuchar, a sentir lo que queremos y lo que necesitamos.”

La construcción de imagen y significados de la llamada 4T ostenta símbolos religiosos, culturales e históricos que van de la mano con el trípode colonial del poder: militares, clero y burócratas. Al respecto de este “Madero Ultrajado”, podría leerse como el símbolo que quebranta la tercera pata: la burocratización de la vida. Con ello, la exhibición de que no es una garantía de toma de decisiones pertinentes y críticas el hecho de ser profesionales destacados o de ser mujeres o de tener un linaje o títulos. Quienes dirigen las instancias como la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas (CEAV) y la CNDH hoy exponen que su ejercicio ha sido ineficaz para las comunidades que representan. 

Ante la falta de escucha y voluntarismo de la clase política, hoy es significativa la respuesta de fisura y quiebre de esa práctica simbólica de monumentos enquistados en una memoria histórica y social colonizada, patriarcal e integracionista. Recordemos las intervenciones del Hemiciclo a Juárez y el Ángel de la Independencia. 

La toma de la CNDH es por un hartazgo que ya se venía anunciando pero que la pandemia y la desatención del gobierno aceleró. En el mes de julio, el plantón de las familias de desaparecidas y desaparecidos, tras 28 días de estar frente a Palacio Nacional, se retiraron aclarando que sólo se les había resuelto una demanda de su pliego petitorio: la renuncia de Mara Gómez de la CEAV. Aclararon que de nada sirve que sea una persona preparada con todas las posibilidades de estudio si no es sensible al dolor. María Guadalupe Rodríguez Narciso, del colectivo de desaparecidos, desaparecidas y secuestrados en Guerrero y en el país, volvió a reiterar su exigencia de verdad, justicia y reparación del daño y garantía de no repetición, remarcando que al presidente no se le iba a dejar en paz hasta el cumplimiento de sus palabras como candidato. Después de casi una semana se instaló otro plantón de familiares de víctimas de feminicidios. Esta situación no sólo está ocurriendo en la Ciudad de México sino en otros Estados como Jalisco.

Casi un mes después, las marchas y plantones ya no son suficientes; siguen siendo ignoradas y se sigue ocupando la CNDH. Yesenia explica: “No vamos a entregar las instalaciones; de hecho, ya me instalé con otras familias; sus oficinas ahora son para darle asilo a varias familias que han sido desplazadas, varias familias que han perdido todo, que no tienen casas, no tienen dónde darle clases a sus hijos por que no tienen ni una tele. Nos vamos a quedar aquí; no es un plantón es una toma y no tiene fecha. No las vamos a regresar; este lugar va a surgir como un lugar donde las víctimas van a llegar a pedirnos apoyo y asesoría como lo venimos haciendo hace varios años. Hacemos algo que le corresponde al gobierno, pero nos hemos organizado como sociedad civil y como feministas también.”

El devenir histórico se nos presenta como déjà vu sólo para confirmarnos que la falta de visión optimista de futuro, siquiera la posibilidad de lo que está por-venir, se debe al “fracaso de los estados-nación como eje central de estrategias públicas para el bienestar de las grandes mayorías” como lo enunció Rodolfo Stavenhagen, hace cinco años, recordando el contexto del debate de las Siete Tesis equivocadas sobre América Latina.

No puede haber imaginario positivo de la modernidad en la experiencia contemporánea de América Latina con los anquilosados espejismos del estado-nación y la reducción de la patria en iconos que hoy ya no nos representan. Estamos de frente a la potencia de nuevas imaginaciones donde ya no hay miedo al monumento de piedra que se erige incólume, donde se están buscando vocabularios y prácticas del anti-monumentalismo que correspondan al hartazgo de la burocratización e instrumentalización de la vida, para destruir las quimeras histórico-institucionales, porque ya no responden a esta realidad apabullante e incierta.

“Si el presidente dice por su cuadro: “Yo no estoy de acuerdo”, pues yo [tampoco] estoy de acuerdo que me hayan matado a mi hija y que después de cinco años no tenga respuesta de nadie…” cierra Yesenia Zamudio con voz enardecida e irónica. 

Hoy, el estado-nación patriarcal no tiene chance de revictimizar a las mujeres que luchan. Nos toca pensar que no es un “milagro” el ejercicio de la legalidad y la justicia en nuestro país; nos toca estar en desacuerdo y abrir más las grietas de este sistema capitalista. EP

1  Iconofagia es un término amplio que refiere su vinculación genérica con el sistema tecnológico, en este caso mediático, que crea y consume imágenes a destajo. Parte de la genealogía semántica e histórica de este término es la noción de “antropofagia”, originalmente resignificada como antropofagia cultural en 1928 en Brasil, y posteriormente reflexionada por pensadores sobre América Latina como Roberto Fernández Retamar, Boaventura de Sousa Santos, por citar algunos.

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