Pizza y yoghurt: Hubo una época en la que lo tuvimos todo

Pizza y yoghurt es el blog de Alaíde Ventura en Este País y forma parte de los Blogs EP.

Texto de 02/09/19

Pizza y yoghurt es el blog de Alaíde Ventura en Este País y forma parte de los Blogs EP.

Me contaron la historia de una familia que amasó fortuna gracias a un negocio de paletas heladas, en el tiempo en que las paleterías no eran tan comunes como ahora. Sucedió en Tijuana, pero pudo haber sucedido en Tampico o en Balancán, Tabasco. El contexto no modifica la historia, acaso la enriquezca con ciertos matices locales.

La familia se dedicó a producir paletas durante la época de más calor. Sobra decir que resultaron un éxito, por lo que el dinero comenzó a caer del cielo. No sé si todavía no existían las tarjetas de débito o si esta familia en específico no contaba con una. Tal vez había entre ellos alguien desconfiado de los bancos, como deberíamos ser todas las personas sensatas. Pero el dinero seguía llegando y ocupando un espacio físico en la casa familiar. Los billetes se convertían rápidamente en fajos, sólidos ladrillos de papel. Fajos y fajos por todos lados: en los clósets y en los cuartos de los niños, que para ese entonces ya jugaban a policías y ladrones con dinero verdadero. Gradualmente, los billetes se apoderaron de todo, incluso del refrigerador doméstico, que fue sustituido por uno de tamaño industrial.

Como elementos constitutivos de la anécdota, quedan algunos recuerdos puntuales. Por ejemplo, un grupo de señoras en vela, fumando y platicando chismes, al tiempo que aseguran los fajos de papel con ligas de plástico. Bolsas llenas de dinero que acabaría pudriéndose a causa del moho. Tropezar con los billetes a media noche, de camino al baño. Abrir la regadera y mojar un costal lleno de ellos.

Me fascina pensar en la prosperidad materializada en ladrillos de papel pudriéndose.

*

Durante mucho tiempo, lo que me interesaba principalmente era el rigor. Pensaba que una historia se debía a su autor a tal grado, que no debía sobrevivirlo ni abandonarlo. Eran los días en los que quería integrarme a la Academia. Me inquietaban los temas del plagio y de inexactitud histórica, y traslapaba esos miedos a cosas muy estúpidas, como el robo de tuits. Creía en la entelequia de la autoría a tal grado, que cuando alguien me contaba una historia, yo preguntaba, antes de que la narración avanzara demasiado: ¿Esto te pasó o te lo contaron?

¿Te pasó o te lo contaron?

Como si tal diferencia fuera importante.

Más: como si tal diferencia fuera posible.

*

La fundación del ingenio azucarero San Cristóbal se remonta a la época porfiriana de finales del siglo XIX. Se dice que las estructuras metálicas fueron enviadas desde Cuba, París y Nueva Orléans, con todo y sus ruedas, canales, hornos y cilindros. Previamente desmontadas en el puerto de Veracruz, las piezas se dirigieron a la cuenca del Papaloapan, a donde llegaron en panga. Ahí, en mitad de la nada, a la orilla de aquel río que todavía hoy muchos confunden con el mar, cientos de trabajadores erigieron al gigante San Cristóbal, que más tarde los llevaría a ellos en hombros al regalarles una nueva patria: el cañaveral.

Alrededor del ingenio brotó la localidad que hoy lleva por nombre Carlos A. Carrillo. También, floreció Cosamaloapan. Hasta la fecha las chimeneas, llamadas chacuacos, siguen formando parte del paisaje y del imaginario de mi familia materna, que proviene de aquel lugar.

*

Era nuestra segunda cita y la primera no había ido excelente. Aquella vez él pidió un platillo demasiado picoso que lo tuvo sudando y llorando durante las tres horas que pasamos juntos.

Por eso para el segundo intento no me citó en un restaurante, sino en una esquina específica de la colonia Mixcoac. Dijo que quería mostrarme la casa de sus abuelos y contarme sobre los personajes ilustres que habían pisado aquellos salones. Me pareció raro, pero igual fui. No iba a desperdiciar la oportunidad de conocer las entrañas de una antigua mansión porfiriana.

La casa estaba deshabitada, pero él tenía llave. Yo esperaba encontrar piedras preciosas en los acabados: mármol o algún tipo de cuarzo en los vitrales. Me sorprendió la abundancia de madera y hierro. Cada detalle de la construcción era elegante y estaba de alguna manera embellecido por el deterioro, al menos ante mis ojos, que tienden a idealizar casi todo lo que ven.

Si había fantasmas, estos fueron tan refinados que no hicieron acto de presencia. Los evocamos en la conversación, él y yo, al hablar de la cristalería y de la predilección por los cubiertos Christofle. Llegué a pensar que el bigotito que usaba en esos días mi acompañante era quizás un remanente, el único, de aquel pasado aristocrático.

Teníamos ya un pie en la salida, cuando me confesó que aquella casa no pertenecía a sus abuelos. En realidad, él solo tenía llave porque le había tocado dictaminar un protocolo del INAH. Creo que fue en ese momento que decidí que, más que besos, yo lo que quería era la amistad de ese muchacho. Sus historias me atraían más que él.

(El relato abandona de esta manera al autor, lo sobrevive. Él no se entera).

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En algún lugar leí que Alejandro Zambra se refiere a los textos de su generación como literatura de hijos. Lo he platicado con Abril y coincidimos en que la nuestra quizá podría ser entendida como literatura de nietos.

Me gusta rodearme de personas interesadas en conocer su origen, y que rellenan los huecos de su genealogía haciendo uso de la lógica y de la imaginación. También me gusta rodearme de personas ancianas. He descubierto que con muchas de ellas el pacto de verosimilitud es más laxo: Concedo creer lo que me digas. A estas alturas no me interesa diferenciar entre qué es verdad y qué es mentira, siempre y cuando lo que cuentes me resulte interesante.

Creo que yo me rijo bajo ese mismo criterio últimamente. Pero, claro, yo siempre he tenido como ochenta años.

*

Dice mi tío Eduardo que Florencio Medina, mi bisabuelo, se convirtió al paso del tiempo en un elemento invaluable para las operaciones del ingenio San Cristóbal. De ser un jornalero de la caña, idéntico a otros cientos, llegó a ser la mano derecha de Roberto García Loera, administrador y principal accionista de la empresa. No he encontrado registros de esto, lo que no quiere decir que no existan.

Durante la primera mitad del siglo XX, el ingenio San Cristóbal se convirtió en el mayor exportador azucarero de México, y poco después, en el productor número uno del mundo entero, superando a los cubanos. Mi bisabuelo gozó de algunos beneficios derivados de su trabajo: tenía tierras, casas, dinero y coche. Reconozco que la tendencia en este tipo de listados es incluir “mujeres” como uno más de los ítems. No lo haré, aunque es verdad que Florencio se casó varias veces y engendró como diez hijos, varios de ellos fuera del matrimonio.

Mi abuelo Margarito fue el menor de todos. A lo largo de sus ochenta años de vida dilapidó su fortuna completa en malas decisiones, ninguna de las cuales le robó realmente el sueño.

De niña, yo creía que mi abuelo había nacido pobre. Que su casucha rodeada por platanares era un modesto patrimonio que él había forjado con grandes esfuerzos. Esto era verdad, pero solo en parte. A decir de mi tío, Margarito no creció entre carencias, sino al contrario. Tuvo a su alcance un arsenal de recursos para volverse un hombre de bien. Pero le gustaba andar de loco, dice mi tío. Así hay gentes.

Mi abuelo también tuvo hijos fuera del matrimonio.

Mi tío también.

*

A la historia que se puede hallar en archivos y periódicos viejos, se suman o contraponen las pequeñas narraciones familiares. El mito fundacional de la tribu, historias de fogata alrededor de un símbolo: una paleta helada, un costal de azúcar de exportación.

Hubo una época en la que lo tuvimos todo.

Los que no disfrutamos la dicha de la prosperidad económica, accedemos a ella a partir de historias heredadas. Una casa muy grande, una camioneta donde cabían todos los niños, generosas hectáreas con plantíos de limón.

Relleno los huecos con un ejercicio de imaginación consciente. Yo creo que a mi tía Fructuosa la nombraron así a manera de agradecimiento o para homenajear las bondades de la caña de azúcar. Pero de cariño le decíamos Fruta, en un regreso involuntario a la semilla.

La figura de mi abuelo sigue siendo una de mis favoritas. Me caía muy bien, el viejo, aunque siempre me pareció un misterio. Entre más abierto se mostraba, más enigmática su historia. Las anécdotas de mi tío son a menudo las piezas con las que voy adivinando una biografía que es al mismo tiempo un engranaje de mi psique. Margarito, el consentido de sus hermanas mayores. Margarito, desbocado, cuando lo mandaron a la capital. Margarito arrepentido, derrotado. Margarito guapo, muy pinche guapo el cabrón. Y muy terco.

Hubo una época en la que lo tuvimos todo.

(Pero a Margarito le gustaba andar de loco).

*

Comienza a intrigarme cuál será la mejor manera de acomodar los sucesos de los últimos meses: mi mudanza a otro país para estudiar una maestría, desfondando buena parte de mis ahorros. Estoy segura de que mi mente aloja ya a estas alturas una historia de abundancia en el botiquín de primeros auxilios, igual que la hormiga esconde provisiones para los meses de frío. En México yo tenía todo. Casa, trabajo, las mejores amigas del mundo y hasta un novio guapo.

Hubo una época en la que lo tuvimos todo y decidimos abandonarlo.

En esa historia general no hay espacio para detalles. Por ejemplo, el hecho de que mi casa se había vuelto inhabitable, con fantasmas, estos sí, nada refinados, que acechaban a cualquier hora del día y ante la menor provocación. Por ejemplo, que trabajaba en algo que no me apasionaba, y que una tarde llegué a envidiar la siesta reparadora de un perro vagabundo, su libertad. También, que una vez pasé semanas enteras comiendo tacos de queso con aguacate, y cuando la gente mencionó que había bajado de peso, respondí que estaba triste, lo cual era cierto.

Hubo una época en la que lo tuvimos todo y resultó ser casi nada.

Nunca hemos tenido todo.

Nunca hemos tenido casi nada.

La prosperidad económica de un pasado imaginario es una ficción peligrosa, porque te pone en perpetua desventaja. Aún así, es un tema que me apasiona. Los mitos familiares fundacionales a partir de la abundancia son igual de interesantes que aquellos que surgen de la carencia. Luz y oscuridad.

Nosotros conocimos el Sol. Nos dejó ciegos. EP

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