Pensamiento mágico desde lo alto de una torre

Pizza y yoghurt es el blog de Alaíde Ventura en Este País y forma parte de los Blogs EP.

Texto de 05/10/20

Pizza y yoghurt es el blog de Alaíde Ventura en Este País y forma parte de los Blogs EP.

Las personas que acostumbran halagar a modo de profesar cariño son las mismas que a menudo me dedican gestos de conmiseración cuando me escuchan hablar de fenómenos misteriosos: sueños raros, hipótesis infalseables, presentimientos, coincidencias, hechicería. Conozco bien esa mirada, es la que se le regala a un niño al avisarle que esta noche su gallina favorita será el ingrediente principal del caldo. Es un gesto que anuncia a gritos: quisiera entenderte —más: quisiera ayudarte—, pero no puedo, ¿te servirían de algo mi sonrisa, acaso una palmada en el hombro, y mi absoluta y sincera atención?

En ocasiones, yo misma le he dedicado esa mirada a otras personas: a mi hermano, cuando me contó las predicciones de Sammy Astrosam, arquitecto y astrólogo colombiano —en diciembre comenzaremos un nuevo periodo cósmico, una renovación humana a nivel global—; a Aurelio, cuando confesó que, días antes de la muerte de mi abuela, había soñado con ella, con su despedida —«ya me voy a Estados Unidos», decía, y Aurelio asentía en silencio—. 

Algo en mí quisiera irrumpir en esos momentos, desatada, como la estrella que emerge desde el interior del pastel y se adueña del espectáculo con su presencia arrebatadora: «estoy aquí, soy la verdadera naturaleza de Alaíde: el pensamiento mágico, rey de su mente y de la mayoría de sus decisiones». Se trata de mi lado irracional o, si soy más dura, y citando al filósofo puertorriqueño, mi lado estúpido e ilógico.

A veces pienso que el motivo por la cual no he logrado «graduarme» de terapia, y por el que mi psicóloga me sigue citando así hayan pasado seis semanas, es por este mecanismo del que no me desprendo —tal vez nunca lo haga—, resabio infantil o tanteo antropológico: un intuitivo convencimiento ególatra de que mis pensamientos pueden influir en el curso del mundo.

Ella no lo dice —nunca lo haría—, pero yo, al analizar las preguntas de mi terapeuta y estirar sus contadas intervenciones, he pensado que el motivo por el que me gustan tanto las coincidencias es porque me hacen sentir fuera de lo ordinario. Adquiero la unicidad que siempre anhelé. No es tanto porque necesite la validación externa —que sí—, sino porque los patrones me devuelven la certeza de que mi mundo tiene algún sentido, el que sea. Es quizá lo más cercano a confiar en que hay alguien dictándolo. Diría, incluso, que esta cacería de improbabilidades es mi humilde y muy sencilla vocación de fe.

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En algún pasaje del Libro del desasosiego, Pessoa se lamenta —en realidad únicamente lo enuncia, la connotación dolorosa la asigné yo— de haber nacido en un mundo sin fe. Los jóvenes de su época, dice, eligieron a la humanidad como sucedánea de Dios y, dado que la fe es inalcanzable mediante la razón, solo nos queda la sensibilidad. A esta contemplación estética de la vida, él la llama «sensación sin propósito».

Han pasado cien años desde esa aseveración, pero no puedo evitar sentirme identificada. Más, al repetir las palabras de Piglia en forma de mantra: que la lectura de ficciones ha sustituido a la enseñanza religiosa en la construcción de una ética personal; modelos de conducta por contrapunteo, es decir, imitación o alejamiento. Los discursos literarios no buscan certezas ni conclusiones, sino algo así como un efecto, la tierna ilusión del sentido. 

Escribo ficciones bajo la luz que me concede el autoengaño. Dicho de otra forma, construyo imaginarios y después finjo que son retratos.

Será por esta fe trazada a ciegas, que durante mis horas quietas me dedico a desmenuzar los efectos de lo paranormal en mi vida: las coincidencias, por ejemplo, en las que me regodeo como si al distinguirlas las dotara de algún tipo de relevancia que, por extensión, me engrandece. Y será por eso también, tal vez, o acaso por motivos de la pandemia, que en días recientes me ha dado por sobreinterpretar ciertas abusiones de las artes adivinatorias.

“Las personas que acostumbran halagar a modo de profesar cariño son las mismas que a menudo me dedican gestos de conmiseración cuando me escuchan hablar de fenómenos misteriosos: sueños raros, hipótesis infalseables, presentimientos, coincidencias, hechicería.”

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Cuando era chica, muy chica, mi papá leía mi destino en cada uno de sus preciados oráculos domésticos: el tarot, las runas, el I Ching y la borra del café. Yo no sabía qué tanto buscaba él en las múltiples mancias, pero participaba con igual ímpetu que en las demás actividades de fin de semana, dinámicas propias de aquella época en la que todavía jugábamos a querernos. Si hago un esfuerzo enorme, logro recordar que me invitaba a imaginar historias —tramas, personajes o situaciones— inspiradas en los retablos del tarot de Marsella; quizá mi primer acercamiento a la fantasía estructurada a manera de dispositivo, no de contenido.

Más adelante, cuando levanté una muralla entre él y yo, me propuse enterrar todo aquel universo de simbolismos mágicos, al cual, además, comencé a asociar con el mundo oscuro. La muralla se mantuvo en pie durante veinte años. Arriba de mi cabeza, la luna —redonda, brillante, inexplicable y al mismo tiempo cargada de sentido— me recordaba la persistencia del páramo maldito. Nunca logré extirparme la inquietud, tan solo adormecerla, igual que Momo cuando, a falta del maestro Hora, se conforma con las revelaciones de Casiopea. 

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Pedro me regaló una lectura de tarot hace algunos años, cuando mi divorcio era inminente. Era la primera vez que me leían las cartas desde aquellos detonadores narrativos de mi infancia soterrada. Recuerdo muy poco de las palabras de Pedro —mentira: recuerdo todo, mas no quiero contarlo—, pero sé que me salió el arcano XVI, La Torre. Hallo poco que agregar a la profusión semántica de la imagen: caos, destrucción, incendio, derrubio, ambiciones construidas sobre premisas falsas, un rayo que posibilitará las estructuras nuevas, etcétera, renovación. 

Ese mismo año, por cierto, la luna sobre mi cabeza surtió el efecto deseado y su gravedad me atrajo hasta el punto que, si no derrumbé la muralla, por lo menos le abrí una grieta: hablé con mi papá tras dos décadas de silencio.

Sylvia me regaló una segunda lectura tiempo después, cuando me mudé a El Paso para dedicarme de pleno a la literatura. Esa noche, sobre la mesa de aquella casa a la que hoy llamamos «cementerio», apareció la misma carta, La Torre, y de nuevo sus elementos gráficos: huida, destello, aparición súbita e intempestiva claridad, ruptura de todo, inundación, mar de posibilidades. Yo acababa de abandonar mi hogar, con todo y afectos, y me sentía perdida, por lo que tomé la revelación como algo positivo.

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Recuerdo que le conté a Joseph sobre los vaticinios astrales, orgullosa, como estaba, de mi renovada espiritualidad. Lo indignó la ligereza con la que superponía los planos mágico y religioso, y me aseguró que la mayoría de las coincidencias que yo creía encontrar en el mundo visible no era otra cosa que un engaño de mi memoria oportunista. Al final, para bajarle una rayita a su vehemencia, alabó mi «tremenda —tremendous— imaginación».

Él tenía razón en casi todo, pero por fortuna yo tiendo a documentar con fotos los sucesos importantes. Las dos lecturas de tarot eran gemelas: en ambas había aparecido la carta de La Torre. No me había equivocado, no esta vez.

“Cuando era chica, muy chica, mi papá leía mi destino en cada uno de sus preciados oráculos domésticos: el tarot, las runas, el I Ching y la borra del café. Yo no sabía qué tanto buscaba él en las múltiples mancias, pero participaba con igual ímpetu que en las demás actividades de fin de semana, dinámicas propias de aquella época en la que todavía jugábamos a querernos.”

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En la vida he conseguido algunas cosas. De entre ellas, las que más me enorgullecen podrían parecer trivialidades ante la mirada de otros. Son aspectos relacionados con mi bienestar y con la búsqueda empecinada de aquello que me dé tranquilidad. Por ejemplo, rendirme. Por ejemplo, decir adiós. Perdonar. Ficcionar. Y, sobre todo, esto: saberme capaz de compartir la mesa con mi papá —al que a menudo me sigo refiriendo con el epíteto de «biológico» para diferenciarlo del otro, del elegido— y disfrutar juntos un rebanada de pay. Abrazar la circunstancia de que una conversación insulsa sobre libros y gatos pueda, acaso, contener mi mundo entero y liberar así, por fin, a la persona que fui durante veinte años.

Encuentro un sentido en estos aparentes absurdos, confieso, con ayuda de los astros y, por supuesto, de la derivativa, implacable literatura.

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Mi papá me envió una «misiva» por mi cumpleaños. Empleo esa palabra, un tanto arcaica, porque fue la que él usó. En ella, me presenta un obsequio: una lectura de mi carta natal y la subsecuente indagación de los arcanos que me regirán a partir de ahora a propósito de mi nueva edad: treinta y cinco. Si entiendo bien, la carta que me había estado rigiendo era la de El Diablo, asunto por demás preocupante en el que prefiero no indagar.

Lo que me divierte y tranquiliza es la baraja que me rige desde el miércoles pasado, la cual ha alimentado mi pensamiento mágico con nuevos bríos. Desde luego tenía que ser La Torre, cuál más, si es muy cierto que la vida real y astral y mágica a menudo es mucho más predecible que la más pulida de las ficciones. 

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La Torre.

Cito textual: «Más que un castigo, la destrucción de la torre es la solución a un problema: el diluvio acaba de terminar, todo el planeta, abundantemente irrigado, se ha vuelto fértil. La Torre señala que algo que estaba encerrado sale al exterior. El mensaje principal del Arcano XVI podría ser: dejemos de buscar a Dios en el cielo y encontrémoslo en la tierra».

Ok, va, sí, de acuerdo. Lo busco, entonces. Mi única duda es: ¿se aparece en forma de coincidencias o de literatura? EP

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