Bluets

“Cuán a menudo he imaginado la burbuja de cuerpo y aliento que tú y yo formábamos, a pesar de que a estas alturas difícilmente recuerde cómo eres, apenas puedo imaginar tu cara.”

Texto de y 10/08/20

“Cuán a menudo he imaginado la burbuja de cuerpo y aliento que tú y yo formábamos, a pesar de que a estas alturas difícilmente recuerde cómo eres, apenas puedo imaginar tu cara.”



Fragmentos

1. Supongamos que empiezo diciendo que me he enamorado de un color. Supongamos que digo esto como si de tratara de una confesión; supongamos que rasgo mi servilleta mientras hablamos. Empezó lentamente. Una apreciación, una afinidad. Un día se volvió más seria. Luego (miro la taza vacía, al fondo una mancha café enroscada en forma de caballito de mar) se volvió, de algún modo, personal. 

13. Una entrevista de trabajo en la universidad, tres hombres sentados frente a mí en una mesa. Dice en mi CV que actualmente trabajo en un libro sobre el color azul. Llevo años diciendo esto sin escribir una palabra. Tal vez es mi forma de sentir que mi vida está “en marcha” en vez de ser un pedacito de ceniza que cae de un cigarro encendido. Uno de los hombres pregunta ¿por qué azul? La gente me pregunta esto con frecuencia. Nunca sé cómo responder. No podemos elegir qué o a quién amamos, quisiera decirle. Simplemente no elegimos. 

18. Una tarde cálida de principios de primavera, Nueva York. Fuimos al Hotel Chelsea a coger. Después, desde la ventana del cuarto, vi una lona azul agitándose con el viento en una azotea. Tú dormías, así que fue mi secreto. Fue una muestra de cotidianidad, una hojuela azul brillante en medio de esa providencia húmeda. Fue la única vez que me vine. Fue, esencialmente, nuestra vida. Fue un estremecimiento.

20. Coger deja todo como está. Coger no puede interferir de modo alguno con el uso real del lenguaje. Porque tampoco puede darle ningún fundamento. Deja todo como está.

28. Fue más o menos en ese tiempo cuando pensé por primera vez: cogemos bien porque él es un superior pasivo y yo una inferior activa. Nunca lo dije en voz alta, pero lo pensaba a menudo. No tenía idea qué tan cierto llegaría a ser, o que tan doloroso, fuera del sexo.

54. Mucho antes de la onda o la partícula, algunos (Pitágoras, Euclides, Hiparco) pensaron que nuestros ojos emitían una especie de luz que iluminaba o “sentía” lo que veíamos. (Aristóteles señaló que esta hipótesis entra en conflicto por las noches, cuando los objetos se vuelven invisibles a pesar del supuesto poder de nuestros ojos). Otros, como Epicuro, propusieron lo inverso: que los objetos mismos proyectan un tipo de rayo que llega al ojo, como si ellos nos miraran a nosotros (algunos de ellos sin duda lo hacen). Platón llegó a un punto medio y dijo que un “fuego visual” arde entre nuestros ojos y aquello que miran. Esto aún tiene bastante sentido.

71. Desde hace algún tiempo intento encontrar dignidad en mi soledad. Ha sido una tarea difícil.

75. Sobre todo he sentido cómo me vuelvo una sirvienta de la tristeza. Sigo buscando belleza en eso.

81. Lo que sé: cuando te conocí empezó una oleada de azul. Quiero que sepas que ya no te considero responsable.

88. Como muchos libros de autoayuda, El azul más profundo está lleno de un lenguaje horriblemente simplista y, hay que admitirlo, algunos buenos consejos. De cierto modo todas las mujeres de este libro aprenden a decir: Es mi depresión la que habla, no “yo”.

90. Anoche lloré de una manera que no había llorado en mucho tiempo. Lloré hasta envejecer. Miré cómo ocurría en el espejo. Noté cómo iban apareciendo las líneas alrededor de mis ojos como quemaduras grabadas; fue como ver flores abriéndose en cámara lenta en el alféizar de la ventana. Las lágrimas no sólo envejecieron mi rostro, también cambiaron su textura, convirtieron la piel de mis mejillas en plastilina. Reconocí esto como un rito de decadencia, pero no supe cómo detenerlo.

100. A menudo contamos nuestros días, como si el acto de medición nos hiciera una especie de promesa. Pero en realidad esto es como ponerle un arnés a un caballo invisible. “Es sencillamente imposible que en un año te sigas sintiendo como te sientes hoy”, me dijo una terapeuta diferente hace un año. Pero a pesar de que aprendí a actuar como si me sintiera distinta, la verdad es que mis sentimientos no han cambiado realmente. 

104. No siento el dolor de mi amiga, pero cuando la lastimo sin querer me quejo como si me doliera a mí, y me duele. A menudo, exhausta, reposo mi cabeza en sus piernas en la silla de ruedas y le digo cuánto la quiero, cuánto siento que esté sufriendo así, sufrimiento del que soy testigo y que puedo imaginar pero que no puedo conocer. Ella dice, si alguien puede sentir este dolor además de mí, eres tú (y J, su amante). Esto es generoso, porque sentirme cercana a su dolor siempre ha sido un privilegio para mí, a pesar de que el dolor sea típicamente definido como algo que hay que evitar. Quizá sea porque se mantiene tan generosa dentro de su dolor y porque nunca ha existido para ella ninguna jerarquía respecto al duelo, ni antes ni después de su accidente, lo cual me parece nada menos que una forma de iluminación. 

108. Pensemos, por ejemplo, en el “famoso impermeable azul” de Leonard Cohen, cuyo principal atributo es que está “rasgado en el hombro”. Acaso es justamente esa rasgadura lo que lo hace famoso. La canción caracteriza al Leonard Cohen más lúgubre y opaco, que es mucho decir, pero siempre me ha encantado la última línea –“sinceramente, L. Cohen”porque me hace sentir menos sola en mi afán de escribir casi todo como si fuera una carta. Hasta podría decir que no sé escribir de otra manera, lo cual convierte a la escritura en un prisma de soledad, como éste, en un experimento algo novedoso y atormentado. “Cuando nuestro compañero falla, inmediatamente trasladamos nuestro amor a un objeto valioso”, escribió Thoreau sobre su amargo desencuentro con Emerson, ofreciendo sin querer una explicación coherente de cómo y por qué tantos compositores han personificado al azul como alguien con quien pueden contar. “It loves me when I’m lonely | and thinks of me first, canta Lucinda Williams. Esto es realmente muy raro —como si el azul no solamente tuviera un corazón, sino una mente.

116. Una de las últimas veces que me visitaste traías puesta una camisa azul claro de botones y manga corta. Me la puse para ti, dijiste. Esa tarde cogimos seis horas sin parar, lo cual suena imposible pero eso decía el reloj. Matamos el tiempo. Tú estabas de camino a un pueblo de la costa, un lugar muy azul, en donde ibas a pasar una semana con la otra mujer de la que estabas enamorado, la mujer con la que estás ahora. Estoy enamorado de ambas de maneras completamente diferentes. No me pareció sabio buscarle sentido a esa afirmación. 

130. No podemos leer la oscuridad. No podemos leerla. Es una forma de locura, si bien una muy común, que lo intentemos.

134. Me tranquiliza pensar en el azul como el color de la muerte. Llevo mucho tiempo imaginando que la muerte se aproxima como la cresta de una ola: una pared altísima de azul. Te vas a ahogar, me dice el mundo, siempre me lo ha dicho. Vas a descender hacia un inframundo azul, azul de fantasmas hambrientos, azul Krishna, los rostros azules de quienes amaste. Todos ellos se ahogaron también. Respirar una bocanada de agua: ¿la idea te da pánico o te emociona? Si estás enamorada del rojo cortas o disparas, si estás enamorada del azul llenas tus bolsillos de piedritas que sean buenas para chupar y luego te diriges al río. A cualquier río.

136. “Tomar cuando estás deprimido es como rociar queroseno en un incendio”, leo en otro libro de autoayuda en la librería. ¿Qué clase de depresión se siente como un incendio?, pienso, y regreso el libro al estante.

152. Santidad o maldad a un lado, nadie puede decir que el azul sea un color festivo. Uno no busca una fiesta en un color que los hospitales han usado para calmar a los bebés que lloran o sedar a los enfermos mentales. Los antiguos egipcios envolvían a sus momias en tela azul; los antiguos guerreros celtas se pintaban el cuerpo con añil antes de empezar la batalla; los aztecas frotaban el pecho de las víctimas de sus sacrificios con pintura azul antes de sacarles el corazón en el altar; la historia del índigo es, al menos en parte, una historia de esclavitud, motines y miseria. Sin embargo, el azul siempre tiene espacio en el carnaval.

177. Tal vez ahora sea más claro por qué no había nada de romántico en que llevaras mi carta contigo a todos lados, durante meses, sin abrirla. Quizás cumplía una función para ti, pero, cualquiera que ésta fuera, seguro que no tenía nada que ver con la mía. Mi intención nunca fue darte un talismán, un recipiente vacío para llenarlo con cualquier anhelo, terror o tristeza que constituyera el humor del día. Escribí la carta porque tenía algo que decirte.

183. Goethe también se preocupa por los efectos destructivos de la escritura. Se preocupa, en particular, por “cómo preservar la cualidad esencial [de la cosa] que sigue viva frente a nosotros y no matarla con la palabra”. Debo admitir que ya no me preocupo demasiado por el asunto. Para bien o para mal, no pienso que la escritura cambie demasiado las cosas, si acaso las cambia. En general, pienso que deja todo como está. ¿Qué hace tu poesía?  —Creo que enjuaga de azul al lenguaje (John Ashbery).

De la artista Harriet Abbott

184. Escribir es, de hecho, un ecualizador impresionante. Pude haber escrito la mitad de estas propuestas borracha o drogada, por ejemplo, y la mitad sobria; pude haber escrito la mitad en pleno llanto agonizante y la mitad en un estado de desapego clínico. Pero ahora que han sido barajadas incontables veces —ahora que parecen avanzar, finalmente, hacia delante como un río– ¿cómo podríamos notar la diferencia?

188. Cuán a menudo he imaginado la burbuja de cuerpo y aliento que tú y yo formábamos, a pesar de que a estas alturas difícilmente recuerde cómo eres, apenas puedo imaginar tu cara.

189. Cuán a menudo, en privado, pensé en las coreografías de listones negros y rojos bailando dentro del agua, dos cuerdas de mente y corazón. La tinta y la sangre en el agua turquesa: éstos son los colores dentro del sexo.

197. Supongo que es posible que un día nos volvamos a ver y se sienta como si nada hubiera pasado entre nosotros. Esto parece inimaginable, pero la verdad es que pasa todo el tiempo. “No hay blancura (perdida) tan blanca como la memoria de la blancura”, escribió Williams. Pero uno también puede perder la memoria de la blancura. 

198. En una entrevista de 1994, treinta años después de haber escrito “Famoso impermeable azul”, Cohen admitió que había olvidado los detalles del triángulo amoroso que la canción describe. “Siempre sentía que había un hombre invisible seduciendo a la mujer con la que estaba, pero no recuerdo si era un hombre encarnado o uno imaginario”. Me parece un olvido bastante alentador y bastante trágico.

199. Porque desear olvidar cuánto amaste a alguien —y luego, de hecho, olvidarlo— puede sentirse a veces como el sacrificio de un pájaro hermoso que escogió, por pura gracia, hacer de tu corazón su casa. He escuchado que este dolor puede transformarse aceptando “la evanescencia fundamental de las cosas”. Esta aceptación me desconcierta: a veces parece un acto de voluntad; a veces, de rendición. A menudo siento que estoy en un vaivén entre los dos (mareo).

200. “Nadie se moja dos veces en el mismo río”: un himno alentador, sin duda. Pero en realidad ésta es solo una versión del fragmento de Heráclito, al que justamente apodaban “el enigmático” o “el oscuro”. Otras versiones: “En aquellos que entran a ríos permaneciendo iguales otras y otras aguas fluyen”; “Entramos y no entramos en el mismo río; somos y no somos”; “No puedes mojarte dos veces en el mismo río, porque otras aguas y luego otras fluyen en él”. Parece que algo permanece igual aquí, ¿pero qué?

201. Creo en la posibilidad —incluso inevitable— de un ser nuevo entrando a aguas siempre nuevas, como en la versión: “Ningún hombre se moja dos veces en el mismo río, porque el río no es el mismo y el hombre no es el mismo”. Pero también siento que algo en el fragmento de Heráclito da lugar a la posibilidad de un ratón metiéndole el hocico una y otra vez a un pedazo de queso electrificado en una especie de eternidad estática. 

204. Últimamente intento aprender algo sobre “la evanescencia fundamental de las cosas” a través de la colección de amuletos azules que tengo en una repisa de mi casa que está, al menos durante la mitad del día, bajo el rayo del sol. La colocación es intencional: me gusta ver el sol pasar por el vidrio azul, la botella de tinta azul, las piedras azules translúcidas. Pero claramente la luz está destruyendo algunos objetos, o al menos deslavando su color azul. A diario pienso en mover las piezas más delicadas a “un lugar fresco y seco”, pero la verdad es que tengo poco o ningún sentido de protección. Por flojera, curiosidad o crueldad –si es que se puede ser cruel con los objetos– he entregado las piezas a su destrucción. 

212. Si estuviera hoy en mi lecho de muerte, diría que mi amor por el color azul y hacer el amor contigo fueron dos de las sensaciones más dulces que conocí en esta Tierra.

213. ¿Pero estás segura —se podría preguntar— que fue dulce?

214. No, no realmente, o no siempre. Aplicando una regla de “honestidad brutal”, tal vez ni siquiera con frecuencia.

222. En enero de 2002, acampando en Dry Tortugas, una isla que es básicamente un fuerte abandonado noventa millas al norte de Cuba, hojeo un ejemplar de la revista Nature. Leo que el color del universo (lo que sea que esto signifique –aquí me parece que es el resultado de un estudio del espectro de luz emitido por alrededor de 200,000 galaxias) finalmente ha sido deducido. El color del universo, dice el artículo, es un “turquesa pálido”. Claro, pienso, mirando con nostalgia el horizonte del golfo brillante. Siempre lo supe. El corazón del mundo es azul.

223. Unos meses después, de vuelta en casa, leo en algún otro lado que este resultado fue un error, debido a la falla de una computadora. El color real del universo, dice el nuevo artículo, es beige claro, o cosmic latte

233. Que el futuro sea desconocido es, para algunos, la manera que tiene dios de suturarnos en, o al, momento presente. Para otros, es la marca de la maldad, una señal segura de que la mejor manera de entender nuestra existencia es como una especie de broma, un error. 

238. Quiero que sepas, si alguna vez lees esto, que hubo un tiempo en el que hubiera preferido tenerte a mi lado antes que a cualquiera de estas palabras; hubiera preferido tenerte a mi lado que a todo el azul del mundo. 

239. Pero ahora estás hablando como si el amor fuera un consuelo. Simone Weil nos advirtió lo contrario: “El amor no es consuelo”, escribió. “Es luz”.

240. Entonces bien, permíteme tratar de reformularlo. Cuando estuve viva, traté de ser estudiante no de la nostalgia, sino de la luz. EP



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Dulce Olivia 71,
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