Coronavirus y trumpismo

Norteando es el blog de Patrick Corcoran en Este País y forma parte de los Blogs EP.

Texto de 04/05/20

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Hace unas semanas, el New York Times publicó un artículo sobre el pobre papel del gobierno de Estados Unidos durante la crisis del coronavirus. La conclusión inevitable del periódico más prestigioso del país es que es la primera crisis global en quizá un siglo en que nadie reclama un papel más activo de Washington. 

La razón más obvia para esta situación novedosa es el habitante de la Casa Blanca: Donald Trump, un hombre con el cual no quisieras confiar ni un juego de canicas, mucho menos la respuesta a una pandemia en que millones de vidas están en juego. Visto así, es una simple cuestión de competencia. 

Pero hay razones más profundas por las cuales Estados Unidos ya no ocupa el papel que había sido suyo desde el final de la Segunda Guerra Mundial. En pocas palabras, el conservadurismo estadounidense no es compatible con el liderazgo mundial, y el auge de un conservadurismo absolutista dentro del partido republicano conlleva la abdicación de este papel mientras un republicano ocupe la Casa Blanca. 

Por ejemplo, este conservadurismo absolutista se define por una hostilidad a los demás países y una tendencia hacia la agresividad. El lema de campaña de Trump—America First!—es una digna representación de esta filosofía. En la crisis actual, ha tenido consecuencias lamentables. Por ejemplo, la carencia de relaciones productivas entre Washington y Terán—producto sobre todo del antagonismo de Trump desde que llegó a la Casa Blanca—le quitó a Estados Unidos una fuente de información clave en los primeros días del brote. Luego, en marzo Trump provocó la indignación de Alemania y del mundo entero, cuando negoció en secreto con una empresa teutona para fabricar una vacuna, que sería reservada exclusivamente para estadounidenses. America First! resulta ser poco más que una mentada de madre a todos los demás países.

El conservadurismo gabacho también exhibe un desdén pronunciado para los grupos internacionales como la ONU. Este desprecio eterno culminó en abril, con la suspensión de financiamiento del gobierno estadounidense para la Organización Mundial de la Salud. Desde luego, quitar fondos para el mayor grupo internacional de salud durante la mayor crisis internacional de salud en un siglo es una idiotez; es como quitarles el agua a los bomberos cuando el incendio sigue quemando la casa. Pero por más incomprensible que sea, es una lógica extensión del conservadurismo actual. Y un gobierno no puede pretender liderar el mundo si destruye las instituciones a través de las cuales ejercía su influencia. 

Los conservadores estadounidenses también manifiestan una desconfianza eterna en los intelectuales y los expertos. Por eso, Trump y los suyos pasaron semanas descartando las señales de una crisis y los avisos de sus asesores, asegurando que todo iba a pasar en poco tiempo. Por lo mismo, Trump y los suyos ignoran las recomendaciones sobre el uso de las máscaras, sobre la apertura de la economía, y varios otros temas vinculados con el coronavirus. Esta hostilidad hacia el conocimiento experto—especialmente cuando se combina con ideas brillantes como la de inyectar cloro como tratamiento—tampoco inspira la confianza que un país requiere para ocupar un papel de protagonismo. 
La ideología de Trump no es precisamente conservadora—el trumpismo es una mezcla sui generis de idolatría, corrupción, y odio hacia los ajenos—pero comparte muchas creencias con la corriente de conservadurismo estadounidense que ha triunfado durante el último medio siglo. Y lamentablemente, estos atributos compartidos son precisamente los que están guiando la respuesta al coronavirus. EP


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