Perros sin sentido de misión

Pizza y yoghurt es el blog de Alaíde Ventura en Este País y forma parte de los Blogs EP.

Texto de 20/04/21

Pizza y yoghurt es el blog de Alaíde Ventura en Este País y forma parte de los Blogs EP.

Tiempo de lectura: 5 minutos

Desde esta mesa en la que me encuentro, y ante la mirada de dos testigas, he pactado lo siguiente: Si termino este texto a tiempo, me comeré otro cupcake. 

*

Hace algunos años tuve una perra que no podía quedarse sola en casa. En cuanto yo salía del departamento, ella comenzaba a ladrar y arañar la puerta. Su tono era agudo y diáfano, más cercano al de una niña que al de un animal. Durante mis salidas más prolongadas, volteaba las macetas, mordía los libros, vomitaba bilis en la cocina y en las alfombras; en resumen, destruía todo lo destruible. Los vecinos no tardaron en quejarse, la caseta de vigilancia se volvió una timbradera insoportable. 

El diagnóstico de la etóloga que consulté fue que a la perra le hacía falta un sentido de misión. 

—¿De misión? Pero es un perro. 

—Los perros también necesitan sentir que son buenos para algo.

También.

O sea, ¿como yo?

*

En el extremo opuesto de esta mesa hay diez cupcakes de distintos sabores. Probé el de chocolate Abuelita y el de tres leches. Le traigo ganas al de caramelo salado y al de chocolate Reese’s.

*

La perra era una mezcla de ochocientas razas, así que la etóloga no logró definir con claridad cuál sería la misión natural de su estirpe según sus genes. Me sugirió probar con actividades diversas hasta encontrar la idónea: pastoreo, vigilancia, protección, rastreo, persecución e incluso alguna simulación de jalado de trineos. 

Los meses que siguieron, mi vida se convirtió en un programa de variedades de la barra matutina. La primera semana probamos a correr juntas —lo que derivó en varios raspones— y a andar juntas en bicicleta —yo, Calvin, y ella, Hobbes, precipitadas hacia la nada en un trineo—. Poco a poco fuimos ensayando todo tipo de pantomimas, desde carreras de obstáculos hasta perseguir patos en el parque Tezozómoc. A ella no le interesaba ninguna de mis propuestas, lo único que quería estar pegada a mí todo el tiempo, el 90% de su cuerpo en contacto con el 90% del mío, y yo rascándole las costillas.

—Entonces, tal vez esa es tu misión —le dije—. Tú lo que quieres es el aplauso gratuito, irrestricto. ¿Eres, acaso, una perra tuitera?

—Aaf —respondió, con su voz acerada de niña.

*

Escribo diarios desde que tengo memoria. Las adultas me regalaban libretas que, por cierto, a veces leían. En aquellos diarios se encontraba el primer engrane de la línea de montaje, en acepción doble: como armado y como simulación, puesta en escena.

Era chica —no recuerdo una edad exacta, pero chica— cuando mi prima Misol me descubrió apuntando algo en la libreta de pastas azules que me había dado mamá. Me la arrebató y se encerró en el baño a leer mis pensamientos más privados —y verdaderos, pues hasta ese momento, creo, yo todavía escribía sin ficcionar—.

Sé que con el tiempo convertí esta escena en caricatura porque hoy los gritos vienen a mi mente en jerigonza de doblaje peninsular:

—¡Echemos un ojo a lo que has escrito!

—¡Devuélvela, canalla!

Chillé, pataleé, amenacé, acusé. No sirvió de nada. A final Misol salió del baño, aventó la libreta al piso y sentenció:

—Qué aburrido.

La maquinaria echó a andar y ya nunca se detendría.

*

Los críticos de la modernidad narcisa agitan su dedo inquisidor contra la soberanía del aplauso fácil. Qué digo fácil, facilísimo, facilote, facilérrimo: el like, nuestro patrón y dios supremo. 

Nos han condicionado igual que a perros, dicen, perros que salivan ante el más leve indicio de validación —inyéctenme la preciada savia, ¿no ven que vivo en el desierto?—, perros sin sentido de misión, que se conforman con el cumplimiento de metas bobas.

Pero la cosa es que yo ya era. La única diferencia es que ahora puedo cuantificarlo.

*

Comencé a inventar historias que me hicieran parecer más relevante. La libreta de pastas azules se convirtió en mi diario paralelo, el cual alimentaba obsesivamente con anécdotas copiadas de la televisión. En ellas había romance, intriga y aventuras que yo narraba con desenfado, como si de veras. Al mismo tiempo, también seguí escribiendo mi diario auténtico, pero en cuadernillos diminutos marca Estrella que destruía conforme los llenaba. Dejaba la de pastas azules a la vista de todos, pero a Misol no volvió a interesarle. Tal vez en algún momento lo hojeó y se dio cuenta de que estaba ante un texto de ficción. Tal vez ella únicamente leía memoirs y ensayos personales. Mi querida y perdonada prima Misol, una adelantada a su época. 

*

La misma serotonina que obtengo en redes sociales también me la regalo a mí misma en otros formatos: platico con amigas —las testigas—, ando en bicicleta, consumo café y azúcar como una adicta. Dispongo mis propias recompensas, incluso acabo de comprarme un videojuego. Asumir el control de los neurotransmisores me hace sentir bien, aunque no sea más que un engaño, uno colorido. 

Para dejar descansar la psique, intoxico el cuerpo de vez en cuando. Los postres me liberan de las otras tiranías, por lo menos en lo que termino este texto. 

*

No sé si los perros sean conscientes del paso del tiempo, si tendrán nociones de pasado y futuro. A mi perra tan solo le importaban mi presencia y mi ausencia, y la desconcertaba que la segunda se dilatara sin motivo aparente. Su entendimiento, afilado para lo inmediato pero absolutamente torpe para el mediano y largo plazo, era una cárcel para ambas. Aprendió rápido algunos actos de obediencia básica, incluso un par de trucos que le garantizaban cariños extras. Nos volvimos alumnas diligentes de la escuela pavloviana. Sin embargo, en el momento en el que yo desaparecía de su vista, así fuera por treinta segundos, enloquecía, el mundo se tornaba un infierno y ella habría corrido sobre piedras ardiendo con tal de recuperarme.

Estos días pienso con frecuencia en su forma de padecer la ansiedad. Su imagen viene a mi cabeza cuando medito. Anhelo la impermanencia, pero a menudo, al vaciar la mente, me asalta el vértigo. Así como ella me perdía de vista, así a mí se me van borrando los referentes conforme suelto las riendas. En el presente no hay barandales, no hay horizonte, entonces ¿de dónde me agarro? Quisiera correr sobre piedras incendiadas.

A ladrar.

*

Con el tiempo comencé a contar mis mentiras en voz alta —¿y a creérmelas?— y a recibir halagos por ellas. Después vendrían los blogs, las redes, los libros, lo más parecido que tengo a un sentido de misión.

Puse a calentar la leche con la que voy a acompañar mi cupcake. De paso, tomé una foto. A dos personas les gusta esto. Entre ellas no se encuentra mi prima Misol.

*

Nunca logré adiestrar a la perra para que me permitiera salir de casa. El instante inmediato fue la norma durante el tiempo que pasamos juntas. El aquí y el ahora, muchos años antes de que yo empezara clases de meditación. 

En la calle, me aterraba la idea de soltarle la correa. Ahora esa correa sujeta mi propio cuello. En la otra mano tengo un cuaderno en el que escribo lo que invento. Estoy jugando a los truquitos igual que cuando intenté entrenarla, con metas cortas y de recompensa inmediata: una caricia, un like, un cupcake, te los ganaste, qué obediente, disfruta esta efímera sensación de ser buena para algo ante los ojos de los demás.

Objetivo no es lo mismo que misión, pero se le parece. De momento es buen placebo para las menos iniciadas.

Me informan mis testigas que la leche ya está hirviendo. EP

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