Pizza y yoghurt Capacidad negativa: tres meses

Pizza y yoghurt es el blog de Alaíde Ventura en Este País y forma parte de los Blogs EP.

Texto de 25/11/19

Pizza y yoghurt es el blog de Alaíde Ventura en Este País y forma parte de los Blogs EP.

Salvador me lo había advertido en aquella cena de despedida: a los tres meses todo cambia. Y él es un científico.

Por fin te das cuenta de que no estás de vacaciones. El transporte público deja de ser una novedad y comienza a parecer lento, inoperante. El carril de bicicleta está muy descuidado, hay gravilla suelta en algunos semáforos. La comida te asquea. El clima ya no es tolerable ni con calefacción. Los profesores de pronto no son tan brillantes y te fastidia ver a tus compañeros todos los días; siempre traen la misma ropa, tú también, la poca que les cupo en el equipaje.

A los tres meses te quedaste sin dinero. Está pasando factura el gasto que representó mudarse a un país donde la moneda vale veinte veces lo que vale la tuya. Tal vez no debiste comprar ese futón ni las sábanas de quinientos hilos; nadie está pensando visitarte.

La realidad te golpea, y te golpea en otro idioma.

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Tomamos cerveza a grandes tragos porque después de las diez de la noche el menú sube de precio. Flavio goza de esa predisposición de los alcohólicos funcionales a ponerse borracho muy rápido. Entra al baño y sale con la cara roja. Ha llorado y me confiesa: Creo que ya no quiero a mi flaca. Habitamos mundos distintos.

Nos quedamos un rato más, bailando, y al final acabo acompañándolo a su casa para asegurarme de que llegue bien.

Me despierto pensando en sus palabras. Mundos distintos: Sunset Heights y Miraflores. Luego llevo la conversación a la mesa de debate que conformamos mi amigo el Pata y yo, un incesante griterío de opiniones siempre opuestas. Estar con el Pata se siente como haberse puesto la ropa al revés. Todo está en su lugar, pero al mismo tiempo todo está de cabeza. 

El Pata jura que cuando vivía en Lima su cabello era rizado y abundante. Ahora es opaco y delgado, francamente ordinario. También dice que antes era poeta. Ahora escribe ciencia ficción. El Pata concluye: el mundo es el mismo, somos nosotros los que hemos cambiado.

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Lo complicado de volver a casa después de pasar un tiempo fuera es que de pronto te encuentras rodeado de personas que tienen ciertas expectativas de ti. Mejor dicho: de la persona que eras cuando te fuiste. Están seguros de que te conocen y de que podrán adivinar tus reacciones. Y a veces, solo a veces, les molesta la disonancia.

Por el contrario, mudarse a un país distinto conlleva el beneficio del anonimato. Nadie espera nada de nadie. Es demasiado pronto para descifrarte y los códigos culturales no dicen gran cosa. Todo en ti es una sorpresa, incluso tu nacionalidad. Flavio creía que yo era de Panamá.

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A mi papá no le gusta que cuente estas cosas, por más que ya le he explicado lo de la narrativa personal y la autoficción, pero la verdad es que los fines de semana en su casa eran una ruleta rusa de pistola cargada. Algunos sábados eran buenos: azúcares y carbohidratos. Algunos otros eran terribles. Su personalidad impredecible me dejó estragos incurables: la capacidad negativa como doctrina, tan útil para mi escritura, tan problemática para mi vida.

Keats decía que la capacidad negativa (negative capability) era una forma de alcanzar la belleza. Contraria a las certezas filosóficas, apostaba por la ambigüedad. Preguntas sin respuesta. Información contradictoria. Dejar asuntos sin resolver, alimentar el espíritu humano mediante la suspensión del ego.

La suspensión del ego de una niña de ocho años.

La semana pasada hablé de Keats en terapia.  

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Después de tres meses viviendo en otro país, tu existencia ha dejado de ser un enigma. La gente se ha enterado de tus gustos musicales, estado civil, ingreso económico y salud emocional. 

Hasta hace poco, yo no sabía si el Pata usaba ropa cara o barata, ni si pertenecíamos a la misma clase media o si era pituco, como creía él que era yo. Imaginaba, eso sí, que proveníamos de lugares similares. El desencanto del mundo, cuando llega muy temprano, instaura una mirada particular que atrae a otras como ella. El Pata irradia los efluvios de una infancia atribulada, igual a la mía. Tenemos eso en común, y todo lo demás nos separa: el Pata no toma café y hace comentarios machistas; además, le sigue gustando Vargas Llosa.

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Benjamin y yo jugamos a adivinar quién de nosotros tiene hermanos, basándonos tan solo en la personalidad de cada uno. Es evidente que Flavio debe ser el hermano mayor, pues es un tipo resuelto e inteligente, demasiado racional quizá. El Pata creció rodeado de mujeres, se nota en sus ademanes y en su vocabulario. Benjamin tiene que tener miles de hermanos, lo delata su necesidad de destacar. Se ríe cuando le digo que es un smart-ass. Luego pide que se lo diga de nuevo.

¿Y yo?

Primero, Benjamin opina que debo de ser hija única. De inmediato corrige. Tú tienes un hermano, me dice, en su español afrancesado mezclado con palabras en inglés. You’re stiff, agrega, but in a good way. It seems to me like you had to defend yourself.

Lo cual es cierto. Pero no de mi hermano.

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Salvador me dijo que a los tres meses, al descubrirme prisionera en un mundo ajeno, me daría un fuerte bajón emocional. Pero yo siempre he sido precoz, por lo que el bajón llegó a los dos meses y medio en forma de una contractura muscular que me impidió mover el cuello durante diez días. El diagnóstico: una combinación de llanto atorado, ruptura amorosa, estrés, angustia, debilidad, los traumas de siempre y un chiflón. Ni siquiera los masajes de Flavio lograron curarla y tuve que acostumbrarme a caminar como egipcia por los pasillos de UTEP.

Lo que Salvador no anticipó, quizás no me conoce tanto, es que a los tres meses, contractura desanudada, me sentiría mejor que nunca. La verdad es que me agobia la novedad permanente, y la lista de supuestas contrariedades para mí resultó lo opuesto: una vida rutinaria era lo que yo necesitaba para recuperar la tranquilidad. 

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En las clases siempre somos los mismos, igual que en las fiestas. Los nueve de la generación. Colombia, Perú, Argentina, Canadá, México. Para venir a Texas a estudiar este posgrado, todos abandonamos empleos y dejamos parejas en suspenso. Pensamos que podríamos dividirnos, alimentar dos vidas a través del teléfono. Ingenuos. No se puede hacer eso. Tarde o temprano hay que elegir. Yo opté por la tranquilidad, mi vida en México se estaba llenando de capacidad negativa, de contradicciones.

Acá, en este mundo que para Flavio es distinto, construí con mis propias manos una rutina modesta, ridícula, flexible e intercambiable. Tres huevos en la mañana, pan de dulce, café con leche. Para la comida, guisados varios. Cena todas las noches. Lavandería los sábados. Tranvía los jueves. Revisar el pronóstico del tiempo antes de subirme a la bici. Escenarios: mi casa, la de Sylvia, la del Pata, el bar.

La rutina no es exclusiva del Sísifo contemporáneo. No todo es sufrimiento. De hecho, quizás esta sea la verdadera plenitud para la gente como yo, que se la vive erigiendo casas, persiguiendo la familiaridad. A lo mejor el aburrimiento esté cercano a la seguridad que tanto anhelo, y yo que pasé tanto tiempo haciéndole el feo. 

A los tres meses todo cambia: no estoy de vacaciones, por fortuna. Yo no busco ser turista, sino habitante. En ese sentido soy como Karenin, como cualquier otro perro, animal de repeticiones. No quiero ambigüedad, quiero certezas. 

Por eso escribo novelas, no poemas. EP

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