Adiós al viejo barrio

Luis Reséndiz se pregunta si, con el streaming, diremos adiós a las salas de cine o se renovarán la técnica y el arte. Y, bajo este cuestionamiento, también habla del futuro de las películas y las series.

Texto de 08/03/21

Luis Reséndiz se pregunta si, con el streaming, diremos adiós a las salas de cine o se renovarán la técnica y el arte. Y, bajo este cuestionamiento, también habla del futuro de las películas y las series.

“Hoy voy a cambiar

Revisar bien mis maletas

Y sacar mis sentimientos

Y resentimientos, todos

Hacer limpieza al armario

Borrar rencores de antaño

Y angustias que hubo en mi mente

Para no sufrir por cosa tan pequeñitas”

Lupita D’Alessio, ‘Mudanzas’

1.

En octubre de 2019, a algún avezado reportero se le ocurrió preguntarle a Martin Scorsese si le gustaban las películas de Marvel. Scorsese, que por entonces promocionaba The Irishman (neta que hasta coraje me da: de eso vive el reportero de la rueda de prensa, de azuzar las brasas de la polémica inexistente que deriva en el redituable pero intrascendente clic enfurecido), respondió diciendo que lo había intentado alguna vez, “que simplemente no eran para él” y ya más incendiario, “que no eran cine”. “Honestamente, lo más parecido que puedo pensar, con todo y que están bien hechas y que los actores hacen lo mejor que pueden considerando las circunstancias, son los parques temáticos. No es cine de unos seres humanos tratando de  transmitir experiencias psicológicas y emocionales a otros seres humanos”. 

Twitter, que nomás va por la vida buscando por qué indignarse, se indignó. De inmediato se alzó un contingente virtual de incels con el reply en ristre para defender el cine de Marvel —por alguna razón hay gente que le dedica muchas horas a insultar a otras personas en internet al respecto— mientras que, del otro lado de la colina, un ejército de mamones cabalgaba sobre likes y retuits para arrojar cual lanzas irrefutables las opiniones que Scorsese emitió un día que lo preguntaron algo medio menso y aprovechó para defender sus credos de toda la vida y, de paso, hablar oblicuamente bien de su idea de hacer cine. La escaramuza fue cruenta y duró apenas unas horas, pero como siempre en Twitter, de la batalla quedó muy poco, porque en Twitter el mundo nace todos los días y de lo que se dijo ayer nada se recuerda. 

Hace unas semanas, Martin Scorsese publicó su ensayo1 Il Maestro’, dedicado a Federico Fellini, en Harper’s Magazine. Scorsese recuerda con nostalgia (básicamente escribiendo el arranque de una película donde un cinéfilo adolescente entra a ver una película de Truffaut tras ser bombardeado por todo el magnífico cine que se estaba haciendo ¡y proyectando!) durante ese mágico filito entre 1959 y 1960: Godard, Warhol, ¡Fellini!, Chabrol, Cassavettes, Resnais, Bergman, Antonioni… Tras describir la escena meticulosamente, Scorsese cierra su introducción con una cámara “que se alza sobre el joven y sobre la expectante audiencia como si se tratara de la marea de su entusiasmo” y arranca su ensayo con los dados conveniente y nostálgicamente cargados a su favor: “Adelantamos hasta el presente, mientras el arte del cine es sistemáticamente devaluado, marginado, degradado y devaluado a su mínimo común denominador: el contenido”. Cual bestia que no recuerda los hechos pasados con precisión sino que sólo posee el eco de su trauma, la avanzada pro-Marvel —y, al parecer ahora, pro-contenido (?)— se alzó de nuevo contra Scorsese ya más como reflejo que como reacción, alcanzando niveles de auténtica estulticia argumentativa en algunas de sus respuestas (adjunto meme publicado y republicado durante esta última oleada de indignación para fines demostrativos):

Es fácil atacar los extremos más simplones alrededor de estos argumentos: es fácil descalificar al fan scorsesiano que aplana todo y se para el cuello con la superioridad de quien no tiene cuenta de Netflix pero sí de FilmIn Latino, tanto como es fácil descalificar al stan marvelesco que se retuerce cuando alguien amenaza con quitarle un gramo de legitimidad a su entretenimiento. No obstante, creo que este asunto merece una visión un poco menos indignada y un poco más curiosa, un poco más comprensiva.

2.

Imaginen que existe aquí una especie de reflexión o compilación con pobres aspiraciones filológicas en la que exploro superficialmente el significado y el uso de “contenido” para referirse a medios audiovisuales. Esta sección del texto probablemente seguiría, al menos en parte, la historia que sigue Scorsese en su ensayo, en la que menciona cómo la palabra era usada por lo regular en contraposición a “forma” y quizá puntualizaría que en español solíamos usar más bien “fondo” en lugar de “contenido”. Aventuraría que el término “contenido” es, al menos en parte, resultado del inevitable aplanamiento de la era digital, donde enunciativa mas no limitativamente libros, música, teatro, deportes, conciertos y productos audiovisuales son consumidos por igual en pantallas, lo que genera una sensación —y, por qué no, una realidad material— de uniformidad entre manifestaciones artísticas que hace no tanto solían viajar y consumirse en vehículos separados. Por último, consignaría que la batalla contra el término tiene ya algunos años23 y no desprovisto de tibieza pero tampoco carente de convencimiento afirmaría que la proliferación de la palabra, por muy molesta y hasta ofensiva que le resulte a algunos creadores, no implica dolo sino la mera consignación de un hecho. El hablante, a quien poco le importan los sentimientos de los creadores de contenido, tiene la mala maña de acostumbrarse a llamar a las cosas por su nombre, diría yo hacia el final del párrafo antes de un par de puntos para marcar el suspenso: en efecto, en el siglo XXI la mayoría de los productos culturales que vemos están contenidos dentro de una pantalla. Y por ahí terminaría el parágrafo, pongan ustedes.

“En 2019, por ejemplo, Netflix estrenó más de un show al día; al mismo tiempo, la industria televisiva norteamericana estrenaba en conjunto, el mismo año, poco más de quinientos programas —y ese era un número récord en aquel momento—.”

3.

Como soy tibio y apocado, más arredrado que arrojado, quisiera que me permitieran puntualizar que sí veo y sí noto lo que está pasando con el dominio del “contenido” y su proliferación. Es inevitable notar que el aplanamiento estilístico es real y que las series creadas a partir del algoritmo son reales. El asunto salta a la vista de inmediato: uno tras otro desfilan los documentales de true crime cortados con la misma tijera (un poco de Errol Morris aquí, otro poco de Misterios sin resolver acá); una tras otra se acumulan las series de drama adolescente herederas de The O.C., Gossip Girl y Dawson’s Creek, salvo que considerablemente menos blancas; una y otra vez se repite la comedia romántica, el thriller apenas eficaz, la película de acción presuntamente emocionante. Etcétera. 

Una vez superada la novedad, la proliferación de los servicios de streaming ha generado una multiplicación exponencial de programas que sólo han hecho más evidente lo que ya era de por sí obvio: es imposible seguirle el paso a la televisión. En 2019, por ejemplo, Netflix estrenó más de un show al día; al mismo tiempo, la industria televisiva norteamericana estrenaba en conjunto, el mismo año, poco más de quinientos programas —y ese era un número récord en aquel momento—. Y eso fue hace ya dos años, sin contar la programación original de Hulu, Prime Video, Apple TV, Shudder, Disney + y demás etcéteras que se ha sumado en ese periodo. A diferencia de lo que dice el viejo mantra, el capitalismo no siempre fomenta la innovación y el entretenimiento es uno de los campos donde más queda claro esto: sólo basta ver el repertorio de películas navideñas de Hallmark en cuyo póster aparece una pareja blanca heterosexual sonriendo con una paleta de colores donde el verde y el rojo son preponderantes para entender que en efecto, el aplanamiento de la oferta es una consecuencia natural y acaso inevitable de la masificación de los medios. 

En términos cinematográficos formales, David Bordwell y otros autores han hablado de algo llamado continuidad intensificada, el proceso mediante el cual el cine contemporáneo enfatiza la continuidad mediante una edición que intensifica las normas tradicionales de edición al tiempo que incorpora los avances tecnológicos contemporáneos. “Antes que rechazar la continuidad en pos de la fragmentación o la incoherencia, este nuevo estilo acentúa las normas preexistentes para crear una experiencia visual más intensa”. Traigo a cuento la intensificación porque creo que eso es justo lo que está sucediendo con la televisión y el cine en un nivel de producción: las grandes tendencias de siempre se han intensificado debido al aumento acelerado de audiencias que piden (¡chin!) contenido cada vez más específico y, al mismo tiempo, predecible, familiar. La convencionalidad forma parte intrínseca de la televisión como forma de arte: “Se necesita habilidad”, ha dicho el cineasta y asistente de producción Abed Nadir. “Todavía más importante, [la televisión] ha de ser gozosa, reconfortante, divertida. La televisión destruye su propia misión cuando está impulsando una agenda o tratando de derrotar a otra televisión o sintiéndose orgullosa o avergonzada de sí misma por existir. Es televisión: es comodidad”. Y para bien o para mal o para que simplemente las cosas sean como son, la era que vivimos es una donde lo que antes llamábamos cine se parece cada vez más a la televisión.

No puedo estar seguro, pero me permito colegir que esta es una de las preocupaciones que aquejan a Martin Scorsese. A fin de cuentas, una de las actividades que ha ocupado las últimas décadas de su carrera es la preservación del cine, a la que ha contribuido con la restauración de más de setecientas películas. Buena parte de esa actividad ha salido del bolsillo de Scorsese o de recaudaciones de fondos realizadas con su nombre como respaldo. Es pues comprensible la preocupación del cineasta por el estado de una industria que ha acelerado y magnificado su producción y, en el camino, ha creado productos tan chatos que resultan lamentables. 

Habría que considerar, sin embargo, que esto siempre ha sido más o menos así. En este ensayo publicado en The New York Times, Scorsese invoca a Hitchcock como el equivalente a las franquicias de Marvel del día de hoy y reconoce las similitudes entre ambos, subrayando el hecho de que considera que en Marvel hace falta “la revelación, el misterio o el genuino riesgo emocional. Nada está en peligro”. Sin embargo, la comparación quizá sería más fina si se incluyera a los seriales o al western como parte de esa comparación, manifestaciones ambas que si bien conocieron lo sublime —notoriamente el western dio algunas de las mejores películas de la historia del cine—, tampoco eran nada ajenos a la fórmula y a la repetición. En el western creo que ni siquiera hace falta enlistar las centenas de exponentes del género que oscilan entre lo atroz y lo mediocre, mientras que por el otro lado es innegable que existen cinta notorias, antes que por otra cosa, por “calcar” el estilo de Hitchcock: aquella descendiente de Psicosis llamada Homicidal (1961), la sensacional Charade (1963), o el vehículo de Audrey Hepburn Wait Until Dark (1967), entre muchas otras. Es decir, el problema de la disminución de calidad por la repetición de una fórmula es un asunto que lleva mucho tiempo en el cine, principalmente en el cine estadounidense, si no el primero cuando menos sí el más eficaz en convertir este arte en una industria de productos en serie.

Tampoco es difícil observar que tanto la preservación del buen cine antiguo como la del nuevo buen cine va por buen camino, con todo y sus bemoles. Las copias digitales han permitido la diseminación y preservación de películas nuevas y antiguas, en muchas ocasiones a través de la piratería cinéfila antes que de la mano invisible del mercado, mientras que tecnologías como el blu-ray posibilitan la aparición de copias de altísima calidad en formato doméstico, algo que hasta hace unas décadas era sencillamente imposible. Películas de directores legendarios se recuperan y restauran cada tanto y son exhibidas y distribuidas con una fidelidad y un nivel de restauración inédito —sin ir más lejos tengo en mi computadora un archivo de video digital que contiene una copia de alta calidad de Sherlock Holmes, la primera adaptación cinematográfica del detective británico, considerada perdida por décadas y puesta a la disposición del público gratis en Archive.org. Hechos como ese resultaban impensables hace no tanto tiempo y la tecnología —que necesariamente ha acompañado y hecho posible también a los canales de streaming— seguirá haciéndolos más y más comunes. Por su parte, tampoco quiero dedicar demasiado tiempo a reiterar que la producción cinematográfica mundial en años recientes ha sido extraordinaria, justo en medio de lo que algunos consideran una etapa decadente de la calidad del cine hollywoodense, con o sin servicios de streaming y, en ocasiones incluso gracias a ellos.

Vaya, también hay que recordar que The Irishman de Martin Scorsese, una de sus mejores películas y una de mis películas favoritas quizá de la vida, se estrenó y se llevó a cabo gracias a que Netflix decidió asumir los enormes costos de producción después de que otras productoras abandonaran al director. (Scorsese menciona esto en su texto en The New York Times, por cierto. Pero supongo que es más conveniente omitir eso cuando lo que se quiere es ganar una discusión a como dé lugar.) Recuperar The Other Side of the Wind de Orson Welles se había demostrado como una labor titánica que sólo se logró cuando Netflix financió la reconstrucción de la película. La distribución de películas como Ya no estoy aquí de Fernando Frías o His House de Remi Weekes habría sido al menos distinta sin la plataforma. No quiero hablar tampoco de lo que implica no sólo que distintas plataformas estén acometiendo nuevos territorios —las inversiones de Netflix en México son brutales y sólo han crecido con los años— y lo que significa eso para la contratación y la profesionalización de jóvenes y no tan jóvenes cineastas mexicanos que resulta difícil imaginar trabajando con presupuestos de esa magnitud y con esa ventana de exhibición de no ser por las plataformas de streaming. Y los casos podrían seguir. Supongo que lo que quiero decir de fondo es que la existencia y el desempeño de las plataformas dista mucho de ser tan solo un atentado contra el cine o un milagro para su existencia.

Les dije que era yo tibio y apocado. Se los dije. No soy bueno para dar certezas.

“Y para bien o para mal o para que simplemente las cosas sean como son, la era que vivimos es una donde lo que antes llamábamos cine se parece cada vez más a la televisión.”

4. 

Mi humilde propuesta es hablar de todo esto en términos de una mudanza.

Antes de la pandemia nos encontrábamos a la mitad de una mudanza paulatina. Los cines llevaban años perdiendo su lustre y las películas independientes se encontraban cada vez más marginadas de las grandes pantallas pero encontrando lugares y nichos para sobrevivir en canales de distribución alternativos como el VOD y mubi. Sabíamos que tarde o tempano tendríamos que irnos a otro barrio, pero el casero no nos estaba corriendo y faltaba todavía mucho tiempo para concretar el traslado.

La pandemia aceleró todo esto. Los números son abrumadores: canales como Twitch crecieron en 2020 más del 150% y las horas de streaming en general tan solo en Estados Unidos aumentaron un 85% durante las primeras tres semanas de marzo de 2020 en comparación con el mismo periodo en marzo de 2019. Al encerrarnos en nuestras casas y cerrar los cines por tiempo indefinido, la pandemia nos obligó a realizar una mudanza a toda prisa hacia el reino de lo digital. Confinados de forma irremediable a la pantalla doméstica y lejos de una buena vez de las salas de cine, los usuarios apenas nos estamos acoplando a este nuevo hogar. Como siempre, cada que uno se muda encontrará que la nueva casa tiene algunos defectos severos: la falta aparente de curaduría, la captación de datos de las plataformas, la difusión de discursos nocivos, la imposición de modelos narrativos demasiado rígidos, los problemas inherentes de desigualdad que implica un medio que depende tanto de la tecnología para crearse y contemplarse, la marginación de creadores que no logren adaptarse a la tendencia. 

Todas las preocupaciones de Scorsese y algunas otras más, vaya. Aunque no coincida con la idea suya de que “para cualquiera que sueñe con hacer películas o esté empezando a hacerlo, la situación en este momento es brutal e inhóspita para el arte”, me parece claro que varios de sus puntos están anclados en problemas reales y palpables pero, a diferencia suya, yo no creo que esto sea señal ominosa de un futuro apocalíptico. La curaduría no morirá: mubi y Criterion, que bien menciona Scorsese como ejemplos paradigmáticos de curaduría, gozan de cabal salud y compiten con números nada despreciables de suscriptores. La preservación de las películas sucede: incluso las cintas más o menos reconocidas como grandes o muy buenas películas estrenadas en servicios de streaming han recibido sendos lanzamientos en formato físico, las menos convencionales ¡hasta en VHS! Roma, The Irishman y Host son tan solo algunos ejemplos. ¿Se salvarán todas las películas? No. Sería imposible —e iría en contra del flujo mismo de la conducta humana en primer lugar, y de la idea misma de curaduría, en segundo—. ¿Se perderán muchas buenas películas? Sí, como ha sucedido con innumerables piezas de literatura a través de los siglos y sin embargo: aquí estamos. ¿Se perderá una forma de hacer cine? Probablemente, tal y como se han perdido incontables tradiciones y formas de hacer arte. Un poco pienso, ya volándome la barda, que algo que anida en la defensa de Scorsese es la necesidad de proteger un nicho, un club especial en el que están solamente los mejores: Kurosawa, Truffaut, Godard, Fellini, Antonioni, él mismo, un canon hegemónico —si la reiteración es tolerable— que sólo puede defenderse a estos niveles porque está en una posición aún dominante. Pero no veo por qué esa idea habría de ir peleada con el hecho de que la producción cinematográfica y televisiva va en aumento vertiginoso y no se va a detener pronto. De entre toda esa producción también saldrán obras maestras y cineastas geniales, tantos como emergieron cuando el cine dio el paso al sonido o al color o a las cámaras digitales.

Quizá porque soy tibio y apocado y reacio a los fatalismos, pero creo que esta generación y las siguientes, como las otras antes que ellas, sabrán mantener el potencial del cine como vehículo para transmitir ideas potentes y provocar emociones genuinas en sus espectadores. Algunas cosas se perderán en el camino y muchas otras se ganarán. El mundo seguirá su inexorable paso y el cine y los cineastas tratarán de marchar al trote, justo como el resto de los pobres humanos que habitamos y seguirán habitando el planeta. Quizá porque soy más arredrado que arrojado pero creo, sencillamente, que estamos en una nueva casa y habremos de aprender a vivir en ella poco a poco, arreglándola y mejorándola en el camino. Esa certeza, por lo menos, sí la tengo conmigo. EP

1 Una de las razones por las que Scorsese es tan valioso es no sólo porque tiene la de por sí rara cualidad del pensamiento sino porque después de pensar, a veces consigna esos piensos y les da forma y orden por escrito. Quizá puesto así no parezca demasiado excepcional pero a mí me da la impresión de que es un ejercicio que va un poco en desuso y un poco a la baja; las redes y su efímera capacidad de atención no son el terreno del pensamiento debidamente añejado y demorado. Aunque YouTube se ha convertido en un sitio donde la argumentación detenida florece y en ocasiones hasta se pasa de tueste, es inevitable notar cómo algunas de las redes más utilizadas en nuestro día a día son prácticamente enemigas del pensamiento de cocción lenta (o quizá es mi lado nostálgico scorsesiano el que habla por mí en esas líneas).

2 Acá por ejemplo hay un post de blog de un escritor de radio y televisión en el que consigna su repudio por la palabra “content” ¡y es de 2009!

3  ¡Un blog de post! ¿Qué escritor famoso le dedicó un ensayo arrebatado y nostálgico en Harper’s a la muerte de los blogs? ¡Nadie!

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