A flor de piel

“La sensación de rascarme es parecida al orgasmo: mi piel ha tenido una vida sexual más prolífica que la mía (…) llega un momento en el que el deseo es insoportable, mi piel siempre gana. Y entonces me rasco, rápido, profundo, hasta sangrar.”

Texto de 04/10/20

“La sensación de rascarme es parecida al orgasmo: mi piel ha tenido una vida sexual más prolífica que la mía (…) llega un momento en el que el deseo es insoportable, mi piel siempre gana. Y entonces me rasco, rápido, profundo, hasta sangrar.”

En alianza con Kaja Negra, publicamos una serie de textos que surgieron en el marco del taller en línea “El texto que sale de nosotrxs. Escribir para descubrir”, guiado por Sylvia Aguilar Zéleny, quien es también colaboradora de Este País.

Empecé a lactar a los dieciséis años. Yo le llamo así, pero la verdad no era lactancia porque yo nunca había tenido sexo y no creía en el espíritu santo. Era pus. 

Durante casi un año mis pezones se abrieron en grietas invisibles de las que salía una secreción transparente. Mi piel se pegaba a la ropa, tejido sobre tejido, hasta la noche cuando regresaba a la casa y me arrancaba los pezones. El proceso de quitarme la playera implicaba despegarme un pedazo de piel y así, a rojo vivo, me ponía crema para intentar regenerar el tejido perdido. Me encantaba cuando llegaba la noche, me sentí más cerca de mi propia piel. Sin embargo, la espera se volvió insostenible y poco a poco comencé a jalarme la playera durante el día. De este modo arrancaba pequeños pedazos de piel que quedaban vivos hasta volverse a pegar a la ropa. Así me mantenía alerta durante mis clases de matemáticas pero, entre más frecuentemente lo hacía, menos había que arrancar. 

Vivir a flor de piel tiene desventajas.

La piel tiene tres capas: la epidermis, la dermis y la hipodermis. Cuando alguien ve mi epidermis, tiende a ver manchas rojas repartidas alrededor de granos pequeños: esa es la capa siempre visible. Si rasco un poquito se alcanza a ver mi dermis: la dermatitis atópica que tengo desde que nací, mis idas infructíferas al doctor y el bote lleno de crema que cargo conmigo a todos lados. Pero la hipodermis, esa capa que raya con la sangre, casi nunca sale a flote. Si quitara todas las capas para desnudarme de mí misma, vería en la hipodermis el placer que siento al lastimarme la piel. Ese secreto chirriar de mis uñas arrancándome a pedazos que sólo se muestra en este texto.

Para intentar develar ese secreto —y evitar que me siguiera lastimando—, mi mamá me mandó al psicólogo durante toda la primaria. Era de esas terapias maravillosas donde hablas de tus sentimientos cuando se te acaban los comodines en el juego de cartas. Su diagnóstico: el divorcio de mis papás. Yo, resultado de un infructífero intento de reconciliación, nací el mismo día que se firmaron los últimos papeles de separación. Tal vez porque ahora estaba sola, tal vez porque yo era lo único bueno de una separación dolorosa, mi mamá me cuidó hasta el exceso. Y eso es mi piel: el exceso que ya no me cabe en el cuerpo. Las hipótesis sobre mi salud son variadas: desde mi condición sietemesina hasta restos de la lucha legal clavada en mi cuerpo. La más aceptada, sin embargo, radica en el hígado; no en el mío, sino en el que mi mamá me daba de bebé. El exceso de defensas en mi infancia me volvió vulnerable conforme crecía. Entre más, menos. 

¿Es esta una metáfora de mi vida?

Mi enfermedad también funciona como escudo, muy atinado que sea en la piel. ¿No quiero lavar los trastes? Es por la dermatitis. ¿No quiero comer pescado? Es por la dermatitis. ¿No quiero sacudir el polvo? Es por la dermatitis. Esta armadura es que no es sólo física: tengo thick-skin en todos los sentidos del término. 

No fui consciente de la primera vez que usé mi enfermedad a mi favor, yo sólo me acuerdo del berrinche. Sofía Pavón, una de las niñas más populares de mi salón, me había invitado a su fiesta. Ahora que lo pienso, seguramente fue una invitación desganada porque me dijo la misma semana y no me dio ningún papelito. Le hablé a mi mamá emocionada y ella, consciente de que no me podía llevar a una dirección desconocida, no me dejó ir. Toda esa noche lloré desconsoladamente y amanecí cubierta de granitos, como si fuera alérgica a mis propias emociones. Esa fue la primera y última vez que mi mamá me prohibió algo. Siempre ha puesto mi piel por encima de todo, hasta de mí. 

Fue mi mamá la que los empezó a llamar granitos como si el diminutivo los hiciera menos terribles. Hay algo reconfortante de considerarlos pequeños, aunque se adueñen de mi piel como una horda de insectos alrededor de un dulce. Los granitos migran. Se asientan por temporadas en las corvas, en los entrebrazos, en los senos, en las manos, en la cara. Tengo la esperanza de que su tendencia vertical los lleve a la cabeza. Un campamento en el cuero cabelludo, incómodo pero secreto. No todas las enfermedades son visibles.

“Rascarse es un arte, como la seducción. No se debe hacer de golpe, sino que es necesario trabajar la espera, el deseo.”

Las marcas en mi piel parecen mi propia letra escarlata. Por años evité los vestidos, no sólo por mis piernas peludas de niña, sino porque las corvas (la parte opuesta a las rodillas) estaban siempre rojas y sangrantes. A decir verdad nunca me ha dado pena mi cuerpo. Me gustan mis llagas. Lo que me molesta es explicarlas. Entonces las cubro, no para protegerlas a ellas sino para protegerme a mí. Me siento más expuesta con la piel desnuda que con la piel sangrante. Por esto, las mangas de mis camisas tienden a ser largas para cubrir los antebrazos y las manos. Cuando muestro las manos por accidente me llueven burlas. Hay gente que piensa que mi condición es contagiosa. Otras personas voltean a ver mis manos cada vez que me insultan, como si esperaran que las respuestas que me callo se mostraran en el dorso. Hasta mi novio dice “manita” cada vez que yo quiero llorar, para tomarme la mano por un lado y, por otro, para ver hasta qué punto ha llegado mi incomodidad.

Entre mis historias corporales, mi favorita es de terror. Para evitar que me sangrara las piernas, mi mamá comenzó a amarrar mis manos a la cabecera de mi cama. Salvaje y flexible, lograba subir las piernas para continuar rascándome. Así, a los ocho años, dormía con las piernas entre la cabeza y las manos amarradas en la espalda (no es la pose más cómoda del mundo pero me permitía rascarme hasta quedarme dormida). Desesperada, mi mamá se vio obligada a amarrar todas mis extremidades a las orillas de la cama. Es por eso que siempre he dormido en camas con bases protuberantes y firmes. También por eso he seguido trabajando mi flexibilidad hasta el día de hoy: sin saberlo, me inicié en las poses de yoga casi por noctambulismo. Por mi dermatitis, he aprendido a disfrutar el dolor en la piel. Me gusta la sensación de las uñas rascando hasta sangrar. Aun sabiendo que me hago daño, hay veces en las que no puedo y no quiero parar. 

Este es mi dolor favorito.

En mi casa sólo había una prohibición: el merthiolate. Un día, después de sangrarme los brazos, me di cuenta de que podía prolongar el ardor al echarme este antiséptico sobre la piel. El placer de rascarme dura poco, si excedo el tiempo otorgado ya no hay piel sobre la cual tallar y lo viscoso de la sangre arruina el efecto. La sensación de rascarme es parecida al orgasmo: mi piel ha tenido una vida sexual más prolífica que la mía. Rascarse es un arte, como la seducción. No se debe hacer de golpe, sino que es necesario trabajar la espera, el deseo. Se empieza con la provocación, pues trato de evitar lastimarme a toda costa, por lo que recurro a estrategias infructíferas como soplarme, morderme, echarme agua y hasta rascarme alguna otra parte, como si pudiera burlar a mi piel. Pero llega un momento en el que el deseo es insoportable, mi piel siempre gana. Y entonces me rasco, rápido, profundo, hasta sangrar. La sangre es el símbolo de haber logrado el cometido.

También hay que admitirlo, no todo es seducción. Una vez que cedo es muy fácil caer en el frenesí, como un drogadicto frente a un kilo de coca. De esa sensación es difícil escapar. Me siento atrapada en mi cuerpo y me lo quiero arrancar. No me detiene la sangre ni el dolor —mucho menos los gritos de mi mamá rogándome que pare—. Siento que me quemo por dentro y sólo rascándome voy a poder arrancar el cierre que me mantiene en esta piel y salir gateando de ella. Mi mamá me toma las manos para evitar que me lastime y a veces llora ante nuestra impotencia compartida.

Como sucede con los consejos maternales, a veces mi piel dice las cosas que me niego a decirme a mí misma. Es como si mi diario estuviera abierto para el que quisiera leerlo con sólo mirarme las manos. Durante mi primera relación, que era violenta y dolorosa —características que explican por qué mi ambición masoquista amaba estar ahí—, me dio lo que se llama “dermatitis por contacto”. La teoría de mi dermatóloga fue que al abrir las cajas de la mudanza el polvo del aire afectó mi piel. Mi teoría, que pude plantear hasta que terminamos, fue que la relación con mi novia era tan dañina que mi piel prefirió dejarme una mancha roja en el cuello: mi propio signo de alto. Durante ese tiempo parecía que llevaba una bufanda roja que a ratos se volvía tornasol mientras se iba descarapelando. Como las serpientes que cambian de piel, así dejé tanto a mi cuello como a mi relación en el pasado. 

Hace poco me encontré reflejada en otro cuerpo. Encontré en Instagram una cuenta de una mujer que subía fotografías de su dermatitis. Encontré por ahí la mancha en el cuello y los granitos en los brazos, como si fueran prendas de ropa que le hubiera prestado. Me dieron muchos celos. Sí, celos. Sin mi piel estoy desnuda de mí misma. Ya tiene dos años que mi dermis es más o menos estable. Eso debería de ser bueno, significa que mi vida también ha llegado a la estabilidad. Pero no puedo evitar pensarlo como estancamiento. Si el bullicio de mis manos se ha detenido, ¿entonces quién soy yo?  Ya perdí todas mis cicatrices, en un buen día mi piel es una piel cualquiera. Es lisa, es limpia, es suave. No hay trazo de mi dolor, de mi comezón ni de mi historia. Pero los buenos días duran poco. 

La enfermedad está siempre latente, esperando el momento ideal. Sí. Pero también la obligo a salir a conveniencia. He aprendido a domesticarla y sólo muerde cuando se lo ordeno. Ante el aburrimiento de la rutina también me rasco, para despertarla, para despertarme. Así la dermatitis vuelve cuando yo se lo pido. 

Yo soy mi dolor favorito. EP

RECIBE NUESTRO NEWSLETTER

Relacionadas

DOPSA, S.A. DE C.V
T.  56 58 23 26 / 55 54 66 08 /
56 59 83 60

Dulce Olivia 71,
Villa Coyoacán,
Coyoacán,
04000,
Ciudad de México