Un breve apunte sobre la muerte

Ayuujk es el blog de Yásnaya Aguilar Gil y forma parte de los Blogs EP

Texto de 20/07/20

Ayuujk es el blog de Yásnaya Aguilar Gil y forma parte de los Blogs EP

Antes de dormir, además de otras reflexiones nocturnas, frecuentemente mi abuela me pedía que dedicáramos un momento de nuestros pensamientos para acompañar en la lejanía a las personas que en esos instantes estaban perdiendo la vida en otros lugares del mundo. La muerte nunca fue un tema prohibido para nuestra comprensión infantil y, a diferencia de otros contextos culturales, nuestra presencia podía ser requerida en funerales y en momentos asociados a ese proceso que implica dejar de ser materia con conciencia de la propia existencia, de la existencia de otras personas y del mundo. Equipados con un impresionante, pero también limitado, equipo de sentidos, filtramos la realidad para conocerla en la medida en la que nuestros sentidos, nuestra mente, nuestra capacidad de abstracción e inferencia nos lo permiten. El mundo seguramente sería un lugar distinto y de otro modo interesante si pudiera verlo con los ojos de los pájaros que pueden percibir más colores de los que mi vista puede detectar y sería también interesante de modos distintos e igual de relevantes si no hubiera nacido con el sentido de la vista. En ambos casos la realidad sería enfatizada en diferentes aspectos. La muerte implica una suspensión total de la percepción y del pensamiento: la materia que habitó nuestra conciencia queda inhabitado. Con casi ocho años de edad, presencié la muerte de mi abuelo, algo impensable, supongo, en otros contextos; recuerdo haber sostenido entre mis manos una vela para acompañar ese proceso del que tenía muchas preguntas envueltas en una gran tristeza. A diferencia de lo que han contado de Goethe en sus últimos momentos, mi abuelo no pidió más luz, pero la luz de nuestras velas era un acompañamiento importante mientras la suya se iba apagando. No fue la única vez que estuve presente en un proceso similar. 

Cuando, muchos años más tarde, ya en otro contexto mencioné alguna idea relacionada con el hecho de haber presenciado y acompañado, a temprana edad, la muerte de personas, percibí que incomodaba a mi interlocutor. Pronto aprendí que no en todos los espacios podía abordar naturalmente estos temas y que, en otros contextos, parecía ser un gesto de mal gusto o me percibían como una persona interesada en temas desagradables. Así que dejé de hacerlo. Dejé de contar que mi abuela nos enseñó cómo leer las señales de que la muerte de una persona enferma se acerca y de lo importante de hacer esta lectura para nunca dejar en soledad a quien pasará pronto por ese trance tan importante, acompañada de al menos una persona que, previsoramente, ha dispuesto de unas velas que iluminen la suspensión del trabajo que de por vida han tenido nuestros sentidos. Sin embargo, lo sabemos, las circunstancias de la muerte de las personas pueden variar tanto que ninguna previsión garantiza que el dolor del momento no nos impida tomar las decisiones adecuadas o que simplemente la compañía de alguien más se haga imposible en esos momentos fundamentales. Así que toca acompañar con el pensamiento, como cuando mi abuela pedía dedicar un espacio de la mente a quienes experimentaban la muerte en el mundo en esos precisos momentos. 

“A diferencia de lo que han contado de Goethe en sus últimos momentos, mi abuelo no pidió más luz, pero la luz de nuestras velas era un acompañamiento importante mientras la suya se iba apagando. No fue la única vez que estuve presente en un proceso similar.”

En el contexto actual, me pareció necesario correr el riesgo y hablar de la muerte de nuevo, enunciar que, en estos momentos, la presencia de la muerte de muchas personas en muy poco tiempo nos envuelve y se une a todas las demás, a las muertes naturales y a las que la violencia ha provocado. Todos los días mueren personas, es verdad, pero ahora mismo esa cantidad es aún mayor por la pandemia del COVID-19. Casi cuarenta mil personas han fallecido en esta demarcación arbitraria que llamamos México, sabemos que son más como nos lo han explicado en distintas ocasiones.  Una gran cantidad de personas están muriendo, personas que no hubieran muerto de no ser por el virus que además se ha magnificado en un mundo de profundas desigualdades. Como la muerte no escapa a los sistemas que ordenan el mundo, el capitalismo sirve al virus población vulnerabilizada que enfrenta la muerte en circunstancias que, de otra forma, hubieran sido distintas y que son muy duras. No podemos, por los mismos requerimientos sanitarios, responder con nuestra presencia y brindar más luz de nuestras velas iluminando el lecho de muerte de alguien que amamos. Además de la terrible pérdida, muchas familias agregan la desesperación previa generada por las desigualdades económicas en las que nos enfrentamos a esta pandemia. Hay mucha muerte alrededor y es necesario enunciarla. No podemos acostumbrarnos a escuchar las cifras de muertes por COVID-19 sólo como un indicador de éxito o fracaso de políticas públicas. No son sólo un número. Miles de personas están muriendo por el virus y en circunstancias creadas por un mundo injusto; necesitamos, aunque sea momentáneamente, dejar de cubrir el dolor con la persecución de las estadísticas; necesitamos parar un momento, dejar que esa verdad dolorosa interactúe con nosotros y dedicar un espacio de nuestro tiempo y así, en la lejanía, acompañar con la vela encendida del pensamiento, el proceso mediante el cual miles de personas están experimentando, en este preciso momento, el hecho de morir. EP

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