Navidad

“La Navidad es una máquina del tiempo. Cada 24 de diciembre regreso a ser pequeña y la primera de la fila para encontrar los regalos bajo el árbol adornado con velas que ya no existe.”

Texto de 25/12/20

“La Navidad es una máquina del tiempo. Cada 24 de diciembre regreso a ser pequeña y la primera de la fila para encontrar los regalos bajo el árbol adornado con velas que ya no existe.”

Esperaba esta fecha tras mis actos de espionaje: ya sabía que Santa Claus no existía. Por las noches, cuando mis padres se iban a dormir, mi prima Carolina y yo bajábamos las escaleras para abrir, con todo sigilo, la despensa. Allí mi madre solía esconder los regalos. No era, en realidad, un escondite, sino el sitio donde los guardaba para envolverlos después con sus manos elásticas.

Además, espiábamos durante las madrugadas, cuando mi madre se desvelaba para hacer aquel ruido despegando el diurex, mientras sujetaba el papel y sus dobleces. Tiempo después, ella me enseñó a envolver, aunque nunca conseguí hacerlo tan bien.

Las mejores navidades estaban determinadas por mi estatura. Los primos debíamos formarnos del más bajo al más alto, antes de entrar a la sala de mi casa o a la de mis tíos para ir, de uno en uno, a buscar los regalos bajo el árbol. Y yo fui durante mucho tiempo la más baja. Era de ley que escucháramos villancicos alemanes porque nuestros ancestros le parecían importantes a mi abuela Olga. El árbol estaba adornado con velas; en lugar de luces, teníamos unos clips que a su vez eran candelabros pequeños y se prendían a las ramas. Debíamos ser cuidadosos para colocarlos, pero una vez no fue así. Apenas lo recuerdo: el árbol de la casa se encendió con alguna vela. El incendio comenzó por un costado y no corrió de prisa porque el árbol estaba verde y medio vivo aún. La sala se llenó de humo y fue emocionante.

Mi tía Verónica cocinaba el mejor pavo del mundo. No me cabe duda hasta el día de hoy. La Navidad se trataba de abrir regalos, de comer y olvidarse, por un día, de la velocidad que presenta la vida.

Por supuesto, como es natural, el tiempo corrió y perdimos aquellos instantes. Murió mi abuela, murió mi madre, murió el segundo esposo de mi abuela y murió mi tía Valentina. La familia se transformó en otra distinta. Nacieron primos, luego crecieron y envejecimos los que éramos mayores.

La Navidad es una máquina del tiempo. Cada 24 de diciembre regreso a ser pequeña y la primera de la fila para encontrar los regalos bajo el árbol adornado con velas que ya no existe. Luego, pruebo los alimentos con la esperanza de encontrar el sabor único del pavo que hacía mi tía Vero y no lo hallo; me dispongo a comer hasta que se me hinche el estómago y lo consigo, aunque el amanecer del 25 sea semejante a una caída libre rumbo a la realidad atroz.

“Las disposiciones y consejos nos indican que las fiestas son imposibles. Nadie quiere terminar con la respiración sujeta a un aparato.”

La temperatura de lo real, ahora mismo, debería ser menor a 37 grados con el encierro a cal y canto. Las disposiciones y consejos nos indican que las fiestas son imposibles. Nadie quiere terminar con la respiración sujeta a un aparato.

Alguna de las navidades antiguas, mis hermanos recibieron un muñeco, con las proporciones del Kent de Barbie, que tenía el pecho cubierto por un plástico transparente. Si le apretabas un botón en la espalda, le circulaba la sangre a lo largo de las venas diminutas. A mí me fascinaba aquel muñeco, quizá porque pensaba que en mi cuerpo ocurría algo así, a pesar de no tener un botón para activarlo. Lo que podía ver en el muñeco me habría gustado verlo en mí misma. Me consideraba poderosa: capaz de tener sangre circulándome por el cuerpo.

No recuerdo ningún regalo mío con especial interés. Eso sólo puedo atribuírselo a mi memoria. Recupero la imagen de una Barbie con vestido de estrellas que brillaban en la oscuridad, quizá se trate del más importante.

Aquellas navidades deben ser las que restan. Me niego a aceptar que tengamos que ser infelices ahora, con el virus de por medio, me resisto a creer que será la primera de tres navidades más en las que viviremos con el tapabocas puesto, excepto para ingerir los romeritos.

El desastre es colosal, se sabe. He escrito en estas páginas antes con los ojos puestos en la ruina. Otro año dará inicio dentro de poco. Yo me sujeto a los recuerdos, aunque sean escasos: agarro al superhéroe que Santa Claus trajo a mis hermanos y le oprimo el botón en la espalda para observar cómo la sangre circula entre sus vísceras. Luego, apago la luz y observo con los ojos encandilados de la emoción el vestido de estrellas que brilla en la oscuridad. EP

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