Traducción: Peter Pan. Capítulo II: La sombra (tercera parte)

Durante varios años, “Poliedro” fue la sección principal de las centrales de la revista Este País. Con el propósito de honrar a esa tradición impresa y renacer como EP en línea, hemos nombrado “Poliedro Digital” al blog semanal de la Redacción que, al tener diversos colaboradores, es como ese cuerpo geométrico de “muchas caras”.

Texto de 26/04/19

Durante varios años, “Poliedro” fue la sección principal de las centrales de la revista Este País. Con el propósito de honrar a esa tradición impresa y renacer como EP en línea, hemos nombrado “Poliedro Digital” al blog semanal de la Redacción que, al tener diversos colaboradores, es como ese cuerpo geométrico de “muchas caras”.

[…]

A Wendy se le ocurrió una idea espléndida: —¿Por qué no se la toman al mismo tiempo?

—Desde luego —dijo el señor Darling—. ¿Estás listo, Michael?

Wendy contó: uno, dos, tres, y Michael se tomó su medicina, pero el señor Darling escondió la suya detrás de su espalda. Hubo un grito de furia de Michael y Wendy exclamó: “¡Oh, padre!”.

—¿Qué quieres decir con “Oh, padre”? —preguntó el señor Darling—. Ya deja de armar escándalo, Michael. Tenía intención de tomarme mi medicina, pero… fallé.

Era terrible la forma en que sus tres hijos lo miraban, como si no lo admiraran.

—Miren, todos ustedes —dijo de modo suplicante en cuanto Nana fue al baño—, se me acaba de ocurrir una broma magnífica. Verteré mi medicina en el tazón de Nana y ella se la tomará ¡pensando que es leche!

Era del color de la leche; pero los niños no tenían el sentido del humor de su padre, y lo miraron con reproche mientras vertía la medicina en el tazón de Nana.

—Qué divertido —dijo sin convicción, y ellos no se atrevieron a ponerlo en evidencia cuando la señora Darling y Nana regresaron—. Nana, buena perra —dijo, dándole palmaditas—, he echado un poco de leche en tu tazón.

Nana movió la cola, corrió hacia la medicina y comenzó a beber a lengüetazos. Entonces le dirigió semejante mirada al señor Darling; no una mirada de enojo: le mostró el gran lagrimal rojo que nos hace sentir tanta pena por los perros nobles y se arrastró a su casita.

El señor Darling estaba terriblemente avergonzado de sí mismo, pero no iba a darse por vencido. Durante un silencio horrible, la señora Darling olió el tazón.

—Oh, George —dijo—, ¡es tu medicina!

—Fue sólo una broma —rugió él, mientras ella consolaba a sus niños y Wendy abrazaba a Nana—. De qué sirve —dijo con amargura— que me esfuerce hasta el cansancio tratando de ser gracioso en esta casa.

Y aun así, Wendy siguió abrazando a Nana.

—Qué bien —gritó él—, ¡mímala a ella! A mí nadie me mima. ¡Así es, nadie! Yo sólo soy el proveedor de la familia, por qué tendrían que mimarme, ¡¿por qué, por qué, por qué?!

—George —le rogó la señora Darling—, baja la voz, los sirvientes podrían escucharte —de alguna forma se habían acostumbrado a llamar a Liza “los sirvientes”.

—Déjalos que escuchen —respondió él con temeridad—. Trae a todo el mundo. Pero me rehúso a permitir que esa perra se sienta superior en esta habitación de mi casa por una hora más.

Los niños lloraron y Nana corrió a él, suplicante, pero él la rechazó. Sintió que otra vez era un hombre fuerte. —Es en vano, es en vano —exclamó—, el lugar apropiado para ti es el patio, y ahí vas a estar amarrada en este instante.

—George, George —susurró la señora Darling—, recuerda lo que te dije sobre ese niño.

Pero ¡ay!, él no iba a escucharla. Estaba decidido a demostrar quién era el amo de esa casa, y cuando las órdenes no sacaron a Nana de su casita, la atrajo fuera de ahí con palabras melosas y, agarrándola bruscamente, la arrastró fuera del cuarto de los niños. Estaba avergonzado de sí mismo, pero aun así lo hizo. Todo se debía a su carácter demasiado afectuoso que ansiaba admiración. Cuando ya había amarrado a Nana en el patio trasero, el desdichado padre fue a sentarse en el corredor y con sus nudillos se apretó los ojos.

Mientras tanto, la señora Darling había metido a los niños en sus camas en un desacostumbrado silencio y había encendido sus lámparas de noche. Podían escuchar a Nana ladrar y John dijo, lamentándose: —Ladra porque él la está encadenando en el patio.

Pero Wendy fue más acertada: —Ése no es el ladrido desdichado de Nana —dijo, sin adivinar lo que estaba por suceder—; es su ladrido de cuando olfatea peligro.

¡Peligro!

—¿Estás segura, Wendy?

—Oh, sí.

La señora Darling se estremeció y fue a la ventana. Estaba bien cerrada. Miró afuera, y la noche estaba salpicada de estrellas. Se amontonaban alrededor de la casa, como si tuvieran curiosidad de ver qué estaba por suceder ahí, pero ella no notó eso, ni tampoco que una o dos de las más pequeñas le guiñaron el ojo. Sin embargo, un temor indescriptible estrujó su corazón y la hizo exclamar: —¡Oh cómo desearía no tener que ir a una fiesta esta noche!

Incluso Michael, ya medio dormido, supo que estaba perturbada, y preguntó: —¿Hay algo que nos pueda hacer daño, madre, después de que las lámparas de noche han sido encendidas?

—Nada, cariño —dijo ella—, son los ojos que una madre deja para proteger a sus hijos.

Fue de cama en cama cantando encantamientos para ellos, y el pequeño Michael le dio un efusivo abrazo. Madre —lloró—, me alegra tenerte.

Ésas fueron las últimas palabras de él que escucharía por mucho tiempo.

La casa número 27 estaba a sólo unos metros de distancia, pero había caído un poco de nieve, y Padre y Madre Darling encontraron su camino ahí con habilidad para no ensuciarse los zapatos. Eran ya las únicas personas en la calle, y todas las estrellas los estaban observando. Las estrellas son hermosas pero no toman parte activa en ninguna cosa, sino que únicamente observan por siempre. Es un castigo que les pusieron por algo que hicieron hace tanto tiempo que ya ninguna estrella sabe qué fue. Así que las más viejas tienen ahora la mirada perdida y rara vez hablan (titilar es el lenguaje de las estrellas), pero las pequeñas todavía se preguntan qué fue lo que hicieron. No son muy amigables con Peter, quien tiene una forma traviesa de colocarse detrás de ellas furtivamente para tratar de apagarlas de un soplido, pero les gusta tanto la diversión que esa noche estaban de su lado y ansiosas por quitar de en medio a los adultos. Así que, tan pronto como la puerta del número 27 se cerró detrás del señor y la señora Darling, hubo alboroto en el firmamento y la más pequeña de todas las estrellas en la Vía Láctea gritó:

—¡Ahora, Peter! EP

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