Alejandro Espinosa Fuentes nos invita a leer siete novelas mexicanas que han marcado este primer cuarto de siglo y que despiertan la reflexión sobre la vida y sus vicisitudes.
Alejandro Espinosa Fuentes nos invita a leer siete novelas mexicanas que han marcado este primer cuarto de siglo y que despiertan la reflexión sobre la vida y sus vicisitudes.
Texto de Alejandro Espinosa Fuentes 22/12/25
Alejandro Espinosa Fuentes nos invita a leer siete novelas mexicanas que han marcado este primer cuarto de siglo y que despiertan la reflexión sobre la vida y sus vicisitudes.
Mientras elaboraba otra lista con las mejores 25 novelas mexicanas del primer cuarto del siglo XXI, platiqué con numerosos lectores que respeto sobre sus novelas mexicanas preferidas. Lo que me sorprendió fue que muy pocos me podían enlistar más de cinco novelas que les gustaran, la mayoría mencionaba un par a lo mucho; incluso me frustró descubrir que grandes escritores del panorama literario mexicano conocen poco la obra de sus connacionales. Esa otra lista fracasó, o se pospuso para el 2030, pero aprovecho esta oportunidad para compartirles siete excelentes ejemplos de la gran narrativa mexicana del siglo XXI, sin ninguna jerarquización ni tajantes aseveraciones sobre su calidad con respecto a otras obras, sólo siete libros espléndidos para pasar el invierno.
El quinto sabor de la literatura, una novela de veras novela, donde el derrumbre de un antropólogo viudo, obsesionado con el amaranto, se entreteje maccullersianamente, perecquianamente, chavodelochomente, con la tragedia de sus inquilinos en una vecindad: una niña detective de milpas; una joven pintora que huyó de Veracruz y se dedica a inventar colores, como lucianguis (el tono que hay debajo de las carpas del tianguis); otra niña abandonada por su madre hippie que se fue a Mazunte; y una familia de músicos cuya hija menor murió ahogada. ¿En qué año sucede? 2004, 2003, 2002, 2001, siempre en ese orden regresivo, una novela que paradójicamente esconde su revelación final en los sórdidos vestigios de su inicio. Cada parte está narrada o focalizada en un personaje distinto, de adelante para atrás, en cuatro secciones retrospectivas que desvelan verdades crudas e iluminadas. El estilo de Jufresa conjunta el mejor humor lúdico con la más indigesta tragedia de la maternidad interrumpida. Umami es una bocanada de aire fresco para nuestra literatura, a veces tan melodramática o solemne. Jufresa habla la lengua de los que lloran a carcajadas y de los que se ríen solos, cabizbajos, frente a una tumba.

El Morabito más vilamatiano propone en esta novela una doble lectura: la de un hombre que cumple con su servicio comunitario en Cuernavaca (ciudad con más albercas que personas) leyendo libros que no comprende en diferentes casas de personajes excéntricos (un ventrílocuo que finje ser su hermano con retraso, una soprano en silla de ruedas que seduce al protagonista mediante la joven que hace la limpieza, una familia de sordos que crían a sus hijos como sordos, aunque no lo sean, y un general maléfico al que el protagonista le roba sus ahorros para pagar el derecho de piso de la mueblería de su padre, quien agoniza de cáncer); pero El lector a domicilio también propone una segunda lectura: la alegoría de la historia de la poesía en México o una teoría poética, en donde el fantasma de la gran poeta olvidada Isabel Fraire reinventa el canon de la vida social y política morelense, con un bello poema que todos copian y recitan para justificar sus propios intereses burocráticos: “Tu piel que es un espejo en donde mi piel me reconoce y mi mano perdida viene desde mi infancia y llega hasta el momento presente y me saluda. Tu piel, en donde al fin yo estoy contigo”.

Escrita en verdadero estado de gracia, esta novela reinventó la literatura de autoficción del siglo XXI. Cruda e irreverente, mágica y psicodélica, la pluma de Herbert nos enseñó a cantarle a la orfandad desde la desidealización y el dolor de nuestra propia mortalidad. Saltillo, como un centro neurálgico de la agonía, una encrucijada infinita que se retuerce por todos los pueblos mexicanos donde Herbert reinventó su infancia vagabunda. Una crítica al poder y a los fantasmas de la opresión. Libre, insólita y desgarrada, Canción de tumba renuncia al eufemismo para plasmar la radiografía existencial de un auténtico poeta.

Como sureño que pasó su infancia en el DF de los años noventa, El nervio principal me parece un pequeño himno de origami a la niñez suburbial, cuyo horizonte más céntrico es la estación de autobuses de Taxqueña, donde un niño, imbuido en libros de Elige tu propia aventura que lo distraen del miedo que le tiene a El Robachicos, se fuga en un camión a Chiapas para buscar a su madre, quien supuestamente dejó a su familia para unirse a la guerrilla zapatista. Tengo debilidad por las narrativas del sur de la capital (que se pueden contar con los dedos de una mano), pero tengo más debilidad por la prosa nítida y plegable de Daniel Saldaña Paris, quien entiende los extrarradios como espacios políticos que fundan mitologías híbridas, completamente ajenas a los lugares comunes de las colonias más gentrificadas. En mi clase de Literatura mexicana, leemos esta novela en voz alta de principio a fin, y tengo grupos de hasta 60 adolescentes distraídos. Habla bien de El nervio principal que, junto con Aura y Las batallas en el desierto, es por mucho la novela que más cautiva a mis estudiantes.

Hace poco se estrenó la película, protagonizada por Tony Dalton, basada en esta magnífica novela, y alguien en redes quiso ridiculizar la sinopsis burlándose de que trataba de un hombre enfermo que se quedaba en su casa hablando con un loro. Me indignó la frivolidad del comentario y, aunque Las mutaciones trata exactamente de eso: un hombre con cáncer al que le extirpan la lengua y asume su extinción rescatando los últimos instantes de conciencia para cumplir con su última voluntad acompañado por una ave que le regaló su cuidadora, esta novela tiene muchísimo trasfondo: es un retrato crudo y lírico del deterioro de un cuerpo por las mutaciones cancerígenas. También es una tierna historia de amor: cada vez que veo unos sopes de chorizo recuerdo con una lágrima a ese matrimonio desdichado, cuyo amor se extinguió con la ruina emocional y financiera de la metástasis. La novela también propone una rigurosa investigación de las células cancerígenas, y la maestría narrativa de Comensal logra que, en un punto, lleguemos a creer que va a descubrir la cura del cáncer. Los que hemos atestiguado la agonía oncológica de un ser querido, podemos reconocer que Las mutaciones fue escrita desde el dolor más profundo, un abismo en el que, pese a la absoluta desesperanza, destellan tiernos instantes de hilaridad.

Radiografía dolorosa de la corrupción y la misoginia del siglo XX en México, esta novela pinta el mural opresivo de cuatro sexenios colmados de paradojas y claroscuros; del milagro mexicano a la masacre de estudiantes del 68, de Ávila Camacho a los días más oscuros de Díaz Ordaz. Serna reconstruye una vida chusca con la épica malicia de las tragedias shakesperianas valiéndose de todos los recursos narrativos a su disposición: memorias de la Guerra Civil, tercera persona focalizada como una garrapata al psicópata Carlos Denegri, la confesión terapéutica y religiosa, el diálogo de cantina, para cerrar con una nota de prensa que da cuenta del asesinato del que fuera considerado “el mejor periodista de México” a manos de su última esposa.

Debo reconocer que, por ser tocayo de un presidente colombiano fascistoide, tardé mucho en leer al escritor Álvaro Uribe. Un día que pasé toda la noche en la sala de espera de un hospital, la hermana de mi novia me prestó su Kindle y entre millones de libros digitales seleccioné esta espectacular novela. Desde entonces no pasa un día sin que evoque este enmarañado juego de voces domésticas. La apuesta de esta biografía poliédrica parte del cuadro de Las Meninas de Velásquez, un tema muy trillado, creía yo antes de imbuirme en sus páginas, pero la ejecución de Autorretrato de familia con perro está tan bien lograda que termina consolidando una tierna novela, fatal e impecable. Los testimonios impostados de todas las personas que rodearon la vida de Malú, una mujer estrafalaria y excéntrica, son cotejados capítulo a capítulo por sus dos hijos, hermanos gemelos, un historiador y un escritor con una biografía muy parecida a la de Álvaro Uribe. Estos hermanos se detestan, son Abel y Caín en el México de la segunda mitad del siglo XX, y consolidan la mirada espejeante de este juego calidoscópico para reconstruir, más que la vida de su madre, la muerte de todas las madres, o la madre de todas las muertes, registrando con lujo de cinismo la decadencia de una familia intelectual de la clase media mexicana destrozada por la misma matriarca que la engendró. EP
