Líneas perdurables | ¿En perseguirme, mundo, qué interesas?

En estas Líneas perdurables, Jaime Septién ilumina la defensa poética de sor Juana, donde razón y belleza se enfrentan a un mundo que no perdona el genio femenino.

Texto de 03/10/25

En estas Líneas perdurables, Jaime Septién ilumina la defensa poética de sor Juana, donde razón y belleza se enfrentan a un mundo que no perdona el genio femenino.

Muy pocos autores, novohispanos o de cualquier otra época, han sido tan escudriñados, interpretados, malinterpretados o utilizados torpemente para fines ajenos a la poesía, el teatro o la vida religiosa como sor Juana Inés de la Cruz.

Ante quienes “saben bien” que sor Juana entró al convento de las jerónimas de Santa Paula (bajo la regla de San Agustín) “por conveniencia”, por estar absolutamente negada al matrimonio o por una decepción amorosa, la biografía de la poeta —y no poetisa, como solía precisar el padre Méndez Plancarte al referirse a otra mujer, Concha Urquiza— se encarga de desmentir tales conjeturas: nadie pasa tres meses y enferma en un convento carmelita para reincidir, apenas cuatro meses después (en 1668), y permanecer enclaustrada durante 27 años y tres semanas hasta el día de su muerte (la Domenica del Buen Pastor, 17 de abril de 1695).

Asimismo, frente a la turbamulta que sostiene que sor Juana fue silenciada por el obispo de Puebla, se impone la biografía del padre Calleja, su primer biógrafo, quien afirma que los dos últimos años de su vida fueron “la hora más bella” de Juana Inés: cuando “enfermó de caritativa” y, atendiendo de día y de noche a sus hermanas apestadas, alcanzó aquello que había firmado con sangre (literalmente): “Dios me haga santa”.

Por ello, consciente de que el mundo no tolera la pureza de intenciones ni la posibilidad de buscar un destino superior a la fama literaria, escribió la primera estrofa de un soneto de descargo frente a tanta infamia —presente y, por qué no decirlo, también futura—:

¿En perseguirme, mundo, qué interesas?
¿En qué te ofendo, cuando sólo intento
poner bellezas en mi entendimiento
y no mi entendimiento en las bellezas?

¿Sabía sor Juana la multitud de tergiversaciones que se le vendría encima al morir, o sólo respondía a las que ya se mostraban en aquellos años del siglo XVII, cuando ser mujer, monja y genio resultaba algo más que sospechoso?

Las dos preguntas son de una precisión demoledora: ¿qué te interesa a ti, mundo secular, la búsqueda profunda de la enamorada de Dios por el esplendor de la verdad? ¿A quién ofende, infame turba, el extraer la belleza de la Creación para alimentar y expandir el entendimiento, en lugar de erigirse por encima de ella e inflar el ego?

Una vez despejado este primer escollo, llega el segundo cuarteto, en el que la capacidad de respuesta de “aquella fénix más rara” se rebela ante la estupidez de su entorno (y de todos los entornos que consideran que lo que hace al hombre humano es la autoexplotación productiva o el vasallaje de otros hombres):

Yo no estimo tesoros ni riquezas,
y así, siempre me causa más contento
poner riquezas en mi entendimiento
que no mi entendimiento en las riquezas.

Tengo para mí que en este par de cuartetos se condensa el genio de Juana Inés: el genio de quien ha comprendido que existir es mucho más que un juego de paciencia. Y que, si hay algo vital en la razón, es precisamente aquello que salvará al mundo: la belleza. EP

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