La desaparición gradual de la metafísica en los últimos 200 años ha producido un cambio fundamental en el marco epistemológico y ontológico, que ha ido transformando nuestra conciencia y nuestra actitud hacia la realidad. La era del realismo y del materialismo reduccionista (que prevaleció sobre la alternativa del idealismo) ha dado paso a la era posmetafísica.
La cosa o el ente eran el objeto de nuestro conocimiento e incluso de nuestra voluntad. En la experiencia natural, el objeto individual se nos presenta como una cosa o cuerpo. El pensamiento lo deconstruye, reconociendo o enunciando cada uno de sus atributos, hasta que solo queda una unidad vacía o ente. Al dirigirse a un cuerpo, el pensamiento cosifica el mundo: una piedra, el sol y, finalmente, a sí mismo. Este es el marco del conocimiento que posibilitó la era de la metafísica, un largo y fructífero periodo que duró más de dos mil años. Pero, al ganar terreno el empirismo y el materialismo, se produjo una progresiva reducción del ente a sus elementos, hasta anularlo. Este proceso llegó incluso al cuestionamiento o negación del sujeto mismo.
La Crítica de la razón pura de Kant, además de sentar los fundamentos del idealismo alemán, desencadenó una reacción opuesta en diversos campos del conocimiento, iniciada por Nietzsche en la filosofía, continuada por Karl Popper en la epistemología y capitalizada por Heidegger en El ser y el tiempo.
Nietzsche considera al ser como una ficción vacía: «El que las cosas tienen una constitución en sí mismas es una hipótesis ociosa; presupone que la interpretación y la subjetividad no son esenciales, que una cosa liberada de todas las relaciones seguiría siendo una cosa». Para Heidegger, el pensamiento de Nietzsche representa «el momento histórico en el cual las posibilidades esenciales de la metafísica se han agotado» (Nietzsche, vol. IV).
Heidegger prescinde de categorías como sustancia o causalidad, y utiliza un lenguaje sintético y complejo que combina múltiples significados en un solo concepto, como el ser en el mundo o el ser para la muerte. La reducción eidética de Edmund Husserl (su maestro) despoja al fenómeno de todos los caracteres empíricos hasta llegar a la esencia. Esta metodología reduccionista también caracteriza al materialismo. Sin embargo, la progresiva desindividualización de la cosa tiende a la anulación misma del ente, llevando a reconocer la apariencia o los atributos observables como la única realidad.
El principio de demarcación de Popper establece que todo enunciado científico debe ser falsable, descartando toda concepción metafísica por no ser observable. No obstante, otros problemas científicos —como el origen del universo en la cosmología— tampoco son observables.
¿De dónde venimos y cuál era la situación anterior?
Del marco epistemológico y ontológico realista formalizado por las categorías aristotélicas —sustancia y accidentes— y continuado hasta Kant mediante su tabla de categorías. La doctrina trascendental pregunta: ¿cómo es posible la metafísica como ciencia? Y, aunque distingue el fenómeno del noúmeno, sigue reconociendo a este último.
¿Qué queremos decir con las implicaciones de la era posmetafísica?
Zaratustra anuncia el advenimiento del superhombre; esto implica necesariamente la desaparición del hombre. No hemos alcanzado a comprender el significado de este evento, entre otras razones, porque nunca imaginamos que pudiera ser factible. Sin embargo, actualmente tanto el transhumanismo y la ingeniería genética como la identidad psiconeural de la conciencia —la reducción de la mente a una actividad del cerebro— parecen anteceder esta mutación existencial. Mientras ya estamos viendo algunos efectos disruptivos de esta transformación, la idea del superhombre permanece indeterminada.
Esta situación es similar al surgimiento de la teoría heliocéntrica: cuando la Tierra dejó de ser el centro del universo, se abandonó el marco teórico que explicaba fenómenos como la gravedad, que, según Aristóteles, se debía a que todas las cosas tienden hacia su lugar natural, el centro de la Tierra.
Para Michel Houellebecq, el ascenso del materialismo precipitó la desaparición de la metafísica. En Las partículas elementales sostiene:
«La mutación metafísica que originó el materialismo y la ciencia moderna tuvo dos grandes consecuencias: el racionalismo y el individualismo».
Houellebecq trata el yo desde una perspectiva existencial más que metafísica: no ve al sujeto como un ente, sino como una actitud, el individualismo, fuente del sentimiento del yo y de la libertad.
Conforme el empirismo fue ganando terreno en la investigación científica, la metodología de las ciencias naturales comenzó a adoptarse en las ciencias del espíritu; se fue constituyendo un monismo metodológico que niega la percepción directa e íntima de un mundo subjetivo. El rechazo de un lenguaje y de una metodología específicos para los fenómenos subjetivos descarta el autoconocimiento o el acceso directo a nuestros estados mentales.
Los métodos cuantitativos han adquirido un papel central en la investigación, a pesar de que las matemáticas no son objetivas, ya que no se ocupan del mundo real, pues tratan con entes ideales.
La relación actual entre la ciencia y la epistemología presenta varios desfases. Las variantes duras de la identidad psiconeural de la mente se inscriben dentro del pensamiento reduccionista, mientras que postulados de la física cuántica, como el entrelazamiento cuántico, pertenecen al pensamiento complejo. Para la física, el ser no es más que los atributos observables —momento, posición, velocidad, masa, energía, etc.—, en contraste con el reduccionismo, que identifica al ente con uno de sus elementos, a pesar de que continuamente se encuentran componentes más simples, como ocurre en la física de partículas.
La dualidad partícula–onda —que afirma que la luz presenta propiedades tanto de partícula (local y con masa) como de onda (comportamiento periódico extendido en el espacio)— es fácilmente manejable en el marco postmetafísico, pero si se trata de explicarla desde un sistema de categorías se infringe el principio lógico de no contradicción.
El marco postmetafísico relaja los supuestos básicos de la ontología, como la individualidad y la identidad del objeto, permitiendo manejar una serie de atributos emergentes, como la dualidad partícula–onda. También prescinde del concepto fuerte de causalidad y del determinismo, admitiendo tanto la interacción a distancia entre partículas con estados entrelazados como el principio de indeterminación. Sin embargo, presenta importantes problemas éticos y político-sociales. ¿Cuál podría ser el fundamento de la responsabilidad personal si no hay un agente libre o causal? ¿Podemos juzgar sus acciones?
Podemos suponer que la etapa postmetafísica también será desplazada por algún otro paradigma en el futuro, pudiendo llevar la solución de Nietzsche a sus últimas consecuencias:
«El mundo-verdad ha quedado abolido, ¿qué mundo nos queda? ¿El mundo de las apariencias? ¡Pero no; con el mundo-verdad hemos abolido el mundo de las apariencias!».
Los nuevos instrumentos de observación ya no requieren de la percepción sensible: el detector de neutrinos Super-Kamiokande permite estudiar partículas inaccesibles a nuestros sentidos, como los neutrinos, que no interactúan con la materia porque tienen una masa casi nula y no poseen carga eléctrica. Va surgiendo un conocimiento omnimodal, con elementos diversos —instrumentos de observación digitales, técnicas estadísticas o aprendizaje de máquina para modelar los procesos estocásticos de un mundo no regido por reglas determinísticas—. Esto requiere del pensamiento complejo, en lugar del reduccionista, para describir la relación entre sistemas abiertos por medio de la interpretación multidisciplinaria de las observaciones.
Está pendiente desarrollar un marco metodológico multidisciplinario y una semántica adecuados para la práctica científica, que hoy se encuentra considerablemente especializada. Todavía persiste el desacuerdo sobre si la función de onda es algo real o sólo un instrumento para determinar la posición de un electrón.
Quizá la diferencia fundamental radique en la naturaleza de la operación cognitiva: mientras que para la metafísica el conocimiento parte de la aprehensión del objeto en sí, sin alterarlo, para la física cuántica consiste en un resultado posible de un experimento. Un sistema cuántico no existe en un estado definido hasta que se le mide; un ejemplo paradigmático es el gato de Schrödinger.
En términos ontológicos, la diferencia está en considerar el ser en sí o el ser en cuanto totalidad. Esta interdependencia de las cosas entre sí se ejemplifica en la estabilidad cuántica del átomo, que resulta tanto de la atracción del núcleo como de la repulsión entre los electrones. EP
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