
Pablo Íñigo Argüelles entrevista al fotógrafo Juan Glassford.
Pablo Íñigo Argüelles entrevista al fotógrafo Juan Glassford.
Texto de Pablo Íñigo Argüelles 18/02/26

Pablo Íñigo Argüelles entrevista al fotógrafo Juan Glassford.
Cuando finalizamos la entrevista y apago la grabadora, estamos completamente a oscuras. Mientras conversábamos se fue haciendo de noche y a ninguno de los dos pareció importarle. Saco mi celular e intento hacer una foto para recordar la ironía de estar sin luz hablando de fotografía con una sombra, pero la cámara de mi teléfono logra apenas adivinar la silueta de Juan Glassford y la de la silla en la que está sentado.

La foto, por supuesto, resulta pésima. Se la enseño y nos reímos.
—Hay una foto muy buena que le toma Stephen Shore a William Eggleston— me dice, mientras se levanta de la silla. —Es de mis fotos favoritas. William Eggleston está manejando un coche en total oscuridad. En una mano tiene un cigarro y un chupe, con la otra toma el volante.
Poco a poco salimos del trance que produjo la conversación. El eco de un avión nos devuelve a donde estamos: la colonia San Miguel Chapultepec, la terraza de la casa en la que Juan vive temporalmente con su padre, una guarida de cristal impecable, camuflada por epífitas consentidas, en la que todo es silencio, gatos merodeando y, ahora, oscuridad.

Juan Glassford es fotógrafo y tiene 26 años. Hace unas horas, antes de sentarnos en la terraza a platicar, mientras agitaba negronis con destreza de bartender, me contaba cómo, navegando entre la depresión y una adultez prematura, encontró la fotografía en las calles de Brooklyn a los 16, disparando hasta 500 imágenes al día.
En su corta carrera se perfila como uno de los nuevos exponentes de la fotografía mexicana. Su narrativa en blanco y negro ha llegado a diversas muestras internacionales, compartiendo espacios con nombres de distintas generaciones como Manuel Álvarez Bravo, Gabriel Figueroa, Colette Urbajtel, Manuel Rocha Iturbide e Yvonne Venegas.
Juan parece tener varias edades. Cuando habla de sus años de formación en Nueva York y de cómo se encontró con la fotografía, vuelve a tener 16; cuando habla de sus proyectos y de su fotografía en blanco y negro, suena más bien como un veterano que viaja por el mundo inaugurando retrospectivas; cuando habla de su próximo viaje a Madrid para ir al Máster de PHotoESPAÑA —un prestigiado programa de fotografía organizado por La Fábrica—, Juan regresa al presente y vuelve a tener 26.
Después de servir los negronis, me muestra una foto colgada en una de las paredes, perteneciente a su serie de vaqueros oaxaqueños, que, antes de irse a Madrid, le obsequiará a la fotógrafa Graciela Iturbide. Luego subimos al tercer piso. La luz del sol capitalino todavía predomina y se cuela entre las plantas. Nos sentamos: él en una silla Acapulco y yo en una Bertoia, dispuestas al centro de un deck de madera.
***
Pablo Argüelles (PA): ¿Desde cuándo te gusta el negroni?
Juan Glassford (JG): Siempre me ha gustado. Creo que fue en Nueva York cuando empecé a tomarlo más. Había un jazz club que se llamaba Monas, en el Lower East Side; no me acuerdo en qué avenida, pero los martes tenían free jazz y siempre iba y me pedía unos negronis o un dirty negroni. Siempre me decían: “You mean dirty martini?”, y yo contestaba: “No, dirty negroni”, que lleva agua de aceituna y un par de aceitunas. Le agrega un toque.
PA: ¿Cuánto tiempo viviste en Nueva York?
JG: Estuve siete años, nada más que no fueron siete años en la ciudad. Primero llegué a Manhattan en 2016. Llegué con una pareja que tenía y que se iba a vivir a Holanda, entonces Nueva York fue como el punto medio. La verdad yo solo iba de vacaciones, pero nunca volví a la Ciudad de México. Mi papá me dijo que, si me quería quedar, había la oportunidad, y pensé: esto suena a una oportunidad de una vez en la vida. Es de esas veces que la tomas o no, y esa decisión cambia el resto de tu vida.
Tenía 15 años, casi 15. Fui a una prepa pública. La verdad, el promedio académico nunca ha sido lo mío, entonces la única prepa que me quiso aceptar no era nada del otro mundo.
PA: ¿En dónde estaba? ¿En qué barrio?
JG: Estaba en Chelsea. Suena fifí, pero en realidad era un edificio bastante común; así era la prepa. Fue una experiencia neoyorquina verdadera. Estuve ahí seis meses, porque terminé el año en ese tiempo y luego empecé a trabajar en el Consulado General de México en Nueva York. En ese entonces me interesaban mucho las ciencias políticas y las relaciones internacionales, y empecé como practicante en el consulado. Ahí fue donde me aceptaron en Bard College, que está en el upstate de Nueva York, para estudiar Ciencias políticas. Así es como ingresé a la universidad en 2017.
En 2017 me fui al norte del estado, por la zona de Tivoli, Germantown y Red Hook, ahí sobre el Hudson. Ingresé a Bard College y empecé la carrera de Ciencias políticas. Estuve ahí un año. La verdad no me fue tan bien; después de ese año me tuve que dar de baja de la escuela, o más bien me dieron de baja por falta de promedio.
Sin embargo, creo que esa es una de las maravillas de Nueva York: te permite aprender muy rápido quién eres, qué no eres, qué no te gusta, qué no quieres. Para mí, eso es algo muy especial que esa ciudad te da: saber quién no eres. Qué te gusta y qué no te gusta, para entender qué es lo que realmente quieres. Eso es algo que haber vivido en Nueva York me dio. Entonces, no sé quién soy, pero sí sé quién no soy.
PA: El estudio nunca ha sido lo tuyo.
JG: No. ¿Sabes qué? Resulta que más bien lo que yo tenía era una depresión; una depresión crónica muy severa. Yo no lo sabía en ese entonces. Esto fue algo de lo que me enteré años después y que, una vez tratado, me cambió la vida. O sea, de ser el peor promedio de mi generación, me convertí en uno de los mejores.
Mi vida cambió drásticamente una vez que me diagnosticaron. Y, sin embargo, tuvo que pasar mucho desde que me corrieron de la universidad hasta que entendí eso. En ese transcurso sucedieron mil aventuras. Regresé a Brooklyn a trabajar como mesero y cocinero. Estuve en un restaurante que cerró durante la pandemia, que se llamaba Survive; estaba en Lorimer, en Brooklyn. Mientras trabajaba como mesero y en las cocinas fue cuando me entró el bichito de la fotografía.
Compré mi primera cámara y empecé a caminar por las calles de Manhattan. Yo diría que unas dos o tres horas al día, antes de trabajar; tenía el turno de la tarde. Entonces toda la mañana me la pasaba caminando. Mi primera inspiración fotográfica, no sé por qué, fue Bruce Gilden. Su estilo con flash fue lo primerito que me cautivó. Entonces, de manera intuitiva, agarré una cámara y empecé a imitar lo que yo pensaba que era un acercamiento brucegildeniano, de alguna forma.
PA: ¿Usabas flash como Gilden?
JG: Usaba flash. Al principio, tímido; después, menos tímido. Llegó un punto en el que ya sentía que tenía la confianza de acercarme a la gente de la misma manera. No sé por qué lo hacía; es un tema totalmente psicológico y emocional, donde tienes que estar en cierto espacio mental para tener ese approach con la gente, porque es un enfoque agresivo, tal vez no tan íntimo, donde quizá no respetas tanto el espacio público de la persona. Creo que tienes que estar en un espacio muy específico para querer hacer ese tipo de fotografía.


PA: Oye, pero a ver, cuando te dan de baja de Bard, me imagino que ahí es donde te diste cuenta de que tenías depresión. ¿Y volviste a Bard después? ¿O cuándo es que te volviste uno de los mejores promedios de tu generación?
JG: El mejor, nunca; pero de los mejores. Empecé a tomar fotos en Nueva York todavía con el tema de la cocina. Apliqué para una beca en el International Center of Photography (ICP), para el Director’s Fellowship. Hubo dos fotógrafos en México que confiaron en mí desde muy temprano: uno fue Carlos Somonte y la otra fue Graciela Iturbide. Graciela y Carlos me hicieron un gran favor; me recomendaron para la beca. Me la dieron y yo ya estaba listo para el ICP.
Llegó un punto en que, en muchas conversaciones con amigos, me di cuenta de que si entraba al ICP probablemente nunca volvería a Bard ni terminaría mi licenciatura. Ahí fue donde inicié el proceso a través de este reconocimiento que me dio el ICP, para decirle a Bard: “Oye, me está yendo bien con la fotografía.” Me tomé unos seis meses.
Ahí empezó una aventura donde toqué fondo varias veces, y fue muy importante para mí; empecé a conocerme a mí mismo. Tenía 18 o 19 años, y Bard me vio y dijo: “Este joven sí está intentando cambiar su vida.” Yo todavía no sabía bien lo de la depresión, pero volví a Bard con una súper condición: no podía tener un promedio menor a 8. Me condicionaron, me dijeron que tenía que entrar al departamento de Fotografía, ya no más Ciencias políticas, y acepté.
Para mi sorpresa, el programa fotográfico de Bard fue espectacular: un gran programa; varios profesores se volvieron inspiración directa para mí, para mi visión y mi formación. Conocí a mi mentor, Gilles Perret, quien fue presidente de Magnum en varias ocasiones. Es alguien muy involucrado en temas de derechos humanos y que empezó a trabajar fotográficamente conforme a la evidencia. Él pensaba sus fotos menos como documentos estéticos y más como documentos de denuncia de derechos humanos.
Para mí eso fue muy formativo, y es algo que hoy por hoy está muy de moda, pero que sigue siendo relativamente nuevo: pensar en la fotografía como un documento de denuncia, más que como fotoperiodismo.
PA: En este proceso de que te diagnosticaron, ¿qué papel desempeña la fotografía?
JG: Crucial. De hecho, la fotografía se volvió mi proceso terapéutico diario. Todos los días, durante tres o cuatro años, salía a tomar mínimo 500 fotos. La verdad, el 98 % eran malas fotos; sin embargo, fue un proceso importantísimo que me permitió empezar a desconstiparme emocionalmente.
Y fue gracias a una pareja que tuve en Bard. Ella me dijo: “Oye, tú tienes un tema con la depresión y tienes que tratarlo.” Yo ya tomaba fotos, y le respondí: “¿Cómo? Si tú crees que estoy loco, yo no necesito ayuda. Solo necesito echarle ganas.” Y ella me dijo: “No, no.” Le dije: “No, tú estás loca.” Pero ella tenía toda la razón. Tenía toda la razón, y le hice caso.
Fue un gran cambio en mi vida. Empecé a conocer esta condición, que ya no veo tanto como una discapacidad; al contrario, la veo como parte de quién soy, y es algo muy importante para mi visión. Es algo que no quisiera cambiar, simplemente quisiera conocer mejor.


PA: Te tomaste muy en serio esta máxima de Cartier-Bresson, que dice que tus fotos empiezan a ser buenas a partir de la 12 mil.
JG: Tuve suerte. Las primeras fotos que empecé a tomar ya tenían un entendimiento de que quería ser fotógrafo, después de mi aventura en Nueva York, incluso hasta en Veracruz. En Veracruz, tuve suerte y tomé unas fotos muy buenas. Ya sabes que existe la “suerte de principiante”, y gracias a Dios creo que esa suerte fue la que plantó la semilla de decir: “continúa por este camino”, porque a mí me costaba mucho engancharme con las cosas, y con la fotografía fue súper natural. Esa tantita suerte de principiante me alentó a continuar. Ciertamente, creo que fue tres o cuatro años después de haber tomado mi primera foto que empecé a hacer fotografía de una manera más sistemática y constante.
PA: ¿Por qué en blanco y negro?
JG: Empecé con color, pero muy rápido me di cuenta de que mi voz era en blanco y negro.
PA: ¿Eres solitario?
JG: Sí, la verdad es que soy bastante solitario. Para mí, la fotografía es tanto el resultado como el antídoto a mi soledad. En ese sentido, la fotografía me acompaña, pero también la soledad me permite darme cosas que ayudan a mi fotografía. Es algo que me permite estar más en contacto conmigo mismo y, curiosamente, con lo que me rodea. Hay momentos en los que no lo soy, pero muchas veces sí, especialmente en los procesos fotográficos.
PA: ¿El arte siempre estuvo ahí? ¿Cuál fue tu contexto?
JG: Sí, creo que crecí en un contexto muy artístico. Mi padre y mi madre son personas a las que les encanta la cultura. Mi papá es artista, entonces crecí en un mundito que me permitió, desde bebé, desarrollarme artísticamente y estudiar todo lo que mi papá me mostraba de manera inconsciente. Eso fue importantísimo y, sin duda alguna, ha informado y cambiado mi visión de este mundo. Él hace arte contemporáneo, utilitario; utiliza objetos cotidianos del día a día y los transforma en objetos estéticos.
PA: ¿Tu mamá también es artista?
JG: Mi mamá es gestora cultural y también se dedica a la procuración de fondos. Ella trabaja en el COLMEX. Aunque no es artista, tiene un lado artístico importantísimo. A ella le debo la música y el oído musical. Para mí, para ser un buen fotógrafo, tienes que escuchar muy buena música, ver muy buenas películas, comer bien, leer mucho… todo eso va cultivando y mejorando la visión.
PA: ¿Qué cámara empezaste a usar en ese momento en Nueva York? ¿Te llevaste cámara o allá conseguiste…?
JG: Fíjate que le compré una cámara al asistente de mi papá. Cuando mi papá se enteró, casi me corta la cabeza. Él pensaba que era un desperdicio de dinero; hasta la fecha, cada vez que voy a comprar una cámara se infarta y me dice: “Tienes que ahorrar”.
Mi primera cámara fue una Canon 60D con un lente Tokina de 11-70, si no me equivoco; una cosa súper extraña, pero no tenía tanta distorsión. Ese 11 milímetros le da un toque muy especial a las fotos, que a veces extraño. Pero ya no la tengo.
Cuando acabé la universidad hice un viaje por carretera desde Nueva York hasta la frontera con México, y en un momento decidí deshacerme de la mayoría de mis cámaras. Tenía Pentax, Mamiya, Leica M6, Canon, Nikon…
Hice un pacto conmigo mismo de empezar desde cero. Entonces vendí todo y en San Antonio, Texas, me compré una Leica monocromática digital, que es la que hoy sigo utilizando. Es mi caballo de fuerza, mi coche. Es lo que me acompaña a todos lados. Es la cámara con la que he tomado, yo creo, ya mismo… todo.
PA: El hecho de tener, por ejemplo, esta cámara que solamente te deja tomar fotos en blanco y negro, ¿te hace pensar el mundo de otra forma?
JG: No, al contrario, me hace no pensar, y eso lo agradezco. No dudo tanto. Sin embargo, hubo una ocasión en la que vi una escena y, al tomar la foto, horas después en la computadora dije: “Ching… esta foto tenía que haber sido en color”. Y es de las únicas veces que he pensado: “No sería tan mala idea tener también una cámara para eso”. Pero la verdad, el blanco y negro, yo creo, me va a acompañar por el resto de mis días.

PA: Hablabas, por ejemplo, de tus mentores; de buena forma también Graciela Iturbide, Gilles, ¿qué tanto los tienes presentes en tu trabajo?
JG: Pienso en ellos todos los días. Han sido personas que he tocado, entonces los tengo presentes constantemente. De alguna manera, cuando tengo dudas pienso: ¿qué harían ellos? ¿O qué me dirían que hiciera yo? Me sirve un poco como un marco conceptual, teórico y espiritual, porque mucho de lo que te enseñan a veces es como ser humano, no tanto como fotógrafo. Entonces aprendes cómo vivir, cómo tener un approach hacia la vida que a veces se pone difícil.
PA: ¿Es más importante tener buen ojo o tener buen corazón?
JG: De hecho, creo que hay fotos bellas a las que a veces les falta corazón, y creo que hay fotos malas que tienen tanto corazón que son…
PA: ¿En dónde estarías ahora de no haberte encontrado con la fotografía? Es una suposición, pero, por ejemplo, si en lugar de que Brooklyn te diera una cámara y te sacara a la calle, hubiera sido una pluma, una libreta, una cámara Super 8, un lienzo… ¿sería parecido? ¿La fotografía tiene algo especial?
JG: Es una gran pregunta y no lo sé. Creo que probablemente hubiera acabado en la Cancillería. Es algo que siempre me ha fascinado, y con el tiempo, entre más lo he estudiado, más me interesa. Para mí, el tema político y geopolítico es de lo más interesante e importante que hay. A veces pienso en Sebastião Salgado, que decía que para ser un buen fotógrafo tienes que entender el mundo en el que vives. Especialmente hoy en día, creo que eso sigue siendo muy cierto.
PA: ¿Cómo combinas tu interés por las relaciones internacionales con tu fotografía en blanco y negro?
JG: A veces soy una persona que agarra el coche y, sin un plan, se pregunta a dónde quiere ir. Casi siempre decido ir a un lugar que me interesa, donde siento que está sucediendo algo interesante que vale la pena documentar. Muchas veces voy a lugares donde la idea que tenía cambia drásticamente con el resultado. Sin embargo, eso me guía; es como una estrella que me indica a dónde ir y por qué.
Por ejemplo, pienso en lugares donde están sucediendo cosas importantes, en México o en el mundo, y en quién necesita ver, vivir y entender un poco lo que está sucediendo. Muchas veces es por curiosidad, pero otras veces también es por un sentido de responsabilidad.
PA: ¿Te sientes a veces con esa obligación de contar lo que está pasando en la actualidad?
JG: Más que obligación, lo veo como una responsabilidad. De hecho, eso me llevó a un trabajo que tuve con la ONU. Después de graduarme estuve con la ONU, con una ONG llamada Open Society Foundation. Trabajé junto con ellos y otras ONG en el Cuerno de África, aproximadamente por un año.
Fue un trabajo increíble, porque me llevaban a los campamentos de refugiados más grandes del mundo. Específicamente, los tres más grandes: dos en África, en el Cuerno de África, en la frontera entre Kenia y Somalia, y el tercero en Bangladesh, en el sureste asiático. Esta chamba implicaba estar hands-on en los campamentos, tiempo completo, documentando e implementando programas educativos y académicos para los jóvenes que nacieron y crecieron allí.
A mí me tocó también un rol documental, y eso fue muy importante. Fue mi primer acercamiento en el que sentí que la fotografía podía conectarse con un tema humanístico: la educación y la experiencia humana.


PA: En ese sentido, además de tus mentores, ¿tienes otras referencias que quizá no conozcas personalmente, pero que te acompañen como ellos dos?
JG: Para mí, Lee Friedlander es una referencia espectacular. Su trabajo es de lo más profundo que hay en la fotografía; me parece que puede capturar la realidad con ligereza y profundidad al mismo tiempo, algo envidiable. Técnicamente, también es increíblemente útil.
Diane Arbus siempre ha sido un tipo de inspiración, ¿no? La manera en que veía el mundo, y el mundo en el que ella habitaba también. Dentro de lo fotoperiodístico, James Nachtwey me parece visualmente un poema; cada vez que veo sus fotografías me impacta.
PA: ¿Cómo ves el panorama de la fotografía en México?
JG: Muy bien, la veo muy bien. Veo fotógrafos jóvenes que realmente están haciendo fotografía de una manera impresionante. Somos varios, de hecho; incluyo a todos aquí… los jóvenes. Pero, en verdad, hay gente que me inspira mucho y me enorgullece coincidir y convivir con ellos. Yo veo que México se está convirtiendo en una potencia fotográfica, y eso también aplica para generaciones más grandes, claro. Pero principalmente los jóvenes me dan mucha esperanza y fe.
Lo que sí reconozco es que no hay mucho apoyo. Y sí hay un tema: la verdad, yo he tenido mucha suerte porque conté con el apoyo de mis padres, de muchas personas, y aun así me ha costado muchísimo. Entonces me pongo a pensar: ¿cómo le hace alguien que tal vez no tiene el apoyo que yo tuve? En ese sentido, sí se me hace que la situación es muy compleja para los jóvenes artistas.
PA: ¿Qué temas te hacen tomar las llaves del coche?
JG: Últimamente he hecho una serie de vaqueros en el Valle Central de Oaxaca. Fue algo muy interesante que conocí, y he tenido varias oportunidades de ir a Oaxaca, algunas con una beca. En febrero de 2024, Alex Webb me dio la beca Mary Ellen Mark, y me tocó acompañarlo a él en un curso. También he ido solo, y ese es un proyecto que me gustaría continuar en algún momento, aunque hoy por hoy está bastante sólido.
Es un proyecto sobre los vaqueros que participan en el jaripeo durante las fiestas patronales de Oaxaca, en las mayordomías. Son celebraciones religiosas que cierran con estas prácticas de montar toros. Las fotos son espectaculares, pero lo que más me interesa es la celebración alrededor del evento, no tanto el evento en sí —aunque es espectacular—. Lo que más me gusta es cuando se junta la gente a compartir esos momentos; se siente una proximidad y una cercanía que nunca había visto en la Ciudad de México. Eso me llama mucho la atención.
En las metrópolis, creo que me interesa trabajar con comunidades un poco más pequeñas. Otro tema que me interesa es el migratorio, especialmente en la frontera norte entre México y Estados Unidos. Parte de mi formación en derechos humanos fue estudiar con Forensic Architecture, que se dedica a analizar situaciones de violencia o violaciones a los derechos humanos a través de métodos forenses, arquitectura, fotografía y metadata.
Ellos escogen incidentes específicos, recopilan toda la evidencia e información mediante métodos complejos y generan un modelo tridimensional —casi siempre arquitectónico— donde recrean, a través de metadata, lo sucedido. Es interesante porque ese trabajo es teóricamente admisible en una corte, y gracias a estos métodos han podido acusar a varios gobiernos de violencia muy específica hacia migrantes y minorías.
Yo estudié específicamente el tema migratorio y me di cuenta de que hay muchas prácticas que valen la pena estudiar y, de alguna manera, denunciar. Con lo visual es especialmente difícil porque a veces estas violencias son invisibles al ojo humano. Tengo muchas ganas de explorar cómo mi fotografía puede capturar este tipo de violencia, no solo en el norte de nuestro país, sino que también estas dinámicas están en el sur de México, en Asia… Es un modelo que se puede replicar y exportar, que probablemente inició hace tiempo en la frontera México-Estados Unidos y que se ha exportado a otras regiones del mundo. Vale la pena estudiar lo que sucede aquí y ver cómo se replica en otros contextos.

PA: ¿Cómo es tu acercamiento a las situaciones? ¿Te gusta ser, como dicen en inglés, fly on the wall, o te gusta involucrarte en la situación?
JG: Soy muy fly on the wall. De hecho, me encanta ese término porque uno de mis documentalistas favoritos, Frederick Wiseman, que trabaja mucho con ese concepto, hizo un documental llamado High School, donde puso un par de cámaras en una prepa y estuvo mucho tiempo ahí, hasta que los estudiantes y los maestros se acostumbraron a las cámaras. Logró una intimidad impresionante, sin convivir necesariamente. Era como si fuera invisible.
Pienso también en Robert Frank y en Walker Evans, junto con Dorothea Lange. Han sido grandes inspiraciones para mí en este género documental, un poco más noir, oscuro, con algo subcutáneo, casi tenebroso. En el caso de Walker Evans, su trabajo documentaba la Gran Depresión; en Robert Frank, capturaba la cultura americana con sus virtudes y desvirtudes, especialmente sobre temas raciales. En mi caso no sé cuál es esa problemática exacta, pero me inspira mucho, y ese es el approach que he utilizado en mis road trips y en mis series, especialmente en la del jaripeo.
PA: ¿Qué literatura te acompaña?
JG: Ninguna, si voy a ser honesto. Lo que me acompaña es el cine. Me encanta el cine de los hermanos Coen, especialmente No Country for Old Men. Visualmente se me hace exquisito.
Hay una película que se llama The Night of the Hunter, de Charles Laughton. Esa es la película favorita de Guillermo del Toro, y está muy inspirada, en mi opinión, en la película M, que es como la primera película noir. Night of the Hunter, en mi opinión, es la primera película noir americana. Ahí es donde a Estados Unidos le sale su punch. Estados Unidos tiene una amplitud para la oscuridad y para el terror que no tiene fin. Hay algo en la cultura americana que te permite cavar en los submundos.
La película trata sobre un sacerdote que es un asesino serial. Está presente esa dualidad entre el bien y el mal. Este sacerdote tiene tatuado en sus puños good & evil, ¿sabes? Para mí, esa dualidad representó mucho mi experiencia en Estados Unidos. Cuando viví allá sentí una dualidad cultural, sentía mucho conflicto entre el bien y el mal, la ética. Para mí, Estados Unidos fue un poco noir. De hecho, mi fotografía se basa mucho en estos simbolismos, en tratar de averiguar cuál es esta ética americana. En todos lados vemos banderas, en todos lados vemos cruces. En Nueva York no tanto, pero en otras partes de Estados Unidos sí.
Por ejemplo, para mí, la cruz, que es un símbolo del bien, dependiendo del contexto, también puede ser un símbolo de terror. Mi serie en Estados Unidos se basó mucho en las metáforas de estos símbolos y en intentar rascar qué hay detrás de ellos. Tal vez estos símbolos representan resiliencia, pero también tristeza, soledad, abandono. En esta sociedad, que está un poco enferma, a veces se enferma aún más antes de empezar a curar y sanar.
PA: Hablando de la dualidad, ¿cómo es tener estas dos nacionalidades en tu práctica, en tu día a día, y sobre todo en un contexto como el que vivimos hoy?
JG: Para mí es un gran privilegio. Ser mexicano, creo que es de lo más increíble que le puede pasar a alguien, y ser también americano me permite una amplitud cultural de dos naciones que son hermanas, aunque a veces ha sido una relación de mucho abuso por parte de Estados Unidos. Me permite conocer la cultura que ha inspirado al mundo en los últimos 50 o 60 años. El mundo se obsesionó con el modelo americano, y Estados Unidos no perdió la oportunidad de exportarlo.
Hoy probablemente estamos viviendo el fin de este fenómeno, pero para mí es súper interesante estudiar la raíz de ese modelo, de dónde sale. Mucha gente piensa en Estados Unidos como modelo de libertad, pero vas allá y te das cuenta de que todo el mundo está atrapado, ya sea por la deuda o la adicción. Están estas dualidades, estas contradicciones, y en ese sentido México-Estados Unidos a veces se siente contradictorio, otras veces no. Sin duda alguna, da oportunidad para una conversación interesante.
PA: Regresando a la conversación sobre México, ¿quiénes ves tú que están hoy en día formando una generación de fotógrafos?
JG: Mira, de nombres y proyectos no te puedo decir ninguno en particular, pero hay personas que me inspiran mucho. Ustedes y varios amigos míos forman parte de ese grupo, pero hay muchas personas que, en mi opinión, deberían tener más reconocimiento por su trabajo. Muchas veces su trabajo no sale de Instagram y lo entiendo: me pasó lo mismo por muchos años, mi trabajo apenas salía de Instagram, y eso es un paso importante que todo fotógrafo debe dar: salir de Instagram, al mundo real, a la fotografía física, impresa, expuesta, montada en un muro. No es lo mismo que estar en una pantalla.
Hay gente que, con toda sinceridad y honestidad, merece estar colgada en muros, y espero que llegue su momento. Claro, estamos en un país donde ya no hay tanto dinero para la cultura, y hoy las pocas oportunidades que existen están muy disputadas. Por ejemplo, la Bienal de Fotografía: ves los nombres y dices, “¡órale! me sorprende que esta persona nunca había estado”. Y con el Fonca pasa igual: hay gente que no puedo creer que no haya recibido apoyo antes. Uno mismo tiene que pelearse el alma para ganarse una beca.
PA: Uno a veces siente la tentación de seguir por el camino de las fórmulas.
JG: Yo creo que una fórmula es algo malo para el arte. Sin embargo, no hay que ser ingenuos: ¿cómo vamos a hacer para vivir? ¿Cómo vamos a pagar la renta? Entonces, yo, como alguien que dice que las fórmulas son malas, hay veces que me cacho siguiendo una fórmula.
Ahí es donde, sinceramente, si voy a ser muy congruente, creo que tiene que ser un punto medio. Tienes que encontrar un punto medio donde, con una mano, haces el trabajo “sucio” de la fórmula, y con la otra mano le das espacio al proyecto que en verdad quieres desarrollar. Tiene que haber una pequeña esquizofrenia, ¿sabes? No todo es blanco y negro. Uno tiene que ceder a veces.
Hay gente que tal vez ya se puede dar el lujo de no ceder, pero en mi caso todavía no puedo permitírmelo. Para ganarte premios, para ganarte becas, a veces tienes que jugar un poco, saber dar el speech que sabes que tu audiencia espera. Y eso también es problemático, porque creo que la gente a la que más admiro es la que siempre ha sido totalmente fiel a su visión, aunque eso implique no tener dinero, no poder comprarse la cámara que quieres. Hay una verdadera fuerza y una verdadera belleza en esa pureza.
PA: Pero siento que nuestra generación y nuestro mundo ya no está, a veces, para el romanticismo en ese sentido, tal vez.
JG: Sí, pues es que ya no hay; yo no conozco muchos casos de eso en esta generación. Así, alguien que… sí, un par a lo mejor que hemos conocido, pero a lo mejor son fotógrafos, pero también son otra cosa.
Mira, siendo honesto, yo por mucho tiempo fui muy puritano, hasta que me di cuenta. Dije “oye, yo también quiero una beca, yo también quiero una convocatoria” y me las empecé a ganar. Ahí es donde dije: “ay caray, no voy a ir a España…”.
Para mí, algo de saber es también sentir: saber dónde voy, aunque a veces no tengas toda la claridad de lo que estás haciendo. No saberlo todo, pero sentirlo, es igual de valioso.
PA: Platiquemos un poco de lo de Madrid, tu próximo destino. ¿Cómo llegó esto? ¿En qué momento?
JG: Me dieron una beca que se llama Changemaker Scholarship. Es una beca que cubre la estancia por nueve meses en Madrid: no tengo que pagar renta y también cubre la colegiatura. El programa se llama Máster PHotoESPAÑA, y está diseñado para preparar proyectos. Desde el principio te dicen: “Tú no vas a tomar fotos; vas a trabajar proyectos”.
Vas a pulir tus ideas, presentarlas a un panel, a directores de museos, directores de galerías, curadores, y a ir perfeccionando tu voz para que, al salir del programa, sepas cómo hacer un pitch de proyectos: desde presupuestos hasta textos curatoriales, todo optimizado para aprender a vivir de la fotografía. Para mí eso es perfecto, porque más que aprender a tomar fotos, necesito entender cómo crear un proyecto, cómo curar mi propio trabajo.
Hoy más que nunca, nosotros como fotógrafos muchas veces estamos solos en los proyectos, y somos nuestra voz más importante. No siempre nos toca compartir con otros fotógrafos o aprender de ellos. Esta oportunidad es increíble. Me da un poco de tristeza porque siento que sería increíble que hubiera más comunidad, pero apenas la estoy formando. A veces surgen dudas, y uno se pregunta: “Ay, ¿a quién le pregunto?”
PA: ¿Cuál sería una cumbre próxima en donde ves tu trabajo? Un libro, una exposición…
JG: Creo que es a lo que voy en Madrid. Me encantaría tener un archivo bien consolidado, un archivo fuerte, un archivo que pueda presentar y que se defienda; un archivo que presente algo interesante. Porque el archivo así en bruto todavía no es un archivo bien definido. Yo quiero un cuerpo de trabajo que sí sea trabajado.
PA: ¿Por qué crees que nuestra generación voltea tanto a Graciela Iturbide?
JG: Buena pregunta. Tal vez porque es como lo último de un mundo que ya se está escapando, ¿no? Tal vez siento que ya es como la última parte de algo que tal vez ya no nos toca ver. Creo que a veces, cuando hay escasez, hay valor. Y en este nuevo mundo que nos está tocando, creo que se siente muy distinto al mundo que Graciela nos comparte. Y yo sospecho que tal vez es por eso. A veces que yo me quedo pensando, digo, ay, ¿por qué estoy triste hoy? y digo, ay, llevo cuatro horas en el celular creo que creo que al menos la fotografía de Graciela representa lo opuesto a eso y es cuando dos miradas se encuentran, y eso es mucho del trabajo de Graciela, que siento que hay un reencuentro hay una conexión tan humana.
PA: Por último, ¿qué cambia de ti, por ejemplo, cuando estás detrás de la cámara? ¿Te sientes de otra forma cuando no la tienes en la mano?
JG: Sí, claro. O sea, la verdad, no soy el primero en decirlo, pero cuando estoy fotografiando me olvido de mí mismo. Para mí esa es una libertad, la libertad máxima. Creo que para mí la fotografía… yo siempre he dicho que no soy tan buen fotógrafo, pero le pongo muchas ganas. Y le echo tantas ganas que se me olvida toda la podredumbre que mi cerebro siempre está pensando. Soy súper ansioso, siempre estoy pensando y pensando, y cuando agarro una cámara, nada… estoy sintiendo y dejo de pensar en mí. Pienso en todo lo demás: la composición, la luz… todo me consume tanto que ya no pienso en mí.
Me recuerda mucho a lo que decía Garry Winogrand, que dejó como 3 mil rollos sin revelar. Él famosamente decía lo mismo: fotografiaba para dejar de pensar. Lo veías y decías, “híjole, qué hombre tan ansioso”, pero lo veías con la cámara y creo que sentía una paz. Para mí también, cuando estoy con la cámara no pienso en mí, pienso en todo lo demás. Eso me genera una paz, una libertad que antes que nada agradezco, pero también aprovecho.
Y en verdad creo que mi visión tiene un mensaje. Me encanta que haya gente a la que le resuene; me hace sentir menos solo. Por muchos años dudé y pensé que tal vez esto era un patín, pero cada vez dudo menos.
PA: Te lo vas confirmando a ti mismo.
JG: 500 fotos al día lo comprueban. Lo comprueba también la reacción de otras personas, gente que admiro; ver que entienden algo de lo que hago me da mucha fe y me hace sentir en verdad menos solo. EP