A quien corresponda

“Mi abuela ahora vive en un asilo, uno en el que ella realmente nunca quiso estar, pero desde hace unos años mis tíos prácticamente se desentendieron y mis papás después de intentar varias cosas, para tenerla cerca, optaron junto con ella, un tanto a regañadientes de llevarla ahí un tiempo.”

Texto de 26/11/20

“Mi abuela ahora vive en un asilo, uno en el que ella realmente nunca quiso estar, pero desde hace unos años mis tíos prácticamente se desentendieron y mis papás después de intentar varias cosas, para tenerla cerca, optaron junto con ella, un tanto a regañadientes de llevarla ahí un tiempo.”

En alianza con Kaja Negra, publicamos una serie de textos que surgieron en el marco del taller en línea “El texto que sale de nosotrxs. Escribir para descubrir”, guiado por Sylvia Aguilar Zéleny, quien es también colaboradora de Este País.

Desde que empezó la cuarentena, se me atraviesa el tiempo, el espacio y el lenguaje como conceptos y texturas que habría que resignificar. Todo comienza a partir de un mensaje de mi hermano en donde me dice que mi mamá tuvo un ataque de ansiedad, estábamos a principios de abril y ese mensaje casi a media noche me abrió una zanja.

“¿Dónde está?, ¿cómo está?, ¿qué pasó?”, le pregunté. Está dormida, me dijo mi hermano. 

Al día siguiente fui a verla y Lidia (mi mamá) me contó el episodio, comenzó a sentir taquicardia, problemas para respirar y otros síntomas que ahora no recuerdo. Lo que sí recuerdo es su cara, su cuerpo tenso, tensísimo y mis ganas de llevarla al sillón, abrazarla y apapacharla hasta que se quedara dormida. Me contó que cuando mi hermano bajó, ella estaba con el teléfono de la ambulancia en la mano, pensando en marcarle o no. Le comenzó a contar a mi hermano lo que estaba sintiendo y entonces le dijo: “No te asustes, voy a llorar.”

Mi mamá es enfermera y ha visto muchas cosas terribles, mi mamá tuvo una infancia y adolescencia llena de más bajos que altos, creció en un ambiente hostil y precario, mi mamá es la mujer más valiente y divertida que conozco. La misma que tuvo su primer ataque de ansiedad, pánico o embrujo del encierro, en abril de este año. 

Intento reconstruir la escena en donde ella se siente mal, intento imaginar lo que le pasaba por la cabeza, las posibilidades que estaba asumiendo y no puedo más que viajar a un recuerdo de mi infancia, uno que ella me ha contado varias veces. Tengo cinco años y ella despierta, agotada después de una jornada intensa y larga de trabajo y maestría, y yo estoy sentada al borde de la cama desayunando y viendo la tele bajito para no despertarla, yo quiero pensar que la miraba antes de despertar, quiero jugar un poco con mi memoria y llevarnos ahí, a las dos. Pensándola al borde del derrumbe de ese día, en el que comenzó a sentir que colapsaba, transportarnos al pasado y recostarla en la cama y yo prender la tele bajito, para cuidarla y no despertarla. 

¿Cómo estamos cuidando a las que siempre nos cuidan? En estos tiempos en los que nadie entiende nada, en donde ha sido un eterno domingo y estamos sometidos a una maquiavélica suspensión del mundo al que estábamos acostumbrados.

Lidia, trabaja desde hace mucho tiempo en la facultad de enfermería y  este año, ella es la que se encarga de cualquier cosa que ocurra con los estudiantes que están haciendo sus prácticas en los hospitales, además de dar clases y tomar mil diplomados para aprender a dar clases en línea, sus cursos de inglés, juntas interminables, whatsapps de estudiantes, maestros y personal médico para resolver cuestiones de los hospitales, hace la cena, lava la ropa y a veces tiene tiempo para dormir.

“No he dormido”, me dice cuando llego a verla. “¿Cómo que no has dormido Lidia?”, le digo haciendo berrinche y sintiéndome culpable por no estar ahí y tal vez poder aminorar el trabajo de casa. Pienso en mi papá, en mi hermano y en los roles y tareas de cada uno. En sus posibles tristezas y cosas que no dicen, en mi mamá y su afán por querer cuidarnos a todos. Y a ella ¿quién la cuida?

Pienso también en mi abuela, en mi abuela paterna con la que siempre iba después de la escuela, desde primaria hasta la prepa, acompañándonos en prácticamente todas las comidas, en las tardes de plantas y hierbas, las noches de mercadito y telenovelas, y sobre todo, en las siestas en los sillones en donde yo siempre dejaba marcas de saliva, que luego me aseguraba de cubrir con trapitos tejidos dispuestos en los brazos de la sala. Mapas salinos de mis sueños de infancia. 

Mi abuela ahora vive en un asilo, uno en el que ella realmente nunca quiso estar, pero desde hace unos años mis tíos prácticamente se desentendieron y mis papás después de intentar varias cosas, para tenerla cerca, optaron junto con ella, un tanto a regañadientes de llevarla ahí un tiempo. Sin embargo, desde que comenzó la cuarentena no podemos entrar al asilo. Solo verla por el ventanal o por videollamada. Mi abuela habla ya muy poquito y no se le entiende, así que ninguna de las dos es tan útil. No imagino estar viviendo en una casa que no es mi casa con gente que no conozco, encerrada y sin poder estar cerca de mi familia. ¿La estaremos matando de tristeza? 

Yo misma no encuentro respuestas aún dentro de este encierro, solo me siento flotando en el tiempo y mirando lo que éramos. Lo que éramos y hacíamos cuando decíamos cuidar, las maneras en las que nos mentimos pensando en que ir a ver a la abuela quince minutos y subir foto a las redes acompañada de una frase ridícula, podía servir de algo. ¿Cómo vamos a recordarnos luego al ver esas fotografías? Supongo que nadie quisiera volver a verlas, ¿cómo será un recuerdo grato esa foto de los quince minutos en donde la abuela fue un objeto para aumentar los likes?

En medio de todo este preámbulo para el inicio o fin del mundo al que estábamos acostumbrados, ¿quién está pensando en cuidar a las que nos contienen? ¿De qué manera puedo cuidar a Lidia y volver a prender la tele bajito, hacerme el desayuno y que no se preocupe por nada mientras duerme?, mientras duerme soñando sin pensar en el monstruo celular, lleno de correos, llamadas y mensajes. Este texto es entonces una petición al mundo para que deje de dolerle a mi mamá. Para que no tenga que volver a decir “no te asustes, voy a llorar” y con ese gesto querer cuidar a mi hermano incluso cuando ella está a punto de romperse de llanto. En el que estas palabras sirvan de algo e invoquen nuevas formas y espacios para contenernos en el derrumbe. EP

RECIBE NUESTRO NEWSLETTER

Relacionadas

DOPSA, S.A. DE C.V
T.  56 58 23 26 / 55 54 66 08 /
56 59 83 60

Morelos 23,
Del Carmen,
Coyoacán,
04100,
Ciudad de México