Amor eterno

Dicen que el amor es ciego y como yo, más veces de las que me gustaría reconocer, me pongo más ciego que una tapia, cuando llega el momento de escuchar música, sobre todo a lo largo de este interminable año que ha durado la pandemia, me avoco, irremediablemente, con las pocas neuronas que me quedan […]

Texto de 11/02/21

Dicen que el amor es ciego y como yo, más veces de las que me gustaría reconocer, me pongo más ciego que una tapia, cuando llega el momento de escuchar música, sobre todo a lo largo de este interminable año que ha durado la pandemia, me avoco, irremediablemente, con las pocas neuronas que me quedan […]

Dicen que el amor es ciego y como yo, más veces de las que me gustaría reconocer, me pongo más ciego que una tapia, cuando llega el momento de escuchar música, sobre todo a lo largo de este interminable año que ha durado la pandemia, me avoco, irremediablemente, con las pocas neuronas que me quedan despiertas después de las tres de la mañana, a las canciones que hablan del abstracto concepto encerrado detrás de esa palabra de cuatro letras. Amor.

La verdad a mí nunca me gustó tomar. Cierto es que el ver a mi padre, alcohólico de cepa, llegar a casa tambaleándose, y el intentar rehuirle los cinturonazos, me previno por casi dos décadas de dejarme seducir por las beldades que los romanos adjudicaban a Baco. Mi primera borrachera no llegó sino hasta pasados los dieciocho años y porque ya no me quedó de otra. Al grito de “¡órele, no sea puñal!” me empiné unos tres vasos, de aquellos rojos de plástico infaltables en las fiestas, desbordados con vodka de dudosa proveniencia, refresco de toronja y varios hielos. Era la primera vez que salía a un bar con mi grupo de amigos de la prepa, la primera también que escuchaba música en vivo y la primera que amanecí abrazado a un escusado bañado en vómito.

Otra verdad es que a mí tampoco me gustaba mucho la música. Bueno, no en sentido estricto, cantaba, de pequeño, villancicos con mi hermana y con nuestro grupo de vecinos algunos clásicos del pop en español mientras jugábamos a “Esta noche se improvisa” en la sala de la casa de mis padres y yo hacía de Verónica Castro. También estuvieron las canciones de misa que interpreté innumerables años con el coro de la Iglesia; la discografía entera de Daniela Romo que mi madre gustaba de escuchar en la casetera de su vocho verde y las zalameras canciones españolas de Los Churumbeles que mi padre ponía a todo volumen, alternándolas con banda sinaloense, cuando volvía a casa después de varios días de fiesta. Pero de música, lo que se dice música, realmente nunca supe nada. Creo que sigo sin saberlo a razón de muchos de mis amigos, aunque poco a poco le he agarrado el gusto y me he hecho de un buen repertorio personal.

No recuerdo a ciencia cierta cuándo fue la primera vez que la escuché, aunque ahora no pare de escucharla, ni en sueños. Conozco cada una de sus estrofas y versos de memoria. En estos más de cuarenta años de vida he olvidado muchas cosas y en los que vienen habré de olvidar muchas más; lo que sin duda nunca olvidaré será su letra. Tú eres la tristeza de mis ojos, que lloran en silencio por tu amor, me miro en el espejo y veo en mi rostro el tiempo que he sufrido por tu adiós. Cuando la noche arrecia, sea fría como las de enero o calientita como las de abril, Juan Gabriel y Rocío Durcal se me meten por el cuerpo a golpes, desgarran mis tejidos y me llegan al corazón. Sí, siempre que me pongo pedo me dan ganas de llorar, pero cuando escucho a ese dúo me entran más. A uno y a otro les conocí años antes de que su “Amor eterno” se convirtiese en la bandera de mis borracheras. Juntos incluso, con esa divertida canción que en el infame video musical les tenía dando vueltas por un departamento claustrofóbico como si fueran en verdad una pareja carnal. Pero no fue sino hasta su “Amor eterno” que uno y otra se hicieron mis mejores compañeros de desvelos.

El año clave fue el 2006. Fue el año en que mi abuela Filomena Nieves de los Dolores Eulogia Josefina, o Filo, como la llamábamos y como le gustaba que le llamaran, murió. Con un titipuchal de primos y una familia nuclear un poco dislocada, nunca fuimos muy cercanos. De cierta manera me rebelé a que lo fuéramos, en una insulsa venganza contra mi madre, a quien nunca perdoné que se dejara vejar por mi padre. Pero el destino tenía otra cosa marcada para Filo y para mí. Y así, con el tiempo, la madurez, la sobriedad de mi padre y la paciencia de mi madre, mi relación con mi abuela materna fue dibujándose en un plano que resulta difícil poner en palabras. Su muerte, que no fue la primera que me tocó vivir, fue, junto con la de mi padre, años después, las que más hondo me han calado.

“Y así, con el tiempo, la madurez, la sobriedad de mi padre y la paciencia de mi madre, mi relación con mi abuela materna fue dibujándose en un plano que resulta difícil poner en palabras.”

Durante la misa de cuerpo presente, en la que aparecieron varias palomas en tenor espíritu santo y en la que toda su prole tenía caras muy largas, fue que escuché ese “Amor eterno”. No recuerdo si en el piano eléctrico de la atiborrada capilla inferior de la Iglesia de La Bola, o en mi mente. La escuché porque a mi abuela le gustaba mucho, le recordaba a Acapulco, a los años cincuenta, a su vida de antes, sin hijos, ni responsabilidades, sin dolor. Después de ese duelo que me duró casi media década seguí escuchando el Amor de Juanga y de la Durcal. Primero en la ducha, desde el casete que me hice grabar por mi hermana. Luego, en los cantabares de la Anzures y en los antros de la Guerrero. Ahora, en la soledad del sillón en el que a veces, solo a veces, me siento en las noches sin luna a beber solo.

A mí no me gustaba chupar, ni tampoco la música. Hoy, sin embargo, no puedo vivir sin lo uno ni sin lo otro. Y cuando llega el punto del no retorno, cuando me despido de mis amigos si es que seguimos juntos a esas alturas de la madrugada, no porque me regrese a casa sino porque sé que a partir de ese momento la noche se convertirá en una sucesión de eventos inconexos y de recuerdos furtivos que a la mañana siguiente se traducirán en una cruda de mil demonios y en un sentimiento de culpa que no logro ni con la edad resarcir, pongo en la rocola de la cantina, le pido al dj en turno o de plano trato torpemente de encontrar en la memoria musical de mi celular, si es que no lo he perdido para entonces, el “Amor eterno” de Juan Gabriel y de Rocío Durcal.

La canto, usualmente sin inhibiciones y a todo pulmón. La canto y me acuerdo de mi abuela Filo pero también de mi padre, de mi tío Marcelino, del padre Sergio y de todos mis muertos. Me acuerdo, cuando estoy lejos de casa en alguno de esos viajes interminables en los que me embarco para recorrer el mundo, de Coyoacán, de la Narvarte, de Tlalpan y de la San José Insurgentes. Me acuerdo de mi Distrito Federal, del México de mi infancia y de mi adolescencia, de ese que sólo existe en mi cabeza. Me acuerdo de mis novias y de mis novios, de mis amantes, de mi primer esposo y a veces también del segundo, el actual. Me acuerdo de lo que hice y me arrepiento de lo que no hice. Me castigo por cobarde y me doy palmadas en la espalda por valiente. Canto “Amor eterno” y me dan unas ganas enormes de seguir viviendo, experimentando, emborrachándome y amando. Pero también a veces, solo a veces, me dan ganas de tirarme desde el andén del metro al paso del siguiente tren y morirme de una vez.

Amor eterno e inolvidable, tarde o temprano estaremos juntos para seguir amándonos. EP

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