¿Antropóloga o espía? Katherine Verdery y la Securitate rumana

La quintaesencia del discurso occidental sobre “el comunismo” era —y, sin sorpresa, sigue siendo— la reducción a sus elementos coercitivos; en concreto, la idea de la policía secreta. Valga la obviedad: la actividad de cualquier agencia policiaca en el mundo es secreta, pero el tropo reforzaba la supuesta ubicuidad de los regímenes “totalitarios” desde la […]

Texto de 12/08/20

La quintaesencia del discurso occidental sobre “el comunismo” era —y, sin sorpresa, sigue siendo— la reducción a sus elementos coercitivos; en concreto, la idea de la policía secreta. Valga la obviedad: la actividad de cualquier agencia policiaca en el mundo es secreta, pero el tropo reforzaba la supuesta ubicuidad de los regímenes “totalitarios” desde la […]

La quintaesencia del discurso occidental sobre “el comunismo” era —y, sin sorpresa, sigue siendo— la reducción a sus elementos coercitivos; en concreto, la idea de la policía secreta. Valga la obviedad: la actividad de cualquier agencia policiaca en el mundo es secreta, pero el tropo reforzaba la supuesta ubicuidad de los regímenes “totalitarios” desde la imaginación liberal. La sinécdoque se abusó tanto que las siglas del Ministerio del Interior soviético entre 1934 y 1946, “NKVD”1, se reproducen hasta la fecha como sinónimo de “policía secreta”. En realidad la tarea de seguridad comprendía apenas un área entre muchas del Ministerio, a cuyo cargo estaba el Departamento de Seguridad Estatal, GUGB (1934-1941) o NKGB (1941-1946). No deja de ser curioso el término: en los llamados regímenes totalitarios o autoritarios los modus operandi de la policía estatal no son más “secretos” que en las “democracias”. Al contrario. Por un lado, la vigilancia y la represión tocaron a millones; por otro, precisamente porque esas formas eran bien conocidas, en muchos casos había la posibilidad de “dar la vuelta” al régimen por medio de estrategias variopintas de evasión o negociación cotidiana2. De “secreto” en realidad había poco.

Katherine Verdery, notable antropóloga estadounidense, ha escrito un libro esclarecedor basado en trabajo de campo y de archivo sobre los métodos de la “policía secreta” rumana, la Securitate, en el régimen de Nicolae Ceaușescu (1964-1989). Sin embargo, My Life as a Spy. Investigations in a Secret Police File (2018)3 no es sólo una monografía más en el amplio catálogo académico de Verdery, que mucho ha contribuido a explicar desde dentro el llamado socialismo real4. A un tiempo autobiografía, denuncia, ejercicio terapéutico y etnografía, el volumen relata la vigilancia de la Securitate sobre Verdery durante dieciséis años (1973-1989) en los que hizo trabajo de campo como becaria del IREX en Rumanía. Pese a las ligeras sospechas en los distintos periodos en que vivió en el país durante ese intervalo, la autora sólo se enteró de que había sido espiada hasta 2006, cuando halló en el archivo de la Securitate una carpeta de 2781 fojas dedicada exclusivamente a ella, su trabajo y sus actividades como “espía”.

La carpeta de Verdery compila cientos de documentos escritos por burócratas de la Securitate, basados en reportes de varios informantes, entre ellos viejos “amigos” y “colegas” suyos (o eso creía). Incluye decenas de fotografías de Verdery en las décadas de 1970 y 1980 en las que aparece caminando, conversando o incluso descansando en ropa interior en su hotel. Una de ellas, portada del libro, representa la idea del Gran Hermano orwelliano al máximo, con la que la antropóloga juega entre indignación e intelectualización. Así, lo que en 1974 o 1985 había sido para Verdery una mera anécdota en alguna conversación, fue en realidad una advertencia, extracción de información o una forma de “influencia positiva” sobre su trabajo. Por ejemplo, una nota de la Securitate narra la aproximación de un académico del Instituto del Folclor de Cluj hacia Verdery en octubre de 1984. Aparentemente interesado en su investigación sobre la minoría húngara en Transilvania, el supuesto “colega” —informante de la Securitate— intentaba moldear en ella una opinión “correcta” sobre el multiculturalismo en la Rumanía socialista. El reporte dice: “A la fuente [el informante] se asignó la tarea de ocuparse atentamente en guiar y orientar el trabajo [de Verdery], de manera que ella lo conciba en el espíritu de la verdad histórica y lo presente objetivamente, sin tendencias ni mistificaciones. El proceso de influencia positiva debe ser continuo” (p. 117).

Tras “intelectualizar” su enojo, decepción y trauma, a partir de los reportes Verdery pretende explicar “cómo la Securitate, su aparato y su cultura de secrecía dieron forma a mi trabajo y a mí” (p. 37). Su visión resulta asombrosamente objetiva. Fiel a sus principios antropológicos, Verdery intenta comprender a sus informantes en sus propios términos. En primer lugar admite que no era descabellado para la burocracia vigilante pensar que ella era una “espía de la C.I.A.”. No solamente la Guerra Fría facilitaba esa interpretación. Verdery era una ciudadana estadunidense en un pueblo de Transilvania, que hablaba rumano y hacía demasiadas preguntas sobre la vida cotidiana, grabadora en mano. A veces no revelaba su identidad: estrategia etnográfica para ella, sospecha para sus vigilantes. La Securitate no descartaba que Verdery fuese húngara, una minoría particularmente sospechosa para el régimen socialista/nacionalista de Ceaușescu. Su apellido esdrújulo, terminante en y, sonaba demasiado “húngaro”. Además, trabajaba en Transilvania, donde se concentraba la minoría magiar. Algunos reportes incluso indican (falsamente) que Verdery “hablaba húngaro”.

Y es que ¿no es la tarea del espía y del antropólogo básicamente la misma? La autora desarrolla constantemente este paralelismo. En sus palabras, “los oficiales [de la Securitate] me reconocen como espía porque hago algunas de las cosas que ellos hacen —por ejemplo, uso pseudónimos y escribo sobre ‘informantes’, y ambos recolectamos ‘información sociopolítica’ de todo tipo en vez de concentrarnos en un asunto en particular—” (p. 18). Verdery mide el éxito de sus etnografías bajo esa luz, en la que los agentes reconocen el valor de su trabajo. Como advirtió un alarmado burócrata de la Securitate a sus superiores: “Debemos prestar mucha atención, porque ella esconde su actividad como espía muy bien” (p. 131). Esa creencia engendró, según Verdery, “una autoformación recíproca en la que la Securitate me hizo espía conforme yo me hice etnógrafa, [donde] cada acto de creación influyó al otro” (p. 131). Desde luego, señala la autora, las formas varían: mientras que los antropólogos producen conocimiento público, “no coaccionan” informantes —un punto siempre discutible— y trabajan “a plena vista” de la comunidad, los agentes de la Securitate elaboraban reportes secretos, “obligaban” a sus informantes a denunciar y actuaban de forma “invisible” (pp. 131-132). Este interesante esquema comparativo entre el espía y el antropólogo evoca aquel que hiciera el historiador Carlo Ginzburg en su defensa del libro Montaillou (1975) de Emmanuel Le Roy Ladurie: el antropólogo y el inquisidor de la Baja Edad Media son entes comparables en sus métodos, pues ambos interpretan, traducen y trasponen creencias ajenas a ellos hacia un nuevo código mucho más ambiguo que busca entender una particularidad de forma total5.

Contrario a los cátaros de Montaillou, Verdery pudo confrontar a muchos de sus inquisidores años después. Entre 2011 y 2015, según relata en la segunda mitad del libro, buscó en el directorio los nombres de agentes de la Securitate que aparecían en su expediente. No pocos aceptaron conversar con ella en sus casas o en algún café. Entre sonrisitas torpes e intercambios de regalos y flores (Verdery conoce bien a sus objetos de estudio), los burócratas envejecidos resultan personajes tragicómicos y vulnerables en el nuevo orden. Resulta difícil imaginarlos firmando reportes que decidían la vida de miles de personas. Todos tratan a Verdery con sumo respeto; están retirados y expresan nostalgia por la “estabilidad” del socialismo6. Hablan con orgullo de la Securitate y lo que “hacía por el país”, no sin distanciarse de “la Securitate de los 1950”, mucho más feroz y “plagada de húngaros y judíos” (p. 268). Uno de sus interlocutores confirma lo que Verdery halló en su archivo: “La meta era usar informantes para hacer que usted amara Rumanía, con las opiniones correctas” (p. 266).

La antropóloga también se entrevistó hace unos años con sus viejos “amigos” y “colegas” —sin revelarles el motivo del encuentro previamente—. Tragándose enojo y orgullo, Verdery se esfuerza por mantener la cordura conforme los interroga por haber informado a la Securitate sobre todos sus movimientos. La mayoría echa mano de justificaciones estructurales (la Guerra Fría, el Partido, las “órdenes superiores”), la salida fácil en la construcción de la “culpabilidad” al evocar el llamado totalitarismo. Les importa, sobre todo, quedar del “lado correcto de la Historia” al trazar una división entre “nosotros” (el Pueblo) y “ellos” (la Securitate), una línea que, según aclaran, “nunca se cruzó” (p. 237). No era lo mismo ser reclutado —y amenazado en el acto— mientras uno vivía su vida en un pueblo, que producir reportes que dictaban la suerte de miles de personas con toda frialdad en una oficina del gobierno. En el poscomunismo, época de blancos y negros, buenos y malos, tanto los informantes de Verdery como los ex agentes de la Securitate toman distancia de las antiguas formas que ambos grupos contribuyeron a edificar.

Al procesar las respuestas de sus conocidos, Verdery comienza a elucubrar que, a diferencia de los burócratas, los informantes comunes y corrientes tenían “matices”. Se puede “justificar a algunos; unos no son tan malos como otros porque no escribieron cosas desagradables sobre su objetivo [Verdery]; aunque alguno lo haya hecho así, probablemente sufrió debido a su información” (p. 83). La autora no se exenta en su reparto de culpas, con lo cual descubre una paradoja acuciante. Sin saberlo ni desearlo, ella produjo a muchos de sus informantes al entablar relaciones —amistosas, sexuales, intelectuales— con esas personas. Al identificarlas, la Securitate, no sin chantajes de por medio, las reclutó como informantes. Esa paradoja abre un abanico de matices. Más que compartir una “culpabilidad” (¿de qué?), como Verdery concluye, informar en la Rumanía socialista para la “policía secreta” era una práctica social, en un régimen que se construía todos los días desde arriba, pero también desde abajo.

La gran aportación del libro es precisamente ese modus operandi de la Securitate desde el orden social. El primer paso consistía en reclutar informantes “vulnerables” —contrabandistas, dipsómanos, colaboradores del fascismo— y chantajearlos con arrestos o despidos para que no dejaran de informar al Estado regularmente. Se pretendía, según Verdery, “convencer a la persona de que ellos [la Securitate] ya sabían todo acerca de aquélla. Parte del entrenamiento psicológico de un oficial era identificar el punto débil de una persona —ser capaz de ‘leer’ a la gente y tomar ventaja de sus debilidades en el intento por reclutarlos—” (p. 214). Bajo ese razonamiento la autora consigue comprender más que disculpar la posición de varios de sus informantes: “Aunque me he atascado, como otros, en el intento de tener que reconsiderar relaciones pasadas que mi archivo revela bajo otra luz, aspiro en cambio a comprender […] las causas que los llevaron a informar. Es decir, coloco mi yo antropológico por encima de mi yo más personal, mientras que la mayoría de los rumanos no gozan de esa elección” (p. 230). En unas cuantas líneas, Verdery reconfigura a posteriori la relación del antropólogo con su entorno y con sus propios informantes, quienes al mismo tiempo informaban a un tercero. Con ello llega al fondo de la penetración social de la Securitate en la Rumanía socialista:

“Contrario a lo que la mayoría de los occidentales pensaría, informar [para la Securitate] en Rumanía era [una práctica] social. Convertirse en informante no era una decisión estrictamente individual, dependiente del valor o cobardía de una persona, [sino que] la gente podía sentirse obligada a informar para proteger a sus familias y redes sociales. Acusar a alguien de cobardía por acceder a informar presupone un individuo aislado tomando decisiones conscientes que debe asumir una responsabilidad individual por esas decisiones. Esa visión tiene menos sentido cuando las unidades básicas de la sociedad son conexiones sociales y no individuos” (pp. 243-244).

En suma, “las bases del poder del régimen no eran tanto el miedo, la secrecía y lo oculto, sino la colonización de la sociabilidad de los rumanos” (p. 290).

Una pregunta, sin duda la más importante, queda en el aire. ¿Por qué, si Verdery era una “espía” sumamente “peligrosa” según los reportes de la Securitate, nunca fue arrestada o expulsada de Rumanía? ¿Por qué se le permitió ingresar seis veces al país entre 1973 y 1989, mientras que otros antropólogos —sin carpetas tan cuantiosas como la suya— sí fueron rechazados? ¿Por qué, si para 1988, conforme el régimen se endurecía, las “identidades como espía” de Verdery incluían ya fantasías tan graves como “llevar a cabo espionaje militar, recolectar información sociopolítica, interceder por la oposición húngara y conspirar con disidentes” (p. 174)?

Las respuestas son tan vastas como indicativas. Una es que a través de Verdery la Securitate pudo penetrar en territorio rural, hasta entonces de difícil acceso para el régimen. Como bien presume, “aproximadamente 15% de los informantes se encontraban en los pueblos, donde vivía el 50%-60% de la población”, con lo que “los antropólogos trajimos algunos beneficios a la policía” (p. 94). En esa función dual de antropóloga/espía, la etnografía foránea permitió al Estado conocer mejor a su sociedad rural. La ironía es inescapable: una “espía” estadounidense y probablemente “húngara” facilitó el trabajo al régimen socialista rumano. En el duro invierno de 1984-1985, bajo una economía inestable y medidas rígidas de austeridad, Verdery también fue un medio importante para que la Securitate descubriera diversas formas de resistencia, desde simples chistes hasta contrabando.

Al mismo tiempo, la presencia de Verdery y su trabajo etnográfico permitían al Estado poner a prueba sus redes, lealtades y métodos. En una carta de octubre de 1974, interceptada por la Securitate, Verdery relataba un ejercicio muy simple: la antropóloga escribió en unas tarjetas todos los apellidos del pueblo en que vivía y pidió a su casera que las ordenara “jerárquicamente” (en una sociedad, supuestamente, “sin clases”). Los reportes sobre el contenido de la carta, que pasaron por distintos niveles de la Securitate, son sumamente reveladores:

“La nota [de Verdery] presenta interés para nuestros órganos, especialmente por su sistema de recolectar y catalogar la información. Se ha instruido a la fuente continuar sus atenciones hacia ella […] y de ser posible hacerse con su manuscrito […]

Nota del Oficial Superior: particularmente digna de atención es la selección de miembros del Partido [Comunista] de entre las personas catalogadas por prestigio, salario, carácter, etc. De lo que aprende, el objetivo [Verdery] será capaz de hacer especulaciones tendenciosas. Enviar la nota al liderazgo de la Securitate […]

Nota marginal del Servicio 3 de la Securitate municipal: la nota presenta interés operativo. Ver si el camarada Lazar [el casero] tiene el programa 

de trabajo de V[erdery] K[atherine] y si esto excede [la] comisión [de la antropóloga…]” (pp. 67-68).

Una tercera respuesta es que a la Securitate le interesaba que Verdery hablase bien de Rumanía en el extranjero, específicamente en Estados Unidos. La agencia quedó complacida, por ejemplo, al saber que la antropóloga desmitificaba el “totalitarismo” rumano en simposios académicos en el continente americano (pp. 172-173). Los tentáculos de la Securitate llegaron hasta el Woodrow Wilson Center en Washington, donde un supuesto disidente rumano contactó a Verdery para “encontrar coincidencias” en 1988. Como ella inferiría revisando su carpeta veinte años después, se trató de un agente más, con un informe muy completo sobre el carácter “positivo” de la participación de Verdery en dicho coloquio.

Por último, permitir el trabajo de Verdery en Rumanía, sin arrestarla ni deportarla, confería poder a “simples oficiales” de la Securitate. Mantener el caso a flote los hacía relevantes al interior de la organización, pero también vis-à-vis otras agencias del Estado rumano (p. 292). En 1985, por ejemplo, en respuesta a las investigaciones de Verdery sobre la minoría húngara, la Securitate “sugirió” al comité partidista local en Geoagiu “intensificar y diversificar manifestaciones artístico-culturales en la comunidad que hagan referencia a temas históricos [rumanos]” (p. 141). La etnógrafa estadunidense influyó en Rumanía al grado de trastocar la política local más minúscula. Gracias en parte a esa imaginación tan florida, dice Verdery, los ex burócratas del aparato de seguridad acumularon poder e influencia en el ámbito local. A su vez, esa autoridad fue crucial para mantener a flote el orden local después de 1989 por medio de nuevos partidos, mafias, organizaciones, sindicatos o empresas. Es la historia —bien conocida ya— del poscomunismo, muy alejada de las convenciones pedantes del “fin de la historia”7.

Pese a presumir su propia importancia en estos acomodos, Verdery vacila cuando intenta explicar por qué nunca pensó que era espiada. Por momentos pretexta “ingenuidad” juvenil. No obstante, también busca intelectualizar la respuesta: “no me di cuenta en ese entonces de que espiar debe entenderse en términos culturalmente específicos8 (p. 79). A partir de esa ambigüedad, el único punto débil del libro es que para Verdery no parece haber contradicción entre el contexto estructural de Guerra Fría, del cual se dice “víctima”, y la pamplina que reduce el prejuicio estadunidense sobre la ubicuidad totalitaria a mera “ingenuidad”. El problema es —sobre todo viniendo de una antropóloga— que, si se mide bajo el referente del sentido común occidental sobre “el comunismo”, desde luego que dicha “ingenuidad” existió y, por ende, Verdery es “culpable” de no imaginar siquiera que había espías por doquier. En ese tenor, contrario al tono más académico de sus trabajos anteriores, My Life as a Spy habla claramente a un público occidental que asume esa supuesta preponderancia de la “policía secreta” —y que quedará complacido con el argumento—, sin que por eso deje de ser una aportación crucial a la rama antropológica.Cabe reflexionar sobre la gran ironía que el libro arroja. Verdery es una de las académicas que más han conseguido desmitificar a la escuela “totalitaria” en los estudios sobre el socialismo real gracias a su privilegiado trabajo etnográfico. Sus investigaciones dejan ver cómo, incluso en la Rumanía de Ceaușescu —uno de los regímenes socialistas más férreos—, había un sinnúmero de dinámicas sociales, económicas y culturales que escapaban al encasillamiento académico y político occidental que reduce la vida diaria a la dicotomía “Pueblo” vs. “Partido”. Y, sin embargo, en casi todo momento la desmitificadora del totalitarismo era observada, reportada, influenciada y puesta a prueba por doquier. No abundan los libros sobre el socialismo real que complazcan tanto a los desmitificadores del totalitarismo como a sus más fervientes críticos. EP

1 Narodny Kommisariat Vnutrennij Del (“Comisariado Popular de Asuntos Internos”). Hasta antes de 1946 los Ministerios soviéticos se llamaban “Comisariados Populares”.

2 Robert Gellately, Backing Hitler. Consent and Coercion in Nazi Germany (Oxford, Oxford University Press, 2001); Frances Pine, “Dangerous Modernities? Innovative Technologies and the Unsettling of Agriculture in Rural Poland”, Critique of Anthropology, 27, núm. 2 (2007), pp. 183-201.

3 Katherine Verdery, My Life as a Spy. Investigations in a Secret Police File (Durham: Duke University Press, 2018).

4 Katherine Verdery, National Ideology Under Socialism. Identity and Cultural Politics in Ceaușescu’s Romania (Berkeley, University of California Press, 1991) y What Was Socialism, and What Comes Next? (Princeton, Princeton University Press, 1996). Algunos ensayos de este libro, junto con otros de la misma autora, se recopilaron en ¿Qué era el socialismo y por qué se desplomó?, trad. de Víctor Altamirano (México, Fondo de Cultura Económica: Umbrales, 2017).

5 Carlo Ginzburg, Clues, Myths, and the Historical Method (Baltimore, The Johns Hopkins University Press, 1989), p. 162.

6 Rainer Matos Franco, Limbos rojizos. La nostalgia por el socialismo en Rusia y el mundo poscomunista (México, El Colegio de México, 2018).

7 Véase, por ejemplo, Christopher M. Hann (ed.), Postsocialism. Ideals, Ideologies and Practices in Eurasia (Londres, Routledge, 2002).

8 Énfasis original.

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