
En estas Líneas perdurables, Jaime Septién recupera la figura indómita de fray Luis de León, cuya poesía y pensamiento resisten al olvido y nos recuerdan que la verdad, incluso entre barrotes, puede ser luminosa.
En estas Líneas perdurables, Jaime Septién recupera la figura indómita de fray Luis de León, cuya poesía y pensamiento resisten al olvido y nos recuerdan que la verdad, incluso entre barrotes, puede ser luminosa.
Texto de Jaime Septién 08/08/25

En estas Líneas perdurables, Jaime Septién recupera la figura indómita de fray Luis de León, cuya poesía y pensamiento resisten al olvido y nos recuerdan que la verdad, incluso entre barrotes, puede ser luminosa.
Haber nacido en Belmonte del Tajo (1527) y morir en Madrigal de las Altas Torres (1591); ser linajudo y manchego, alumno brillantísimo en Salamanca, hijo de la Orden de San Agustín, en la que a los 23 años obtuvo la Cátedra de Santo Tomás; traducir el Cantar de los Cantares, el himno más bello que se haya escrito jamás sobre el amor sin etiquetas: todo ello hizo de fray Luis de León una figura conocida, víctima de la maledicencia. A él lo hizo añorar el retiro y la soledad, sobre todo después de pasar cinco años en la cárcel del Santo Oficio de Valladolid, víctima de la maquinación de envidiosos enemigos —frailes dominicos, entre otros— coludidos con el Tribunal de la Inquisición.
Las acusaciones que tuvo que enfrentar fray Luis fueron, al menos, tres: haber “infringido la prohibición canónica de que se leyeran las Sagradas Escrituras en lengua vulgar” (por su traducción del Cantar); ser judaizante; y, asombrosamente, estar inclinado al bando de Lutero (por ser agustino).
Al volver a su cátedra en Salamanca —la Cátedra de Durando, que había dejado para defenderse de la Inquisición (con mal resultado)—, pronunció aquella célebre sentencia ante sus alumnos, que lo recibieron con júbilo desbordado: “Decíamos ayer…”. Para una mente y un corazón del calibre de fray Luis, el tiempo vivido no es una simple sucesión de instantes, sino la integración del saber en la memoria del corazón. Y, llegado el momento —que nunca le llegó—, ir a esconderse y meditar a lomos de gigantes:
¡Que descansada vida
La del que huye el mundanal ruido
Y sigue la escondida
Senda por donde han ido
Los pocos sabios que en el mundo han sido!
Maestro de generaciones —la poeta mexicana Concha Urquiza, una de sus más egregias seguidoras, lo llamaba coloquialmente “el maistro Luis”—, ha sembrado, a lo largo de los últimos cuatro siglos y medio, el anhelo de irse por ahí, al lugar donde se suspende el juicio: en las entrañas de la Creación.
Un no rompido sueño,
Un día puro, alegre, libre quiero;
No quiero ver el ceño
Vanamente severo
De quien la sangre ensalza o el dinero.
José Jiménez Lozano termina con estas palabras el retrato de fray Luis (Vidas Literarias, Omega, 2001): “El querido maestro Luis sigue dando esa lección magnífica. Y en su obra y en su vida, tan ajetreada y dura ésta que le tornó a él tan melancólico y al mismo tiempo tan rebelde contra las tiranías, la estupidez y las mentiras, nos ha dejado el rastro y el viático de una paz que él jamás tuvo; y un aupamiento al coraje de vivir igualmente. Esto es, para ayudarnos a hacer rebrotar en nuestra propia vida, del mismo hierro con el que son taladas, muchas, o todas, de nuestras mejores esperanzas. Ab ipso ferro.”
Luego hay quien dice que la poesía no sirve para nada, que hay que expulsar a los poetas de cualquier reino (de cualquier alma) que se precie de ser técnicamente eficaz y victoriosamente inhumana. Fray Luis “le ganó” a quienes fruncen el ceño, ensalzan la raza y rinden tributo al “poderoso caballero”. EP