La historia que no se explica

En este texto, Ana Francis Mor evoca cómo y explica por qué decidió ser candidata.

Texto de 17/06/21

En este texto, Ana Francis Mor evoca cómo y explica por qué decidió ser candidata.

Trataré de ser elegante. Desde que me entregué al estudio de la teología, aprendí que transgredir era importante, pero no había razón para faltarle al respeto a la gente con lo que cree. O sea, en términos prácticos: cuestionamientos sí, groserías no. A eso, mi mujer le llama ser elegante.

Voy a hablar de política siendo candidata, pero trataré de ser elegante.

Hay listas enteras de por qué votar a favor o en contra del proyecto de país que está ocurriendo, así que no citaré anecdotario alguno; si abre usted Twitter, encuentra de a pasto. Yo me quisiera centrar en la historia que me explica las cosas. 

Cuando yo era niña, en una colonia de clase media de la hoy Alcaldía Benito Juárez, jugaba en la calle horas sin peligro de ser secuestrada. Me acuerdo de alguna noticia sobre un “roba chicos” —así decía el periódico— que hacía camote a los niños; entonces mi mamá aplicaba la amenaza: “si no te metes a la casa a tal hora, te van a hacer camote”. Hasta el día de hoy se me eriza la piel con el chiflido del camotero; pero, en general, fui y vine en mi bici sin mayor peligro.

Yo estudié en escuela pública la primaria y la secundaria; si bien las escuelas no eran lujosas, las recuerdo siempre bien pintadas y con los insumos correspondientes. Recuerdo que hasta me tocaba repartición de la cooperativa. Mi maestra de primaria tenía una casa linda, como la mía, pero ella era maestra y mis padres comerciantes. 

“Hay muchas cosas que 40 años después son mejores, sobre todo en lo que tiene que ver con la cultura de la violencia hacia las mujeres. La impunidad es muy alta, pero el señalamiento social ya es constante.”

Escuchaba sobre las devaluaciones y las privatizaciones. Mi madre se quejaba de que todo era una robadera y votaba por el PAN. Mi padre veía a Jacobo Zabludovsky, leía el Excelsior, le iba al América y tenía casa chica. Por supuesto, votaba por el PRI y afirmaba cosas como “mira, mijita, los empleados son como animalitos y tú tienes que decirles hasta qué refri se pueden comprar”. 

Yo jugaba en las canchas de la delegación y en los parques de mi alcaldía. Viajaba en combi por todo el país con mi familia y casi siempre de noche, porque mi papá decía que era mejor para el motor. La diferencia entre quienes más tenían y quienes tenían menos no era tanta. Hoy no puedo hacer esos viajes con mi familia: me da miedo.

Hay muchas cosas que 40 años después son mejores, sobre todo en lo que tiene que ver con la cultura de la violencia hacia las mujeres. La impunidad es muy alta, pero el señalamiento social ya es constante. En la cuadra donde viví, en el 153, el abuelito le agarraba las piernas y las chichis a las niñitas —entre ellas yo—, los señores golpeaban a las señoras y, dicen, el biólogo de la esquina mató a su esposa (después se convirtió en un gran abuelo, parece ser). En esos años, nadie denunció a nadie, ni cambió nada. Ahora sería impensable que en esa cuadra no fuéramos muchas denunciando los hechos. La última vez que estuve ahí, un vecino estaba golpeando a su esposa en la calle; salimos varias con sartenes y celulares a grabarlo. Se detuvo de inmediato; al poco tiempo, ella lo divorció.

Lo que quiero decir con esta serie de mosaicos es que, en mi lectura urbana de clase media de la Ciudad de México, las personas hemos cambiado mucho y las instituciones que nos defienden no han cambiado mucho, pero sí algo. La desigualdad se ha acrecentado de forma descomunal y la última vez que visité a mi maestra de primaria, ella tenía dos empleos y una casa derruida: ya no le alcanzaba para nada. El del taller mecánico puso una guardería subrogada, porque era un buen negocio, aunque no tenía nada de experiencia. 

Mi hermosa ciudad en los noventa se empezó a llenar de calles cerradas con rejas. Los multifamiliares, en los que tanto jugué de niña con mis primos y mis amigas de las escuelas, empezaron a estar tremendamente descuidados y ser inseguros con sus coches enjaulados.

Esta ciudad es ahora mucho más diversa en todos los sentidos y eso es una gran ganancia, pero las rentas y los precios de la propiedad son imposibles. Las personas trabajamos muchas más horas al día de las que trabajaba mi abuelo. De niña, tomaba agua de la llave y el refresco era un lujo. 

“Esta ciudad es ahora mucho más diversa en todos los sentidos y eso es una gran ganancia, pero las rentas y los precios de la propiedad son imposibles.”

En un rápido resumen, el avance en términos de derechos y legislación de avanzada se explica por el enorme trabajo de las organizaciones de derechos humanos que de forma incansable han cabildeado, trabajado y empujado, incluso, el avance de la democracia y la construcción de los organismos autónomos.

No obstante, nadie me explica qué pasó con el dinero y la desigualdad. Nadie, ningún gobierno ni partido de los últimos 40 años es capaz de salir públicamente a decir: “a las personas les quitaron las prestaciones que sí tenían tus abuelos porque nos equivocamos”; “un maestro de escuela no puede comprar una casa en la alcaldía Benito Juárez, porque no supimos aumentar los salarios en su justa medida”; “no puedes viajar libremente en las carreteras, porque nos equivocamos en esto y en esto otro”. 

Sí sé por qué puedo besar a mi novia en el metro: soy blanca, tengo cara de maciza y hemos peleado de forma brutal para ganar no sólo la batalla legal, sino la cultural. Pero nadie me explica por qué no tengo ninguna seguridad social. Nadie me explica ni asume responsabilidad por los último 40 años.

Espero estar siendo elegante. No quiero deslegitimar el miedo y el descontento de algunas personas que aún creen que nos estamos haciendo bolcheviques. Sé que los cambios son difíciles y generan resistencia. Yo siento que me robaron mi queso, mi jamón y hasta la mayonesa del sándwich; y la única explicación que tiene sentido es que mientras nos dejaron avanzar mucho en los derechos humanos (en la letra), se privatizó el desarrollo de nuestras ciudades, de nuestra educación, salud, transporte, espacios públicos, energía, agua, alimentación… todo. Se privatizó todo y nuestros derechos humanos son muy bonitos, pero no pagan la renta, ni explican los millonarios asentamientos con altísimas bardas, rodeados de verdaderos cinturones de miseria. 

Y yo, como dice mi terapeuta, quiero todo. Quiero una bella idea de democracia —porque la práctica no la conozco aún—, pero con justicia económica y social. 

¿Hay alguien que me pueda explicar qué pasó y que asuma la responsabilidad? EP

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