
Con elocuente pluma, Juan-Pablo Calderón Patiño rinde homenaje a José Clemente Orozco, pilar de la pintura y el muralismo mexicano.
Con elocuente pluma, Juan-Pablo Calderón Patiño rinde homenaje a José Clemente Orozco, pilar de la pintura y el muralismo mexicano.
Texto de Juan-Pablo Calderón Patiño 05/09/25

Con elocuente pluma, Juan-Pablo Calderón Patiño rinde homenaje a José Clemente Orozco, pilar de la pintura y el muralismo mexicano.
Esquiva la roca ardiente el campo inundado por una maleza de suspiros
Un estandarte rivaliza con el sol
Y en el silencio eterno que se interrumpe por el rugido de los dioses
Aparece como el hijo del viento, azar desorbitado, lanza que salva
Eco que antes de nacer yace en la retaguardia de la espera, veleta ciega
Aire que toca el alba y refresca el rostro incierto de una tregua.
La osadía empieza con un resplandor que tapiza
los cuatro puntos cardinales siendo capaz de alumbrar las profundidades de los océanos.
Su sangre es efluvio de una valentía que no se rinde
ante la asamblea de dioses incrédulos a los que les deja un rayo muerto,
como el dragón que sin fuego es la bestia desarmada a la que nadie teme.
Recobró el fuego
y como canica que se desliza sobre el mármol hecho rampa a la intemperie de sueños
ruega para que los hombres no jueguen
con lo que les perteneció a las deidades
haciendo que el solar sea todo
menos un mundo en perpetua llamarada.
Intensa pincelada al fresco y la insistencia del testimonio para asegurar una creación infinita, pletórico trazo del tiempo, cúmulo de épocas que arropan, hacen y deshacen al hombre. Recinto donde el abrazo era añorado por los huérfanos y ancianos: una capilla da el bálsamo y, después, la magnanimidad de Orozco impregna un renacer. Alma Reed, la periodista de The New York Times, la “Peregrina” del socialista del Mayab, tiene las mejores palabras para un hijo eminente de Jalisco que abrazó la pintura: “la vida amíbica y sus comienzos en las oscuras profundidades del mar; la vida adaptada a la soleada superficie de la tierra: la vida destruida en los purificadores fuegos cósmicos de los cuales nacen nuevos mundos y nueva vida”.
Jose Juan Tablada tuvo la osadía de llamarlo “el Goya mexicano”. El jaliciense, miembro de ese triunvirato de grandes muralistas junto con Rivera y Siqueiros, tuvo la humildad de sacudirse las palabras del poeta que llevó a México el haiku y escribió las líneas de la vida neoyorkina. Orozco admiraba a Goya, pero como artista excepcional buscaba su camino sin la tutela de los grandes, porque su obra ya lo hace uno de los grandes. El intenso trazo de El Greco y la línea profunda de Rafael que descubre en Toledo y en Londres son la luz imaginaria que cobija la quimera de una influencia que se transforma en una originalidad con dos vertientes: una, la universal, y dos, la que impregna el legado de un estilo jamás repetido que sabe esculpir en el juego del tiempo las estampas de lo que fue una nación y lo que puede ser si no sacude sus sombras, demonios y hierros que al rojo vivo son más que una marca imperecedera en el tejido del alma de México.
Orozco estudió agronomía, la mística de la tierra, rayo social inconfundible en el surco de su creación, pero en el territorio del azar nada puede ser casualidad. Sus vecinos en la Ciudad de México, en el prólogo revolucionario, ilustraban grabados de José Guadalupe Posada. Su ingenio de caricaturista político a favor del carrancismo insiste en su genuina vocación, que tiene en Gerardo Murillo, el célebre Dr. Atl, más que un tutor una especie de columna para insistir en que el arado puede ilustrarse en el fresco.
Su rebelión en la caricatura y la crítica a los propios constituyentes lo exilian en un peregrinaje hacia el vecino del norte, edificación del artista, soplo de creación. Testimonios de su caricatura están a la vista en el famoso periódico El Hijo de Ahuizote que los hermanos Flores Magón utilizaron como el parque imaginario contra el porfiriato. En la unión americana fascina a varios, entre ellos, a Jackson Pollock, exponente del expresionismo abstracto.
La obra de Orozco es épica, constante en la gravitación entre el drama que hace sudar y el reencuentro con el abril de luz que se cierne entre la tormenta. Ejemplo de ello, El Hombre en Llamas, el Prometeo imaginado, que tiene un movimiento a la mirada del alma depositada en la cúpula del Hospicio Cabañas. Magnificente, electrizante y vivo ejemplo de un fuego que puede purificar en la creación senderos jamás imaginados, la obra cumbre tiene otra épica: fue pintada con una sola mano pues Orozco perdió la mano izquierda en un desafortunado encuentro con la pólvora. Conjunta el andamio de la altura y el equilibrio de la perspectiva con la maestría de saber no rendirse.

Si Orozco rechazó lo de “El Goya mexicano”, hoy rechazaría el emblema del Cabañas como la “Capilla Sixtina de América”. En esta residencia de lo permanente nació el primer encuentro Iberoamericano en 1991, en los albores del cuestionado 1992, año del “encuentro entre dos mundos”. Frente a frente cada jefe de Estado y de Gobierno de Iberoamérica, incluido el rey de España, más que lamentarse del ayer, evocaron la oportunidad que señaló con maestría el gran José Ingenieros, el argentino que dijo que “los hombres y pueblos en decadencia viven acordándose de dónde vienen: los hombres y pueblos fuertes sólo necesitan saber a dónde van”. Las luces del azul invadido de grises, o los grises como matiz de azules infinitos, esencia del paisaje agavero que impregna la obra de Orozco, fue testimonio de esa cumbre.
Orozco va más allá de la Revolución mexicana y su arte posee la dignidad de su vida: no está construido en razón de presente, sino en razón de eternidad, escribió Luis Cardoza y Aragón. No le falta razón al guatemalteco universal (que junto con Carlos Mérida y Miguel Ángel Asturias conformaron el otro triunvirato allende del Suchiate, guatemaltecos que también hicieron grande a México). Apreciar en serenidad su trazo es la oportunidad de reconciliar el bálsamo de las letras con la plástica, de ver que la grandeza del alma es superior a cualquier intermitente espejismo terrenal.
Su gran óleo del Turf Club en su casa-estudio, a pasos de los icónicos Arcos de Avenida Vallarta en Guadalajara, muestra la ironía de la existencia que despega junto al elenco por la festividad culinaria y la alegría por la vida, una obra fascinante en las antípodas de los ocres y azules grisáceos, reflejo de la espada ensangrentada, la nube de pólvora o el martirio de siglos en ese empedrado camino a la justicia, que otros llaman la búsqueda de la modernidad. Saludo de nuevo la alegría de Turf Club y agradezco redescubrir en su propia tierra a José Clemente Orozco. EP