Entre lo que veo y digo, entre lo que digo y callo, el reggaetón

“Decidir que mi cuerpo es mío fue también una declaración política y un manifiesto corporal en el que anunciaba al mundo que yo soy yo, una mujer que perrea.”

Texto de 04/10/20

“Decidir que mi cuerpo es mío fue también una declaración política y un manifiesto corporal en el que anunciaba al mundo que yo soy yo, una mujer que perrea.”

Idea palpable,
palabra
impalpable:
el reggaetón
va y viene
entre lo que es
y lo que no es.

Hubo un cambio, un destello, una chispa diminuta de liberación sexual, de revolución, de algo que daba la sensación de un nuevo orden, la primera vez que escuché “Gasolina” de Daddy Yankee.

Confieso que aprendí a perrear en fiestas de escuela privada. Las invitaciones de aquellas reuniones eran de papel y marcaban sobre un croquis, primero, que empezarían a las siete, después a las nueve y el reloj se detuvo a las diez. Cada noche había más alcohol disponible: la cerveza era indispensable; vodka y tequila, una necesidad; whisky, un lujo. Quienes las organizaban trataron, la mayoría de las veces, de imitar un antro o bar en casa; quitaban todos los muebles y el recinto estaba listo; establecían códigos de vestimenta, manejaban una lista tan alfabética como excluyente de invitados, vendían entradas a precios estúpidos, contrataban DJ (lo que era igual que tener una Macbook y poner cualquier canción) sacados de otras escuelas privadas, imaginaban que su fiesta sería La Fiesta Del Año si condicionaban aún más la entrada o la estancia en ella: «adivina el color de la fiesta y no pagas cover», «barra libre de las 10 a las 11 pm», «la entrada es gratis para las parejitas», «concurso de disfraces, puedes ganar una botella de Absolut», cuanta cosa se les ocurriera a los adolescentes para que hubiera gente a reventar. Nunca me importó lo suficiente para cuestionar aquellas prácticas: era el pase de entrada a una vida que me faltaba por vivir y había que decir sí a todo. («Bienvenida, tómate un tequila, nos reservamos el derecho de admisión».)

Antes del perreo, la música de aquellas noches era algo que llamábamos pop: las Spice Girls, Britney Spears, RBD, todo lo que se escuchaba en la radio a finales de los años 2000. Más que bailar, nos reuníamos a cantar, hablar del chisme de moda en el colegio, a tomar todo lo que pudiéramos esconder de nuestros padres y hasta que el cuerpo adolescente aguante. Una buena noche, la aparición de “Gasolina” fue reveladora. Nos sacó del trance en el que estábamos, ya nunca volvimos a ser iguales. Ahí aprendí a perrear.

En las casas en las que se organizaban las fiestas, ahora se formaba una especie de cuadro designado para perrear. Nadie sabía exactamente cómo hacerlo, poco a poco nos fuimos dando cuenta de que los cuerpos debían moverse —lo que eso significara— de preferencia mas no de forma exclusiva, con el cuerpo del sexo opuesto. Los hombres podían imitar dar nalgadas al aire, las mujeres tenían que mover la cadera, ir de arriba a abajo o doblarse para mostrarle las nalgas a los demás. Un prólogo al sexo. Mientras más rápidos los ritmos, más sensual era el baile y mientras más sensual se volvía el baile, mejor era el perreo. Las letras sexualmente explícitas lo volvían más llamativo, como cuando alguien se da cuenta que una canción le mira a los ojos y le susurra lo mismo que está pensando.

El reggaetón se convirtió en un gusto propio, aceptado y asumido cuando pudo ser reforzado por la rebeldía adolescente de hacer todo lo que te prohíben. Indicaciones como no vayas a ese lugar, no salgas sola, no tomes alcohol, no te drogues, no te exhibas, no uses ese vestido, no abras así las piernas, no te pongas esa blusa, no escuches eso, pero, sobre todo, no bailes así, se convirtieron en una invitación que era imposible rechazar. El no convertido en .

“El reggaetón es la vía que inventamos para la apropiación del cuerpo atravesado por diversas violencias y esa vía es más poderosa de lo que creemos.”

En una de esas me enteré de que tanto el reggaetón como el perreo eran considerados prácticas vulgares, cosas que hacía la gente que no asistía a escuelas privadas, que no podía pagar la entrada (monetaria o simbólica) a las fiestas de ese y otros colegios, que vestía con vestidos cortos y que usaba tacones. Eres una niña bien. Date a respetar. ¿Perreas? Ah, eres de esas. Bailar reggaetón era degradarse ante los ojos de otros, era declarar al mundo que usaría escotes, faldas, vestidos, tangas, pantalones ajustados, labiales rojos, tacones y un largo etcétera de condiciones que me convertían automáticamente en algo que no debía ser. ¿Una mujer que perrea? Eso quedaba estrictamente prohibido.

Hubo quienes creyeron necesaria la distinción: las «niñas bien» son las que sirven para el matrimonio, y las que perrean son las que se quedarán solas (es decir, sin un hombre a su lado), las que ocuparían el lugar más bajo de esa categoría en la mañosa jerarquía femenina.

Desde entonces, el perreo inició una etapa de tabú, negación y prohibición, como si se tratara de una droga ilícita. En fiestas de gente privilegiada no se escuchaba reggaetón porque los hacía quedar mal, como no poderosos, como si pertenecieran a la clase de más abajo. El curso de las cosas llevó a que el reggaetón quedara estigmatizado como música de nacos, de pobres; música de mujeres putas, mujeres sin respeto ni amor propio, mujeres —pensaban— que podían ser despojadas de su propio cuerpo. Era peligroso ser descubierta como alguien que perrea porque aseguraban que una mujer que no bailaba reggaetón era de una “calidad” superior. Ahí me pregunté si debía mantener la ridícula imagen de «niña bien» y la respuesta fue sencilla: me niego.

Hay una consigna que se escucha en las marchas feministas: «Mi cuerpo es mío, yo soy mía, yo decido, tengo autonomía». Yo decido qué hacer con mi cuerpo. Yo. Coger, abortar, tomar, fumar, drogarme, vestirme como se me dé la gana, bailar. Todo eso que implica una negociación conmigo y nadie más. Verbos convertidos en deseo. Me tardé muchos años en aceptar que me gusta el reggaetón tanto como para dejar de escucharlo a escondidas: fuera de las fiestas, a la menor provocación, cuando tengo que abrir YouTube o Spotify y decido escuchar una canción de reggaetón sin pensarlo demasiado, y luego otra y otra, sin detenerme. Decidir que mi cuerpo es mío fue también una declaración política y un manifiesto corporal en el que anunciaba al mundo que yo soy yo, una mujer que perrea.

El reggaetón es la vía que inventamos para la apropiación del cuerpo atravesado por diversas violencias y esa vía es más poderosa de lo que creemos. La liberación sexual es una utopía, un horizonte, que feministas de generaciones anteriores han legado como uno de los objetivos más importantes del movimiento y aunque el reggaetón no se creó con el objetivo de llevarla a cabo, lo hemos convertido en una herramienta para explorar la sexualidad propia.

Si la raíz de toda canción de reggaetón es la necesidad individual de habitar la sexualidad propia y, por consecuencia, el cuerpo propio, cuando el reggaetón se origina dentro de un contexto en el que la violencia contra las mujeres es el pan de cada día, no resulta sorpresa que las letras sexualmente explícitas repliquen esa violencia. EnGasolina”, Daddy Yankee se refiere a las mujeres como «gatas»; en “Noche de sexo”, Wisin y Yandel hacen apología a la dominación masculina: «esta noche te lo juro serás mía»; en “Cuatro babys”, Maluma refiere a la sumisión femenina: «estoy enamorado de cuatro babys siempre me dan lo que quiero, chingan cuando yo les digo, ninguna me pone pero»; Bad Bunny junto con Jowell & Randy, en “Safaera”, opinan sobre el cuerpo femenino como si se tratara de un monumento: «yo quiero tirarme un selfie con esas nalgotas».

“Empezábamos a aceptar sin culpa y sin remordimiento que el reggaetón estaba presente en nuestra vida, entonces vino el año de la gran plaga.”

Las letras abiertamente misóginas no han desaparecido y el machismo en la música no es exclusivo del reggaetón. En “La media vuelta”, Luis Miguel (o José Alfredo Jiménez) asegura que el dueño de la mujer es el hombre: «yo sé que mi cariño te hace falta porque quieras o no, yo soy tu dueño»; en “Putita”, Babasónicos podría identificarse una apología a los padrotes: «el camino a la fama no significa nada si no hay una misión, ¿cuál es? Hacerte muy putita»; no hace falta siquiera mencionar aquella espantosa canción de Alejandro Fernández que se titula “Mátalas”. Esa misma misoginia o machismo es uno de los grandes argumentos para que los detractores del género —falsísimos aliados, aliados frágiles, de cristal, de juguete, de plástico, de papel— reclamen la desaparición del perreo.

Perrear es una herramienta para visibilizar lo cuestionable que es el canon masculino en prácticamente todos los ámbitos de la vida. Aunque Natti Natasha, Carol G o Nathy Peluso han ocupado un espacio interesante en el reggaetón, también Ivy Queen, Tomasa del Real o Mi$$il han diseñado una manera distinta de perrearlo. En “Quiero bailar”, Ivy Queen lo dice muy claro: «yo te digo sí, tú me puedes provocar, eso no quiero decir que pa’ la cama voy». Tomasa del Real, por ejemplo, se planta en contra de los roles de género: «se lo hago bacán, pero no cocino». Mi$$il se revela ante la sociedad tradicional en “Todo lo mejor”: «a mí me gusta perrear, no soy una santa, no me puedes casar». 

Escribir sobre reggaetón desde el confinamiento, desde un encierro de varios meses en las mismas n paredes, en medio de una pandemia, me obliga a pensar en el futuro del perreo. ¿Las noches que pasamos en aquellas fiestas están en el pasado? ¿Fiesta se convertirá en otra palabra vacía? Empezábamos a aceptar sin culpa y sin remordimiento que el reggaetón estaba presente en nuestra vida, entonces vino el año de la gran plaga. La pandemia nos obligó a vernos a través de una pantalla, a vivir virtualmente y ya entrados los meses separados era inevitable preguntar: ¿seguiremos perreando?

Acaso el reggaetón es uno de los recursos que tenemos para revivir una vida que amenaza con transformarse, y por eso es tan difícil como improbable que desaparezca. El encierro nos hizo ver que hay actividades no esenciales, pero que nos hacen falta como si nos alimentáramos de ellas. Perrear no es lo mismo si es a distancia y a pesar de eso, no hemos renunciado a nuestro legítimo derecho a bailar reggaetón hasta tocar el piso.
Si la esencia de bailar reggaetón era estar pegados los unos a las otras, si era proponer el segundo previo a la intimidad, si el perreo era una invitación a tocarnos, a sudar en conjunto, ¿cómo habremos de seguir perreando cuando el acercamiento es, ahora, una amenaza mortal? Decir yo perreo sola es la primera respuesta que se me ocurre no sólo para mantenerme a salvo, sino también para manifestar que el reggaetón nos ha planteado cuestiones tan políticas como juntar palabras sobre una hoja en blanco. Mientras escribo, hay un sinfín de cursos vía Zoom para aprender a perrear esperando el día en que volvamos a vivir, porque este encierro no lo es. Si eso no sirve para que construyamos un mundo en el que se pueda escuchar y bailar reggaetón sin prejuicios, el futuro no vale la pena. EP

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