Una sopa de expectativas con esperanzas, pero sin miedos

Seis grados de separación es el blog de Sylvia Aguilar-Zéleny y forma parte de los Blogs EP

Texto de 19/10/20

Seis grados de separación es el blog de Sylvia Aguilar-Zéleny y forma parte de los Blogs EP

1

En la inauguración de la Feria Internacional del Libro de Oaxaca (FILO), Guillermo Quijas citó estas palabras de Ursula K. Le Guin: “La verdad es que no tengo expectativas, tengo esperanzas y tengo miedos. En estos días ganan los miedos”. Como los miedos son difíciles de resolver así como así, yo me hago una sopa, una crema, o un caldo. “Para el miedo, para el enojo, para el pesimismo, nada mejor que algo tibio en la pancita” es un consejo que no lo dijo mi mamá, pero pudo haberlo dicho.

No es broma, cuando me siento mal hago una sopa, una crema o un caldo. Puede que haya hecho un berrinche. Puede que nomás tenga un cólico infernal. Puede que me hayan dado un acta de defunción, el resultado de un ultrasonido o nomás el recibo de la electricidad. O que viva un encierro que no sé gestionar. Las razones no importan, lo que importa es buscar un alivio para que el malestar no se quede ahí agazapado, flotando en la laguna que son estos días.

A veces entre cucharada y cucharada resuelvo mi dilema, me convenzo de que no es tan grave (aunque lo sea) y de que todo es aprendizaje (aunque no lo sea). A veces se necesita más sopa, crema o caldo porque la rabia o el dolor pesan como plato sopero de familia decimonónica. Otras veces, cuando ni el caldo más mágico, es escuchar o leer historias lo que me acomodan en un mejor lugar. 

Por ejemplo: El otro día conocí a la tía de una amiga. Era la primera vez que me encontraba con cuatro personas en un mismo lugar desde que inició la pandemia. No, cuatro mujeres, cuatro mujeres en un mismo lugar. Fue una noche linda de mujeres hablando de todo. Entre las muchas anécdotas que la tía nos compartió, hay una que carga el alivio de una sopa, una crema o un muy buen caldo.

Discutíamos cómo las violencias de género transitan y desbocan la idea de familia, de cómo van más allá y llegan al trabajo, a la escuela. Nos persiguen como hambrientas aves de rapiña. Cada una intercambiamos anécdotas que, ajenas o propias, están atravesadas por el dolor. Entonces, la tía nos contó de cómo, estando en la primaria, un niño le dio una nalgada y su primera reacción fue acusarlo. Lo ocurrido llegó a oídos de la directora quien le habló a la tía, quien era una niña de no más de doce años. Recordemos que ser llamada a la dirección pocas veces tiene buenas noticias. La mujer le pidió un relato detallado del suceso para luego preguntarle: “¿Y qué quieres que hagamos?” 

Mi primera reacción fue pensar que esa era una pregunta irónica y que en la pregunta se escondía la certeza de que no se podía hacer nada. En mi cabeza reescribí la oración: “¡¿Y qué quieres que hagamos?! Así son los niños, hombres al fin”, y es que esa es la respuesta a la que nos hemos acostumbrado. 

La tía nos sorprendió, esa había sido una pregunta genuina. El “¿Y qué quieres que hagamos?” vino acompañado de una serie de opciones para enseñarle al niño que ese acto era inapropiado y no debía volverlo a hacer. La directora le creía a la niña y estuvo dispuesta a ser justa.

2

Justicia es una palabra tan extraña. No pensé en ella al leer Por qué volvías cada verano, de Belén López Peiró. En esta obra polifónica la autora nos recuerda qué ocurre cuando una mujer decide acusar a su abusador. Duda, soledad, dolor, rechazo, eso ocurre.

Estamos frente a las palabras que rodean a una chica que fue abusada por su tío policía en el transcurrir de los años y que ha decidido presentar una denuncia. Escuchamos su voz, la de su prima, la de las tías, la del hermano, la del padre. La de aquellos que algo vieron, escucharon o que se negaron a. Leemos, entonces, los documentos que recogen testimonios que reconstruyen lo ocurrido. Si los testimonios son actos de fe, los de esta denuncia, se vuelven todo menos fe.

FORMULA DENUNCIA.

Sr. Juez:

OBJETO.

Vengo por el presente a formular denuncia por la comisión de un delito de acción pública, del que resultó víctima y por lo cual solicito la inmediata intervención de la justicia para que se dé inicio a la investigación penal tendiente a lograr el esclarecimiento de los hechos y la determinación de su autor.

(Conf. Art. 149 Bis. Y cc. C.P.P.N.)

DENUNCIADO.-

Sexo masculino. Ocupación: integrante del Ministerio de Seguridad de la Provincia de Buenos Aires, Comisario, 47 años de edad, domiciliado en calle Belgrano Nº 86 de Santa Lucía, Provincia de Buenos Aires.

HECHOS.-

Nací en Capital Federal un 24 de febrero de 1992 en una familia compuesta por mi mamá, mi papá y mi hermano. Actualmente tengo 22 años, soy estudiante y escribo este texto para poder contar lo que viví, sufrí y padecí en mi adolescencia y poder hacer justicia. Mi tío abusó sexualmente de mí reiteradas veces desde los 13 a los 17 años.

CALIFICACIÓN LEGAL.-

Conforme el relato efectuado y sin perjuicio de que la investigación arroje como resultado la acreditación de otras figuras delictivas, la conducta denunciada constituye el delito de “ABUSO SEXUAL” en virtud del inciso 119 del Código Penal Argentino.

PETITORIO.-

Por todo lo expuesto solicito:

Tengase por presentada la denuncia y se disponga audiencia para la ratificación.

Se inicie la investigación penal tendiente al esclarecimiento de los hechos y a la individualización de sus autores.

Tener presente y proveer de conformidad que.-

SERÁ JUSTICIA.

López Peiró hace una crítica al sistema que pocas veces, por no decir nunca, garantiza la seguridad de una mujer. Dice la autora: “El abuso, como una violación, como una violencia, genera una forma de expropiación. No te sentís dueña de tu propio cuerpo”. La expropiación, en este caso, no solo viene de un tío, sino de la familia, esa instancia mayor que, para colmo, la hace responsable de lo ocurrido:

Y entonces, ¿Por qué volvías cada verano? ¿Te gusta sufrir? ¿Por qué no te quedabas en tu casa? Allá en Capital, cagándote de calor. Ah. No. Cierto que no podías, que no tenías a nadie para que te cuide. Con más razón. Encima de que te ayudamos, de que te dimos una familia, nos hiciste esto. No te queríamos, sólo te recibíamos porque tu mamá nos daba regalos. Nos conseguía vestidos, viajes, perfumes. Todo a cambio de tenerte a vos acá.

¿Por qué levantar la voz, o una denuncia, despierta siempre juicio sobre la víctima? 

La narradora de Peiró, a diferencia de la tía de mi amiga, no le es fácil encontrar una persona que le preguntara, “¿y cómo quieres resolver esto?”. Ella busca resolverlo y en ello se le van tiempo, energía, sus expectativas. Repetir el relato una y otra vez, no lo resuelve de ningún modo y, sin embargo, asumir el relato construye herramientas y, como dice Peiró, “una vez que tenés las herramientas para volver a adueñarte, para tratarte bien, para cuidarte, se te abre otro mundo de posibilidades”.

3

Tenía 15 años cuando vi The accused con Jodie Foster. Se trata del caso de Cheryl Araujo que en 1983 fue violada sobre una mesa de billar por seis hombres, ante los ojos de otros tantos que incitaron el abuso. Tenía quince años, dije, y de todos modos fui capaz de entender que una mujer bailando sola en un bar no es una invitación a tocarla. Tenía quince años y, la película, me hizo conocer, por vez primera, un mundo que no imaginaba y que parecía decirnos que una mujer sola está siempre en peligro. The accused al español se tradujo como Acusados, pero the accused bien podría traducirse como acusada. A lo largo de la película la acusada pareciera ser la protagonista: 

—¿Cómo estabas vestida?

—¿Y eso qué significa?

—Significa, ¿estabas vestida provocativamente? ¿Mostrando el escote? ¿Con una blusa transparente?

—¿Y eso qué carajos importa? Ellos me la arrancaron.

La memoria y su excéntrica manera de traer el pasado al presente hizo que la Sylvia de ese momento, recordara un episodio que he enterrado no sé cuántas veces. Yo tenía unos ocho años, caminaba por un baldío que llevaba a la tienda donde comprábamos lo básico. Esa era la única salida que hacía caminando y a solas, la salida que me hacía sentir independiente. Un hombre venía en otra dirección, traía algo en la mano y yo no entendía qué. Conforme se acercaba descubrí que tenía la bragueta abierta, que eso en la mano era su pene y que lo jalaba atrás-adelante-atrás-adelante, normal, como quien se rasca un brazo. Me asusté.

¿Por qué seguí caminando? ¿Por qué no me di la vuelta? ¿Por qué no corrí? La única manera de responderme ahora casi cuarenta años después es que quise actuar como te dicen que lo hagas frente a un perro. “Tú normal, que no huela tu miedo, camina tranquila”. El hombre me preguntó la hora sin dejar el movimiento, yo sin mirarle le dije que no tenía reloj y seguí caminando, esta vez aumentando la velocidad. Lo que más recuerdo de ese día, sin embargo, es el calor en mi cara, la piel y la vergüenza quemándome como si hubiera hecho algo malo. “Me lo busqué por salir sola a la tienda”, pensé. 

Nunca le dije a mi madre lo ocurrido. Ni a mi hermana, a nadie. El evento, ay qué eufemismo, me lo conté a mí misma a los quince años mientras veía (¿por qué, y por qué a solas?) esa película de Jodie Foster. Mi llanto de ese día, lo entiendo ahora, era tanto por la protagonista, como por mí. 

Después de la escena de violación, que vi entera, apagué la televisión. Me fui a la cocina. Abrí una lata de sopa de tomate, la calenté en la estufa, un poco de leche, revolver y revolver para dejar en ello la sensación. Seguro no fue la primera vez que alivié yo misma un malestar, pero me gusta pensar que sí. Cada vez que me hago una sopa resuelvo más que hambre. Autocuidado, se le llama ahora. 

4

¿En qué momento comenzamos a callar? ¿Cómo decidimos que hay cosas que tienen que ser guardadas en secreto? Más todavía: ¿por qué lo que nos ocurre, lo que obviamente no buscamos ni provocamos, se vuelve una culpa, un acto de vergüenza? Los silencios, los secretos, qué cosa tan pesada son. Pienso en el consejo de uno de los personajes de Por qué volvías cada verano:

Dejá atrás las polleras largas y los pantalones y empezá a lucir tus piernas. Hacé un lado las blusas sueltas y los zapatos de vieja baqueta. Que no te importe usar tacos, si el hombre pierde su virilidad por tu estatura es su problema. No te hagas cargo. Cortate el pelo, rapate a un costado, teñite del color que quieras. Cojete a un pibe o a una mina, o a los dos, lo que más te guste, pero hacé lo que se te cante el orto. Sí, lo que vos quieras.

Las mujeres deberíamos poder andar por el mundo ligeras, frescas, dueñas de nuestras decisiones. Deberíamos poder hacer lo que queramos. Hace dos días vi una nota sobre una niña que, como la tía, como las protagonistas de las que he hablado, decidió levantar su voz y acusar un abuso, para asegurar que nadie acechara a sus amigas. La noticia se volvió un asunto a discutir:

Se calló por ella, pero habló por sus amigas. Se calló por ella, pero habló por sus amigas. Se calló, pero habló.

Quiero volver a las palabras de Ursula K. Le Guin para reescribirlas, por las niñas que fuimos, por las niñas que hay, por las mujeres que somos porque: La verdad es que no tengo expectativas, tengo esperanzas y tengo

no quiero

miedos. Tampoco sopas para aliviarlos. Alivio, quiero alivio. EP

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