Soy mi amiga estupenda porque tengo amigas estupendas

Seis grados de separación es el blog de Sylvia Aguilar-Zéleny y forma parte de los Blogs EP

Texto de 21/05/20

Seis grados de separación es el blog de Sylvia Aguilar-Zéleny y forma parte de los Blogs EP

para, por, porque mis amigas

—Para ti no. Tú eres mi amiga estupenda, tienes que llegar a ser la mejor de todos, de los chicos y las chicas.
La amiga estupenda, Elena Ferrante

Cuando iba a pasar a quinto grado me rebelé. En lugar de quedarme en la primaria donde mi mamá era maestra, convencí a mis Padres de que me dejaran irme a la escuela de mi mejor amiga. Me parecía estupendo dejar de ser “la hija de la profesora Silvia”. Ese año dejé de ser Sylvia y Sylvita, en mi nuevo salón de mi nueva escuela había una Martha Silvia y una Silvia  a secas. Así que fuimos Martha, Silvia y yo, Faviola (sí, con v) (tema  para otro blog). 

En ese año, también, descubrí el mundo de los chicos y me enamoré perdidamente (tan perdidamente como una se puede enamorar a los once-doce años). Dan Sotelo: el más inteligente del salón y con los ojos más hermosos (bueno, en realidad los ojos más hermosos los tenía Martha Silvia pero eso, también, es tema de otro blog). Recuerdo que Dan y yo éramos igual de pésimos en  deportes y, con frecuencia, nos dejaban fuera de los equipos en educación física y en el recreo. ¿Y qué hacíamos? Hablábamos. “Oye, Faviola…”, iniciaba siempre él. Ojalá pudiera recordar de qué platicábamos pero sólo recuerdo eso, el modo en que decía mi nombre y lo pronunciaba perfectamente con v y no con b.

En el  salón, su mesabanco y el mío estaban lejísimos, pero yo notaba que él me veía mucho. Lo sé porque yo también lo hacía. Un día se lo conté a mi mejor amiga (no olvidemos que ella fue una de las razones por las que me cambié de escuela). “El Dan me mira mucho”, dije. Supongo que quería que me dijera “ya me di cuenta” o “se nota que le gustas”. Pero mi amiga me miró, hizo una pausa que duró una eternidad y me dijo: “es que, ¿sabes qué?… Y te lo digo  porque soy tu amiga, te mira  porque eres muy fea y muy diferente a las demás”. Mientras escribo esto me pregunto si es, desde entonces, que confundo la crueldad con la honestidad brutal.

Honestidad brutal es, también, lo que define la amistad de Lenú y Lila, personajes de la saga napolitana escrita por Elena Ferrante. Mi amiga estupenda, Un mal nombre, Las deudas del cuerpo y La niña perdida han sido traducidas, reeditadas  y leídas a lo largo y ancho del mundo para acercarnos a las vidas de dos mujeres que, amigas desde la infancia, experimentan la crueldad de la familia y el barrio al que pertenecen pero, también, de la que son capaces de ejercer una sobre la otra y sobre ellas mismas. Con las palabras, dice Ferrante, una puede hacer y deshacer como se guste. Con frecuencia, hacemos eso mismo con nuestros afectos: 

Teníamos entonces doce años, y caminamos mucho rato por las calles ardientes del barrio, entre el polvo y las moscas que dejaban a su paso los viejos camiones, como dos viejecitas que hacen balance de sus vidas llenas de desilusiones, bien agarraditas del brazo. Nadie nos entendía, pensaba yo, solamente nosotras dos nos entendíamos.

Comencé a leer Mi amiga estupenda en 2016 y, en ese entonces, acababa yo de hacerme justo de una amiga estupenda. Pero como la vida es, a veces, un salón de primaria o secundaria donde cualquier cosa puede convertirse el gran problema del mundo, ella siguió siendo estupenda, sólo que no mi amiga. Poco importan los detalles, lo que realmente importa es que, tras la fractura de nuestra amistad, se fortalecieron los lazos con otras dos amigas que se convirtieron en mis hermanas. Ellas, lo juro, dirían que no fue por eso que se acercaron más a mí y tendrán razón, pero me gusta considerar ese momento como el inicio. Desde entonces ambas me escuchan, me aconsejan, me cuidan. Y ellas trajeron a mi vida otras amigas que hacen lo mismo, exactamente lo mismo.

Lenú y Lila hacen eso en cada uno de los libros: escuchar, aconsejar, cuidar. Incluso cuando han habido distancia o silencios de por medio, incluso cuando las diferencias entre ellas comienzan porque a una sí se le permite  estudiar y a la otra no. Incluso cuando las diferencias  las  establecen ellas mismas, como las fronteras entre el yo y la otredad:

Había algo insostenible en las cosas, en las personas, en los edificios, en las calles, que se volvía aceptable únicamente si se reinventaba todo como en un juego. Sin embargo, era esencial saber jugar y ella y yo, solo ella y yo, sabíamos hacerlo.

Con estos libros me encontré reconociendo y reconociéndome en una u otra situación, descubriendo yo también que con frecuencia los enemigos de una niña, de una mujer están dentro de la casa primero y después dentro de tu círculo. La de Lenú y Lila es también la historia de las mujeres ayer y hoy. “En qué desorden vivíamos”, dice Ferrante, “cuántos fragmentos de nosotras mismas salían volando como si vivir fuese estallar en esquirlas” (las cursivas son más). Reitero esas interrogantes: ¿en qué desorden vivimos, cuántos fragmentos de nosotras se dispersan porque estallamos ante constantes ejercicios de inequidad, abuso y dolor? 

No siento nostalgia de nuestra niñez, está llena de violencia. Nos pasaba de todo, en casa y fuera, a diario, pero no recuerdo haber pensado nunca que la vida que nos había tocado en suerte fuese especialmente fea. La vida era así y punto; crecíamos con la obligación de complicársela a los demás antes de que nos la complicaran a nosotras.

Elena Ferrante, al escribir de estas dos niñas, jóvenes, mujeres, escribe de todas nosotras. ¿Será que, a veces, la experiencia cuanto más ajena es también se siente más propia?  Lenú y Lila crecen en uno de esos barrios donde todos se conocen, donde hay viejos rencores entre familias que parecen dictar el firmamento y las relaciones entre quienes los rodean. Estos dos personajes nos descubren lo primordiales que son las amigas en nuestras vidas, estén o no en sintonía con nuestros deseos y expectativas, puedan o no entendernos. Están, simplemente están.

Toda relación intensa entre seres humanos está plagada de cepos y si se quiere que dure hay que aprender a esquivarlos. Lo hice también en esa circunstancia y al final tuve la sensación de haberme topado con una enésima prueba de lo espléndida y tenebrosa que era nuestra amistad (…) 

Mi amiga de la primaria siguió siendo mi amiga en la secundaria y en la prepa. Con ella aprendí a montar bici, a hacer pasteles con talco, agua y azúcar; de ella aprendí lo que significa ser la mayor y con ella, muchas veces, cuidé a sus cuatro hermanos menores. Supongo que la nuestra fue una amistad de esas que una no es capaz de soltar porque la crueldad o brutal honestidad infantil no creció con nosotras. Nos  separó la vida, la profesión, la distancia, pero de topármela hoy mismo sé que hablaríamos por horas del pasado, del presente, del futuro. En cambio, mi amiga de 2016 desapareció y las posibilidades de un reencuentro son impensables, pero está bien, hay también amistades que cumplen un ciclo y ya. No todas las amigas son para siempre.

Hay muchos libros con amigas como protagonistas. Pienso, de pronto, en El grupo de Mary McCarthy, Los interesantes y La persuasión femenina de Meg Wolitzer, Conversaciones entre amigos y Gente normal de Sally Rooney… Pero hay algo que tiene Ferrante que la hace destacar en el género (si es que los libros sobre amigas son, por supuesto, un género): no se trata sólo que sus protagonistas son amigas, sino que la  amistad  es su premisa narrativa. En las otras novelas de Elena Ferrante, publicadas como Crónicas del desamor las protagonistas son mujeres habitando una nueva, reciente y no elegida soledad. Acá en cambio es el acompañamiento lo que sobresale, en esta serie napolitana la amistad es el tiempo-espacio, la trama, el tono. Todo, la amistad es el todo.

Ya dije, comencé esta saga en 2016. Cerraba uno y comenzaba el otro, a veces era  complicado leer a diario porque la vida, porque el trabajo, porque la familia. O, siendo honesta, porque no quería. Aquí es cuando les digo que en 2018 comencé el cuarto y último libro, aquí es cuando les digo que tengo dos años en la página 360 y aquí es cuando les digo  que no estoy lista para terminarlo. Acabar significará menos de Lenú y Lila. Menos de esta amistad que es, también para mí, primordial. 

La amistad con mis amigas es primordial, especialmente en estos días donde noticias y correos inician con la frase en la incertidumbre de estos tiempos. La comunicación electrónica existía ya con aquellas que no viven en mi ciudad, pero es precisamente por la incertidumbre de estos tiempos que nuestros lazos se han vuelto más sólidos, nuestras conversaciones más profundas, nuestro cariño más sanador. Lo digo orgullosa, tengo amigas estupendas y, por eso, he aprendido yo misma a ser una amiga estupenda. La naturaleza de nuestras relaciones cambia conforme esta cuarentena de ya casi sesenta días avanza, pero su existencia permanece. Esto ocurre en cada uno de los libros de Elena Ferrante, esto es lo interesante de la amistad como base de una historia: su permanencia. Los romances, van y vienen, nos definen, nos marcan, salimos de estos como de una tormenta. La amistad en cambio no define, no marca, incluso cuando se acaba no llega a ser como esa tormenta aislante porque nunca la vivimos a solas: siempre hay acompañamiento, siempre hay una amiga más y eso es estupendo. EP

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