Tres chicas entran a una librería

Seis grados de separación es el blog de Sylvia Aguilar-Zéleny y forma parte de los Blogs EP

Texto de 29/06/20

Seis grados de separación es el blog de Sylvia Aguilar-Zéleny y forma parte de los Blogs EP

para JD Pluecker,

porque hermane

Ayer fui a una librería.

En otro momento esto sería irrelevante y casi obvio pues mi profesión gira en torno a los libros. Pero en pandémicas circunstancias ir a una librería es extraordinario. Extra-ordinario fue también esperar afuera a que alguien saliera para poder entrar; solo aceptaban seis (¿o eran siete?) clientes a la vez. Me quedé entonces en una fila que, con marcas en el piso, indicaba los seis pies de distancia que debíamos tener los  clientes. Miré a la persona detrás de mí y me dije, “ojalá no dependa de mí que tú entres, porque yo me voy a tardar”. Y así fue. Me tardé.

Con los libros una se toma su tiempo.

Curioso es que justo ese mismo día leí un libro con el que no me tomé mi tiempo. Lo leí en una sentada, leí fragmentos en voz alta, dije “no fokin mames” un par de veces después  de repetir una línea u otra. Sus frases me dejaban fría. Lo acabé, y unas horas después, lo volví a empezar, esta vez me tomé  mi tiempo. JD me conectó con la autora y he empezado a traducirlo. Traduzco lo que necesito en mis dos idiomas.

Porque hay libros que la vuelcan a una y pueden volcar a otres.

No sólo eso, hay libros que llegan a ti  en el momento indicado. Ese es el caso de  autobiography of a semiromantic anarchist (Host Publications, 2019) de mónica teresa ortiz que habla desde muchos tonos sobre el aquí y el  ahora. Con ortiz, pasé de la carcajada al dolor, y luego a la rabia en un segundo.  Cada poema me obligó a  abrir ojos y sentidos a la política de violencia en nuestro tiempo y lugar. ¿Tiempo y lugar? La adolescencia en el hogar materno, la vida adulta en un país racista, las noticias sobre fosas comunes, y tanto tonto más. ortiz explica:

“Aunque escribí la mayoría de autobiografía de un semiromántico anarquista en enero de 2019, pasé 37 años de mi vida escribiendo esos poemas. El concepto de imaginación política comenzó a desarrollarse cuando cayó el Muro de Berlín en 1989. Después de la Guerra del Golfo, utilicé un globo para localizar países de los que escuchaba en las noticias: Irak, Egipto, Irán, Palestina, Líbano, Jordania, Arabia Saudita, Kuwait, Yemen y Siria.”

Cuando digo que ortiz me obligó a poner atención a la política de la violencia es porque ella  misma  fue  obligada a ello; la parafraseo al decir que sus/mis/nuestras primeras experiencias de violencia han sido sancionadas y protegidas por el estado y sus intereses, tanto a nivel mundial como nacional. La poesía, su poesía, se vuelve un lugar de resistencia:

Yo sé el futuro. Todas las limitaciones. Todas las posibles formas en que un mundo termina. Poseo una obsesión con el apocalipsis, tal vez la misma saludable cantidad que cualquier persona nacida en la Generación Nintendo. Llegué a conocer la violencia y el terror íntimamente, no sólo a través de DOOM y CNN y Google, sino también por balaceras en pasillos de preparatorias, edificios derrumbados en el centro de la ciudad de Nueva York, la crianza de ese joven blanco sentado con una pistola dentro de una iglesia en Carolina del Sur. La muerte, esa vieja  camarada, viene a besarme la mejilla a modo de saludo, el arco de esos labios árticos transforma mis intestinos en relojes desmoronados, marcando las épocas que se acabaron frente a  nosotros.

ortiz confía en la prosa poética no sólo para atraer atención sobre asuntos actuales sino  también  los personales, al hacerlo nos recuerda, como nos lo repite el feminismo, que lo personal es político y al revés. Así, partir de la familia, y de lo más íntimo, se vuelve una forma de levantar la mano cuando el aula nadie quiere decir nada:

“El nombre de mi padre es Salvador / el que salva / trabajó en una caldera 12 horas al día / durante 30 años / en una ciudad en Great Plains / donde yo como él / fui criada por viento y gente blanca y metano / me llevaba a pescar /al otro lado de la frontera/ al norte de Nuevo México / en el río Pecos / mi padre mis tíos mi abuelo / acampábamos y arrancábamos nuestros anzuelos de la boca de las truchas / me tocó explorar como los hombres / deambular alrededor de la tierra Comanche / bautizada y confirmada / en la base del Llano Estacado/”

Caminé por la librería como quien camina por un barrio nuevo. Sabes que seguro hay esto o lo otro, un abarrotes, una papelería, un puesto de comida; es decir, yo sabía que habría un pasillo de narrativa, otro de ficción, seguramente uno de novela gráfica. Pero ¿podría caminar por cada uno de estos espacios–géneros con la libertad de antes? ¿Qué tal si alguien está ahí y no podía entrar porque ese letrero enorme dice que solo se admite una persona por pasillo? Por supuesto ocurrió más de una vez. No era, no soy, la  única que necesitaba una librería. “Luego regreso a esta sección”, me dije. Después pensé “¿y si se me olvida y en eso pierdo la oportunidad de encontrar ese libro que no estaba buscando pero que al verlo sabré que lo necesitaba?”

Eso hacen los libros: hacen que una piense y que, en ocasiones, piense demasiado. 

La poesía además de hacerte hace pensar te hace sentir, pero ¿cuánto es demasiado?

Leer estas crónicas de mónica teresa ortiz (así lo escribe ella, por cierto, con minúsculas) me hizo pensar en mi autora de cabecera: Vivian Gornick. En Escribir narrativa personal ella hace hincapié en  que “penetrar en lo que  nos es familiar no es de ningún modo un don sino, por el contrario, el resultado de mucho, muchísimo trabajo” porque, y esta es la maravilla de la escritura en primera persona, como la de ortiz, es una expresión híbrida que significa que es parte algo más y parte crítica social. 

Cuando digo algo más, digo ensayo, digo poesía, digo crónica. Utilizar nuestra reacción ante una circunstancia o acontecimiento le da un sentido más amplio a las cosas, las impregna de lo que (nos) subyace:

“las iglesias brotaban veloces como pasto de búfalo / y éramos  buenos Católicos / tan buenos de hecho / que yo quería estar con mujeres toda mi vida / y Dios también/ por supuesto / le  confesé esta devoción a mi madre / ella lloró / no por alegría como yo esperaba / no sería el único momento / que mi honestidad la sorprendería / a mi madre / le gustaba rezar / era la respuesta al universo / a mis pesadillas / la divinidad era la responsable / no nosotros / ella no creía/ mis visiones apocalípticas / decía ha de ser / el diablo / ella no había comenzado a rogarle a Dios / todas las noches/ por mi alma / a ella no le preocupaba entonces / eran apenas los años 80 / yo aún no era gay / solo una niña / todavía había esperanza / de algo diferente”

Esta autobiografía de un anarquista semiromántico discute identidad e ideología en tanto geografía, camina por esos mapas de lo que significa ser distinte, lo que significa ser mujer, persona de color, lo que significa ser atravesade por el heteropatriarcado, lo que significa pues, en palabras de JD Pluecker, reconocer la diferencia que encarnas. Relata ortiz que su madre le hizo prometer a sus  hijos hombres que nunca traerían a casa a una novia blanca. Eso me hace pensar  que nuestras circunstancias –como individuos, como colectividad—tienen una doble existencia. Una piensa que lo que hay es mera apariencia, eventos insustanciales pero, al mismo tiempo proyectan y dotan de interioridad y erigen la identidad de quien los narra. ¿Aplica  lo de la novia blanca para la autora que es lesbiana? veamos:

“Mi mamá no es de las que olvida, excepto cuando salí  del closet, entonces ella sacó su pala y enterró mi admisión en la misma tumba con sus recuerdos de infancia. Cumplí la promesa a mi madre. Cada una mantenemos nuestra soberanía. Nunca he traído una mujer a casa, mucho menos blanca. Así que ahora nos  amamos en silencio y pretendemos que no hay un cuerpo enterrado entre nosotras.”

En uno de los pasillos, justo en el de novela juvenil, había tres chicas de menos de 17 años. Estaban sentadas en el piso, una de ellas sin sus sandalias, las tres cómodamente hablando y riendo. Quise creer, entonces, que pidieron permiso para venir a comprar un libro cuando en realidad venían a verse. Quise creer que los mensajes de texto o hacer facetime ya no era suficiente para ellas. Se necesitaban. Quise imaginarlas afuera, haciendo cola para entrar. Quise imaginarlas así: tres chicas entrando  a una librería. (Quise creer que, además, tenían los labios pintados bajo el tapabocas, porque iban a verse, porque querían verse lindas las unas para las otras; aunque los pintalabios ahora, son innecesarios) (como este comentario, seguro). Lo único enterrado, muy enterrado, entre ellas era el miedo que estos tiempos imponen.

Yo quería buscar un libro en su sección, pero el letrero lo exigía prácticamente: no más de una persona. ¿Iba a pedirles que dejaran su charla? ¿Iba a recordarles que no podían estar ahí las tres, al mismo tiempo? Claro que no. Sin embargo, no me fui. Me quedé un rato en el pasillo de al lado, que para colmo era la sección de Autoayuda; y es  que quería escucharlas, no para espiar sus anécdotas, sino para sentir la vida que emanaba de sus risas, de sus voces, de sus bromas. Esa vida que yo y todes extrañamos.  Una empleada se acercó, consideré distraerla para que no regañara a las tres chicas.  Pero ella, al igual que yo, entendió lo que ahí ocurría. Se hizo de la vista gorda y las dejó ahí escondidas entre estantes y libros. Siendo. 

Los libros a veces nos esconden de la realidad. 

Otras, con suerte las más, nos permiten observarla.

En Escribir narrativa personal Vivian Gornick habla del papel del memorista, del autobiógrafo y, ya en esas, del poeta y del narrador. Nos explica cómo éste “debe  comprometerse con el mundo, porque el compromiso fragua la experiencia, la experiencia fragua la sabiduría y a la postre la sabiduría, o más bien la aspiración a la sabiduría, es lo que cuenta”. No es sabiduría a lo que aspira ortiz en su escritura, y no digo que no la tenga, a lo que aspira es hacer de su experiencia y su observación un detonador para que cuestionemos nuestra existencia. ortiz fragua, sobretodo, compromiso: 

“Todos observamos ociosos el desmembramiento de nuestros vecinos, sin molestia y sin prisa. Hablaremos de nuestra indignación después si podemos ser suficientemente inteligentes en 240 caracteres.”

Hay que escribir la historia que justifica decir verdades como puños, dice Gornick, y  es precisamente lo que ocurre en las prosas de ortiz. No hay seis pies, sino seis grados de separación entre un puño y otro entre una verdad y otra logrando eso otro que pide Gornick, que las frases se desdoblen, graves, directas, firmes, desde pasajes líricos que son, a la vez, una metáfora de la vida.Este libro se publicó hace año y medio y leerlo ahora, en medio de una pandemia global, a unas semanas de las protestas tras los asesinatos de Ahmaud Arbery, Breonna Taylor, George Floyd a manos de la violencia de un sistema policiaco militarizado, tiene más o tanta pertinencia. ortiz habla de la condición humana y lo hace partiendo del humor y la angustia, la banalidad y la profundidad. La autora es como estas tres chicas que entran a una librería y que al sentarse a platicar de la vida retan a ese sistema que trata de vulnerarnos. Pero lo que el sistema ignora es que son los nuestros –amigos, familia, colegas—y los libros los que con su sabiduría, su compromiso, y sus verdades, nos protegen siendo. EP


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