Pizza y yoghurt: Hormigas en el desierto (34 años)

Pizza y yoghurt es el blog de Alaíde Ventura en Este País y forma parte de los Blogs EP.

Texto de 30/09/19

Pizza y yoghurt es el blog de Alaíde Ventura en Este País y forma parte de los Blogs EP.

En mi casa hay hormigas. No las mato porque me recuerdan a mi otra casa, la verdadera. Son las mismas hormigas bribonas de Veracruz, adictas a la mermelada y a la crema de cacahuate. Ellas y yo somos las únicas habitantes de este rectángulo de luz que alguien dio en llamar departamento, y que yo renté el sábado antepasado y desde donde ahora escribo este texto en mi cumpleaños.

Cuando tomé la decisión de venirme a vivir a El Paso, pensé que lo más difícil para mí sería manejar la soledad y mi tendencia a la melancolía. Estos inicios de depresión que en México me aseguraron que no eran de preocuparse. Lo peor va a ser comer sola, pensé. Los fines de semana. Los festejos de mis seres queridos. Pasar días enteros sin emitir palabra. Extrañar. Vestirme guapa y que nadie me vea.

La mente se me va a descomponer, pensé. (Lo sigo temiendo).

Pero lo que se me rompió fue el cuerpo. 

No sé por qué creí que podía ganarle al desierto.

*

El Paso es un juego permanente de luces y espejos. Hay cuadras completas cubiertas de vidrio, que obligan a mirarte a ti misma bajo un sol de 40 grados. Si vas a vivir en el infierno, por lo menos entérate de cómo te ves.

Todos los días camino tres cuadras hasta la parada del camión. Antes de salir, el aroma del protector UV me recuerda la época en la que el sol y yo éramos buenos amigos: Pelusa en el mar de La Mancha y alrededor nosotros, su rebaño. Tan distinto de este otro sol, empeñado en destruir.

Para el momento de subirme al camión, el dolor detrás de los ojos ya es insoportable. Pienso en la gente cruzando el desierto, este desierto, ahora mismo, y me dan ganas de llorar. Pero no puedo darme el lujo de llorar, la última vez se me detonó una cefalea que duró dos días.

*

Me dejé llevar por la ilusión imbécil de que en otra ciudad, lejos de todo, podría reinventarme. Abandonar mis hábitos nocivos: demasiado internet, mala alimentación, poca disciplina lectora. No contaba con que acá, en el desierto, mi cuerpo parece pesar el doble y hay días que me cuesta horrores levantarme de la cama. A lo mejor me vine a vivir a Marte.

El otro día estaba pensando que, si me metiera a un Kentucky Fried Chicken y pidiera un pollo receta secreta por primera vez en diez años, y me lo devorara en tres mordidas, y luego siguiera con el puré, la ensalada y al final con el bísquet, feliz, sonriente y bien puerca de manos y boca, nadie, absolutamente nadie se enteraría. Sería un secreto, y yo cada vez tengo menos de esos.

A esta idea va seguida la certeza de que, también, si algo me sucediera: digamos, desmayo por deshidratación, la gente tardaría varias horas o incluso días en enterarse. Aquí soy la de la mochila naranja y poco más que eso. Una hormiga café, igual a otras miles.

Ahora me pregunto si el pollo Kentucky podría ayudarme a evitar el desmayo.

*

La deshidratación es especialmente cruel con la mente. Cuesta mucho trabajo ordenar esos síntomas caóticos que podrían ser cualquier cosa. Temblor en las manos. Fatiga. Escalofríos. Irritabilidad. El deseo incontrolable de tomar un cuchillo hasta sacarte los dos ojos para que dejen de arder.

Nunca pensé que el agua me traicionaría. A mí, que vengo de la humedad. No sabía que la necesitaba tanto, hasta que dejé de tenerla y colapsé. En eso actué como la Ciudad de México, sin otro plan que resistir y lamentarme ante el cierre del Cutzamala.

Me tomó semanas salir de la deshidratación de los primeros días. 

*

Durante el breve lapso en el que practiqué yoga, hace años, lo que más me fascinaba eran los movimientos con los que lograba sentir partes de mi cuerpo que no había sentido en mucho tiempo. Era como alcanzar un punto de comunión respetuosa: saludar al músculo y dejarlo continuar con su trabajo.

Con la deshidratación también es posible llegar a sentir todo tu cuerpo, incluso en medio del torbellino que es la náusea. La diferencia es que el saludo se convierte en una declaración de guerra. El malestar es muy intenso y cada célula representa un dolor distinto. 

*

Lo que más odio del desierto no es el calor, sino el frío. Mejor dicho: la maldita necedad de nuestra especie, que persigue la comodidad a cualquier costo.

En la universidad, todos los edificios tienen el aire acondicionado a una temperatura de alrededor de 15 grados. En algunos salones baja a 12, como si no fuera, justamente, ese derroche de energía el que nos tiene viviendo en el infierno.

La primera semana, me mantuve fiel a mi costumbre de vestidos y shorts. Para la semana tres, viré hacia los pantalones. Ahora no puedo entrar a ninguna clase sin suéter de invierno. Limito mi tiempo en interiores al estrictamente necesario. 

Cada noche, al llegar al departamento, me toma alrededor de media hora recomponerme. He perdido la capacidad de regular mi propia temperatura, me la quitaron, y creo que también me arruinaron medio pulmón. No dejo de toser.

Ese falso invierno, insensato y peligroso, no es culpa del desierto, sino de la estupidez humana. Greta Thunberg tiene razón: tenemos la casa en llamas. 

Y la cabeza metida en el refri. 

*

Cada mañana me preparo el desayuno más veracruzano posible, para convidarle a las hormigas. Luego me siento en el piso del departamento a comerlo, con la mirada fija en los barrotes oxidados, en la reja mosquitera, en el tendedero del pasillo y en la palmita que alguien plantó en medio del patio. Es todo tan tropical, que casi resulta injustificable mi tristeza.

Hoy preparé enmoladas de Xico, porque es mi cumpleaños. 

Habito un cuerpo de 34 años que se deshidrata después de tres cuadras y que cada noche se va a dormir con un malestar distinto. Anoche fueron los ojos, otra vez. 

Pienso mucho en mi casa, Veracruz, y en cómo es vivir sin que te duela todo el cuerpo. Luego recuerdo la violencia y reacomodo el diccionario de mis horrores. Desaparición. Deshidratación. Desmayo. 

*

La ciudad es hostil, pero la gente no se rompe. Solo yo. El sol nos incendia igual a todos. El aire acondicionado aguijonea parejo los bronquios de todos. 

En esta ciudad no hay manera de sobrevivir por tu cuenta. No existe. Alguien tiene que echarte una mano. Edgar me enseñó a usar el transporte público y a caminar por la sombrita. Sylvia y Carlos me hospedaron en su casa durante varias semanas, y eso que en aquel momento todavía no éramos familia. Carolina me regaló una bicicleta y cuatro platos elegantes. 

Si algunos pudimos llegar hasta este hormiguero, fue solo porque otros levantaron los cimientos y marcaron el camino. Cerros cafés, gente café. El Paso Strong. Atardeceres. Se Habla Español. Tampoco hay que olvidar que, arriba, hay alguien apuntándonos con su lupa, en refracción. Alguien a quien no le gusta la gente café.

Me he rodeado de personas pacientes. Hasta las hormigas se esperan a que termine de comer para exigir lo suyo. En ese sentido somos iguales. Yo también espero hasta que sea mi turno. Creo que aquí, en el desierto, el lugar hay que ganárselo, aguantando. Caminando más rápido que la del espejo, que insiste en dejarme ciega.

Antier me hice amiga de Matilde, que trabaja en un hotel del centro. Fue ella quien sembró la palmita del patio, gracias a la cual a veces me permito soñar que estoy en mi casa. Fue fácil entablar conversación con ella porque se acababa de morir José José. Pusimos El Triste en el celular, la versión de la OTI, y ahí más o menos cantamos con el llanto atorado, sin pronunciar ciertas frases, las más tristes. Yo, por evitar la cefalea. Ella, quién sabe por qué. 

Antes de meterse a su casa me felicitó por mi cumpleaños y me dijo que me va a regalar una palmita.

Esta es la otra cosa de El Paso: que en efecto es el infierno, por eso es buena la compañía.

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