¿Cómo hacer que tu gato te odie?

Mientras que otros amigos dicen haber desarrollado códigos de comunicación más avanzados con sus mascotas en el encierro, la conexión entre nosotros ha menguado; dejó de dormir conmigo, su caja musical de ronroneos cerró al público.

Texto de 03/09/20

Mientras que otros amigos dicen haber desarrollado códigos de comunicación más avanzados con sus mascotas en el encierro, la conexión entre nosotros ha menguado; dejó de dormir conmigo, su caja musical de ronroneos cerró al público.

Quédate en casa.

Que yo invadiera el departamento de mi gato, que en realidad y para su información le pertenece al casero, era una de las consecuencias de la pandemia que el animalito nunca vio venir. De pronto yo estaba en todas partes y a todas horas de su vida. Me volví rumi de mi gato, para ser exactos, la rumi molesta de mi gato.

Hasta el marzo V.N. (Vieja normalidad), cuando trabajaba en la oficina, fantaseaba con cómo era su vida en la casa, “¿Qué estará haciendo Newton?”, era una de las preguntas que podía pulsar como botón eyector de la realidad para lanzarme lejos de la pantalla de la computadora, y del trabajo que paga sus croquetas. Ahí era mi propio gato de Schrödinger: podría estar o no dormido, podría estar sí o no rompiendo una planta, podría estar o no usando mi ropa.

Ahora en la N.N. (Nueva Normalidad) yo estoy en casa todo el día y, en teoría, puedo conocer de primera mano su misterioso mundo. Pero la naturaleza del gato es elusiva. Justo cuando pensaba que lo descubriría, el gato pide que le abra la puerta de la terraza para ir a visitar a la vecina, llevándose consigo el misterio y haciendo que mis suposiciones cambien de escenario: él podría, o no, dormir sobre el regazo de los vecinos; ellos podrían, o no, ver películas juntos; escuchar, o no, al novio de la vecina tocar en la guitarra “She comes in colors everywhere”. Y yo podría estar, o no, escuchándolos del otro lado de la pared.

Mientras que otros amigos dicen haber desarrollado códigos de comunicación más avanzados con sus mascotas en el encierro, la conexión entre nosotros ha menguado; dejó de dormir conmigo, su caja musical de ronroneos cerró al público, es decir, yo; y se mantiene en el ala oeste del departamento de setenta metros cuadrados, es decir, en la habitación de al lado. El gato descubrió en el esplendor de la cuarentena que yo era exactamente la clase de horrible persona que ya sospechaba que era; la que lava mal los vasos y usa los tendederos de los vecinos, la que dice que ha leído un libro que no ha leído y que pide por Amazon en una ventana mientras que en otra tuitea contra Jeff Bezos. Sólo viviendo con alguien en una pandemia llena de incertidumbres, es cuando se le conoce de verdad. Por mi parte, me preguntaba cuánto tiempo puede permanecer enojado un gato con sus dueños; la respuesta, según Google, es dieciséis horas.

Si para muchos la convivencia con su familia durante este año se ha convertido en los juegos olímpicos de la sobrevivencia donde hay deportes nuevos como esquivarse, aprender a compartir, redistribución del trabajo del hogar y encuentros sincronizados, no sé dónde nos deja eso a él y a mí que ya perdimos por default. Quizás del lado de los muchos que descubren que el amor dura hasta que llega la enfermedad, aunque no estoy muy segura de esto al igual que miles de personas que han googleado: “¿los gatos sienten amor?”

“Al mes de estar encerrado, el gato empezó a pasar menos tiempo en casa y cada vez más tiempo en casa de los vecinos. Sólo regresaba para comer y usar el arenero como un adolescente o como un señor en una crisis de edad.”

Al mes de estar encerrado, el gato empezó a pasar menos tiempo en casa y cada vez más tiempo en casa de los vecinos. Sólo regresaba para comer y usar el arenero como un adolescente o como un señor en una crisis de edad. La rutina de Newton consistía en despertarse muy temprano, subir a la mesita de noche, tumbar todo hasta despertarme exigiéndome que le abriera la puerta de la terraza, regresar por la tarde para comer y querer volverse a ir. La rutina de ser un imbécil. Hay una amiga que dice no entender a la gente que ama a los gatos, dice que le parece una relación tóxica muy similar a las de los heterosexuales y termina diciendo: cat people, are you ok?”. Y sí, en la semana me llegaban al whatsapp algunas fotos de mi gato tóxico tomadas por la vecina: se veía feliz, acostado a sus anchas en la cama, en un retrato en blanco y negro. Pero entonces se fue la luz por unos días en el edificio y tuve que romper cuarentena yéndome a la casa de mi novio. Newton pasó tres noches seguidas con los vecinos en las que el vínculo entre ellos y él terminó por cerrarse por completo.

Esa misma semana me había apuntado en un plan ingenuo para escapar de la cuarentena; fantaseaba, como todos, en irme lejos. Así quizás, pensaba para justificarme, le daría un espacio a Newton; podría quedarse con los vecinos durante esas mini vacaciones y, cuando yo volviera, me recibiría con gusto. Un amigo que juraba no tener COVID en la prueba rápida top 10 de nuestra amistad, me proponía rentar un auto para irnos a encerrar, con toda la sana distancia, en la tranquilidad de una casa cerca de la playa. Un lugar que prometía el regreso a una vida más simple con toallas que envuelven cualquier ansiedad, con el calor del sol, el olor a cloro y a futuros sándwiches húmedos. Lo ideal sería viajar como Neddy Merril, el nadador del cuento de John Cheever. Ir de punta a punta de cada alberca hasta alcanzar el destino; avanzando a través de aguas cloradas libres de COVID y haciendo una parada en casa de mis padres que no había visto en meses y que no vería quién sabe por cuánto tiempo más. Mientras trabajábamos en el irrisorio plan, la vecina tocó a mi puerta. Para comunicarle las malas noticias al gato, me hubiera gustado pedirle que se sentara, pero los gatos no se sientan, así que la recibió parado: los vecinos se mudarían a donde ninguna terraza o túnel hecho por él podría llegar.

El día que se fueron, el gato me levantó especialmente temprano. Se despidieron de él, me dejaron una planta y arrancaron. Newton estaba confundido; visitando su puerta, maullándome en reclamo como si yo los hubiera guardado en la bolsa del pantalón junto con sus premios. Un par de días después, conoció a las nuevas vecinas que ya venían equipadas con gato propio y así se convirtió en el protagonista de su propia novela, su propio joven gato Werther. Los hechos no fueron claros, pero, al parecer, nunca entendió como una indirecta que taparan su paso con una variedad de plantas y macetas. Resbaló o saltó al vacío. Ningún hueso roto según la veterinaria de la clínica especializada en perros que nos atendió un domingo. Sólo había que darle tiempo, un tiempo que ya lleva dos semanas de papillas hechas a mano. Así, mientras el gato parece que mejora y no, yo inflo una langosta de plástico bajo la lluvia de verano y las lágrimas que caen de mis ojos queman mis cachetes como el sol de mediodía sobre una playa desierta. Me quedo sin aire y sólo puedo pensar en una cosa: debes ser muy hijo de puta para ir a tirar las cenizas de tu gato al mar. EP

DOPSA, S.A. DE C.V
T.  56 58 23 26 / 55 54 66 08 /
56 59 83 60

Dulce Olivia 71,
Villa Coyoacán,
Coyoacán,
04000,
Ciudad de México