Cuerpo en formación

Especial exclusivo en línea sobre sexualidad.

Texto de 21/06/19

Especial exclusivo en línea sobre sexualidad.

Cuando mi abuela me decía que tal o cual cosa la comprendería “después”, me frustraba enormemente. Primero, porque la adultez me parecía un páramo demasiado lejano e inconcebible, como si la mujer que llegaría hasta allá no conservaría ninguna relación conmigo, pero sobre todo porque me sonaba a mentira, a salida fácil para que los niños se quedaran en la ignorancia. Mi abuela tenía razón —lo comprendí, en efecto, más tarde—, puesto que la única compensación al envejecimiento es la memoria que forma un aparato cada vez más potente para radiografiar la realidad obtusa que vuelve al ataque todas las mañanas.

Como para muchas de mis compatriotas, en mi infancia tuvieron una gran influencia las muchachas[1] que trabajaban en la casa y se ocupaban de nosotras. Debían ser muy jóvenes, a la mejor no tenían ni veinte años. Además de limpiar y cocinar, jugaban con nosotras a las escondidillas, nos llevaban por las tortillas y nos metíamos a sus cuartos para mirar las telenovelas. Había muy poco espacio entre el borde de la cama en que nos sentábamos y la pantalla cuadrada del televisor. A esas muchachas las recuerdo a un tiempo alegres y tristes, como si después de años aún estuvieran sorprendidas de haber aterrizado en nuestra casa y que ése fuera su destino.

Dos episodios experimentados con ellas calaron muy profundo en mi sexualidad. El primero sucedió en la cocina de mi casa. Eran las ocho de la noche, yo ya estaba bañada, con mi cabello largo y húmedo bien cepillado, enfundada en un camisón rosa que me llegaba arriba de las rodillas. Mientras me preparaban mi huevo estrellado de merienda, me senté en la silla alta de mi hermanito, que estaba recargada contra la pared. Las dos muchachas se doblaban de la risa cada que volteaban hacia mí y yo no comprendía por qué. Trataban de no mirarme, pero en cuanto lo hacían, estallaban de nuevo en carcajadas. Esta situación incomprensible duró hasta que me di cuenta de que estaba sentada con las piernas abiertas mostrando mi vulva de niña, que era una cosa toda rosa y sin pelos. En la familia, nadie usaba calzones para dormir. Me bajé de la silla, traté de tragarme el huevo que ya estaba servido, lo abandoné porque la yema estaba cruda y, sin decir nada a mis crueles guardianas, fui a mi cuarto a llorar.

Algunos amantes me han reclamado la fuerza con que resisto instintivamente cuando quieren abrirlas. He recolectado en mi pasado los distintos momentos de llamado al orden que inyectan esa resistencia reflejo a mis músculos abductores. Francamente, me gustaría relajarme. Como Pulgarcito de vuelta a casa, recojo todas las piedritas del camino —los consejos de cómo sentarse con falda, los albures en torno a las piernas abiertas— hasta toparme con esta primera ocasión, la que inaugura mi itinerario de represión física exclusiva para niñas, la de mi humillación en la cocina por dos representantes de mi propio sexo.

El segundo episodio ocurrió en casa de mi abuelo, en la sala de la tele. Pasaba un anuncio comercial de Activa, un paquete misterioso envuelto en plástico de colores que cabía en la bolsa trasera del jeans. “Te la pones aquí, te la pones allá, ¡Activa!” En la pantalla figuraban mujeres sonrientes haciendo cosas apetecibles como subirse a coches con muchachos guapos o bailar en discotecas. Pregunté a las dos muchachas que nos vigilaban a mí y a mis hermanos qué era Activa. Se miraron a los ojos y se atacaron de la risa. No me respondieron ni allí, a pesar de una insistencia que solo les arrancaba más carcajadas, ni luego en la cocina, cuando fui a hurtar unos chocolates de la alacena y les pedí que por favor ya me dijeran. Ahora secaban la vajilla sin reírse, en un silencio obstinado, como enojadas conmigo. Cuando por fin supe de qué se trataba, meses o años después, me puse a recordar aquel episodio con bastante vergüenza. Me escocía la ignorancia frente a esas chicas que tenían un estatuto tan especial en mi vida y de quienes quería merecer el respeto y el cariño. Eran un puente importante entre lo más íntimo —los secretos, gritos y regaños de mi casa— y el mundo exterior poblado de extraños que no pertenecían a mi familia.

No sólo comenzó a inquietarme la idea de vaciarme de sangre a través de la apertura espontánea e incontrolable de un grifo instalado en mi basamento, sino que debía prepararme a conseguir esas toallitas misteriosas e irme a bailar a las discotecas como si nada, para evitar las burlas. Apretar las piernas con todas mis fuerzas no iba a parar aquel escurrimiento traidor. En un campamento de verano donde debíamos tener nueve o diez años, le vino la regla a una niña llamada Arlet que se puso a llorar durante los siguientes tres días porque le daba vergüenza que su padre se enterara. Le ayudamos a escribir una carta a su madre, para suplicar que no le dijera. Dos veranos más tarde, en ese mismo campamento para niños judíos, aprendí que la llegada del periodo menstrual podía tener consecuencias aterradoras. Frida, una niña muy gorda con quien trabé amistad, tuvo que empacar sus cosas antes del final del curso porque se iba a casar. Una vez que tuvo la regla, su padre la anunció en uno de los periódicos comunitarios de los judíos emigrados de Siria, que en México llamamos simplemente “árabes”. Tardó casi un año en pegar el anuncio. Frida se subió al coche que pasó a recogerla hecha un mar de lágrimas, despeinada y en pants, estrujando una bolsa con chocolates con que se atiborraba la boca mientras nos hacía señas de adiós, en su camino hacia un hombre de treinta años al que no conocía, que le daba miedo, y a quien debía fabricarle muchos hijos.

Cuando mi propia madre me advirtió lo que venía en cuanto a la regla o mi padre nos impartió su idea de educación sexual, aprovechando los viajes en carretera donde nos tenía a su merced en la Ichi Van, yo ya había armado casi todas las piezas del rompecabezas. Pedacitos de información brincaban en los chistes escuchados en la escuela, en el escarnio contra las niñas, en la tele, en las clases de educación física —donde una compañera me advirtió que el maestro no debía tocarnos las nalgas ni para ayudarnos a hacer un mortal, lo cual me parecía un fastidio porque yo necesitaba todo el auxilio posible—, en las risas de las muchachas. Todo estaba grávido de sentido sexual. Debajo de cada gesto, carcajada o refrán asomaba el gran misterio y había que descifrarlo, o al menos hacerse el entendido para no quedar en ridículo.

Durante mis años de colegio, me di cuenta bastante rápido que el juego del sexo estaba trucado, que la mujer tenía siempre la desventaja y mucho que perder. Los adjetivos golfa, puta, fácil, resbalosa, pendeja debían evitarse a toda costa. Era obvio que algún hombre había puesto las reglas para favorecer a su gremio y yo buscaba la competencia justa. Opté por otros juegos, mucho menos arriesgados para el amor propio, como el deporte y los narcóticos, sobre todo el alcohol, pero también los fármacos que comenzaban a circular, casi siempre en forma de pastillas que había que hacer polvo entre dos hojas y con la ayuda de una moneda, para metérselos por la nariz. Aunque me parecía viable combinar ambas actividades, con la fuerza insensata de un cuerpo a los dieciséis, una ciática terminó con mi carrera deportiva sin que ningún médico, por más prestigioso que fuera, lograra curarla. Por miedo a que me crecieran las caderas y los senos por inactividad, opté por matarme de hambre y recuperé a través del ayuno una de las grandes ventajas del deporte de alto rendimiento: la desaparición del periodo menstrual.

Por miedo, inseguridad o falta de carácter, alcancé los diecinueve años con una actitud de repliegue que se podría resumir en: 1. Cerrar la piernas, 2. Esconder el kótex, primeras y duraderas lecciones que me dieron las muchachas en casa. Sin embargo, al entrar a la universidad, resultó, en un vuelco inesperado, que eso era lo menos cool del mundo. El adjetivo “golfa” rivalizaba en agresividad con “apretada”, su exacto contrario. Conocí a mujeres más liberadas —o sea: más inteligentes— con quienes me sentí de inmediato más protegida, y descubrí que ahora se trataba de restregar la sangre menstrual en la cara de la gente y presumir cosas que los hombres no podían hacer. Por ejemplo: viajar con una grapa de cocaína escondida en un kótex sucio que amedrentara —en teoría— al agente aduanal. Según la promotora de esta técnica, debíamos guardar algunas toallas usadas porque un viaje no siempre coincide con la regla. La campeona de esta nueva actitud, aunque muchos años después, fue Kira Gandhi, la chica que corrió un maratón sin tampón, triunfando con las mallas manchadas de sangre oscura. Otro gran proyecto de liberación consistía en cogerse al carpintero que venía a reparar un mueble, al chofer de una amiga o al presidente de la República. Nosotras también queríamos trofeos, pero para aventarlos sobre la cabeza de la gente y descalabrar a los desprevenidos, de preferencia a los apretados, los censores y los moralinos.

En paralelo a esta rebeldía de boudoir, la verdadera conquista de mi libertad sexual fue ardua, lenta, llena de complejidades, y jamás total. Una zona irrecuperable yace debajo de los escombros de mis primeros diecinueve años de vida. Como uno de esos espíritus torturados que arrastran las cadenas por las estancias de sus antiguos domicilios, así vuelvo al laboratorio de biología, al patio de atrás que se quedaba vacío por las tardes, a los baños del primer piso, al pasillo en penumbras donde hacíamos fila antes de entrar a la clase de química y al área de casilleros. Todos esos lugares vibran todavía con encuentros no tenidos, con ojos brillantes al acecho, con murmullos soeces que todavía me hacen tender la oreja, con manos que buscan sin encontrar y remueven el aire polvoso. El caminito de sangre sobre la pantorrilla de María Elena que provocó la hilaridad de la clase entera de historia —y mi gran vergüenza por el honor mancillado de todas las mujeres— ahora me parece atractivo, misterioso, sensual: me gusta mirarlo en mi cabeza. Escucho fascinada los relatos de quienes sí exploraron su sensualidad durante la adolescencia, son cuentos fantásticos y, para mí, tremendamente higiénicos y purificantes, en todo caso mejores que la historia del cuerpo triste de puños cerrados que pasó por ahí casi sin respirar, en apnea, insensible a las feromonas y los brazos abiertos de los demás. Siento envidia por las más temerarias, las que probaron otras salivas y se toquetearon bajo los calzones, y una gran nostalgia porque la adolescencia no se puede volver a vivir.

No sé si se puede salir ileso de la infancia, con puros aciertos y puntos a favor. En particular, porque se tiene un margen de maniobra muy limitado. Son los adultos quienes imponen su mundo a través de la educación pero también con los anuncios publicitarios, el trato diferente a niños y niñas, la censura, el pudor, las cosas que no se logran explicar y se dejan para “después”. No bastan las buenas intenciones, ni los discursos de dientes para afuera, ni una pedagogía de la igualdad, si el código de barras interno de las personas no cambia. Se les escapan miradas, risas, gestos.

Como las placas fotográficas de distinta sensibilidad, cada persona reacciona a su manera a la exposición ambiente y rinde una imagen diferente. Yo sólo puedo dar mi testimonio de una clase media atrapada entre los vientos de igualdad que soplaban desde los feminismos de los años sesenta y la reacción conservadora, glacial, la de siempre, la que todavía hoy nos amenaza, la que dice que las mujeres deben llegar vírgenes al matrimonio —cosa que me creí, sobre todo la parte del matrimonio, por culpa de las familias felices con padre y madre que habitaban todos los libros ilustrados y mis primeras lecturas—. El concepto de virginidad llegó después, quizá por eso le di la vuelta más rápido al concluir que lo mejor era hacer trampa, sin decirle a nadie, antes de casarme para siempre. En mi infancia, aún no se hablaba de feminicidios, nuevo avatar del odio a la mujer y a su cuerpo por parte de una sociedad machista hasta la médula y cada vez más violenta.

No sufrí violaciones ni terror sexual, así puedo decir que estuve a salvo. Permanecí sobre la ribera de los protegidos. Pero aún ahí, tuve un desarrollo sexual reprimido, asustadizo e injusto. No sé si la anhelada igualdad de género —¡una quimera todavía!— y la libertad incondicional de los cuerpos de mujer abonarán a una experiencia más sana y feliz de la primera sexualidad. A mí, y de esto estoy segura, me habría hecho un mundanal de bien. EP


[1] Desde los años 2000, se hace un esfuerzo significativo por llamarlas trabajadoras domésticas, una etiqueta técnica dentro de un movimiento que busca terminar con estas prácticas de servidumbre abusivas, solo posibles en un país de profundas desigualdades. Más familiarmente, se usa el eufemismo la señora que nos ayuda en la casa. Esto se acompaña (a veces) de una mejoría en sus derechos laborales y en su dignidad. Sin embargo, estos esfuerzos vienen desde las clases ilustradas y aún no permean hasta el grueso de las interesadas, porque ellas se siguen denominando muchachas.

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