El‌ ‌cuidado‌ ‌y‌ ‌el‌ ‌paradigma‌ ‌de‌ ‌la‌ ‌salud‌ ‌

¿Cómo plantear un verdadero entendimiento del cuerpo sin homogeneizar la experiencia humana? En este texto, Daniela Orlando ensaya en torno a la educación del cuerpo, los cuidados y su relación con la salud.

Texto de 12/07/21

¿Cómo plantear un verdadero entendimiento del cuerpo sin homogeneizar la experiencia humana? En este texto, Daniela Orlando ensaya en torno a la educación del cuerpo, los cuidados y su relación con la salud.

A inicios de la pandemia, mientras veía una de las conferencias de la Secretaría de Salud, noté que en las insistentes preguntas de les reporteres sobre el uso de medicamentos para tratar la COVID-19, había un profundo desconocimiento de qué pasa cuando un cuerpo se enferma. Como terapeuta y educadora del cuerpo, me he enfrentado más veces de las que me gustaría a personas que sienten dolor, ansiedad, angustia y todo el espectro de malestares sin tener nociones de su sentir. 

“No sabía que no sabía respirar” es probablemente uno de los comentarios más comunes durante mis sesiones. En esta frase advertimos que creemos que existe lo correcto y lo incorrecto en el cuerpo. Hasta cierto punto, da igual cómo respiras mientras sigas haciéndolo, y no necesitamos guía para eso. Sin embargo, la modernidad ha empujado la adaptabilidad del cuerpo a tal grado que, si no entendemos cómo funciona, todo parece ser un enigma y al tratar de resolverlo es fácil hacerse daño. Así nos enfrentamos también a no saber nombrar, no poder describir lo que sentimos y en ese desconocimiento crece el pánico. 

Crecí en la educación de la danza. Cuando lo menciono, la mayoría de las personas me otorga credibilidad frente al conocimiento del cuerpo, pero la verdad es que aprendí más cuando me lesioné. Dejé de bailar y durante siete años viví con dolor crónico: ahí fue cuando me vi forzada a entender cómo funcionaba el cuerpo y por qué el dolor siempre es complejo. 

La pandemia generó la apertura de la caja de pandora de todo lo que implica cuidarnos: volver a alimentarnos, limpiarnos, procurar los cuidados básicos; pero también, a distintos ritmos, nos enfrentó a nuestra salud mental, la necesidad de les otres, del contacto, del movimiento del cuerpo. Es decir, la lista de necesidades que siempre había estado ahí se volvió evidente e imposible de atender en su totalidad. 

En esa noción inagotable del cuidado y la salud, es necesario cambiar su paradigma: fomentar que la salud no se adquiere, pues es el desarrollo de la vida misma. Más que una meta con un camino trazado, la salud necesita comprenderse en los procesos del cuerpo para atender necesidades personales con conciencia y enfocadas a cada circunstancia.

“Más que una meta con un camino trazado, la salud necesita comprenderse en los procesos del cuerpo para atender necesidades personales con conciencia y enfocadas a cada circunstancia”.

II

La salud no es ese espacio al que volvemos después de estar mal, después del dolor o la enfermedad. Comprender la complejidad del cuerpo es presenciar que aun en el dolor, la enfermedad y la ausencia de bienestar, el cuerpo funciona y siempre está jugando a nuestro favor. Nuestro cuerpo y nuestra capacidad de sentir no son una amenaza, por eso es indispensable conocerlo.

La educación del cuerpo necesita de la ciencia; sin embargo, el discurso científico del cuerpo es el discurso médico, pero en su profunda especialización termina por diseccionar al cuerpo sin entender sus múltiples relaciones y circunstancias. En contraste, las prácticas de bienestar que ofrecen la versión “holística”, tienden a generalizar y fácilmente caen en discursos de fe y espiritualidad que provocan descrédito. Aunque parezcan dos miradas opuestas, son las dos caras de una misma moneda: la incomprensión del funcionamiento del cuerpo, la aspiración triunfal a la salud y sus modas, la normatividad de la imagen del cuerpo saludable y el discurso meritocrático que hace de la salud un deber personal.  

¿Cómo combatir las réplicas incesantes de estos discursos desde la consulta médica, hasta los gimnasios y las celebridades de lo “saludable”? ¿Cómo plantear una verdadera comprensión del cuerpo que no pretenda homogeneizar la experiencia humana? 

Como muchísimas personas, después de que la medicina y sus protocolos dejaron de ofrecerme opciones viables, entré en el terreno de las prácticas de bienestar; unas más aceptadas por la medicina que otras. Todas las personas que llegamos ahí tenemos el único objetivo de sentirnos mejor, pero pronto pasa exactamente lo mismo: ante la ausencia de respuestas, la salud física parece ser un problema de salud emocional (o espiritual según sea el caso), y les profesionales me dejaron a la deriva con la encomienda de autodescifrarme y darle paliativos a mi dolor.

Autodescifrarme fue, en realidad, comprender cómo funciona el cuerpo y tratar de percibirlo en mi propia experiencia. Anatomía vivencial es el nombre de este proceso: llevar a la experiencia sensitiva la localización y el movimiento de lo que nombramos, el desarrollo de la conciencia sutil para percibir lo que está sucediendo. Sin embargo, esta es una práctica poco accesible para la mayoría de las personas. 

Por otro lado, hay una inconsistencia en comprender para qué sirve la actividad física. Viniendo de la danza la recomendación médica era parar por completo o fortalecer a través de equipo de gimnasios; cuando una persona es sedentaria, se asume que la actividad física solucionará todos sus problemas. El encuentro con el cuerpo a través de la única noción de fortalecimiento es dolorosa, reduccionista y muchas veces sólo empeora el dolor. Hay una pérdida de comprensión de las muchas posibilidades que conviven entre el sedentarismo y el entrenamiento atlético. Creo que es más útil aprender a sentir e identificar, darle movilidad y menos a fortalecer, pero ese vocabulario no cabe en la ciencia. 

El cuerpo no es científico; el cuerpo es mucho más que sus funciones, es sujeto de nuestra realidad social, cultural y política. Todo conocimiento del cuerpo necesita considerar esto antes de lanzar el manto del “saber”. El autocuidado es aprender las necesidades propias frente a lo general del cuerpo y nuestro entorno. Aprender el cuidado requiere de información fundamentada para crear confianza y seguridad en la toma de decisiones de nuestros procesos. Autocuidado no es sólo la palabra gastada de la industria cosmética ni el registro punitivo y vigilante del discurso médico, sino la base intrínseca de permanecer vivas: el suelo firme en el que se sostiene lo que consideramos “estar bien”. 

“El encuentro con el cuerpo a través de la única noción de fortalecimiento es dolorosa, reduccionista y muchas veces sólo empeora el dolor”.

III

La fragilidad de nuestra noción de salud y la constante inseguridad en nuestra práctica personal que nos hace seguir régimenes alimenticios y rutinas como recetas, es producto de la noción de la utilidad del cuerpo. El cuerpo que produce, consume, trabaja, se ejercita, habla, viste y se expone. El cuerpo-máquina de la medicina y la educación física. 

Al cuerpo se le castiga; y se castiga con más fuerza cuando desde la perspectiva cultural se enuncia que “los otros no saben lo que hacen” por comer ciertos alimentos, tomar medicamentos o no, por tener la espalda recta o no, y un sinfín de posibilidades. La salud es cada vez más una discusión de creencias. Además, las políticas de salud se encargan de frenar emergencias, pero no dan herramientas para la toma crítica de decisiones. 

La salud ya no sólo se trata de brindar apoyo frente a lo urgente, sino de fomentar y educar a la población a ser capaces del cuidado. Comprender hasta dónde pueden tomar acción dosificando la ayuda profesional, en vez de entregarse por completo al juicio del héroe todopoderoso de la medicina o gurú y vaciar sus bolsillos ante la larga lista de especialistas. 

La emergencia no puede pasar como un acontecimiento en el olvido, las consecuencias de la pandemia crearán un eco profundo en nuestras formas de contemplarnos y asumir nuestro sentir. La salud y el cuidado son responsabilidades sociales y comunitarias, no logros personales. Tenemos que exigir una educación capaz de darnos herramientas para el autocuidado: comprender nuestros propios procesos y conducirlos. Ahí también está la capacidad de ser críticos, así podríamos evitar el uso indiscriminado de productos mágicos,  automedicarse y cualquier práctica que pretende resolver problemas sin respuesta. 

Comprender la salud como el proceso de vida nos permite cultivar paciencia y observación ante nuestra propia experiencia; y ahí reencontrar la validación, presencia y compasión que la vida moderna nos arrebata. 

La salud no puede ser una moda del privilegio; las personas encargadas de fomentar la salud no pueden estar mediadas por la mercadotecnia y la popularidad. La vida en sí misma no puede ser una competencia, un challenge detrás de un hashtag

“La emergencia no puede pasar como un acontecimiento en el olvido, las consecuencias de la pandemia crearán un eco profundo en nuestras formas de contemplarnos y asumir nuestro sentir”.

IV

Cuando sentía dolor era en lo único que pensaba, todos los días y a todas horas pensaba en cómo quitarlo. Siempre creí que el dolor iba a desaparecer de golpe, como un gran suspiro que iba a dejar clara la sensación de libertad. La verdad es que no noté cuándo desapareció, un día me di cuenta de que llevaba semanas sin sentirlo. Todavía puedo buscarlo y encontrar su recuerdo. La cicatriz de la memoria que permanece en mis tejidos puede decirme que alguna vez sentí muchísimo dolor. 

No encontré “la cura” al dolor crónico, encontré cómo comprender mis procesos y conducirlos, cómo cuidarme y permitirme que las demás personas me cuidaran y se involucraran.

El valor a la vida y el respeto que necesita un mundo en una emergencia climática, requiere de personas capaces de entregarse al descubrimiento, a la incertidumbre y la curiosidad por generar vida, así como darle permiso a la vida de suceder. El cuerpo bajo sus nociones de control nunca podrá sentirse sano, nunca entenderá saber vivir. La educación del cuerpo también es la educación del entorno y su permanente relación. Educar el sentir y los sentires conscientes es darnos la oportunidad de abrir la posibilidad a un mundo diverso que cada día se enfrenta a una mayor exposición a la incertidumbre. EP

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