
En la columna Registro, Pablo Íñigo Argüelles escribe sobre el mundo que observa, pero sobre todo de fotografía y todo lo que implica.
En la columna Registro, Pablo Íñigo Argüelles escribe sobre el mundo que observa, pero sobre todo de fotografía y todo lo que implica.
Texto de Pablo Íñigo Argüelles 03/10/25

En la columna Registro, Pablo Íñigo Argüelles escribe sobre el mundo que observa, pero sobre todo de fotografía y todo lo que implica.
Aunque el fotolibro como formato ha tenido la capacidad de influir en generaciones enteras de fotógrafos, lo que suele permanecer en la memoria colectiva es una sola imagen icónica. Pocos son capaces de recordar todas las fotografías que conforman American Photographs de Walker Evans o Juchitán de las mujeres de Graciela Iturbide; sin embargo, al ver una de sus imágenes aisladas —como Nuestra señora de las iguanas— resulta fácil situarla en el contexto de esos trabajos, donde adquiere sentido.

Las imágenes que recordamos, en ese sentido, forman parte de una secuencia que las colocó en el sitio preciso: no antes ni después, ni al inicio ni al final: justo donde debían estar. La propia mecánica de la fotografía —rollos de 10, 12 o 36 fotogramas— empuja a narrar, incluso cuando no existe la intención consciente de hacerlo. Así, el fotolibro y la secuencia se revelan como la base misma de la disciplina: no la fotografía única y aislada, sino la fotografía en relación con otras.
A lo largo de la historia de la fotografía, muchos han perseguido obsesivamente un Santo Grial: la foto perfecta, la imagen definitiva; pero ese hallazgo pertenece más al terreno del azar que a la voluntad. Las trayectorias más sólidas no se sostienen en una sola fotografía, sino en años de trabajo continuo, donde la cámara se convierte en hoja en blanco para crónicas e historias personales.
El libro más reciente de Martha Naranjo Sandoval, fotógrafa mexicana radicada en Nueva York desde hace una década, Small Death (Mack Books, 2025), encarna ese equilibrio ideal entre el objeto-libro y la fotografía como relato. La secuencia que lo compone —desnudos, la relación con sus padres, los paisajes urbanos de Nueva York y Ciudad de México— confirma que no hay imágenes aisladas, no hay hilos sueltos: todo forma parte de un entramado en el que la autora explora su cuerpo, sus vínculos y sus traumas, mimetizándolos con la ciudad y sus texturas. Y, sin embargo, lo que persiste en la memoria del lector son un puñado de imágenes icónicas, que aparecen como declaraciones de la muerte: esa muerte pequeña, cotidiana, que atravesamos a diario.

Si Eugène Atget retrató París a principios del siglo XX, en un momento de creciente enajenación urbana, Naranjo Sandoval lo hace un siglo después entre Brooklyn y Ciudad de México. Su mirada es un ejemplo preciso de la resaca de la globalización, un preludio de lo que será el siglo XXI: vidas atravesadas por desplazamientos, cuerpos modificados por la migración, identidades en constante adaptación al ritmo de las ciudades.



Entre las páginas late también otro dolor: el de partir, el de nacer, el de cruzar fronteras invisibles y volverse parte —o ser absorbido por— una nueva tierra, una nueva ciudad, un nuevo barrio. Para Martha, migrar fue una pequeña muerte. De esa muerte surgió también una mirada renovada hacia la luz, ordenada en fotogramas que buscan controlar lo incontrolable: en medio del desplazamiento nada —ni siquiera la vida— se deja dominar.Cada página de Small Death es un microrrelato de pérdida y de renacimiento. Una suma de muertes mínimas que, al reunirse, forman una crónica visual sobre lo que significa vivir, desplazarse y recomenzar en el siglo XXI. EP