
Esta reseña revisa la obra monumental de Will Fowler, que revela a un Santa Anna más complejo de lo que dicta el imaginario popular y sitúa su figura en el caos político del México naciente.
Esta reseña revisa la obra monumental de Will Fowler, que revela a un Santa Anna más complejo de lo que dicta el imaginario popular y sitúa su figura en el caos político del México naciente.
Texto de Juan-Pablo Calderón Patiño 21/11/25

Esta reseña revisa la obra monumental de Will Fowler, que revela a un Santa Anna más complejo de lo que dicta el imaginario popular y sitúa su figura en el caos político del México naciente.
Will Fowler. Santa Anna. ¿Héroe o villano?. La biografía que rompe el mito. México: Crítica, 2018
Las historias son muchas, muchas más que la historia oficial o la que se busca contar desde el vértice del poder, siempre temporal, perecedero y con el reto de descubrir la ventisca del mensaje ignaciano de que “la verdad nos hará libres”. En un México con poco más de un bicentenario como Estado independiente, existen pocos casos en los que un personaje pueda tener las etiquetas más apremiantes, algunas entre lo inverosímil y el deshonor, ganadas a pulso.
De héroe a redentor, impasible seductor que sabe ganar y leer el momento, al aparente traidor; gobernador indisoluble ante la coyuntura para sostener que la batalla se libra en el ruedo y no en la soledad del Palacio Nacional, por más que se tenga en el pecho la banda presidencial. El xalapeño Antonio López de Santa Anna, el más odiado de los mexicanos y encumbrado en el aposento del olvido por los que se creen poseedores de la verdad única, fue más que el caudillo veracruzano: fue un actor en diversos períodos de la historia en los primeros cincuenta años del México independiente.
Jorge Ibargüengoitia, poco antes de la desgracia que cegó su vida, dijo que habría que hacer justicia a las luces de Santa Anna. El antihéroe por naturaleza danza el mismo vals del desprecio que antes tuvo el conquistador Hernán Cortés. El general de la capital veracruzana, que descubrió en las lecturas a Napoleón Bonaparte, está encajonado junto con el oaxaqueño Porfirio Díaz, el otro villano favorito para gran parte del mirador político desde la posrevolución.
Al veracruzano se le castiga como el “vendedor” de la patria, y al general que murió en su exilio parisino, como el exponente del modelo totalitario que cierra la frase “mátalos en caliente”. El oficialismo del presente, pero también el del viejo régimen, no aquilata la advertencia de Ortega y Gasset sobre el valor de la circunstancia: los tiempos que vive el hombre, que se escurren en momentos irrepetibles en los que, además, el mirador y la perspectiva pueden cambiar las diversas lecturas contenidas en un juicio sumario envuelto en lugares comunes e ingenuidad.
Santa Anna ha sido el mítico personaje que, lejos de ser de novela, haría que la novela se quedara corta. Existen varias obras sobre el general que inició sus pasos en la milicia del virreinato de la Nueva España siendo muy joven. Desde la literatura, El seductor de la patria, de Enrique Serna, y desde el mirador académico, la obra del político e intelectual Enrique González Pedrero, El país de un solo hombre, trilogía del caudillo, son ejemplos del abordaje al personaje. El historiador Will Fowler, catedrático de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de St. Andrews, en Escocia, escribió Santa Anna ¿Héroe o villano?, que bajo el sello editorial de Crítica incursiona con el propósito de desmitificar al “traidor”.
Con una minuciosa revisión de archivos históricos que llevó al autor a vivir un tiempo en Xalapa, Fowler presenta en una obra de 606 páginas la disección de la vida y obra de Santa Anna a través de cinco partes que son columna vertebral de la publicación.
Si bien Fowler es doctor en Filosofía y Letras por la Universidad de Bristol, su vena literaria es de elogio por el nombre de cada una de las cinco partes de la obra. Con “Los primeros años de Santa Anna” principia el libro, seguida por “La gestación del caudillo”, que ilustra el México recién independiente y el laberinto entre el federalismo y el centralismo con el drama del primer imperio de Iturbide. Le sigue la tercera parte intitulada “Los renacimientos del Fénix”. La cuarta parte, “Un camino empedrado de buenas intenciones”, lleva a la quinta, “El otoño del patriarca”, evocación al título del libro de Gabriel García Márquez, donde Zacarías es el dictador de un imaginario país caribeño bajo la sombra hereditaria británica y la manutención estadounidense. La estructura es una hoja de navegación de un libro que, traducido por Laura Lecuona, se lee con la agilidad de las obras bien escritas. Una obra que sin caer en la solemnidad académica de la soberbia, inundan al lector con claves históricas que hacen al caudillo, pero también al hombre de carne y hueso, testigo del desgastante proceso de consolidación del Estado mexicano.
El mayor mérito del exhaustivo libro es la vocación del autor que, restando la frontera entre la ficción y la realidad —territorio de la literatura—, es el pedagogo del genuino “profeta, pero al revés”, tal como Ortega y Gasset se refirió al oficio del historiador. Fowler no deja al azar las difíciles circunstancias nacionales del naciente Estado mexicano que, muchas veces, por milagro pareciera que no dejó de existir. El colapso a la integridad territorial vino del exterior, pero los tormentos nacionales, como la discusión entre centralistas y federalistas, conservadores y liberales, e incluso entre las logias yorkina y escocesa, desafiaron la gobernabilidad e hicieron al personaje que seis veces estuvo en la presidencia de la república. El libro invita a despejar una aparente abstracción de la interrogante: ¿el caudillo nace o lo hacen las circunstancias?
Santa Anna es visto, antes que en su versión de máximo poder como “Su Alteza Serenísima”, como el valiente soldado —primero realista, después insurgente— que nunca se quedó en el cuartel. Sus incursiones por el norte de México y las expediciones en Texas antes de la independencia nacional, en las que cayó herido en una mano y también en el orgullo por falsificar documentos para pagar deudas de juego, lo muestran como quien empieza a marcar su destino entre la danza de su vocación por las armas y los desafíos de su interior, como su afición a los gallos, que más de una vez lo salvó de apuros económicos en México y en el exilio.
En el recorrido de la publicación se plantean diversos pasajes del caudillo y su habilidad para ver a los ojos a la autoridad sin temor, tal como era su relación con los jefes militares españoles en Veracruz. ¿Cómo un xalapeño clasemediero, hijo de un funcionario de medio nivel, pudo escalar tanto? Una respuesta la da Rafael F. Muñoz en su libro Santa Anna, el dictador resplandeciente cuando afirma que “se embriagó del bonapartismo”. No podría ser de otra manera cuando Fowler, con determinación, menciona que la geografía veracruzana fue determinante para Santa Anna. Pocos recuerdan que, al ser el puerto de Veracruz puerta de entrada a la Nueva España y después a México, no sólo se recibían personas o mercancías: también libros e ideas que influenciaron al hombre cuyo organismo desarrolló la coraza viral para aguantar las enfermedades del trópico.
Después fue vital que el paso veracruzano a la Ciudad de México estuviera controlado por las diversas haciendas que el general, gobernador y presidente Santa Anna logró tejer a lo largo de décadas. Dos enigmáticas haciendas, Manga de Clavo y El Lencero, fueron testimonio histórico del país en ciernes. Quien controlaba ese paso, controlaba México. Una diferencia abismal si el caudillo hubiera sido de otra entidad, como Jalisco o Oaxaca, lo cual ilustra uno de los mayores especialistas en la historia de los gobernantes mexicanos del siglo XIX.
En ese paso estratégico, el libro relata una serie de episodios que, evocando a Benito Pérez Galdós, rebasan el espacio y el tiempo para convertirse en episodios nacionales. Casi no está registrado en las páginas de la historia mexicana que Santa Anna recibió, escoltó y trasladó al último virrey español, don Juan O’Donojú, del puerto veracruzano hasta Córdoba, Veracruz, para signar la independencia nacional junto a Agustín de Iturbide. Conocedor del camino, Santa Anna también tenía la labia para engrandecer el momento, que debió ser toral para el parto independentista.
Impasible, Santa Anna reconoce sus debilidades en “las ciencias del Estado” y advierte que, ante todo, es un soldado que está por encima de las conspiraciones del poder y sus batallas intrincadas. Rompe con Iturbide, instaura la república y, con la danza de las constituciones políticas, inicia el doloroso camino que tendrá el poder político frente a la estructura heredada de la colonia, entre grandes terratenientes, el poder del clero y la difícil tarea de imaginar a México como república.
Siempre al acecho del exterior, el xalapeño conoce la gloria en Tampico al repeler la invasión española para reconquistar México. Sobrado y con un infatigable conocimiento del terreno, el libro muestra su faceta de gobernador en Yucatán, donde, atendiendo la emergencia del conflicto entre campechanos y yucatecos, fracasa en su proyecto de invadir Cuba y, de una vez por todas, aplastar la amenaza ibérica con epicentro en La Habana. En los subes y bajas de la vida del caudillo, y conocedor del puerto de Veracruz, va a su defensa contra las fuerzas armadas francesas, donde un cañonazo hace que pierda la pierna y, creyéndose con las horas contadas, extiende un manifiesto que lo reviste, otra vez, como héroe.
La Guerra de los Pasteles, en la primera intervención francesa en México, pone de nueva cuenta en relieve al personaje que, después, el imaginario público bautizó como “el 15 uñas”, en virtud de la amputación de su pierna izquierda. La extremidad fue enterrada con honores militares y, tiempo después, una turbamulta la desenterró en su furia contra el dispendio del general presidente.
Pocos generales tenían el conocimiento territorial de México, donde Texas “jamás fue una abstracción para él”, en virtud de que en ese lugar tuvo sus primeras escaramuzas y al que regresó para tratar de defender lo que ya era indefendible ante el abandono del centralismo, la falta de presencia del Estado mexicano y una frontera porosa ante la nueva potencia y su cruel expansión al Oeste. Esa expansión puede tener otra interpretación sobre el espinoso caso de la venta de La Mesilla porque, quizá, era el trago amargo para no seguir perdiendo territorio mexicano, además de la necesidad de una escuálida hacienda pública que ponía a prueba la capacidad del Estado para seguir siendo Estado. Santa Anna, cercado ante otra invasión, vende La Mesilla y despide al representante mexicano en la capital de la Unión Americana por embolsarse una jugosa comisión.
Santa Anna ni firmó los Tratados de Guadalupe-Hidalgo ni se rindió antes con la declaración de independencia texana. Después de las derrotas en Texas —solo con el viento a favor de El Álamo—, el veracruzano es llevado preso a Washington, D. C., siendo el mexicano que, con el más alto rango, aunque detenido, pisó la Casa Blanca para entrevistarse con el presidente estadounidense Andrew Jackson, una de las estampas “mudas” que tocará novelar. El propio mandatario estadounidense le asigna a López de Santa Anna una fragata para regresar a Veracruz.
La publicación es exhaustiva en episodios, pero más aún en la parte sustantiva de explicar las sombras y, a veces, los demonios de las circunstancias en un Estado pobre, con el reto de saber recaudar, donde los estados o no lo hacían esperando todo de la federación, o bien no le daban al centro lo que correspondía por temas hacendarios. La cruel herencia de una anemia fiscal fue parte del enredo entre federalistas y centralistas, pero también razón para la desamortización de los bienes eclesiásticos. Desarticular el latifundio vendría después con la Revolución mexicana. Por ello, quedarse en que Santa Anna puso impuestos a las ventanas y a los perros es quedarse no solo ante el árbol que tapa la vista al paisaje, sino ante una rama de cortedad con la verdad y el difícil contexto de una nación con un Estado casi fantasmal.
El propio Santa Anna logró presionar a la Iglesia para obtener préstamos al gobierno mexicano para la defensa ante el invasor e incluso empeñó sus propiedades para vestir, alimentar y dar dignidad a las tropas del Ejército mexicano, asunto no reconocido por el odio popular al personaje.
El libro demuestra que, en las aventuras y desventuras de un solo hombre como el caudillo y hacendado veracruzano, hubo un signo que explica sus seis retornos al Palacio Nacional (no once, como se dice: 1833-1853, 1839, 1841-1843, 1843-1844, 1846-1847 y 1853-1855). Su carácter, templanza, ingenio y aparente escurrimiento de intereses partidarios —a los que siempre despreció porque se consideraba un defensor del interés general, superior a la baja política coyuntural— lo hicieron el gran árbitro. Esa vocación posibilitó el regreso de sus exilios antillanos y colombianos ante el ruego de cada bando para que regresara al poder, además de su capacidad para tejer relaciones con mexicanos eminentes que, pese a estar en las antípodas ideológicas, fueron actores fundacionales de la historia de México: el liberal Valentín Gómez Farías y el conservador Lucas Alamán, ni más ni menos.
Un punto del libro, que fue motivo de otro título del autor, es la relación de Santa Anna con su paisano y amigo José María Tornel, quien fue ministro de Guerra, ministro plenipotenciario en Estados Unidos y secretario de Santa Anna. Con el destino quebrado algún tiempo por tensiones políticas, antes de eso Tornel —con dotes literarios y políticos— fue uno de los artífices del caudillo que tuvo la osadía enorme de no presentarse en su toma de posesión y también la de no asistir a su propia boda. Tornel no es un “segundón ni un patiño”, sino el ejemplo de que quienes están en la historia contaron siempre con un escudero. Si Morelos tuvo a Quintana Roo y Juárez a Melchor Ocampo, Santa Anna tuvo a Tornel como algo más que un aliado.
La lectura del libro de Fowler pone bajo una historiografía aguda las luces y sombras del caudillo, pero también es el recordatorio de esa gran asignatura pendiente que sigue perdida a más de 200 años de vida independiente: ¿cómo crear, valorar y defender la institucionalidad del poder que debiera ser democrática? ¿Por qué la deformación de entender la política como epopeya de un solo hombre y no como esfuerzo comunitario? En el estudio del libro el lector podrá identificar un conjunto de dramáticas realidades que cimentaron la república, que van desde la alianza de Santa Anna con Guadalupe Victoria hasta la difícil relación con Juárez y los odios mutuos que marcaron un derrotero hasta la muerte del indio zapoteca, presidente de la república. Santa Anna, que sobrevivió a Juárez, regresa por el indulto de otro presidente xalapeño, Sebastián Lerdo de Tejada.
Los últimos años de vida de Santa Anna son los de la penumbra de la soledad, del recuerdo hecho cenizas y del odio generalizado como el gran culpable de toda la maldición que pudiera tener un país, y de nuevo la manía mexicana de buscar culpables de todo y para todo.
A Jorge Ibargüengoitia le hubiera gustado leer un libro sobre un xalapeño que tiene un lugar en la emblemática calle del centro histórico de la capital veracruzana llamada “Xalapeños Ilustres”, pero que también, por ser “libertador de Veracruz, héroe de Tampico y fundador de la República”, merece un juicio sereno y justo de sus luces. Con ese objetivo, el libro de Fowler tiene un valor fundamental para la discusión sobre entender al personaje, pero más aún sobre el duro camino mexicano que hoy se topa con una república agazapada por el neocaudillismo y la incógnita de definir qué es el interés nacional. EP