Breve defensa de la Literatura

Jesús Ramón Ibarra, poeta, promotor literario y funcionario cultural, hace un alegato a la Literatura, el arte por excelencia donde los escritores y los lectores “estamos en permanente cuarentena”, y su siempre necesaria difusión.

Texto de 12/04/21

Jesús Ramón Ibarra, poeta, promotor literario y funcionario cultural, hace un alegato a la Literatura, el arte por excelencia donde los escritores y los lectores “estamos en permanente cuarentena”, y su siempre necesaria difusión.

Hace poco más de un año, la declaratoria inaugural de la pandemia, a todo el mundo (y no es metáfora) nos ofreció, a manera de revelación casi mística, nuevos paisajes de una realidad que había permanecido enterrada en lo doméstico: el vértigo de lo cotidiano y la mirada adscrita a lo periférico y nimio o la dimensión real del entorno, ese espacio físico o abstracto que, para quienes vivimos con cierta prisa, representa un escenario alterno donde depositamos los saldos de nuestras pasiones inmediatas.

Descubrimos, pues, los defectos en el encalado de los muros, la pequeñez de la casa, la resonancia de las conversaciones cruzadas en algún punto de la cocina, la necesidad de amplitud en los libreros para establecer un nuevo orden a la luz de un encierro con posibilidades de perpetuarse. 

Reparamos, también, que la casa representa una fuerza o un peso indistinguible balanceándose sobre nuestra cuerda emocional. La casa como un cuerpo que va gestándose entre la neurastenia, la psicosis, la desinformación, la estadística inapelable, la hipocondría y el pasmo. 

¿Cómo libramos este escollo terrible que, a diario, nos ha ido ofreciendo la bitácora de un mundo bogando en la histeria compungida, la desolación, la muerte y muy pocos visos de esperanza? Para miles de personas la única respuesta fue asumir el riesgo y salir, todos los días, a buscar su manutención, al margen de un sistema cuya burocracia, combinada con la perversión del virus, los ha marginado. 

Para los jóvenes fue necesario asumir que su conexión nocturna en las redes sociales tenía que adaptarse al nuevo formato educativo, y tomaron la gran vía de lo virtual como el parque público donde podían distenderse en su desidia, indolencia o sana curiosidad. 

Quienes nos dedicamos a la literatura o a la promoción literaria, en cambio, el encierro no fue sino darle formalidad a ese espacio físico y mental que privilegia la contención, la concentración, la disciplina y el asombro como un gran bloque contra el  despliegue de una rutina asfixiante. Existe la conciencia de que el poeta, el narrador o los lectores que vivimos de y para los libros estamos en permanente cuarentena. Nuestra pandemia es la realidad y el domesticado vértigo de la vida en familia. 

La cuarentena, por eso, nos llevó a la necesidad de adaptar programas al ánimo caprichoso de la red y la voluntad de sus usuarios. 

La literatura, en muchos sentidos, fue la gran protagonista de esta cruzada de la promoción cultural fuera de los foros públicos o presenciales. Es decir, no descubrimos nada nuevo. La literatura, esa gran obra coral que se explaya a plenitud gracias a la participación de lectores cómplices a través de lo experiencial, la lírica, lo ficcional, lo real o lo fantástico, sacó la cara por todos. 

Durante el 2020, en México se habló más de Nuestra parte de noche, de la extraordinaria narradora argentina Mariana Enríquez, grandísima novela donde conviven lo popular y místico con el horror de una dictadura argentina, creando un escenario gótico tan fascinante como perverso, que de alguna obra musical o teatral o visual (descontando, claro, las noticias que suele suscitar Banksy desde su permanente clandestinidad artística o los múltiples estrenos, tanto de series como de películas, que generaron los streamings). Lo mismo podría decir de El infinito en un junco, de Irene Vallejo, ese portento de historia de la cultura escrita a partir de la reflexión que se abre desde la intimidad de la lectura, o de Desierto Sonoro, de Valeria Luiselli, cuya resonancia alcanzó el corazón de la pandemia, o de lo que hoy en día sucede con Paradais, novela breve de la genial Fernanda Melchor, donde imbrica de manera brillante una historia de violencia generada desde la discriminación, a través de un discurso cuya oralidad nos puede recordar lo mismo un flow hiphopero que un relato de cantina. 

Normalmente no es así. Antes de la pandemia, la literatura solía pasar a un segundo o tercer plano en la agenda institucional, frente a grandes colosos presupuestales como lo son la ópera, las temporadas de orquestas sinfónicas, las bienales o salones de plástica o la manutención de festivales que, reconozcamos, le dan lustre y vistosidad a cualquier secretaría de cultura. Los resultados o números o logros en la literatura son apenas los remanentes de una religión secreta que busca adeptos dentro de una comunidad que se mueve a un ritmo interior irremplazable. 

“Existe la conciencia de que el poeta, el narrador o los lectores que vivimos de y para los libros estamos en permanente cuarentena. Nuestra pandemia es la realidad y el domesticado vértigo de la vida en familia.”

Entre los trabajadores administrativos de la cultura, supongo, los escritores somos esos seres que realizan un trabajo oscuro, mísero e irreal; parias que generan sólo dentro de nosotros mismos un mundo intraducibles en costos, estímulos fiscales, partidas presupuestales o impactos estimados, incapaces de convocar a ese gran público de los conciertos masivos que reditúan visibilidad institucional y vindicación política. De esos programas, pues, vivimos los más pequeños, de naturaleza humana y una esencia imposible de dimensionar en un memorándum. Siempre habrá, en esos cubículos olorosos a perfume y papeles rancios, quien se pregunte entre la curiosidad y la sorna sincera: ¿Por qué darle dinero a una disciplina cuyos resultados son invisibles?

Hace ya algunos años, como parte de la dirección de literatura del Instituto Sinaloense de Cultura (ISIC) entonces a cargo del gran Elmer Mendoza, fui llamado a la oficina de quien era, en ese entonces, la directora administrativa. Su tono cortante inicial me puso en alerta. Me pedía cuentas. Le parecía poco participativo mi trabajo como coordinador de un taller de poesía. “El gobernador quiere logros”, me dijo. Comencé a nombrar poetas, a sustentar una “frágil” numeralia que incluía premios nacionales de algunos talleristas, títulos de libros, la idea razonable de que la sinaloense era una poesía fortalecida desde sus cimientos, a la luz de voces periféricas (como las de Mario Bojórquez, Mijail Lamas o César Cañedo) que sostenían con esplendor esa “sinaloidad” contra viento y marea. “No, el gobernador quiere logros”, insistió. Sobra decir que su deseo era correrme y buscaba, en su mentalidad burocrática, que sus argumentos coincidieran con los argumentos —acaso incorruptibles— del  ejercicio literario. Recordé el célebre interrogatorio a Joseph Brodsky, todavía en la Unión Soviética, cuando un juez terminó por considerar parasitaria su labor como traductor de poesía en lengua inglesa.

Cuando obtuve el Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes, en el 2015, esta misma funcionaria comenzó una carrera de congratulación con mis logros. Es decir, un éxito enteramente personal formaba parte de los galones de la institución, pues, y me convertía, de pronto, en un creador y un trabajador de la cultura visible. 

“El apoyo al desarrollo de la literatura tiene que partir de una política que entienda la memoria (sí, ese gran mecanismo de reconstrucción íntima) como el centro de un ejercicio de reconocimiento comunitario.”

El caso Sinaloa

La literatura sinaloense es la gran protagonista de la cultura regional en su diálogo con el centro. Si antes sólo recurríamos a los nombres de Gilberto Owen, Enrique González Rojo, Ramón Rubín, Inés Arredondo, Dámaso Murúa, Óscar Liera o Jaime Labastida como los miembros célebres de un catálogo cuya obra ancla en la tradición, en algunos casos desde la noción de lo regional, fue a partir de la publicación de La novela inconclusa de Bernardino Casablanca (1995), de César López Cuadras, primero, y la de Un asesino solitario (1999), de Elmer Mendoza, posteriormente, cuando la literatura sinaloense comenzó a participar plenamente del concierto nacional, ampliando sus rangos hasta un desarrollo y un reconocimiento visible en diversos géneros. Al día de hoy, es difícil regatear los méritos de Elmer como uno de los más sólidos contadores de historias del país, desde una arquitectura narrativa que pasa por el paisaje local como escenario donde transitan el crimen organizado, sus personajes y su oralidad distintiva. Elmer ha servido, también, como cabeza de una corriente literaria que ha hecho del Norte una geografía física, espiritual y lingüística tan sólida como flexible en sus registros. Como complemento a las obras de Élmer y César han surgido narradores como Juan José Rodríguez, Alfonso Orejel, Geney Beltrán, Miguel Tapia, Eduardo Ruiz, Mario Hinojos, Ernestina Yépiz, Álvaro Sandoval, Mariel Iribe, Aleyda Rojo, Patricia Carrillo, Dina Grijalva, Rosy Palau, Viridiana Carrillo, Sergio Ceyca, Muamar Kadafy o Isaac López, sólo por mencionar algunos. 

Por el lado de la dramaturgia, Óscar Liera dejó no sólo una obra construida por una consciencia de la provincia como espacio mítico (la trascendencia de sus historias locales en el imaginario colectivo, el peso de lo mágico en la lectura de lo tradicional), sino la idea de una estructura institucional en la que el teatro de la región pueda gestionar sus recursos, organizarse,  solventar sus obras y espacios escénicos. Sin embargo, han sido pocos los que han logrado asimilar su herencia como dramaturgo. Es decir, asumir el teatro como literatura. En este sentido sobresalen los casos de Teresa Díaz del Guante y Lizeth Norzagaray como las responsables de una dramaturgia que hurga en la realidad local, en la violencia que la convulsiona y en una sociedad plagada de mártires. Si Liera extrapolaba la mitología del pasado para adaptarla al presente, Teresa y Lizeth exploran el presente y extraen huesos. Igualmente hay que señalar la obra de Glafira Rocha (también narradora), Alberto Solián y Héctor Monge.

La poesía no ha quedado atrás del feliz privilegio de la narrativa sinaloense. Desde sólidas voces emisarias (Rafael Torres Sánchez, Miguel Ángel Hernández Rubio +, Alfredo E. Quintero, Cosme Álvarez, Julio César Félix, Luis A. Gastélum, María Casitas o César Cañedo) pasando por autores que emigraron luego de construir una vocación (Mario Bojórquez o Mijail Lamas), hasta anclar en la vecindad de poetas que han trazado, desde lo regional, un paisaje interior de diversas tesituras (Ana Belén López, Rossy Palau, Ernestina Yépiz, Ricardo Baldor, Moisés Vega, Fernando Alarriba, Felipe Mendoza, Cecilia Pablos, Francisco Meza, René Higuera, Lourdes Sánchez. Francisco Alcaraz, Óscar Paúl Castro, Rubén Rivera, Javier Velázquez, León Cartagena, Ricardo Baldor o Jobyoán Villarreal) la poesía que se suscita en Sinaloa ha sabido mantenerse entre la vocación experimental, la inflexión intimista y la lírica sin implicaciones melifluas. No en balde son doce los poetas sinaloenses que aparecen en la Antología General de la Poesía Mexicana, de Juan Domingo Argüelles, y desde el 2007 hasta hoy, cinco poetas sinaloenses han obtenido el Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes. Es decir, se ha mantenido esta distensión entre lo tradicional, lo experimental y lo clásico, consolidando un diálogo permanente con otros discursos.  

Cabe destacar la labor de instituciones como la Universidad Autónoma de Sinaloa, a través de un programa editorial (coordinado por la maestra Elizabeth Moreno) no sólo profuso sino de vital resonancia por su calidad y alcance.Esto, sin embargo, no se ha detenido ahí. El apoyo al desarrollo de la literatura tiene que partir de una política que entienda la memoria (sí, ese gran mecanismo de reconstrucción íntima) como el centro de un ejercicio de reconocimiento comunitario. La memoria, sin duda, es el gran combustible con el que la literatura local va encontrando sus múltiples estaciones en el mapa nacional a través de sus diferentes conductos. La memoria hace a los pueblos desde la oralidad y va tramando, sobre el paisaje imbricado de costumbres, formas de convivencia, tradiciones y mitos, un complejo mosaico donde podemos distinguir la celebración de nuestro paso en el mundo, pero también los inevitables monstruos que nos persiguen. EP

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