“Mi niño, te va a tocar ser Aldama”

Boca de lobo es el blog de Aníbal Santiago y forma parte de los Blogs EP

Texto de 16/09/20

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La maestra Rosy debía tener un conocimiento microscópico de la Independencia de México y todos sus personajes, porque desde su pizarrón verde me señaló con su seguro dedo índice aunque yo ocupaba la banca de la última fila, y con la convicción de Steven Spielberg dirigiendo a sus actores me asignó una rareza: “Mi niño, te va a tocar a ser Aldama”, dijo fuerte bajo esa melena rubia L’Oréal con la que irrumpía en el salón, espectacular como Farrah Fawcett.

¿Aldama? Para un pequeño de segundo de Primaria de la colonia San Andrés Tetepilco —donde estaba mi escuela—, igual que para todos los niños del país entero, encarnar a los protagónicos del elenco independentista en el festival patrio era algo simple: para ser Hidalgo te ponías el hábito sacerdotal, la peluca con la goma del centro para la calvicie y las hilachas blancas a los costados, agarrabas la bandera, pegabas el grito, y ya. Para ser Morelos usabas paliacate, si acaso morías fusilado, y ya. Para ser El Pípila cargabas una roca de goma espuma y caminabas medio agachado con cara de sufrimiento mientras tus papás reían, y ya. Para ser la corregidora doña Josefa Ortiz de Domínguez tenías que usar chongo, hacerle caso a todo lo que decía el corregidor, y ya. Y para ser pueblo era cosa de exclamar “mueran los gachupines” vestido de jerga, alzar el fusil de palo, y ya.

¿Pero Aldama? “Averigua qué hizo Aldama, mi niño, y te lo aprendes de memoria porque después de la obra vas a dar un discurso como Aldama, vestido de Aldama. Estoy segura que serás un buen Aldama”. 

—¿Qué hizo Aldama, maestra?

—Cosas muy importantes que nos dieron patria.

Aunque mi trayectoria artística era sólida porque como es de dominio público yo había actuado del enanito Sábado 6 (así nos llamábamos, como los días de la semana) en Blanca Nieves y los Siete Enanos de Enrique Alonso “Cachirulo” en el Polyforum Cultural Siqueiros, temporada 1979-1980, aquella responsabilidad que me imponía a mis ocho años la maestra era mayúscula y desafiante. Actuaría en la representación de la Independencia para luego dar un discurso a los padres: me pidió que al mismo tiempo moviera las manos con elocuencia y sincronía con lo que iba diciendo, como hace el buen orador.

Lo de la actuación estaba fácil porque Aldama no decía absolutamente nada en la escenificación de El Grito (yo ya estaba acostumbrado a no decir nada porque el enano Sábado 6 de Cachirulo no tenía ningún diálogo, y para comunicarse sólo le bastaba su gran expresividad corporal). Pero para un joven actor, aunque consagrado como yo, lo del discurso sí era una prueba superlativa. Por eso me preparé lo mejor que pude acudiendo a fuentes históricas de primera categoría: fui a la papelería de Los Japoneses de Avenida Coruña, compré todas las monografías acerca del tema (El Grito, El Virreinato, La Independencia), por supuesto la biografía de Aldama a todo color, y apoyado en tan seria documentación me puse a escribir su discurso. 

El problema es que Aldama no había cargado nada como una roca gigante, ni había gritado nada a la sociedad oprimida, ni había en su apariencia nada fuera de lo normal salvo una barbita de chivo y su pose con la mano dentro la casaca como Napoleón (quizá sufría como el francés problemas gastrointestinales aunque nunca lo comprobé pues las monografías no lo decían). Desde luego era un hombre bueno-bueno-bueno como todos-todos-todos los independentistas y luchaba contra los malos-malos-malos como eran todos-todos-todos los españoles. Pero en mi investigación no lograba rescatar nada espectacular de su vida ni de su quehacer insurgente. ¿Usted sabe qué hizo Aldama?

El prócer era un buen actor de reparto, siempre nombrado en los libros, pero de quien lo más emocionante es que tras ser fusilado su cabeza fue exhibida en una jaula de la alhóndiga de Granaditas: y eso no servía de mucho para mi discurso porque como en la obra se suponía que le estaba hablando al pueblo en plena lucha para emanciparnos del yugo español, aún tenía la cabeza en su sitio.

Total, que en la mesa redonda del departamento 3 de la calle Marcos Carrillo número 279 (dejo el dato exacto por si en el futuro algún escritor quiere escribir mi biografía actoral, más emocionante que la vida de Aldama) escribí el discurso de Aldama. Creí conveniente que ante tan pocas cosas atrapantes que decir, daría al menos un discurso largo y rebuscado hasta ser casi incomprensible (con palabras sacadas del diccionario que nunca había oído) tipo “Infrascripto canónico, obcecado ático de pertinacias bizarras, toma tu blandón, eucarístico sofisma de las delaciones de la corona maldita”.

Si nadie entendía, habría comentarios como “qué bárbaro, muy interesante”, “qué muchachito más preparado”. Escribí y escribí algo que no entendía, y cuando llené una hoja Scribe empecé a memorizar (así es como mejor se entiende la historia, ya sea 1982 o 2020) y mi madre me ayudó a cotejar que me sabía palabra por palabra. Lo de la expresión con las manos en el discurso lo dejaría a la improvisación porque los actores llevamos eso en la sangre.

El 16 de septiembre de hace muchos años, el mejor Aldama después de Aldama subió al templete del patio con su chaquetilla de época, actuó muy bien la obra de El Grito junto a sus compañeritos, y al concluir recibí la orden de mi maestra: “Te toca, mi niño”. Delante del micrófono, frente a mis padres y otros montones de madres, padres, directivos, mis compañeros y mi primera novia Carlita Viau, mis manos comenzaron a moverse. Se agitaban como palomas al vuelo, libres y agraciadas, pero mi boca no. Con los ojos y la atención silenciosa, tensa y apenada de la muchedumbre sobre mí, mis labios no se abrían. Nada, ni un milímetro. Mi traicionero cerebro no enviaba señales a mi lengua, pese a que pasaron 30, 40, 50 segundos, un minuto, y el silencio incómodo de mi querido público y sus murmullos —que eran en realidad lamentos de condolencia— me herían. Sólo atinaba a mover mis manos huérfanas de palabras que acompañar, hasta que se volvieron puños y un nudo en la garganta frente al público que observaba a un menor de edad presa del terror, atenazado por el pánico escénico, sin tener idea de qué decir.

Al fin, el micrófono del patio rompió el silencio: “Ya baja mi niño, no te preocupes”, pidió la maestra Rosy. Envuelto en llanto, bañado en lágrimas que quemaban mis mejillas, descendí del escenario. Los aplausos multitudinarios y compadecidos quisieron consolar a un Aldama cabizbajo, destrozado, aún hoy dolido cada vez que el calendario marca 16 de septiembre.

Ay, Aldama, aún muerto y descabezado, cuánto me has hecho sufrir. EP

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