El sabor de las palabras

Aemilia Sámano Queitsch se ha pasado la vida con hambre, debido a su sinestesia. En este ensayo, nos da un paseo por olores, colores, sabores y nombres para explicarnos diferentes formas de percibir la realidad.

Texto de 19/07/21

Aemilia Sámano Queitsch se ha pasado la vida con hambre, debido a su sinestesia. En este ensayo, nos da un paseo por olores, colores, sabores y nombres para explicarnos diferentes formas de percibir la realidad.

Se sabe que todas las personas piensan distinto, pero ¿qué tanto consideran esto de manera literal? Quizá tú seas de las personas que ven películas lúcidas en su cabeza; o tal vez, de las que se hablan a sí mismas, interpelándose por nombre, entrometiéndote en tus propias acciones; otra posibilidad es que en tu mente habite una máquina de escribir que imprime letras con cada descarga de pensamiento; o puede que no escuches palabras y toda tu imaginación esté hecha de cuadros renacentistas.

Hay cabezas en las que no existen las imágenes cuando enciende el motor de su tren de pensamientos, y a su cualidad se le conoce como afantasía. Cuando leen, no crean imágenes en su cabeza: son mentes ciegas. Así, me imagino que hay mentes sordas o que no piensan en sensaciones táctiles, que padecen anosmia; deben existir sus antónimas en las que se abigarran aromas como los sonidos en un concierto de rock. De lo que estoy segura es que hay mentes en las que siempre hay sabores y olores.

En mi cabeza, al escuchar la palabra pastel se forma una tradicional imagen: un panqué moreno claro por fuera, esponjoso y avainillado por dentro, cortado el círculo de pan dulce por la mitad, relleno de crema batida y azúcar y rodeado de fresas en rodajas diamantinas. A la vez, a mi nariz la envuelven las fresas, la crema y la vainilla, y en mi boca se materializan las texturas fofas, cremosas, dulces y afrutadas. Pero no me pasa solamente cuando alguien pronuncia “pastel” y se refiere a lo que acabo de describir. También me sucede si alguien dice “pastel” y se refiere a las pinturas: naturalmente, las asocio a colores de baby shower y de Monet, como todos; pero a la vez, a mi nariz la envuelven las fresas, la crema y la vainilla, y en mi boca se materializan las texturas fofas, cremosas, dulces y afrutadas. Lo mismo me pasa si escucho la palabra cumpleaños, porque me sabe a ese pastel. Y es que en mi cabeza hay una situación: todas las palabras me saben a algo y eso es una forma de sinestesia.

“Lo mismo me pasa si escucho la palabra cumpleaños, porque me sabe a ese pastel. Y es que en mi cabeza hay una situación: todas las palabras me saben a algo y eso es una forma de sinestesia.”

La palabra proviene del prefijo griego syn, que significa “unido” o “junto”, y del lexema aisthesis, que significa “percepción”; este nombre nos explica que es un ensamble de percepciones entreveradas e imbricadas. Hasta los cuatro meses todos los cerebros humanos son sinestésicos; es decir, piensan en términos de emociones y percepciones que se entretejen sin ton ni son: todos los colores son olores, y todos los olores son sabores, los sabores, sensaciones y sonidos y colores. Así la voz de una gata blanca que parece un malvavisco sabe a piña; su lengua color rosa es un helado y el helado timbra la nota mi, mi le produce un dolor en la pantorrilla, el dolor de pantorrilla también es un sabor a cajeta, específicamente de la que viene en una paleta, esa paleta se derrite y se convierte en una inmensidad espiral donde flotan todas las sensaciones juntas y esa es la percepción del mundo.

La que yo presento es un tipo de primordialmente léxico-gustativo; es decir que cuando escucho, pienso o digo una palabra se produce un sabor, olor o sensación. Sin embargo, estas sensaciones son fantasmas, porque en teoría no los estoy experimentando, pero para mí son olores, sabores y sensaciones completamente reales.

Tener sinestesia hace que siempre tenga hambre. En ocasiones, busco oportunidades de soledad para comer y poder disfrutar el sabor de las palabras que pienso. Ninguna comida sabe como debe saber, si al mismo tiempo escuchas palabras que saben a otras comidas, es como una orquesta desordenada de sabores e interfiere en la palabra que comes.

Una de las primeras situaciones en las que recuerdo haber tenido presente la sinestesia fue en kínder. Había una niña que no podía pronunciar bien la palabra “ocho”. La “ch” la pronunciaba como “sh”. Para mí, era muy importante que sonara como debía, porque el ocho era una de mis comidas favoritas: espagueti con cátsup.

“Ninguna comida sabe como debe saber, si al mismo tiempo escuchas palabras que saben a otras comidas, es como una orquesta desordenada de sabores e interfiere en la palabra que comes.”

La primaria fue una serie de apetencias y anhelos culinarios diversos. En cada clase, había algún campo semántico distinto; para mí, un campo alimenticio diferente. Comenzaba con el pase de lista: decían el nombre de mi compañero Jorge y se me antojaban hot cakes, se complementaba con el nombre Daniel, que sabe a maple; y entonces ya no pensaba más que en Jorge y los hot cakes, en lugar del tema de la clase. O en matemáticas me quedaba atorada en el pensamiento de los sabores que tienen los números: uno a tuna, dos a daditos de papa cruda, tres a fusilli con mantequilla, cuatro a queso blanco, cinco a puré de manzanas. Mis operaciones se volvían recetas algo asquerosas de espagueti con cátsup (8) + papas cocidas (14) – duraznos en almíbar (11) x jugo de uva (30). Cada número un platillo, postre o jugo distinto.

Las palabras de mi vocabulario son como los dulces mágicos de Harry Potter, que son de todos los sabores; algunos deliciosos, también algunos dulces —nombres o palabras— asquerosos o incluso dolorosos o que me producen ganas físicas de vomitar. Los nombres de las personas, a menudo, son decepcionantes. Me recuerda a cuando asistí a un curso de brujas y una de ellas nos dijo que podía ver el color de nuestra aura. Según yo, a todas las demás brujas les dio colores decentes: morado, aguamarina, amarillo, anaranjado, rojo, violeta; a mí me dijo que mi alma era café, el color de la popó.

A poca gente le comparto mi forma particular de relacionarme con el mundo, pero cuando lo hago quieren saber lo que “significa” su nombre en mi lenguaje. Pimiento verde, plátano con mayonesa, mocos: han sido algunas equivalentes de “café” en la historia de mi vida. La primera vez que lo traté en terapia, me dijeron que era muy creativa; pero no es eso, no es deliberado. Los nombres cafés no son deliberados y, a veces, determinan qué tanto me agradan o desagradan las personas, y eso me incluye a mí. Mi nombre legal huele a saliva seca sobre una almohada, por lo que me disgusta cuando me llaman. Ante eso decidí darme un nombre que huele a vainilla: Aemilia. EP

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