Una habitación donde quepan todos tus chistes

Pizza y yoghurt es el blog de Alaíde Ventura en Este País y forma parte de los Blogs EP.

Texto de 24/02/20

Pizza y yoghurt es el blog de Alaíde Ventura en Este País y forma parte de los Blogs EP.

Dice Marilyn Hacker que escribir un soneto puede ser como mudarse a una habitación estrecha y descubrir, con alegría, que hay espacio suficiente para todos tus muebles.

Una noche le conté a Joseph aquella maravillosa analogía y él respondió: Or maybe you don’t have enough furniture. Me reí.

Cuando me di cuenta de que él no se estaba riendo conmigo, creí que su desconcierto era impostado. Pensé que exageraba la seriedad de su personaje para potenciar el efecto del chiste, igual que los comediantes británicos dicen algo hilarante sin que medie gesto alguno.

El desconcierto era real y terminamos disgustados.

A menudo pienso en esas pláticas y en cómo él me parecía un tipo gracioso precisamente porque no se esforzaba por serlo. Ahora creo que no era en absoluto su intención y que tal vez mis carcajadas lo hayan confundido. Tenía una risa tenue, casi nueva. Yo tiendo al escándalo. En mi ejercicio cotidiano de remover los recuerdos hasta moldearlos a conveniencia, hoy sospecho que a lo mejor comenzamos a pasar tanto tiempo en mi departamento porque lo incomodaba el carnaval de cotorras locas que era mi bulla en los bares.

O quizá simplemente le gustaba mi casa, donde cabían todos mis muebles.

*

Con frecuencia hablo con Benjamin sobre estas cosas, cada vez que una mala cita me recuerda por qué ya no quiero salir con gringos. No logro entender, le digo, cómo pueden ser tan aburridos, si son los reyes de la comedia.

Luego le cuento los pormenores de la noche, los chistes que dije o que intenté decir. Nuestra conclusión es siempre la misma: el humor es intraducible. El corolario que él no enuncia porque es muy educado: mi inglés es casi doloroso de tan atroz. Y una obviedad que tampoco verbalizamos porque no nos parece correcta: los reyes de la comedia no son los gringos, sino los judíos.

Benjamin es gringo y él sí me hace reír. Pero a) Nos comunicamos principalmente en español; b) No es gringo, es neoyorkino. Muy distinto, según sus propias palabras.

*

Llevo pocos meses soltera después de haber pasado veinte años saltando de pareja en pareja. Tengo un poco de tiempo libre y desde luego lo he dedicado a analizar mis fracasos sentimentales.

El mantra que guía este paseo por tierras ignotas y colonizadas es la sentencia de Celia Cruz sobre el perdón: recordar sin dolor. Ahí donde la memoria todavía punza, doy vuelta en U y retacho. Hay heridas que irradian su propia luz, según Anne Carson. En mi universo esa luz sería un semáforo en rojo.

Contrario a la intuición y a toda lógica, las escenas más incómodas son a menudo las más alegres. Aquellas que me recuerdan a la persona notable que he sido, que puedo llegar a ser. Esa suerte de nostalgia de mí misma, absurda y a un tiempo dolorosa, consigue paralizarme en segundos. Si pongo en duda mis decisiones, se tambalea el presente. El mundo que habito palidece ante la perspectiva de uno paralelo. Pienso en Sebald y en la sensación ominosa de haber cometido un error y estar ahora en una vida falsa.

Prefiero refocilarme en los recuerdos tristes, evidencias incontestables de mi desdicha, que visitar las ruinas de un pasado feliz. En ese sentido soy como un turista cicatero que gusta de recorrer países pobres donde su dinero vale oro. Ni de pedo elegiría un lugar que le restriegue en la cara su propia miseria.

Sin embargo, en los últimos días he estado pensando en los mecanismos del humor al interior de mis relaciones. En cómo el amor se termina cuando deja de haber risas y en la imposibilidad de revivir, después, aquella comedia privada. Lo más triste del adiós es que se mueren los chistes. A nadie le interesa que uno de mis novios hiciera voces con su panza, ni que otro bailara la macarena a ritmo de rap. Toda esa alharaca compartida, que tan felices nos hizo, está destinada a desaparecer.

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En Antropología nos enseñan que el sentido del humor está moldeado por la cultura. También dice Eva, mi terapeuta, que aprendemos a relacionarnos afectivamente igual que a bailar: imitando en lo posible y rellenando los vacíos. Yo no sé dónde habré aprendido a amar a través de la risa, pero estoy convencida de que es difícil no querer a una persona que te hace reír.

Mi exnovio me provocaba ataques de risa tan fuertes, que tenía que recostarme en el piso para enderezar mis costillas. En cuanto me veía recuperada, él proseguía con la broma, sus ojos chispeantes de adrenalina. Casi siempre surtía efecto. Ahí iba yo: de vuelta al piso del departamento, con lágrimas en la cara y el pelo enredado, inhalando hondo entre convulsiones. A veces pienso en esto cuando me asalta la pregunta maldita, esa que me sigue perturbando el sueño: ¿por qué me quedé tanto tiempo?

Para huir de la tristeza que me ocasiona dicha escena, me remito al complemento opuesto, signo de un amor desbalanceado: mi exnovio se reía poco. Aparece de pronto una respuesta aceptable: me quedé porque creí que podría lograrlo. Hacer de él un hombre feliz, como yo lo era. O como creía que lo era.

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En su especial de stand-up, la comediante Hannah Gadsby narra algunos episodios trágicos de su infancia. Poco a poco descorre el velo y va mostrándonos el arma secreta que la ayudó a flotar en el pantano: el humor. Luego alerta de los peligros de usar ese truco en demasía. Resulta que, en tu terquedad, puedes terminar apuntando la pistola hacia ti misma.

Ser chistosa te asegura un sitio en el mundo. Tu presencia se vuelve más deseable, tus defectos dejan de importar. A través de las bromas puedes encajar, que no es lo mismo que pertenecer. Dice Lorrie Moore, una de las pocas escritoras que me hacen reír en voz alta, que el humor es un mecanismo de supervivencia, la prueba máxima de resistencia ante las catástrofes.

En concordancia con el viejo adagio de que tragedia más tiempo es igual a comedia, yo también me he ido reapropiando de mis traumas. Intento aligerarlos, convivir con ellos a la manera gringa, tal y como me lo enseñó la televisión. Lo anterior funciona, además, como un termómetro: tal vez cuando sea capaz de hacer chistes sobre pedofilia, sabré que aquel episodio ha quedado cerrado.

Todavía no.

Me pregunto hasta qué punto el humor también diluye la rabia.

*

Seguido hablo con Benjamin sobre lo complicado que es hacer reír por medio de la literatura. Él ha hecho pruebas con sus cuentos. Yo no me atrevo, carezco de su seguridad de hombre blanco educado. Sylvia a cada rato me dice que deberíamos intentarlo. Asegura que es nuestra responsabilidad como escritoras, pues el humor implica una postura política y no meramente estética.

No lo sé.

A veces pienso que escribir con chispa se parece un poco a hacer stand-up: el que seas una persona graciosa no significa que puedas dedicarte al oficio de hacer reír. Mucho menos en un formato distinto al que estás acostumbrada. La comedia stand-up está más cercana al teatro que al chistorete, así como el humor en la literatura es más difícil de conseguir de lo que se cree.

Me resulta fácil provocar la risa con formatos mínimos, íntimos. Pequeñas dosis de serotonina: twitter, llamada telefónica, cara a cara, salón de clases o un bar donde se hable español. No podría sostener el artificio durante ciento cincuenta páginas. Sobre todo porque mi sentido del humor es, como he dicho, un mecanismo de defensa y poco más. El filtro a través del cual la realidad se mira un tanto menos horrible. Es alimento que comparto con mis amigas y también el adhesivo con el que me engancho a los hombres. No concibo la idea de conexión si no viene aparejada la risa. No sé relacionarme de otra manera.

*

El otro día, bien borrachos en casa de Carolina, le expliqué a Benjamin mi postura: que la risa es, como el orgasmo, una descarga que no puede durar más de unos segundos. En cambio, el llanto… ese puede durar toda la vida.

Benjamin, que es de temperamento melancólico igual que yo, estuvo de acuerdo. Horas y tequilas más tarde, intentó convencerme de trabajar junto a él para montar un espectáculo de stand-up: Everybody tells the gringo.

Podrías contar tus experiencias en citas con gringos, me dijo.

Y yo empecé:

Anoche salí con un importador de quesos. He salido con abogados y doctores, pero ¿un cabrón que vende quesos? Denme el anillo. No, es más, yo se los doy. Sin albur, digo ¿qué? Nuestra cita consistió en andar por toda la ciudad repartiendo quesos en casas de gringas viejas. El queso viene de Michoacán en paquetes blancos plastificados, así, como ladrillos… No, a ver, aguanten. EP


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