Jaime Septién nos ofrece una reseña de Queridos fanáticos, tres ensayos escritos por Amos Oz que gravitan en torno al fanatismo, la intolerancia y el extremismo.
Jaime Septién nos ofrece una reseña de Queridos fanáticos, tres ensayos escritos por Amos Oz que gravitan en torno al fanatismo, la intolerancia y el extremismo.
Texto de Jaime Septién 19/12/25
Jaime Septién nos ofrece una reseña de Queridos fanáticos, tres ensayos escritos por Amos Oz que gravitan en torno al fanatismo, la intolerancia y el extremismo.
Amos Oz. Queridos fanáticos. Tres reflexiones. Siruela, Madrid, 2018. 170 páginas.
El título es un oxímoron, cuando no una provocación. Es difícil querer a un fanático. Chesterton los llama “herejes” en su ensayo “Sobre la lectura” (La utilidad de leer, FCE, 2025). Individuos que pasan por amar demasiado una verdad cuando lo que aman “es esa verdad a medias con la que se han topado” y la ponen por encima “de toda verdad que la humanidad conoce”.
Chesterton los conoció de lejos. Amos Oz (Jerusalén, 1939 – Tel Aviv, 2018) los vivió de cerca, de ambos lados: judíos y palestinos. En Queridos fanáticos (Siruela, 2018), reúne tres ensayos dedicados a sus nietos y a las nuevas generaciones, con el propósito de “demandar la atención de aquellos cuyas opiniones son distintas a las mías”.
Una pregunta esencial abre el primer ensayo que da nombre al libro: ¿Hay alguna cura para el fanatismo? ¿Se trata de un enfermo terminal o puede haber alguna puerta abierta para hacerlo desistir del odio y el ansia de exterminio al otro que no comparte su verdad?
Difícil dar una respuesta. Los fanáticos de todos los bandos ideológicos o religiosos están dispuestos a torcer la regla de oro de la convivencia humana en aras de implantar un nuevo orden de las cosas: que el fin justifica los medios y que el otro, por medio de la fuerza, tiene que entrar al aro. ¿Qué tan estrecho es ese aro? Lo más posible. Ahí solo cabe la triste versión de que “la justicia es más importante que la vida”.
“El fanático no discute”, precisa Amos Oz. No discute, no debate, no polemiza. Vamos, no dialoga. Como los caballos del varilarguero en las corridas de toros, va a lo suyo sin voltear a ver a los de al lado. De hecho, no hay nada al lado. “Si algo le parece mal, si tiene claro que algo está mal a los ojos de Dios [o del partido, o de la ideología, agregamos nosotros], su obligación es erradicar de inmediato esa abominación, aunque por ello tenga que asesinar a sus vecinos o a todo aquel que se encuentre casualmente por los alrededores”.
Este fanático es el de las Torres Gemelas. Por utilizar un sinsentido, se trata de un fanático extremo. Un extremista. Son los duros del elenco. Pero los hay en su versión light, que no deja de ser igualmente perniciosa. Son los que ante la complejidad de preguntas como “¿por qué existe el mal en el mundo?”, quieren dar respuestas de una sola frase: porque ellos (siempre ellos) son los culpables. Si acabamos con ellos, el mal desaparece…
Ellos pueden desaparecer de dos formas: objetivamente (colocando una bomba en el edificio en el que viven) o subjetivamente (despreciándolos, rebajándolos a nada). No hay en su mente ni en su corazón tonos de gris. Blanco o negro. Tampoco hay posibilidad de cambio. “Los fanáticos de cualquier tiempo y de cualquier lugar, aborrecen y temen los cambios y sospechan que los cambios no son más que una traición originada por motivos oscuros y sórdidos”.
Solemos confundir al gritón con el fanático. Sin duda hay cierta relación entre ambos personajes; a menudo es uno y el mismo. Pero hay que dejar en claro, dice Amos Oz, que “el volumen de tu voz no te define como fanático, sino sobre todo tu tolerancia o intolerancia hacia la voz de tus oponentes”. Son protagonistas de un western estilo John Wayne: los buenos y los malos. Los buenos ganan al final, sólo cuando logran desaparecer del planeta (de la ciudad, del barrio, del entramado político, de la universidad, del club…) a los malos.
Y aquí viene la visión profunda de un judío liberal que pensaba que judíos y palestinos podían convivir en un mismo departamento, pero con dos habitaciones. “El fanático, de hecho, es alguien que solo sabe contar hasta uno. Y, sin embargo, sin contradicción alguna, casi siempre tiende a revolcarse por placer en una especie de sentimentalismo agridulce compuesto de ira ardiente y autocompasión pegajosa”.
Tres son los vectores que descubre Amos Oz en la mente del fanático: “ofuscación, sentimentalismo y falta de imaginación”. Añadiría uno más: la falta de curiosidad. El mundo se le presenta como un sacrificio. Salman Rushdie —quien los ha sufrido en carne propia— hablaba de que el fanático es aquél que está sumamente enojado porque alguien, en algún lugar del mundo, en este momento, está siendo feliz.
Como lo corrobora Amos Oz en los otros dos ensayos que componen Queridos fanáticos —“Luces, no luz” y “Sueños de los que Israel debería liberarse pronto”—, “el fanatismo comienza en casa. Tal vez también los antídotos contra el fanatismo puedan encontrarse en casa”. Ahí están, sin duda. EP