
Un texto de Rafael Segovia sobre la obra y la vida de Roger Von Gunten, entendidas como una búsqueda constante de luz y belleza.
Un texto de Rafael Segovia sobre la obra y la vida de Roger Von Gunten, entendidas como una búsqueda constante de luz y belleza.
Texto de Rafael Segovia 23/02/26

Un texto de Rafael Segovia sobre la obra y la vida de Roger Von Gunten, entendidas como una búsqueda constante de luz y belleza.
“Creo que la cultura representa el esplendor innato de la consciencia humana, que ilumina el cielo como un arcoíris a través de las diferentes disciplinas artísticas.”
Roger Von Gunten
Roger Von Gunten no ha muerto. Ha llegado a la culminación de su vida de artista, porque un artista como él no muere: se hace inmortal. La continuidad y la solidez de su camino creativo le dan a su obra la consistencia de lo imperecedero. Todo lo que expresó a lo largo de una vida lo constituye en esa perennidad.
El hombre Roger Von Gunten estuvo siempre habitado por la necesidad de sentir y de crear belleza, armonía, algo que puede decirse con una sola palabra: “luz”. Y, en efecto, la búsqueda de la luz estuvo siempre presente en todo lo que hacía.
El viaje fue su primera búsqueda de la luz. Viajó a México para iniciar un recorrido hemisférico hasta la Patagonia. México lo retuvo, tal vez por necesidad, tal vez porque ya se habían iniciado unas nupcias con estos paisajes que durarían toda una vida. Entonces viajó por las regiones más recónditas del país para adueñarse del nuevo territorio que habitaba, pero sobre todo para experimentar la fuerza telúrica de estas tierras americanas y tropicales. Aprendió de las montañas, de los árboles, de los ríos y de las tormentas. Aprendió también de la gente, porque se abrió a ella. (¿Cuántos artistas mexicanos se han empapado realmente de la esencia de nuestro pueblo?)
Él contaba entre sus aventuras que alguna vez, para perplejidad de su espíritu occidental, le ofrecieron cambiarle su moto por una hermosa jovencita pueblerina. Aunque no dudó en rechazar la oferta, entendió que había llegado a las fronteras de un mundo de valores muy diferentes a los que había conocido hasta entonces. No lo rechazó: su amplitud de espíritu era igual a su amplitud de tolerancia.

De estos encuentros con un universo exótico, Von Gunten supo extraer una visión del mundo en la que cohabitaban la naturaleza y el cosmos, la magia, las fuerzas elementales, el misterioso lenguaje de los animales, los colores inexplicables de las flores. El mundo del que él venía le había explicado la teoría del color con una agudeza intelectual inigualable. Sin embargo, lo que la realidad le presentaba no era una paleta, sino una explosión, que lo llevaba por un camino infinito hacia una inédita exploración del color, exploración que nunca cesó.
En una ocasión, tras varios meses de no saber de Von Gunten, pasé frente a la galería Juan Martín y vi que estaba en exhibición una muestra suya de la que no había tenido noticia. Entré sin dudarlo un instante, para descubrir con enorme sorpresa y desconcierto que todos los cuadros de la exposición eran no figurativos (no diré abstractos, porque eso implica otra estética que no era la de esa obra). Representaban simplemente colores: manchas dispuestas en cada cuadro como un evidente experimento que combinaba vibraciones, intensidades, gamas y matices, y cuyo objetivo era únicamente la búsqueda de la luz, de la trascendencia del color hacia la luz pura (si es que eso existe).
Von Gunten nunca había dejado de incluir la figuración en sus obras, aunque muchas se acercaban a la no figuración. Pero esto era no solo inesperado, parecía inconcebible.
Creo haber entendido entonces algo muy profundo en la pintura de Von Gunten. Los motivos, los temas, las figuras, las historias en sus cuadros eran tan solo un pretexto. La verdadera revelación que contenían era la del secreto de la luz, o, más bien, el secreto mismo de cómo la luz da existencia a los colores. Una especie de verdad sustancial.
Y, en efecto, para él el misterio último residía en el poder creador del universo, más allá del cual no hay explicación. En una entrevista dijo: “Mi modelo preferido es el bosón de Higgs, que no tiene masa ni superficie, pero es omnipotente; sin él no habría materia y no habría vida”.
Más allá de religiones o prácticas espirituales, Von Gunten buscó una realidad última que pudiera interpretar para, con ello, contribuir a la verdad. Es por ello que fue siempre un escéptico: siempre se fió de sus facultades racionales sin dejarse llevar por un esoterismo que le pisaba los talones. Lo cual no quiere decir que no hubiera en él una visión mística: el misterio de la creación, insoluble enigma, lo inquietó siempre, con un sentimiento inefable ante la perfección y la inmensidad del universo. Ante ello, al igual que los grandes poetas de alabanza, los grandes pintores de la belleza, los grandes músicos de la exaltación, expresó en su pintura algo que solo podríamos llamar amor. Es ese amor por la existencia, por lo creado, lo que nos maravilla en su pintura.
Volvamos un momento al sencillo hombre que fue Roger. Lo primero que resaltaba en él, para alguien que estaba frente a él por primera vez, era su tranquilidad. Su voz, incluso, era una voz sin acentos ni inflexiones marcadas. Cuando no coincidía con alguna opinión, su forma de argumentar era siempre pausada, abierta, basada en una lógica muy explícita, dejando siempre un espacio a la opinión contraria. Era una forma de profunda tolerancia que seguramente había aprendido mediante el trabajo sobre sí mismo. Y no dudo que haya tenido siempre una conciencia muy franca, y hasta estricta, de sus propios impulsos y motivaciones, que su incansable necesidad de justicia convertía en juicios y correcciones de su manera de ser, de su ethos.
Entre los demás pintores de su generación, Von Gunten siempre apareció como un carácter impasible y sereno en medio de ese grupo de seres excesivos. Su distintivo entonces era la disciplina tranquila que otros pintores no tenían —exceptuando tal vez a Rojo y Toledo—. Otra diferencia que lo hacía demarcarse era su estilo “neofigurativo”, que llevó incluso a algunos críticos a afirmar que él no pertenecía enteramente a la generación de la Ruptura. Sin embargo, aunque sí se percibía una cierta marginalidad en él (el hecho de no querer vivir en la ciudad, de practicar yoga, de tener una pareja estable, de que nunca se emborrachó en una reunión), no solo él se sentía plenamente identificado con el movimiento —del que decía que no se había formado por una ruptura estética, sino por la necesidad de encontrar espacios para la nueva pintura—, sino que todos los demás lo querían y respetaban como uno de sus más grandes artistas.
En efecto, Von Gunten no fue un artista que destacara solo con el paso del tiempo. Desde un principio, su creatividad, su calidad pictórica, su innegable altura lo colocaron en una cima de la que nunca habría de descender. Sin embargo, su profunda humanidad y sencillez lo preservaron durante todo ese tiempo de la vanagloria o la suficiencia. Su arte siguió siendo una búsqueda y, cuando tuvo la suficiente fuerza mediática, una voz para defender las causas más auténticas.
Sí, Roger Von Gunten fue una conciencia despierta en un mundo que, como vemos, se hunde cada vez más en la insensatez y la narcolepsia. Su amor por la creación, su búsqueda de la luz, su convicción de lo justo son ahora —cuando el hombre ha trascendido para convertirse en inmortal— un faro que nos guiará siempre hacia la luz, porque, como dejó escrito en una de sus últimas obras, “la luz está en todas partes”. La luz de Von Gunten perdurará por siempre. EP