Líneas perdurables | Luz en la noche oscura

En estas Líneas perdurables, Jaime Septién evoca a San Juan de la Cruz en su poesía, donde sombra y silencio conducen al misterio de la unión con Dios.

Texto de 22/08/25

En estas Líneas perdurables, Jaime Septién evoca a San Juan de la Cruz en su poesía, donde sombra y silencio conducen al misterio de la unión con Dios.

Juan de Yepes y Álvarez nació en Fontiveros, provincia de Ávila, en 1542. Hombre de baja estatura, alcanzó con su obra las más recónditas estructuras del alma humana. Dos sucesos —1564 y 1568— marcaron su vida religiosa y su pasión poética: profesar en la Orden del Carmelo y encontrarse con su gran reformadora, Teresa de Cepeda y Ahumada.

Pocos encuentros en la historia alcanzan la intensidad del que se dio entre Juan de la Cruz y Teresa de Ávila: momento culminante de la poesía mística, con Teresa orientada hacia los abismos del cielo y Juan hacia los abismos del alma.

Ambos, sin embargo, no estuvieron exentos de disputas terrenales, en particular las que enfrentaron a carmelitas calzados y descalzos. Teresa sufrió maledicencias, mientras que Juan fue recluido por los calzados en una celda oscura de Toledo durante nueve meses, sin que nadie supiera con certeza dónde ni cómo se encontraba.

Su ánimo no se turbó. Basta recorrer los títulos de sus obras para advertir por dónde transitaba el de Fontiveros: Obras espirituales que encomian a un alma a la perfecta unión con Dios mediante la Subida al Monte Carmelo, en el medio de La noche oscura del alma, inundada enteramente por una Llama de amor viva.

Entre confesiones, ayunos, meditaciones y descalabros, elaboró una Declaración de las canciones que tratan de amor entre el Alma y su Esposo, y puso en circulación en el tablero del siglo XVI una serie de Avisos y sentencias espirituales. Escribió además diez romances en verso tradicional y un reducido —pero decisivo— número de Cartas espirituales dirigidas a monjas e hijas de confesión. Todo ello salió a la luz después de su muerte, porque —como ironizaba una edición del siglo XVII— “una vez muerto ya no pudo escribir más…”.

Son justamente célebres las que Juan de la Cruz llamó “Canciones del alma que se goza de haber llegado al alto estado de perfección, que es la unión con Dios, por el camino de la negación espiritual”. La principal, la emblemática, comienza así:

En una noche oscura,
Con ansias de amores inflamada,
¡Oh dichosa ventura!,
Salí sin ser notada,
Estando ya mi casa sosegada.

Es el alma que, como amante furtiva, necesita de la oscuridad —la vía negativa— para correr sin freno hacia el Amado. No hay luz sin sombra espesa. No hay fuego sino en medio de la noche ciega y fría, que cae con mansedumbre sobre quien sale al encuentro del Otro.

Calma, silencio, raudal de elevación hacia la cima del Carmelo. Desde ahí, desde la densidad de la nada, se experimenta el dolor amoroso del discurso mudo:

¡Oh noche, que guiaste,
Oh noche amable más que la alborada;
Oh noche, que juntaste
Amado con amada,
Amada en el Amado transformado!

San Juan de la Cruz murió en Úbeda (Jaén) en 1591. Michel de Certeau escribió que “la mística es una guerra de cien años sobre la frontera de las palabras”: un lenguaje que se habla a sí mismo para, algún día, poder hablar con Dios. EP

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