A dos de tres caídas

Pizza y yoghurt es el blog de Alaíde Ventura en Este País y forma parte de los Blogs EP.

Texto de 28/12/20

Pizza y yoghurt es el blog de Alaíde Ventura en Este País y forma parte de los Blogs EP.

La primera vez que me caí de la bicicleta tenía dieciséis años y no recuerdo nada. No estoy evadiendo —no que yo sepa— como es mi costumbre. No recuerdo nada porque la contusión fue severa y la hinchazón se prolongó algunas semanas, durante las cuales mi cerebro fue incapaz de retener recuerdos nuevos. Repetía una y otra vez las mismas preguntas: dónde estoy, qué pasó, cómo me caí, qué día es, dónde estoy. En aquel entonces mi abuela todavía no enfermaba de Alzhéimer y a mi hermano y a mí nos gustaba bromear con el hecho de que yo, con mi amnesia anterógrada —y levemente retrógrada también—, parecía tener noventa años. Meses después de mi recuperación, la película Buscando a Nemo nos obsequió un catálogo de imágenes más inocuas para poder continuar las risas: la pez Dory, notable olvidadiza, y su dialecto cetáceo.

A lo largo de los años he escuchado tantas versiones, de personas distintas, sobre lo que sucedió durante aquellas horas, que en muchos aspectos me he apropiado de sus vivencias para engendrar una especie de historia personal. Incluso a veces paso por alto el hecho de que yo borré por completo ese día y las semanas previas y las posteriores. Adopté los relatos de otros como si fueran los míos y ni siquiera me tomé la molestia de desdoblarme en algún tipo de experiencia extracorporal. No veo a Alaíde en el suelo, rodeada de curiosos y bienintencionados. Lo que veo es la cabeza de mi entrenador de futbol que me examina desde arriba en un contraluz enceguecedor.

Algunas cosas que sé: que me pegué en la cabeza, que no llevaba puesto el casco, que el entrenador tomó la decisión idiota de arrastrarme hacia donde no estorbara, que mi familia llegó al lugar del accidente casi una hora antes que la ambulancia y que la gente se asustó mucho al verme tirada en un charco de sangre. 

Algunas cosas que especulo: que decidí no usar el casco porque me aplastaba las rastas y me hacía parecer Brozo el payaso tenebroso, que no tomé la precaución de amarrar bien mis agujetas, que improvisé alguna pirueta, que quería ser notada —y lo fui—, que el cirujano que me suturó era inexperto pues la cicatriz cerró en un chipote que todavía me duele y que en cuanto vi a mi mamá, sus nudillos blancos de tan apretados, su angustia eternamente disfrazada de euforia, me solté a llorar.

*

Las heridas cicatrizan mejor si las dejamos al aire. Por eso, en parte, algunas memorialistas aseguran que la escritura puede ser restaurativa; no sé si me incluyo entre sus filas, genuinamente no lo sé. Para los procesos terapéuticos se habla de entradas y salidas, pero a mí, como a Shakira, los nombres y las medidas no me caben en los sesos. 

Escribo este texto con mi pierna izquierda elevada para facilitar la circulación sanguínea, entorpecida a causa del vendaje que la envuelve desde hace semanas. Me aprieta, me lastima y me tiene harta, pero la enfermera de El Paso que se encargó de mis curaciones me aseguró que bien tapadas y ocultas, las heridas cierran eficazmente sin necesidad de exponerlas a nuevas lesiones.

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La segunda vez que me caí de la bicicleta fue porque el pasajero de un taxi abrió la puerta imprudentemente mientras yo me deslizaba —también imprudentemente— entre los coches y el metrobús. A pesar de que mi casa estaba todavía muy cerca, mi reacción inmediata, tras palparme y descartar fracturas y luxaciones, fue acelerar el ritmo para llegar a tiempo a mi trabajo en canal 11. Por esas fechas tenía de jefe a un tipo con vocación de relojero cuyo único talento visible era apuntar nuestra hora de entrada y salida. Dicen que la verdadera tragedia de Gregorio Samsa no es convertirse en insecto, sino el hecho de que un posible retardo en la oficina le preocupe mucho más que su condición artrópoda. 

Empujé el torniquete de entrada a las nueve en punto. Lo sé porque Javier Solórzano terminaba en ese momento la grabación de su noticiero y yo lo saludé con una inclinación de cabeza igual que cada mañana. Fue él quien me hizo notar que mi ropa estaba manchada de sangre, dato que no constaté hasta que se descargó mi adrenalina y tuve tiempo para revisarme en el baño, treinta o cuarenta minutos después.

Algunas mentiras que cuento: que el taxista me atropelló, que yo estaba en el carril confinado, que rodaba despacito y bien alerta pues había aprendido mi lección después de aquella primera caída y desde entonces siempre había manejado con gran cautela.

Cosas que nunca cuento: que amedrenté al pasajero con insultos políticamente incorrectos que para ese entonces ya había desterrado de mi diccionario, que no llevé la pelea a mayores porque sabía que había sido mi culpa, que me gustó hacer sentir mal a mi jefe con mis heridas, aun si no fuera remordimiento lo que se instaló en su cara, sino algo similar a la náusea.

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Las memorialistas ortodoxas se parecen a las etnógrafas de la vieja escuela en dos cosas. La primera es su obcecación por retratar la realidad —lo que sea que esto signifique— de la manera más fidedigna posible; que nadie se atreva a señalarles, nunca, que las cosas no fueron como ellas las cuentan. La segunda es que tampoco son ingenuas y saben que la verdad es tan esquiva como limitada la memoria, por lo que se permiten la flexibilidad de algunos de sus métodos, los mínimos, apenas la pizca extra de sal que corona el guiso.

No sé si tiendo a la laxitud por floja o porque la encuentro en serio convincente, pero para mi escritura de no ficción me he inclinado por una vertiente a medio camino entre el ensayo personal y las memorias —memoirs—, si es verdad aquello de que las memorias se agarran de cualquier pretexto para hablar del yo y, en contraparte, el ensayo retoma al yo como pretexto para hablar de un tema. Diría que tomo al yo con una mano, al tema con la otra mano, y juntas salimos a dar un paseo.

En su tratado sobre memorialismo, Mary Karr —memorialista inmejorable, de mis favoritas de las últimas décadas— le reclama a Vivian Gornick —ensayista personal y soberana absoluta del imperio de la primera persona— por mentirosa y autocomplaciente; sus palabras, no las mías, nunca las mías. Lo anterior, porque Gornick ha confesado reiteradamente que es capaz de ornamentar un hecho acontecido, transformarlo incluso, si esto favorece la historia. «No le debo nada a nadie», dice Gornick, y Karr, en su papel de comandanta de un ejército de lectoras, contesta: «¡A mí! ¡Me debes algo a mí!».

Me asombra el desparpajo con el que estoy profanando este, el altar de mi credo particular y literario, pero la imagen de la autobiógrafa regañona mordiendo el texto donde la ensayista escribió sus falsedades me atora una risa en el cogote. Sobre todo porque la misma Karr ha confesado que entre las poquísimas licencias que se permite al relatar su incuestionable verdad están la de recrear diálogos, jugar con los tiempos, oscurecer detalles, narrar desde la primera persona algunas escenas que no presenció, editar, simplemente editar.

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La tercera vez que me caí de la bici fue en El Paso a principios de diciembre. Perdí el control del manubrio en una de las pendientes más pronunciadas, por donde bajaba a toda velocidad ganándole la carrera a la salida del sol. Durante los tres segundos que duró la voltereta —los cuales, sí, confirmo, se ralentizan igual que en las caricaturas—, vinieron a mi mente escenas inconexas que, aunque no construían una historia, sí construían algo, no sé bien qué. Un retrato en collage, tal vez, o la representación que tanto anhela la memorialista. Pensé en Calvin y Hobbes precipitándose hacia la nada en un trineo, pensé en el covid, en el asfalto contaminado de sarampión y tétanos, en la costilla mítica de Thalía y en que si tuviera implantes mamarios estarían reventándose en ese preciso instante. Finalmente, pensé otra vez y como siempre en mi mamá insomne, sus ojos como castañas asadas brincando afuera del sartén.

Alcancé a meter las manos en chaturanga y considero que esa es la razón por la cual hoy conservo todos mis dientes. Digo chaturanga para aligerar la prosa, pues lo que en realidad quisiera decir es que intenté un parsva bakasana y terminé embarrada en el suelo en un baby freeze de breakdance.

He obedecido las indicaciones de la enfermera, pero mis heridas todavía no cierran. Al desanudar los vendajes para cambiar el apósito, veo que mi rodilla aún parece una flor de las que pintaba Georgia O’Keeffe. Estoy tentada a proceder bajo el precepto memorialista y dejarla expuesta.

*

No seré la primera persona en notar que la palabra trauma se refiere tanto a las lesiones del cuerpo como a las heridas emocionales. La mente se fuerza a olvidar las verdades infames, las protege en un sótano blindado o las convierte en información dócil para el manejo consciente. El cuerpo, en cambio, mantiene abierta la llaga durante el tiempo que sea necesario y, expuesta, la porquería de la sanguaza —mis queratocitos, como el mejor de los vulcanizadores chilangos, apurando el paso para que no lo alcancen las lluvias—. A veces desperdicio horas admirando los contornos de mi herida, como si por arte de magia esto pudiera acelerar su curación. Me convertí otra vez en Dory, revisando cada cinco minutos si el estado de las cosas permanece todavía el mismo.

Sin embargo, el trauma es una situación, no una historia —aquí estoy citando a Gornick, soberana antes referida— y no me sirve de mucho a la hora de escribir. Me hace falta el distanciamiento, algo que encuentro vergonzoso tomando en cuenta que desde el primer incidente hasta hoy han pasado veinte años. 

El repertorio de imágenes con las que rememoro mis caídas es solo eso: una enumeración. Tal vez podría tomar estas vivencias propias y ajenas como ingredientes para luego fabricar con ellas la verdadera historia, que respondería quizás a la pregunta de qué obtengo yo de todo esto; no a manera de enseñanza —no creo en eso—, sino como una búsqueda de sentido. Aunque, sinceramente, me aterra un poco la posibilidad de convertirme en esa escritora que se congratula de su propia desgracia si esta la abastece de material. En tal caso quizás la amnesia sería preferible —no es cierto—, para entrarle ahora sí de lleno y con todo a la labor de fabular. 

Lo que sé: las tres veces que me caí fue por mi culpa.

Lo que temo: me sigue gobernando el destrudo, pulsión de destrucción.

Lo que aventuro: me voy a seguir cayendo.

Ay. Ojalá no. Prefiero la verticalidad a la escritura. Y esta pinche pierna que no cierra. EP

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