Brevísimo apunte sobre los beneficios y riesgos del internet

Advertencia. Anticipo y me acuso de plagio. Mentes lúcidas han escrito ensayos y artículos especializados al respecto; aquí comparto parte de los sedimentos alojados en algunas neuronas, producto de lecturas desordenadas, y vida, propia y ajena.

Texto de 15/07/20

Advertencia. Anticipo y me acuso de plagio. Mentes lúcidas han escrito ensayos y artículos especializados al respecto; aquí comparto parte de los sedimentos alojados en algunas neuronas, producto de lecturas desordenadas, y vida, propia y ajena.

Un amigo, Germán Castro Ibarra, en su aporte semanal en La Jornada, Antropopausa/A lomo de Palabra, me recordó que los Homo sapiens apareció hace apenas poco más de doscientos mil años, para convertirse en el virus por excelencia de una nave que abordó y que se desplaza en su galaxia desde hace alrededor de 4 550 millones de años: la Tierra, que es 22 750 veces más longeva que nuestra especie. En su viaje, ha experimentado sacudidas que han desaparecido continentes y mares, o los ha dividido o reacomodado o formado nuevos. Tan solo en junio de este año una perturbación más movió 45 cm el territorio de Oaxaca. A nuestro egocéntrico y fugaz tour se le ha bautizado como era antropozoica.

Postales de esta travesía se han recogido en bibliotecas como la de Nínive, construida por el rey asirio Asurbanipal en el siglo VII a. C., cerca del río Tigris y de la actual ciudad de Mosul en Irak. Luego vinieron las bibliotecas públicas de Atenas y la legendaria en Alejandría en el año 330 a. C., hasta las actuales que residen en monasterios, universidades, instituciones de gobiernos locales y nacionales, y las privadas con acceso al público. Intentos de recuentos someros del viaje están reflejados en distintas enciclopedias temáticas y generales, en distintos idiomas. 

En el trayecto, el ser humano desarrolló tecnología como el internet y las distintas aplicaciones que soporta. La web se creó para salvar obstáculos en la comunicación: para compartir, colaborar, discernir y discutir información y hallazgos que apoyan el avance del conocimiento para el bienestar común. De inmediato, como subproducto, se convirtió en el repositorio de prácticamente todo el conocimiento disponible de culturas antiguas y presentes, y lo sigue haciendo con una inmediatez vertiginosa. La “realidad” de ayer y de hoy tiene domicilio en internet, así como las visiones e ideas globales y locales de quienes acceden al cúmulo de datos que alberga, para interpretarlos y nuevamente depositarlos ahí. La influencia del internet es innegable.

En su evolución, el internet ha facilitado el acceso al goce de libros, a todo tipo de arte, a espectáculos… lejanos a la población que no puede acceder o trasladarse a donde se ubican físicamente. No menos importante es la facilidad que proveen distintas aplicaciones para informar en tiempo real de eventos cercanos o apartados y para permitir la interacción social entre familiares, amigos y desconocidos afines a un cierto modo de pensar. Con el arribo de la telefonía celular en dispositivos inteligentes, se acrecentó el número de usuarios y su frecuencia de uso (veinticuatro horas al día, los siete días de la semana) hasta el extremo de crear adicciones.

Tan solo se debe recordar el papel crucial que jugó el internet en las protestas en la plaza Tiananmén, en la Primavera Árabe, en las recientes protestas en Hong Kong, en la prevención y ayuda en los desastres ecológicos (huracanes, terremotos, tsunamis, hambrunas, etc.), en la economía digital o en el acceso a los mejores especialistas para intervenciones quirúrgicas a distancia, por enumerar solo algunos.  

Pero más pronto que el desarrollo tecnológico de estas maravillas fue su perversión. Primero la económica: ¿cómo sacar provecho económico de tantas plataformas con la capacidad de llegar a mercados —ya no simples usuarios— de miles, centenas de miles, millones, centenas de millones de personas? Inició con razones valederas: obtener fondos para mejorar, crecer la infraestructura para soportar el uso y acceso a estas maravillas. Luego vinieron las oportunidades de ventas de todo tipo de servicios y productos con interesantes márgenes de ganancia, ya por la facilidad para inducir compras focalizadas, ya por los volúmenes de estos mercados potenciales, ya por la entrega expedita en los hogares. En el extremo, existe el riesgo latente de tener solo un puñado de proveedores globales que todo lo comercializan y que entregan en casa y la muerte de la empresa local, pequeña, mediana y grande. Y quizá igual suerte corran los productores locales de esos bienes y servicios.

Después se presentan las perversiones más peligrosas, los apetitos para acceder al poder (o permanecer en él) sobre millones de personas en distintas latitudes, para controlarlos e influir en sus estilos de vida. La dependencia al internet es ya casi total, y su lado negativo — provocado por grupos y actores con intereses perversos— hace tiempo se experimenta. Son cotidianos los acosos, el cyberbullying, el hackeo, las estafas… Fomentar la discordia, la polarización, la agresividad, el miedo, mediante desinformación, datos alternativos y noticias falsas, se convirtió en una práctica común. La proliferación de teorías de conspiración virales encuentra su caldo de cultivo en los entornos de crisis creados por los efectos del cambio climático, las crecientes desigualdades, los intereses ideológicos, las agendas políticas, los afanes de lucro desmedidos y, hoy en día, la pandemia del COVID-19. 

La teoría de los fundamentos y métodos del conocimiento científico está fracturada por los embates continuos de datos alternativos y por la desinformación. Los crecientes intentos de manipulaciones electorales y la venta de conspiraciones no ayudan. Los hechos se descartan a favor de visiones radicales que polarizan; para avanzar estas visiones, los datos personales se usan sin el consentimiento del consumidor. Triunfó la comparación sobre la consideración propia. 

¿Qué hacer? Por lo pronto, se debe promover el tener el equivalente a “derechos de autor” sobre los propios datos personales, pero siendo responsables del uso seguro de aquello que se comparte en las distintas plataformas de internet. También se debe vigilar el acceso y el uso responsable de los menores en el entorno cercano, de los dependientes. Tan solo esta medida pondría barricadas a múltiples acosos, hackeos, provocaciones y estafas.

Hay que mantener vivo y acrecentar el internet positivo que aún existe, para fomentar la solidaridad, la colaboración, el bien común de toda la sociedad y la cultura, mediante debates racionales que reflejen todos los intereses ideológicos, políticos, sociales, culturales, sin sesgos que impidan la expresión libre de las ideas con respeto a las de los demás.

No se debe convertir el acceso y uso de el internet en una adicción que aleje del necesario tiempo personal para interiorizar ni para dejar de lado las interacciones sociales personales indispensables, con la familia y familia extendida. EP

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