Norteando: La verdadera hoguera de las vanidades

Norteando es el blog de Patrick Corcoran en Este País y forma parte de los Blogs EP.

Texto de 01/07/19

Norteando es el blog de Patrick Corcoran en Este País y forma parte de los Blogs EP.

Estados Unidos se encuentra en un peculiar momento en su historia, y si uno se esfuerza, hasta puede trazar el marco de un declive. En tiempos recientes, esta zozobra nacional se ha manifestado en una serie de aventuras internacionales desastrosas, y en una política que simplemente no sirve para remediar los problemas de la ciudadanía. Y por supuesto, el icono de este malestar es el presidente actual.

Pero el problema no es exclusivamente político sino cultural (y tampoco es casualidad que Trump es producto de una trayectoria de la farándula, y no de servicio público): cada vez menos prevalecen las sensaciones de comunidad y confianza para unir los 330 millones de habitantes. Uno no debe generalizar, y claro que hay ejemplos contrarios, pero es difícil de disputar que es un país cada vez más fracturado.

Curiosamente, quizá el mejor esfuerzo para describir nuestro malestar actual no es una biografía de Trump ni una historia del fiasco en Iraq, sino una novela que salió hace 35 años: La hoguera de las vanidades, de Tom Wolfe.

Un satirio salvaje, La hoguera retrata el Nueva York de los 80’s, y expone las contradicciones y los puntos ciegos de una sociedad que estaba viviendo un momento de suma prosperidad material. El protagonista de la obra es Sherman McCoy, un acaudalado vendedor de bonos que se encuentra metido en un escándalo después de atropellar a un peatón y dar a la fuga. Como casi todos los personajes, McCoy vive como prisionero de una obsesión con el dinero, el poder, y el estatus.

La pluma de Wolfe nunca fue más precisa. Antes de caer en desgracia, McCoy se la pasa elogiándose como un “amo del universo.” Los verdugos de McCoy incluyen un cínico activista social que explota los males sociales para sus ganancias personales; un fiscal ambicioso que ve en McCoy un blanco tentador; y un periodista alcohólico cuya falta de talento y moral no impide que sea el héroe del momento. En este elenco, nadie se salva; el mundo que Wolfe pinta es un uno en que la gran mayoría de los habitantes carecen totalmente de cualquier tipo de virtud personal.

Wolfe apunta contra los efectos del clasismo y del racismo, pero una de las genialidades de su libro es que no cae en un marco moral simplista. Los ricos no son los opresores malvados mientras los pobres son las víctimas nobles; al contrario, todos son ridículos y vanidosos, aunque la forma de su ridiculez y vanidad varía bastante entre las oficinas Wall Street, las calles de Harlem, y los pasillos de la corte de el Bronx.

Es decir, Wolfe evita la trampa común de los satirios en que los personajes dejan de ser reconociblemente humanos con los cuales el lector se puede identificar. De la misma forma, la trama de la historia sí es un poco absurda, pero no deja de ser picador por ello. Es un balance delicado que el autor maneja casi a la perfección (aunque algunos se podrían quejar por el fin del libro).

Durante toda su carrera celebre, Wolfe contaba con un don para identificar las idiosincrasias de las extrañas subculturas estadounidenses, desde los primeros astronautas hasta la banda de drogadictos que rodeaba al autor Ken Kesey. Y como era de esperar, bien diagnosticó las enfermedades sociales del Nueva York ochentero.

Lo que era menos pronosticable es que todo el país se contagiaría de los mismos males. Hoy en día, todos los centros de poder—Los Ángeles, Washington, San Francisco, y claro, Nueva York—hoy demuestran la misma obsesión con el dinero y el estatus. La idea de que uno debe vivir para algo más allá que su propio egopoco penetra en un país que eleva a gente como Harvey Weinstein y Eric Schneiderman. El hombre que mejor refleja estos vicios es, por supuesto, el presidente Trump, un hombre que se formó como persona pública en el mismísimo entorno que Wolfe dibujó—Nueva York hace 30 años. Como McCoy y sus vecinos, Trump no piensa en más que satisfacer su propia vanidad. Es un pésimo modelo que sin embargo encontró un país lleno de apoyadores. EP

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