Crónica de la desespera

¿Qué significa ser madre?, ¿para qué serlo?, ¿qué valor le atribuimos actualmente al embarazo? Alina Hernández Aguilar ensaya en torno a la esperanza y la desesperación de una pareja que está en un proceso de fecundación in vitro.

Texto de 05/11/21

¿Qué significa ser madre?, ¿para qué serlo?, ¿qué valor le atribuimos actualmente al embarazo? Alina Hernández Aguilar ensaya en torno a la esperanza y la desesperación de una pareja que está en un proceso de fecundación in vitro.

Hoy estoy embarazada, y no lo estoy. Tengo en mi vientre tres embriones, uno de ellos “óptimo”, calidad GI; los otros GII y GIII. Estoy tan embarazada como lo estaré jamás. Y por supuesto, no lo estoy. En unos días sabré que ninguno se habrá “implantado” en mi útero, y perderé a ese embrión perfecto y a los otros. Les pregunto a los doctores qué salió mal, por qué un embrión infalible falla. No lo saben (“yo también pensé que iba a funcionar”, me dijo uno). No deja de sorprenderme que con la meticulosa combinación de medicamentos, con el diseño de estrategias médicas ad hoc, con la habilidad motora del doctor de la que depende una “transferencia” exitosa, con todo lo que se sabe, pues, llega un momento en que no se sabe lo suficiente: no hay medicamento, proceso, hospitalización, descanso, terapia, nada que garantice un embarazo o peor aún, un nacimiento. 

En mi cronología, no sé cuándo entré en este túnel chiquitito al que se reduce vivir en un estado de infertilidad. ¿En qué momento se me hizo la vida tan pequeña, donde la única meta es tener una prueba positiva? ¿Cuando cumplí 35 años y pensé que era el momento oportuno para empezar a discutir con un doctor mis nervios por no haberme embarazado aún (spoiler: no era el momento oportuno, ya era tarde)? ¿Tres años antes, cuando acepté un trabajo porque pensé que “más adelante” podría aprovechar una licencia de maternidad extensa y bien pagada? ¿Cuando empecé a contarle de este proceso a mis amigas más queridas, quienes resultaron estar en las mismas y, en esa medida, sus duelos y el mío se convirtieron en el nuestro? 

Estoy sana. He corrido dos maratones, por Dios. Bailo, cocino, canto, nado. Pero ese cuerpo que reconozco como mío, dentro tiene otro que no tiene 38 años bien vividos, sino que tiene 50, 70, da igual. Porque —ahora lo sé— después de los 35 años la búsqueda de embarazarse es siempre cuesta arriba, un juego de improbabilidades.

Hasta hace cuatro años la decisión de tener hijos, o no, era un secreto que guardaba para mí misma, parafraseando a Sheila Heti. Nunca fue mi fantasía, pero lo daba por hecho, siempre asumiendo que “había tiempo”. Tampoco fue un proyecto “mío”: la maternidad sería sólo porque —o mejor dicho gracias a que— estoy desde hace 14 años con mi compañero de vida. La maternidad para mí sería no sólo una experiencia compartida, sino una experiencia específicamente con él. 

En esa vida comunitaria, pasaron muchas cosas previas a explorar tener un hijo y ninguna consideración tenía que ver con “enfocarme en mi carrera” —esa idea que parece la única bifurcación en la vida de una mujer—. No en balde los medios en los dos miles preguntaban: “¿pueden las mujeres tenerlo todo?”, refiriéndose con “todo” sólo a un trabajo e hijos. Lo que a nosotros nos pasó durante ese tiempo fue la vida: conocernos y crecernos, mudarnos dentro y fuera de México, alejarnos y encontrarnos. Nos pasaron muchos viajes y una boda, comidas y mezcales, y una tragedia familiar devastadora.   

“No sólo tengo menos óvulos, sino que los que tengo se desgastan, pierden cromosomas, pierden posibilidades de ser genéticamente viables. ¿Lo sabías? Yo no lo sabía. Lo supe hasta que fallamos el primer intento de fertilización in vitro, que sucedió a tres procesos de inseminación artificial”.

Y luego, no sucedió. Ni yo soy madre, ni él es padre. Ni uno ni otro estamos en condiciones biológicas óptimas para serlo. Pero es cierto que hubo mejores momentos para intentarlo. Hace diez años; hace cinco; el mes pasado. Porque la pérdida sostenida de la fertilidad es implacable, cada día que pasa disminuyen las posibilidades de lograr un embarazo (cada día que pasa, ¿es un día más o uno menos?). No sólo tengo menos óvulos, sino que los que tengo se desgastan, pierden cromosomas, pierden posibilidades de ser genéticamente viables. ¿Lo sabías? Yo no lo sabía. Lo supe hasta que fallamos el primer intento de fertilización in vitro, que sucedió a tres procesos de inseminación artificial. Se sabe todo tan tarde, tan a cuentagotas. Y cada cosa que se sabe es enorme. Cada detalle, ominoso, fatal. Mis niveles de estradiol. Los micromilímetros que mi endometrio crece. El crecimiento —también micromilimétrico— de los folículos que están desarrollándose porque los estoy bombardeando de hormonas. 

De cada pieza de información parece que pende no sólo la vida, potencial, de un bebé, sino la mía. Porque esa vida mía es chiquita ahora. ¿Qué pasa si no “podemos”? ¿Qué sigue? ¿Qué significa todo lo anterior, todas mis decisiones y omisiones pasadas? Me hago esas preguntas cuando me da insomnio, cuando me pesa el pecho, cuando la tristeza hace que me duelan los brazos. 

Afirman los señores del Diccionario de Real Academia Española:

Tiricia. f. pereza, negligencia, mal humor.  

Dice la interpretación vernácula: 

Tirisia. en el sur del país, aquella enfermedad que padecen mujeres o niños cuando se les va el alma, y tiene manifestaciones físicas. Tristeza y desolación. Enfermedad “cultural”, en tanto presenta “una relación estrecha entre la condición emocional y espiritual de la persona y lo físico, ya que se trata de males espirituales que atacan los centros anímicos del ser humano y son causadas de manera intencional por entidades conscientes como los dueños de los lugares, Dios, los santos o brujos”.1 

Tirisienta. abandonada. Suspendida. Que espera.  

Cuando no estoy triste, estoy incrédula. La pregunta seminal, “¿por qué a mí?”, es desgastante, improductiva y forzosamente culposa. Respuestas posibles: porque no le di importancia, porque me dediqué a otras cosas, porque no estaba segura de si lo quería, porque me distraje. Pero ninguna me satisface, y hay una respuesta en particular que me asombra por simple e injusta: porque no sabía. Y es verdad: nunca supe, realmente, que sin decidir estaba decidiendo. Y hoy no sé qué sigue adelante. Y ninguno de esos puntos ciegos me es atribuible sólo a mí. 

En un ciclo voy dos veces al hospital. La primera, en la que me aplican anestesia general, para la “captura” de los óvulos que hayan resultado de las inyecciones que me apliqué durante las dos semanas anteriores. Sobre la camilla, justo antes de caer sedada, lloro. Por mí, por nosotros, porque el equipo médico me trata con mucha ternura. 

La segunda, para la “transferencia” de los embriones que se hayan logrado fecundar. Para el proceso, el staff realizó un performance distinto, un simulacro de esperanza. Estoy despierta. Dirigen mi mirada hacia el ultrasonido. Me relatan cada paso del proceso. Me preparan: ya viene el momento de colocar los embriones en mi útero (sólo veo cómo un chorrito entra con cierta presión dentro de la cavidad que representa mi vientre en la pantalla). El doctor me voltea a ver esperando que esté conmovida, como si hubiera presenciado un milagro. Me regresan a la habitación y nos entregan, sonrientes, la foto del ultrasonido —como si se tratara de la foto de un hijo—. 

Han pasado cuatro años de haber iniciado la exploración para embarazarme; en ese camino, me he asumido como la mitad de una pareja infértil. En el trayecto lo que más me ha sorprendido y ha enojado es cuánta ignorancia alimentada por mis maestros, por mis médicos, por la prensa y por mi propia creencia en la inevitabilidad de tener una vida sin contratiempos me dirigió a ocupar este espacio en el que estoy hoy. 

Para no ir muy lejos: la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición no registra la prevalencia de infertilidad en hombre y mujeres, ni sus causas. La educación reproductiva se otorga, tanto en casa (si tienes suerte) como en la escuela, sólo en la pubertad y en la adolescencia, con un solo objetivo: prevenir un embarazo no deseado. Se entiende: este país tiene la segunda tasa más alta de embarazos adolescentes en el mundo. Sin embargo, falta informar que sí, efectivamente, la concepción es mágica (no diré “milagrosa”: quiero mantener lo más que pueda la distancia con quienes confunden el asombro por un proceso natural, con apropiarse del derecho de decidir de las mujeres). Tiene que ocurrir una sucesión de coincidencias preciosas, que se hacen más improbables conforme el tiempo pasa.2

“Falta que hablemos, que nos hablen, de la reproducción desde muchos ángulos de justicia y de derechos: hablar sobre las violencias, sobre los placeres, sobre la relevancia de elegir, sobre cuándo hacerlo y, sobre todo, para qué hacerlo”.

Falta que hablemos, que nos hablen, de la reproducción desde muchos ángulos de justicia y de derechos: hablar sobre las violencias, sobre los placeres, sobre la relevancia de elegir, sobre cuándo hacerlo y, sobre todo, para qué hacerlo (el fin, habrían de recordarnos, no es el embarazo, es la maternidad). Falta también echar luz sobre el hecho de que la leyenda solucionista-tecnológica que nos contaron ya como adultas jóvenes, que nos decía que podríamos concebir cuando quisiéramos (siempre que tuviéramos el dinero para pagar por tratamientos altamente complejos), es una mentira. Según la calculadora en línea de la Universidad de Texas, la probabilidad de dar a luz con un ciclo de fertilización in vitro para una paciente de mi edad, peso y diagnóstico es de 23%; con dos ciclos, de 37%, con tres, de 49%. Después de cuatro ciclos, la probabilidad se reduce en cada intento sucesivo. Si usara un óvulo “donado” (el eufemismo para no decir “comprado”), la probabilidad aumentaría a 55% en el primer ciclo. Calculo que cada ciclo nos ha costado, con un médico en Ciudad de México, entre 90 y 120 mil pesos, sin contar los tratamientos complementarios que hemos llevado con nutriólogos, homeópatas y médica andróloga.3 En 2025, se espera que en el mundo el mercado de “servicios de fertilidad” sea de 36 mil millones de dólares.    

La fertilización in vitro se parece a una segunda adolescencia; es una alienación nueva. Una vez que sucede la transferencia de embriones, no resta más que esperar a que aparezcan síntomas. Pero aquí está la broma: las pistas que sugieren un embarazo, o no, son las mismas —cólicos, dolor en los pechos, incluso sangrado— los mismos avatares del éxito que del fracaso. 

Los derechos reproductivos fueron uno de los reclamos torales del movimiento feminista occidental entre los años setenta y ochenta, “la segunda ola”. Con justicia, el llamado era para garantizar que se salvaguardara el “derecho básico de todas las parejas y de cada persona a decidir libre y responsablemente el número de hijos, el espaciamiento de los nacimientos y el intervalo entre éstos y a disponer de la información y de los medios para ello”. En ese reclamo no se sugería aún un espacio para cuestionar a qué se refiere la maternidad más allá del embarazo, más allá de ser partícipe del nacimiento. Esta nueva conversación no parece dirigirla hoy el feminismo occidental, sino el activismo LGBTQ.

Esta ha sido la segunda sorpresa con la que me he enfrentado hoy que tengo que reconstruir el valor que le atribuyo a mi persona: incluso entre mujeres que nos identificamos con reclamos de “tercera ola”, la maternidad se socializa y la entendemos para nosotras mismas sólo a partir del embarazo; los hijos se imaginan sólo como bebés. Sin embargo, desde mi punto de vista, en un mundo con recursos cada vez más limitados, buscar embarazarse no resiste un análisis racional. Y con todo, la probabilidad de no embarazarme parece insoportable.

En esa tensión existe la cuestión de adoptar. Es racional. Equilibra. Mejor aún: cambia el foco de la falta de realización personal hacia el mandato real por restablecer los derechos de una niña o un niño que, por razones siempre dolorosas, los perdió. Pero es un rito de pasaje enteramente distinto. No puedo compararlo con los desafíos y miedos por los que pasa alguien que construye una familia con hijos “naturales”, seguro hay muchos y muy legítimos. No obstante, es cierto que quienes desean adoptar pierden el lujo de actuar de manera audaz y temeraria; es un lujo que sí gozan otras madres y padres (un hijo, concebido por cualquier proceso, es una incógnita). A los padres adoptivos se les exige preguntarse cosas que los padres naturales evaden: ¿podré amar a un hijo que no es un bebé, sino un niño hecho y derecho que posiblemente sea discapacitado o haya sido lastimado, que se vea distinto a mí?,4 ¿que no podré nombrar, porque tiene ya un nombre?, ¿podrá ese hijo amarme? ¿Tengo las herramientas indispensables para ser madre?, ¿estoy adoptando en beneficio mío o del niño?, ¿qué significan la maternidad y paternidad más allá de la primera infancia?

No puedo negar que en este estadio, que va de esperar una cita médica a otra, un resultado clínico u otro, hay tantas luces como sombras. Porque mientras esperamos, sigue pasando todo. Mi mamá se enferma y se cura. La ciudad se cierra y se abre. Perdemos y recuperamos el empleo. Cumplimos años. Reencontramos amigos y nos olvidamos de otros. Cuando más deseo ser madre es en las luces, es cuando soy más feliz. Hay tanta vida, y tan poquita que me queda a mí (porque la vida son dos días, y uno está lloviendo), que me encantaría que alguien siguiera la fiesta. 

En este tiempo también me da para ser, por momentos, un ser absolutamente miserable. Lloré un día entero cuando una colega me informó sobre su segundo embarazo. Indago la vida personal de mujeres que admiro con la esperanza de que no tengan hijos. Incluso si los personajes son ficticios, envidio su maternidad (lloré también con el embarazo de Pam, en The Office; me alegré cuando El quinto hijo en la novela de Lessing fue un monstruo). En un mismo día transito entre el júbilo y la mezquindad. Me descubro iniciando frases con “cuando era joven”: la infertilidad me hizo sentir, por primera vez, vieja.  

“Dolerse por no embarazarse es una enfermedad cultural, un mal anímico provocado por “los dueños del lugar”: la misoginia y el capitalismo”.

Cuando intento responderme las preguntas seminales sobre la maternidad, me doy cuenta de que esto que siento no es tristeza, es tirisia. Porque las razones fundamentales por las que quiero ser madre y por las que mi esposo quiere ser padre se satisfarían mediante la adopción. Dolerse por no embarazarse es una enfermedad cultural, un mal anímico provocado por “los dueños del lugar”: la misoginia y el capitalismo.
Incluso, cuando caigo en esa cuenta, me recuerdo que hay lugar para mí, sin hijos. Que es válido y valioso que la vida que tengo sea sólo para mí. Que no hay un propósito superior que se materialice sólo teniendo descendencia. Que mi propia vida es un milagro. EP


1 David Lorente Fernández citado en Alonso, Milvet, “La tirisia un acercamiento al dolor espiritual y emocional, individual y colectivo a través de la cosmovisión indígena”, Chasqui: revista de literatura latinoamericana, vol. 9 núm. 1, mayo de 2020.

2 La probabilidad de una pareja sana de conseguir un embarazo natural en un mes dado es de entre 20 y 25% si ella está en sus años veinte, entre 10 y 15% si está en sus treinta, y de 5% si está en sus cuarenta. Esto sin obviar que no todos los embarazos resultan en nacimientos.  

3 Es importante mencionar que, en México, instituciones públicas como el IMSS o el Instituto Nacional de Perinatología sí ofrecen tratamientos para atender la infertilidad de parejas que han tardado más de un año en conseguir un embarazo. Otro artículo podría explorar qué número de casos se atienden en las distintas instituciones, con qué resultados y qué técnicas de reproducción asistida.

4 Si considero a quienes participaron en el mismo curso inductivo de una organización privada como un grupo representativo, la cuestión de la apariencia en buena medida se refiere puntualmente a qué pasaría si el hijo es más moreno que los padres (que al parecer siempre se consideran blancos o, por lo menos, menos morenos que los demás). La guía de la sesión “tranquilizaba” a los posibles adoptantes diciendo que los niños indígenas no pasaban por procesos de adopción: esas madres no los abandonan porque “siempre los traen en su rebozo” y que incluso muchas veces había niños adoptables “hasta más güeros que uno”.

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