Éramos: La historia de estos Yo

En alianza con Kaja Negra, publicamos una serie de textos que surgieron en el marco del taller en línea “El texto que sale de nosotrxs. Escribir para descubrir”, guiado por Sylvia Aguilar Zéleny en la Kaja. En esta entrega, tenemos a la pedágoga Hilda Sotelo.

Texto de 25/03/21

En alianza con Kaja Negra, publicamos una serie de textos que surgieron en el marco del taller en línea “El texto que sale de nosotrxs. Escribir para descubrir”, guiado por Sylvia Aguilar Zéleny en la Kaja. En esta entrega, tenemos a la pedágoga Hilda Sotelo.

…y me siento aquí preguntándome

cuál de mis yo sobrevivirá

a todas estas liberaciones.

Audre Lorde

“Ciudad Juárez es nuestra historia de amor”, comenta mi amiga periodista Sandra Rodríguez Nieto cuando ve en mi Instagram una fotografía del sol y el cielo de Juárez. Para nosotras, Ciudad Juárez no es fábula, metáfora, novela o ensayo; es nuestra casa, nuestro rewuegá o rajinachi [cielo o infierno]. Es nuestra Kawí [Tierra]; fue y es nuestro refugio en tiempos de guerra y enfermedad. Es, en sí, nuestra historia de amor. 

I. Algo de mi infancia en Monclova 

Nací en  Monclova, Coahuila. Mis bisabuelas eran rarámuris, originarias de la Sierra de Chihuahua, mis abuelas y mamá son chihuahuenses. Los saberes de las bisabuelas casi desaparecen en el color de la piel de mi madre pero no en su pensamiento. Si bien perdí la lengua ralámuli, las memorias, esas, no se extraviaron. Mi madre me contaba de sus abuelas, sus cantos, silencios y vestidos. “Cada ondulado de la falda te protegerá de las víboras cuando caminas, y cada color significa diferentes niveles de sabiduría”, decían sus abuelas.

En los setentas, en Monclova, había pocos libros pero yo gozaba de entusiasmo por aprender. Cuando tenía cinco años, el primer Kinder abría sus puertas. A esa edad caminé sola, dos cuadras para pedir información. La directora escribió: “la niña necesita $10 pesos, colores, lápices, cuadernos”. Busqué materiales por toda mi casa, reciclar era parte de nuestra formación. Mi madre zurció algunas hojas de cuaderno con estambre. A falta de sacapuntas, usó el cuchillo de la cocina para dejar los colores y lápices funcionales.  

En mi familia numerosa, las ideas y los libros se apilaban. Mi padre, campesino y activista, reunió varias tablas de madera, las clavó en la pared y construyó un librero. Mi madre sacó a crédito la Enciclopedia Británica. Pude acercarme al idioma inglés, a la historia universal, a la biología; también al ilusionismo de Houdini, de Copperfield o de Fu-Manchú; comenzó mi gusto por la psicomagia y el surrealismo. 

Por la naturaleza de los estudios y gustos lectores de mis hermanas mayores, leí libros de psicología, filosofía, psicoanálisis. Recuerdo la serie de Chris nacida inocente, libros de terror, El resplandor. Comics: Kalimán, Memín Pingüín, Hermelinda Linda, Superman, La mujer maravilla, Archi, Mafalda, El libro semanal, El libro vaquero, foto-novelas. La variedad de textos motivó desarrollar mi imaginación sin restricciones. Además, desarrolló en mí el leer por placer, después por necesidad o crítica. En mi mente las ideas echaban raíz, la exigencia lectora aumentó. Pasé de “si tiene dibujos lo leo”, a “si tiene dibujos no lo leo”. Porque poco a poco, el cómic, la caricatura o dibujos animados formaron parte del pasado debido a su bidimensionalidad y poca profundidad. Años después supe que la cultura rarámuri no le encuentra sentido a la caricatura. 

  Aprendí de memoria poemas de autores modernistas, románticos y contemporáneos. Escribí poemas, concursé en certámenes literarios, gané y seguiré ganando. Eventualmente a mis ojos llegaron autores como Juan Rulfo, Mariano Azuela y Rómulo Gallegos. No solo leí  novelas y cuentos, armaba obras de teatro, adapté las historias e intervine textos. Alguna vez, harta de escuchar a los viejos decir “la patria está muy oprimida” o “ las cosas van de mal en peor”,  y luego leer el cuento Es que somos muy pobres de Juan Rulfo, me dio por decir que vivía entre campos de algodón, que ahí ni la vaca moría ni pasaba hambres, y que la lluvia era de buen augurio, ¿por qué no? Leer e inventar era una buena forma de sobrellevar la vida; me ayudó a encontrar felicidad en otros temas que no fueran la acumulación, la competencia o el capital. Leer me llenó la cabeza de ideas viajeras, pero en México caminar y deambular siendo mujer era y es peligroso, ¡no se diga rumbo a Ciudad Juárez! 

A finales de los ochentas, me mudé a Ciudad Juárez en busca de nuevas oportunidades. Mi abuelo y mi padre habían llegado a esta frontera décadas atrás. Mi abuelo Margarito a trabajar en la construcción de los puentes internacionales, y mi padre Juan, a cruzar a Estados Unidos para trabajar en el programa Bracero.  

En Ciudad Juárez mis hermanas y primas me esperaban.   

II. Ciudad Juárez en los noventas y dos mil; yo ahí

Llegué a la frontera Ciudad Juárez-El Paso cuando tenía 15 años, recuerdo el dicho: “el que toma agua de Ciudad Juárez jamás se querrá ir”. Ciudad Juárez en los noventas representaba oportunidades de trabajo y otras formas de explorar la vida. La ciudad era el boom de las maquiladoras. La devastadora realidad que dejaron las fábricas no era secreto, sabía que la frontera era el patio trasero de Estados Unidos y que a Ciudad Juárez llegaría todo tipo de chatarra y explotación. Sin embargo, yo me las ingeniaba para fabricar otra historia, enfocada a la libertad que mi madre llamaba libertinaje. 

Yo intentaba escaparme de realidades dirigidas a fomentar la explotación femenina. No sería la profecía patriarcal donde las mujeres debemos seguir roles, siempre víctimas o victimarias al servicio del patriarcado y enemigas entre nosotras. Así es que, debido a que aprobé un examen nacional, a los 19 años fui supervisora del Instituto Federal Electoral [IFE]. Aprendí de memoria la cartografía de algunas zonas de Ciudad Juárez. Al tocar las puertas de las casas para empadronar, el altruismo siempre estaba presente, “lo mejor de Ciudad Juárez es su gente”, lo sabemos quienes por aquí hemos vivido y amado. 

El contrato con el IFE llegó a su fin, en 1993 trabajé en la maquiladora para pagar mis estudios de Ciencias de la Comunicación en la Facultad de Ciencias Políticas en la Universidad Autónoma de Chihuahua. Era usuaria del transporte público. Caminaba en la oscuridad por necesidad o aventura. No medía el peligro, no me enteraba a través de los medios sobre las desapariciones de mujeres pero a través de Esther Chávez Cano y Susana Chávez Castillo, sí.  Esther Chávez Cano fue la primera activista en registrar los nombres de las desaparecidas. Abrió Casa Amiga, lugar de asistencia para mujeres violentadas. Mis hermanas y yo colaboramos muy de cerca en su proyecto. 

El activismo, la docencia, la amistad, y el trabajo hilaron mi experiencia en la ciudad. En la literatura había poco espacio para las mujeres, ellas, las que participaron, han dejado testimonio de las vejaciones a las que fueron sujetas. Yo, en los noventas conviví con la literatura gracias a Susana Chávez Castillo; ella decía que toda la estructura juarense, incluyendo la literatura, estaba permeada por la misoginia. En Ciudad Juárez existían y existen prácticas de intimidación para perpetuar el orden establecido y a partir de ahí, es que se daban publicaciones, premios, becas o facultades para decidir sobre la literatura en la ciudad. Algunas frases que recuerdo son: “Debes ser congruente con tu género”. “No tienes futuro como escritora”. “Necesitas leer lo que nosotros leemos”. “Ser madre te pone en mejor nivel”. “Debes pedir una disculpa pública y dar explicaciones  sobre tu comportamiento, mujer”.  Estas y otras frases y acciones de intimidación contribuyen a la sistematización de la violencia hacia las mujeres. No es extraño que la nueva generación de escritores o talleristas juarenses, reproduzcan estos vicios en las plataformas virtuales. 

Mi experiencia docente en Ciudad Juárez fue de 1997 al 2000, impartí clases de Redacción en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez [UACJ], ahí inició mi relación con Rosario Castellanos y Elena Garro. Durante años ellas fueron mis faros literarios. 

En aquellos tiempos, con Susana, recordábamos la poesía de mi infancia, ella insistía en Alfonsina Storni, Gabriela Mistral, Concha Urquiza, Guadalupe Amor. Nosotras veíamos a Ciudad Juárez como una fiesta diaria, recorrimos a pie sus calles y conocimos todo tipo de personas, festejamos la vida,  las relaciones afectivas, exploramos la identidad sexual sin tapujos. “Vamos a triunfar”, “somos de ambiente”,  decíamos cuando logramos vivir las calles, platicar, caminar, besar, trabajar y estudiar.  “Estamos fracasando” fue la frase a partir de marzo del 2009.  Felipe Calderón, ex presidente de México, declaró la guerra contra el narcotráfico en Ciudad Juárez, las desapariciones de mujeres continuaban; conocimos los distintos rostros de la guerra: el encierro, la desconfianza, la destrucción, la pérdida, el despojo, las  enfermedades mentales, físicas y espirituales. La política del enemigx atravesó nuestros cuerpos, alteraba la secuencia de la memoria, las identidades y nuestra forma de relacionarnos. 

A partir de la guerra, los asesinatos diarios se dispararon. Hubo desapariciones, secuestros y éxodo. Trescientas cincuenta mil personas abandonaron sus casas. Los pequeños negocios cerraron. Once mil niños quedaron huérfanos. El periodismo internacional cubrió notas de guerra. Se había escrito sobre las mujeres asesinadas y desaparecidas. Se acumularon 30 años de guerra frontal hacia las mujeres. 

A pesar de la guerra continué circulando en las dos ciudades, Juárez y El Paso. Y al ver la realidad, intenté escribir otra historia. Participé en el programa Hoja de ruta [lectura en el transporte público], quería formar lectores y lectoras, quería construir otra visión de la nombrada ciudad más peligrosa del mundo, otra historia que no fuera Ciudad Juárez “la malvada”. Cada vez que viajaba a otros lugares me preguntaban: “¿cómo sobrevives ahí? Ahí las matan”. Y sin poder emitir mi versión, las miradas leían el alfabeto violento instalado en mi cuerpo. No encontraba palabras para describir lo que sentía cuando empecé a conocer los nombres de las asesinadas. Las encontré a través de Esther Chávez Cano: “ellas tienen nombre”, decía, e inició el primer registro de feminicidios. Las palabras las encontré entre las lecturas de libros escritos por mujeres, las de Ciudad Juárez, mexicanas, las mexicoamericanas, las africanas. 

Me reuní con las palabras durante mi política en las calles y las protestas. Durante la guerra en Ciudad Juárez, el hilo del tiempo amenazaba con romperse. Viví varios planos del horror y en ese estado, desprotegida, era casi imposible escribir desde adentro. Reflexioné sobre la importancia de las palabras y la memoria, ¿de quién eran las palabras y la memoria, de dónde vienen, quién forma la significación de nuestros mundos? Reflexioné y escribí sobre la pedagogía del opresor. Yo escribía a raudales casi a diario, opiniones y creación literaria, publicaba en las redes, el blog o en algunos medios, pensando que la próxima en morir sería yo, publicaba sin árbitrxs o moderadorxs, sin instituciones. Desarrollé mi autonomía para romper los pactos patriarcales y percatarme de otras identidades. 

III. Identidad literaria, doctorado y activismo en El Paso, Texas

A principios del 2000, decidí iniciar mis estudios de postgrado en la Universidad de Texas en El Paso [UTEP], me certifiqué como educadora a nivel medio superior e inicié mi trayectoria docente en el Segundo Barrio en El Paso. A diario cruzaba los puentes internacionales a pie, en motocicleta, bicicleta o automóvil. Mi lugar de residencia era Ciudad Juárez y mi lugar de trabajo El Paso. Estuve inmersa en la experiencia transfronteriza. Al transportar a diario el cuerpo de una ciudad a otra, se encarna el testimonio de la violencia y las políticas de los estados. La escritura, la voz, atraviesa los bloqueos impuestos en el muro, las lenguas, las revisiones, la hipervigilancia;  mis palabras y luchas viajaron todo el tiempo como los feminismos y el río. 

En el 2000 detecté que mi lucha en Estados Unidos, sería preservar la identidad mexicana a través del idioma. En el 2000 todavía existía la política educativa del English only en las escuelas públicas. Algunas maestras bilingües confesaron que su motivación para certificarse e impartir clases en español había sido el rechazo y castigo que ellas mismas sufrieron durante sus años escolares, las encerraban en los armarios, las multaban con 25 centavos por cada palabra pronunciada. Formé parte del equipo de iniciadoras de la educación bilingüe (Español-Inglés) en las escuelas públicas de El Paso. En el 2006 durante El Gran Paro Americano,  recibí  acción disciplinaria y amenazas de despido por parte del director de Austin High School, debido a que leí poemas y cuentos pro migrantes y abandoné las clases junto con mis estudiantes para unirnos a la protesta en las calles de la ciudad. 

 Continué mi activismo en ambos lados de la frontera, de cuando en cuando tomaba talleres de creación literaria en las dos ciudades y escribía columnas de opinión en el principal diario de circulación y mi blog. De los noventas al 2010 no vi mayor cambio con respecto al tratamiento hacia la escritura de las mujeres. Me auto publiqué en el 2011 con el libro orgánico Mujeres cósmicas, lo considero mi  primer intento por desarticular mis miradas patriarcales. Mi significación con la experiencia de otras. 

Mujeres cósmicas se lo pedí a la tierra, a mis nervios destrozados por dos abortos, la muerte de mi padre y varias experiencias traumáticas. Lo circulé en Ciudad Juárez, lo llevaba conmigo, sabía dónde dejarlo y presentarlo y dónde no, a quien regalarlo y a quien no. Yo circulaba a diario por las calles y a pesar de trabajar en El Paso, mi vida social y familiar era en Ciudad Juárez, mi casa. Y cuando en el 2012 intentaron asesinarme por robo a mano armada, yo quería arrancarme de la piel a la ciudad y sus códigos de una vez por todas pero solo atiné a quedarme, “tenemos que hacer frente al daño aquí mismo, donde nos lo hicieron”, dijeron mis hermanas y vecinas. 

Haber auto publicado el libro me ofrecía la ventaja de entrar y salir al texto: hacer cambios de portadas, intervenciones, agregar comentarios de las lectoras a quienes conocía personalmente. Abracé el libro y lo dejé en la frontera. Decidí trabajar en y con mi ciudad, continuar mi vida terrícola sin aspavientos universales o centralistas. Mi alma ya no quiso ir a ninguna otra  parte a “triunfar”. Me quedé a retratar y escribir el suelo y el cielo a partir de la ubicación de mi cuerpo, a partir de mis pasos, compartir con mi comunidad a pesar del terror.  Concursé en varias competencias literarias en Ciudad Juárez, no gané. Envié propuestas a una editorial local, “bilingüe” en El Paso, y me respondieron que no leían manuscritos en español. Vivía anticipada al fracaso al habitar una ciudad derrotada y la tortura de crear desde la destrucción, la victimizacion y re victimizacion. La idea del éxito construida en los noventas, diseñada por el capitalismo, la fábrica y el progreso, esa idea quedaba lejos. En los noventas,  escuchaba a Susana Chávez  aspirar ser publicada o ganar concursos. Esa memoria recorría mi experiencia en el 2010, se iba y regresaba al mismo bar, El Recreo, lugar donde la escuché pronunciar una victoria inventada, “ve a la presentación de mi libro, ahí está el poster en aquella pared” Y al acercarme a ver, no había nada. “No le creas, aquí es más fácil que gane concursos y publiquen a los homosexuales que a una mujer, y menos lesbiana o bisexual, estás en Ciudad Juárez”. Dijeron

IV. Yo soy mi otro sueño: No todo era perder o ganar

En el 2013 solté Mujeres cósmicas, retomé mi promesa de estudiar el doctorado. Se lo debía a aquella niña que fue a pedir informes al Kinder. El doctorado se lo debía a mis bisabuelas rarámuris y a las mujeres escritoras de Ciudad Juárez. A mi madre que falleció en el 2016 y que solo al soñarla las ramas rotas de mi árbol da frutos. 

Recuerdo mis primeras semanas en el programa doctoral, el enfoque pedagógico sería fundamentos socioculturales: Marx, Freire, Grioux, Gloria Anzaldúa, Chela Sandoval; las estudiosas y estudiosos de la crítica del racismo, la misoginia y la opresión en Estados Unidos: Kimberlé Crenshaw, Angela Davis, bell hooks. Mi estudio sería feminista y disertaría sobre la pedagogía en la creación literaria. Me tomó seis años cursar las materias requeridas y dos años desarrollar el tema de la propuesta. Debido a la naturaleza de mi propuesta feminista, cambié dos veces de comité dictaminador. Durante el otoño de 2018 propuse presentar mi disertación en español, la primera en la historia doctoral de UTEP, la propuesta fue aprobada. Casi veinte años de lucha educativa por el idioma, daba sus frutos. 

A partir de mis estudios, en enero del 2019  impartí talleres de Escritura Crítica Orgánica en Ciudad Juárez, dirigido solo a mujeres. Formé el grupo Nepantleras, en ese taller redefinimos las frases intimidatorias que mencioné al principio: “El futuro lo diseño yo”. “Yo me acerco a los libros que me gustan”. “Seré madre por decisión no por imposición”. “No daré explicaciones a ninguna estructura patriarcal”.   Recibo el grado de doctora en diciembre del 2019 y al año me anuncian que mi tesis doctoral ha sido nominada para el College Outstanding Dissertation de UTEP.  

En marzo de 2020 llega la pandemia, el virus cobra vidas de ancianos y ancianas, de mujeres y hombres de mi generación. El que tenga buen sistema inmunológico, vivirá. Ciudad Juárez-El Paso son el epicentro de la pandemia en ambos países.  La guerra no se ha movido de nuestros territorios:  toque de queda, no hables ni convivas con nadie, no hay que salir a las calles, el peligro está en el aire. La violencia en las calles, la hostilidad y acoso hacia las mujeres y entre las mujeres en las redes sociales, siguió.  La movilidad entre las dos ciudades es lenta o imposible. Desde el encierro cursé talleres de escritura impartidos por mujeres. Descubro el mundo que queremos formar a partir de los cuerpos, los territorios, las memorias, el acompañamiento y las letras. 

El sueño de Susana, Susan, Susanita, SuChaCa, amor, mis besos y poemas, esa victoria anunciada en los noventas, se ha cumplido, se materializó  lejos del alcance de la misoginia juarense, su libro Primera tormenta ha sido publicado por Canal Press, editorial independiente coordinado por Cristina Rivera Garza. 

A Susana la asesinaron en el 2011 y nosotras, en Ciudad Juárez,  nos quedamos dando vueltas en el tiempo hasta liberarnos todas. https://www.facebook.com/yanethsotelo/posts/10159175493478675 

Mi comunidad son mis vecinxs,  lxs que viven cruzando mi puerta o a unas cuantas cuadras de mi casa, entre las dos ciudades. Mis planes post doctorales cambiaron. En el 2020 mi interés por la academia decayó. Continúo mi práctica de meditación  que inició a partir de la muerte de mi madre en el 2016. Mi cuerpo reconoce la impermanencia, las violencias encarnadas, la causa, el efecto. Trabajo, leo y escribo en mis tiempos libres. Vivo el proceso de la pre menopausia y doy clases a pre adolescentes. Vivo el presente, con otras dificultades y causas pero sin luchas. El acto de la lucha es agobiante y peligroso para las mujeres de la frontera. Además el término “lucha”  se confunde con el mérito y el privilegio. Y a las mujeres que contribuimos activamente al logro de la equidad en el mundo y a romper los pactos patriarcales, a nosotras se nos  reprocha y  castiga de alguna forma. Pienso que la oprimida al momento de ser parte activa de su liberación regresa una y otra vez a la “lucha” hasta des-acuerparse y enfermar.  En esta frontera conlcuyo que el movimiento feminista no es uno, formamos grupos diversos dependiendo de nuestras experiencias y saberes.  

Regreso a los rituales de las abuelas (veladoras, mantras, días festivos, creencias, cocina, remedios con plantas medicinales). Regreso a escribir esta historia para orientarme en este yo. Salir del nosotras para escribir del yo, no es fácil debido a que crecí en una familia de 9 hermanxs. 

Regreso a este yo que llora cuando recuerda los cuerpos deprimidos de las mujeres, llora al saber que mi madre perdió a su madre a los once años. Este yo que observa el sufrimiento. Este yo  no es un relato, es cuerpo engarzado por la tristeza; aprendió de las bisabuelas a transmigrar a otros cuerpos para curarles. Este yo que el mar le quitó las formas pero la luna, el sol y la arena le dieron contornos distintos. Este yo que escribe magia y ha sido madre e hija muchas vidas. Ciudad Juárez-El Paso son mi historia de amor,  no son fábula, metáfora, novela o ensayo. No son laboratorio que observo desde lejos ni  espacios virtuales ni  experimentos, ni curiosidades, son ciudades gemelas, mi casa, mis memorias, mi rewuegá o rajinachi [cielo o infierno]. Es mi Kawí [Tierra], fueron y son mi refugio en tiempos de guerra y enfermedad. Son, en sí, el espacio de la historia de estos yoes, historias que apenas empiezo a escribir. EP

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