Reporte meteorológico

El Paso, ciudad de paciencia. Paso: movimiento sucesivo de ambos pies al andar. Passus: división o segmento de una pieza narrativa o poética.

Texto de 03/11/20

El Paso, ciudad de paciencia. Paso: movimiento sucesivo de ambos pies al andar. Passus: división o segmento de una pieza narrativa o poética.

Las calles de El Paso tienen un reverso; al voltearse, igual que los textiles, muestran los corcusidos y otros remiendos. Son callejones medianos, con frecuencia sin pavimentar, que conectan las avenidas de forma transversa, asendereando entre calle y calle. Al mismo tiempo ponen distancia entre las construcciones en paralelo para que no se toquen. No aparecen en los mapas y carecen de nomenclatura y numeración. Yo lo sé porque vivo en uno de ellos y tuve que rotular un #7 en una cartulina para que el cartero dejara de entregarle mis sobres a la vecina. Por la ventana de mi sala que hace las veces de estudio, comedor, tendedero y salón de clases, el paisaje es un basurero metálico parecido a ese en el que Bastian Baltasar se oculta de los niños malos.

He estado en pocas ciudades y no sabría decir si el diagramado es una disposición típica del urbanismo estadounidense o endémica del suroeste texano, pero, dado que El Paso es el lugar donde me muevo ahora, lo anoto como si fuera un hallazgo. Lo es para mí.

Me gusta andar por esos callejones y reconocer las estrategias que emplea la gente para convertir los inmuebles en hogares. Las fachadas mienten, siempre mienten, con sus céspedes a ras de suelo como si fueran alfombras —marcadores de opulencia, agua en medio del desierto—. Lo auténtico se revela al fondo, en la salida hacia el callejón: un sarape a manera de cortina, una alberca sin inflar, cubetas, sillones, asadores, miles de asadores, un carrito de supermercado.

De igual modo, para conocer a una persona no basta conversar con su máscara. Hay que entrar al baño, a la cocina, a su sentido del humor, a sus paranoias pandémicas. Hay que darle la oportunidad de repetirse a sí misma y de salirse del guion. Que se le enmarañe la sintaxis, como decir «basta conversar» y omitir la preposición «con».

*

Deambulo por un barrio que no conozco, a treinta kilómetros de mi casa. Disfruto extraviarme, jugar a la soledad, al descubrimiento. Sé que es una simulación: no estoy realmente perdida, tengo un mapa; tampoco estoy realmente sola, nunca lo estoy, tengo internet.

Ingreso a un supermercado. Aunque llevo muchos años de convivir con dispositivos automáticos, sigo temiendo que las puertas corredizas no se abran a tiempo y que mi cara se estrelle contra el cristal. Por fortuna traigo puesto el casco de la bicicleta. Desinfecto mis manos con una toallita húmeda y me dirijo a la sección de comida preparada. Al analizar el acomodo de los pasteles, siento una sacudida eléctrica. He estado antes en este lugar.

Lo ominoso es esto. No el terreno ignoto, sino el umbral que conduce a él. El limbo donde lo familiar se vuelve extraño de repente o viceversa.

“La cadena de supermercados Albertson’s ha diseñado sus tiendas para que sean indistinguibles una de otra, como aquella persona que va uniformando a sus parejas poco a poco hasta que acaban peinándose todas igual y usando las mismas ropas.”

La cadena de supermercados Albertson’s ha diseñado sus tiendas para que sean indistinguibles una de otra, como aquella persona que va uniformando a sus parejas poco a poco hasta que acaban peinándose todas igual y usando las mismas ropas. El trazo de los anaqueles es preciso hasta el último milímetro. Tengo que hacer un esfuerzo consciente por recordar que estoy lejos de mi barrio, que no debo comprar demasiadas naranjas, que este no es mi súper, aunque toda la experiencia sensorial así lo indique.

Según la hipótesis del valle inquietante, a nuestra percepción le agrada encontrar familiaridad en lo no humano —caricaturas o robots, no supermercados—, pero siempre dentro de ciertos límites, de otro modo resultará repulsivo.

Pienso en el regocijo que es descubrir que tengo cosas en común con alguien, y engreírme. Y luego, pasado el tiempo, el fastidio de verme reflejada en un ser ajeno.

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Llevo semanas dándole vueltas a esta idea: que conocer una ciudad es como conocer a una persona y que el vértice, si no soy yo, es la escritura. Estos días en que ando sola, feroz, arbitraria, he ido anotado varios ítems en mis libretas, esperando la oportunidad idónea para sentarme a pensar al respecto.

Pienso, por ejemplo, en la medición más o menos fiable de los estados atmosféricos contrapuesta al efecto que provoca en nosotras. ¿Qué importancia tiene que el reporte indique 12 grados centígrados, si la sensación térmica es de menos 4? La misma que tiene decir «te extraño» y luego no mover un dedo para arreglar un encuentro.

Hablo por mí.

Dice Abril que le doy una importancia exacerbada al clima y que platicar conmigo es recibir un parte meteorológico a manera de preámbulo. Cada mañana consulto el pronóstico del tiempo, lo registro y lo obedezco al seleccionar mi ropa y menú del día; se ha convertido en mi horóscopo. Estoy acostumbrada a los cielos berrinchudos de Xalapa y del DF, anárquicos, volátiles como todos los amores que fabriqué en ellas. En cambio, la predictibilidad del desierto me parece fascinante. El Paso ofrece trescientos días soleados al año y una modesta variedad de lluvia inclasificable que no alcanzaría para llenar un aljibe.

Alguien me dijo que mi fijación con el clima, con la luz y la humedad es lo que me permitirá la construcción de atmósferas narrativas. Creo que me conformaría con construir atmósferas habitables.

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Julio Ramón Ribeyro dice que nada es más placentero que peregrinar a la aventura por una ciudad nueva sin saber cuáles son sus calles principales, monumentos ni costumbres, porque cada elemento es una sorpresa. Yo encuentro igualmente lindo el artilugio de la repetición, único camino hacia la rutina que tanta paz nos otorga a nosotras, las formahogares.

Se supone que los trayectos de regreso se sienten más ligeros que los de ida porque el cerebro ya no se desgasta adelantando el futuro inmediato. Se relaja, igual que cuando te has acercado tanto a alguien que ya tienes los referentes para entender sus anécdotas. Sabes quién es protagonista y quién es villano, y la función que desempeña cada uno en la narración.

La sorpresa no es perpetua, no puede serlo, igual que una novela no se sostiene a base de vueltas de tuerca sin volverse artificiosa. Hace falta que una cierta sensación de familiaridad nos convenza de aflojar los músculos para que emerja el suspense, la adrenalina.

He comenzado a analizar la realidad con los mismos términos que uso para hablar de la escritura. A esto me obliga el distanciamiento social. Desde la ventana de mi casa no sólo miro el basurero, sino el mundo. El trazo urbano de El Paso, con sus torpes remiendos y reiteraciones, es mi único compañero estos días, el enamorado en el que deposito expectativas.

Alguien me dijo que las horas que paso diariamente a solas en la bicicleta son como un ejercicio de meditación. No lo veo así, porque no navego ensimismada. Voy con ella, con la ciudad.

Me gusta delinear, de a poco, mis rutas favoritas. Elegirlas en función de la luz solar y de los espejismos de color que compone para mí. Imagino que la ciudad me cuenta un chiste y que yo le pido que lo repita una y otra vez, nomás por el gusto de escucharlo y por la complacencia de sentirme en casa. También he aprendido a calcular pros y contras de ciertos horarios. El amanecer es idóneo para las distancias largas del valle por donde cruzo tranquila, con la música a volumen medio y triturando la gravilla del arcén. El mediodía me gusta para las montañas, aunque a veces el viento arrecia, alborozado, como un acompañante que ha bebido más de lo aceptable.

Me dejo seducir por esta embriagadora sensación de seguridad. Vagar de madrugada por colonias desarregladas es algo que nunca me atreví a hacer en mi país.

Mientras que en El Paso el cielo existe como un atavío indolente, a escasos metros, en Ciudad Juárez, es el techo mismo del infierno. De las entrañas brotan espinas, restos óseos, tela, carbón, esmalte. Arriba, las mismas estrellas, los mismos cerros aplomados. El desierto como los hombres: refugio de una, agresor de otra. La bóveda se colorea de rojos y morados. Flores para tumbas incógnitas.

“Mientras que en El Paso el cielo existe como un atavío indolente, a escasos metros, en Ciudad Juárez, es el techo mismo del infierno. De las entrañas brotan espinas, restos óseos, tela, carbón, esmalte. Arriba, las mismas estrellas, los mismos cerros aplomados. El desierto como los hombres: refugio de una, agresor de otra.”

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Porque pertenecen al mundo de lo encubierto los callejones son atemporales. Ni siquiera alcanzan el rango de signos cartográficos. Pasadizos fantasmas en una ciudad de por sí espectral, son la tramoya de la puesta en escena, el cableado del titiritero. Su rara fealdad los reviste de cierto atractivo, como aquello realmente auténtico que distingues en otra persona por vez primera. Las uñas de los pies. Su indecisión ante un semáforo amarillo. El tono con el que responde a una llamada de su madre. La gripa y la resaca.

A las cinco de la mañana el laberinto, que imagino secreto, me pertenece. A mí y al mariguano que a veces toca a mi ventana para pedirme un cigarro y con el que comparto, creo, este romance con la ciudad.

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Asciendo uno de los tantos cerritos que parten la urbanización en mitades. El clima ha cambiado, ahora es otoño. Después de meses deambulando, sé reconocer cuando la ciudad está de malas. Ha amanecido, pero la bruma permanece, como una persona que se cubre el rostro con la sábana. La elongación muscular me cuesta el doble de esfuerzo y resulta más doloroso bajar las pendientes que subirlas, pues el viento sacude piedras y ramas como un niño malcriado.

Bajo por Mesa, la avenida que Lucia Berlin puso en el mapa. Berlin retaba, sin saberlo, aquella afirmación de Cynthia Ozick de que las vías públicas de las ciudades bellas son por algún motivo desconocidas. Al contrario de lo que creía Ozick —que nadie nace conociendo una ciudad estadounidense como si la hubiera habitado en una vida anterior, cosa que sí sucede en Jerusalén y en Bagdad—, la identidad del Chuco sí insinúa una esencia inmortal, más allá del olor a harina frita que expiden las cadenas mexicoamericanas de comida rápida.

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El Paso, ciudad de paciencia. Paso: movimiento sucesivo de ambos pies al andar. Passus: división o segmento de una pieza narrativa o poética.

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El estira y afloja que sostengo con la ciudad ha derivado en pelea. Es invierno. La helada, de por sí inaguantable, se recrudece. Apago la música y la conversación, me dedico a mis pensamientos. «Voy a escribir sobre ti», le digo, como le dije antes a todas mis parejas. Ella guarda silencio. Igual que los hombres, condesciende, odiándome en voz baja. Batallo para no resbalar en la nieve recién derretida. Me caigo. Me levanto adolorida. «Mañana retomamos, estás imposible».

Ella me mira entre balazos de nubes; sus ojos de un inabarcable azul crepuscular. Es infame, pero sonríe. Ya he vivido esto.

Esta ciudad sabía que, para amarla, solo tenía que conocerla.

Así era. EP

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