
En medio de la violencia, el dolor y el desaliento colectivo, este ensayo propone recuperar la compasión —no como sentimentalismo, sino como acción— para volver a mirar al otro y reconstruir nuestro vínculo con México.
En medio de la violencia, el dolor y el desaliento colectivo, este ensayo propone recuperar la compasión —no como sentimentalismo, sino como acción— para volver a mirar al otro y reconstruir nuestro vínculo con México.
Texto de Luis Vergara Anderson 02/12/25

En medio de la violencia, el dolor y el desaliento colectivo, este ensayo propone recuperar la compasión —no como sentimentalismo, sino como acción— para volver a mirar al otro y reconstruir nuestro vínculo con México.
Haciendo uso de una expresión coloquial, puede decirse que la empatía es “ponerse en los zapatos del otro”; esto es, ver las cosas como las ve el otro y saber qué está sintiendo. La empatía es, pues, comprensión del estado cognitivo y anímico del otro. Según Carl Rogers, padre de la corriente terapéutica centrada en el cliente, la empatía es una de las tres actitudes que constituyen condiciones fundamentales para propiciar la autocomprensión y la autovaloración del interlocutor. (Las otras dos son la autenticidad y la aceptación incondicionada de la persona, no necesariamente de sus ideas o de sus acciones). La empatía no implica vivenciar la experiencia del otro, sino únicamente comprenderla.
La compasión —compassio, cum-patior, “sufrir con”— supone empatía, pero, a diferencia de esta, implica experimentar el sufrimiento del otro. Su ámbito es así más estrecho que el de la empatía —el sufrimiento—, pero constituye un involucramiento existencial ausente en aquella. En efecto, la compasión mueve a quien la experimenta a aliviar el sufrimiento del otro, no solo a comprenderlo.
Con independencia de cualquier creencia, encontramos en una de las más hermosas y conmovedoras páginas de los evangelios una ilustración espléndida de lo que es la compasión: la curación de un leproso por parte de Jesús. El episodio aparece narrado en los tres evangelios sinópticos (Mc 1, 40-45; Mt 8, 1-4; Lc 5, 12-16). Reproduzco lo correspondiente en el de Marcos, el más antiguo, quien, por cierto, lo coloca en el primer capítulo:
Se le acerca un leproso suplicándole y, puesto de rodillas, le dice: «Si quieres, puedes limpiarme.». Compadecido de él, extendió su mano, le tocó y le dijo: «Quiero; queda limpio.». Y al instante, le desapareció la lepra y quedó limpio. Le despidió al instante prohibiéndole severamente: «Mira, no digas nada a nadie, sino vete, muéstrate al sacerdote y haz por tu purificación la ofrenda que prescribió Moisés para que les sirva de testimonio.». Pero él, así que se fue, se puso a pregonar con entusiasmo y a divulgar la noticia, de modo que ya no podía Jesús presentarse en público en ninguna ciudad, sino que se quedaba a las afueras, en lugares solitarios. Y acudían a él de todas partes.
En la versión de Lucas se especifica que el leproso se encontraba “lleno de lepra”. La cabal comprensión del episodio exige conocer las disposiciones relativas a la lepra establecidas en el Levítico —dos capítulos enteros—, vigentes en tiempos de Jesús. Entre ellas destacan las siguientes: a) el leproso debía vivir fuera del campamento, es decir, fuera de aldeas y poblaciones; b) tenía que vestir con ropa rasgada, dejar el cabello desordenado y andar embozado; y c) al acercarse a otros, debía gritar: “¡Impuro, impuro!”. Se entenderá que el leproso era, en aquella sociedad, el ser más marginado y miserable imaginable. Por lo demás, la lepra —lo que entonces se tenía por tal, que no corresponde a lo que hoy se nombra así— era comúnmente considerada como un castigo por pecados cometidos, por lo que el leproso era también despreciado como pecador.
La compasión que Jesús experimenta lo lleva a transgredir las normas y a tocar al leproso, con lo que contrae la impureza ritual (razón por la que después “no podía Jesús presentarse en público en ninguna ciudad, sino que se quedaba a las afueras, en lugares solitarios”). La compasión lo llevó, a un tiempo, a elevar la condición del leproso a la suya propia y a asumir él mismo la condición de impuro.
En una entrega anterior exponíamos cómo el amor (ágape) es identificación con el amado: amo a otro cuando lo que es bueno para él sea, por eso mismo, bueno para mí, y cuando lo que es malo para él sea, por eso mismo, malo para mí. Allí mismo apuntamos que el amor no necesariamente es un sentimiento espontáneo, sino que puede ser una decisión; de otra manera, no podría ser objeto de un mandato: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón…”, “Ama a tu prójimo como a ti mismo”, “Amen a sus enemigos”. Se comprenderá que la compasión tiene la calidad de amor. Es muy significativo que todas las grandes religiones, pese a la profusión de diferencias entre ellas, exalten la compasión como una práctica éticamente fundamental.
Es dable extender el concepto de compasión de manera tal que el sufrir con se generalice a sentir con: sentir alegría con los alegres, tristeza con los tristes, indignación con los indignados… (Así el dicho: “Las penas compartidas se reducen a la mitad y las alegrías compartidas se vuelven el doble”). Aquí, sin embargo, considero el concepto en su acepción estrecha: sufrir con.
Una vez más me veo forzado a diferir, al menos en parte, de las definiciones proporcionadas por la RAE. Me atrevo, con humildad y con el mayor respeto hacia esa bendita institución, a decir que la distinción entre las definiciones de empatía y de compasión que ofrece no es del todo clara. Veamos: para “empatía” proporciona dos acepciones —“sentimiento de identificación con algo o alguien” y “capacidad de identificarse con alguien y compartir sus sentimientos”—, mientras que “compasión” es definida como “sentimiento de pena, de ternura y de identificación ante los males de alguien”.
El problema, a mi juicio, es hacer de la identificación un elemento central también en las definiciones de empatía. Podrá decirse, por supuesto, que cuando se menciona la identificación en las definiciones de empatía se emplea el término en un sentido distinto al que tiene en la definición de compasión, pero no hay ningún indicio de que así sea. (También podrá decirse que en español las palabras significan lo que la RAE dice que significan, pero esto no sería correcto: la RAE no construye los significados, los recoge).
Debe evitarse confundir la compasión con el sentimentalismo. En Los hermanos Karamazov, de Dostoievski —una cima de la literatura universal—, se nos presenta a Fiódor Pavlovich Karamazov, el padre de los hermanos, un hombre ruin en todos los aspectos, aunque capaz de conmoverse, mas no de compadecerse. De él dice el autor: “Era un sentimental. Era malvado y sentimental”.
Como suele ocurrir en la práctica de las virtudes, el primero beneficiado por la compasión es el propio compasivo. La identificación con el otro que sufre hace que quien compadece experimente el hecho de ser parte de algo más grande que uno mismo. Más aún: la compasión bien puede ser la puerta por la que pasemos a vivir en el mundo en el que queremos vivir. En efecto, la compasión restablece nuestra armonía con el mundo y nos hace ser lo que deseamos ser en él. El mundo no cambiará por ello; nuestro mundo, aquel que habitamos, sí.
El personaje más notable de la literatura en lengua española —emblemático para siempre del hombre compasivo—, don Quijote de la Mancha, vivió desempeñando el oficio que él mismo eligió: “…y es mi oficio y ejercicio andar por el mundo enderezando tuertos [torceduras] y desfaciendo agravios” (y no “desfaciendo entuertos”, como comúnmente se cree que dice la novela). Objetivamente no cambió el mundo, no enderezó lo torcido ni deshizo los agravios; había perdido la razón. Y, sin embargo, su “triste figura” —como dijera Sancho Panza— encarna de manera reconocida el mejor ideal ético. Ser tenido por un quijote no es un insulto, sino un gran halago.
¿Qué puede decirse en torno a la compasión frente a los graves problemas que aquejan a este país? El otro, destinatario de la compasión, no necesariamente ha de ser un individuo: también puede ser un grupo. Nunca un grupo abstracto —los pobres, las víctimas, los enfermos, los presos…—, sino uno concreto: tales pobres, tales víctimas, tales enfermos, tales presos; grupos formados por individuos de carne y hueso, con nombres y apellidos.
“Me duele España” —y también: “Me duele tanto España”— escribía hace poco más de cien años Miguel de Unamuno en una carta a un amigo en Argentina. A nosotros ahora nos duele México, nos duele mucho, y nos ha venido doliendo desde hace bastante tiempo. (Basta traer a cuenta al crimen organizado, la violencia generalizada, las decenas de miles de asesinados cada año y los incontables desaparecidos para sentir ese dolor.) Y está bien que nos duela; de no ser así, no seríamos ni cabalmente mexicanos ni seres sensibles.
Sin embargo, hay que evitar el cortocircuito de la autocompasión —la autoconmiseración—, porque conduce al desánimo, a la resignación y a la inacción. El haz de luz proyectado por el fanal de la compasión debe iluminar el sufrimiento del otro, no el propio. De hecho, la acción emprendida como expresión de la compasión es el mejor antídoto contra el desánimo y la resignación: permite sentir —y vivir— que no todo está perdido, que hay cosas por hacer, que una realidad distinta es posible.